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MARIDO AMANTE

In document Mi Voz Ira Contigo- Milton H. Erickson (página 136-139)

HACERSE CARGO DE LA PROPIA VIDA

MARIDO AMANTE

Un día llegué a mi casa y encontré allí a una nueva paciente, ya sentada esperándome. Le pregunté su nombre, dirección, etc., y el motivo por el cual había venido a verme.

“Tengo una fobia a los viajes en avión”, me respondió. “Señora”, le contesté, “usted ya estaba sentada en esa silla cuando llegué al consultorio. ¿Quiere levantarse, por favor, ir hasta la sala de espera y después volver y sentarse de nuevo?” lo hizo, aunque a regañadientes. “Y bien, ¿cuál es sus problema?”, volví a preguntarle.

“Mi marido amante me va a llevar al extranjero en setiembre, y yo tengo un espantoso terror a los viajes en avión.” “Señora”, recalqué, “cuando una paciente va a ver a un psiquiatra no puede retacearle ninguna información. Yo sé algo con respecto a usted.

Voy a hacerle una pregunta desagradable, porque es imposible ayudar a una persona si ésta no nos da toda la información necesaria. Le haré una pregunta que quizás a usted le parezca desvinculada de su problema”.

“Está bien”, concedió ella.

“Su lenguaje corporal me lo contó”, le dije.

Se había sentado cruzando los tobillos. Yo no puedo caberlo, la pierna derecha estaba puesta sobre la izquierda y el pie derecho se enganchaba con el otro por detrás del tobillo. Quedaba así trabada herméticamente. Mi experiencia me decía que una mujer cada que tiene un enredo amoroso y no quiere darlo a publicidad se sienta de esa manera.

Además, ella dijo “mi amante marido”. Hablaba del marido pero pensaba en el amante. Trajo a este último para que yo lo conociera; hacía ya unos cuantos años que salían juntos. Orta vez vino a verme sola porque quería romper la relación con este hombre. Y su amante vino a verme porque tenía todos los días terribles dolores de cabeza. Me contó que él a su vez tenía problemas conyugales con su esposa, y le dije que quería ver a los chicos. La esposa vino a verme y trabó las piernas como la otra.

Le dije: “Así que usted tiene un enredo amoroso con otro hombre.” “Sí”, confesó, “¿se lo contó mi marido?”

“no, lo deduje de su lenguaje corporal. Ahora me explico porqué le duele la cabeza a su marido.”

“hace unos año él me sugirió que saliera con algún otro hombre”, dijo ella.

“La experiencia me resultó muy agradable. Luego mi esposo descubrió que no quería que esa relación continuase. No estoy segura, pero creo que sospecha que yo he continuado con ella. A veces me parece que lo sabe.”

Más adelante le pregunté al marido, en estado de trance, por qué le había aconsejado a sus esposa que saliera con otro hombre. “yo estaba muy ocupado en esa época”, me respondió, “y pensé que no estaba cumpliendo mis deberes conyugales. Pero pronto sentí celos y le pedí a mi mujer que interrumpiera la relación, me dijo que lo haría, pero ha llegado a mi conocimiento, por diversos datos, que continúa con ese asunto… sólo que yo no quiero darme por enterado.”

“Por eso le duele la cabeza”, aseveré yo. “¿Qué quiere hacer al respecto?” “Seguiré con mis dolores de cabeza”, aseguró él.

En una época había estado a la cabeza del Partido Democrático en el Estado de Arizona. Después renunció a esa actividad política para dedicarse a su mujer… pero era demasiado tarde.

Hay personas que mantienen ciertos dolores porque no quieren enterarse de algo, no quieren saber nada de eso.

Erickson advierte que la primera paciente emplea una expresión inusual, “mi marido amante”, en lugar de “mi amante marido”. Aparentemente, su infidelidad sale a reducir en su lenguaje. Erickson distingue además que se siente de una manera especial.

Como lo hacía con todos sus relatos, Erickson usaba éste con múltiples finalidades.

A su término destaca algo muy importante: que las personas tienen derecho a conservar un síntoma si perderlo les significaría mayores molestias y pesares. En este caso, el orgullo herido sería para el marido para el marido un dolor más grande que su cefalea. Cuando dejó su posición “a la cabeza” del Partido Democrático para volver a ocupar la de “cabeza” de la familia, ya era demasiado tarde.

Tal vez el dolor cumple la función de no dejarle ver con claridad la situación en que reencuentra. Si tuviera que admitir que su esposa le es infiel, o bien se vería obligado a divorciarse de ella, o se sentiría inútil e impotente. Resuelve continuar con sus dolores de cabeza.

ESTORNUDOS

Una mujer me dijo: “He visto a veintiséis médicos para que me practicaran exámenes físicos. Uno de ellos me internó dos semanas en un hospital para someterme a pruebas. Otro me tuvo en el hospital una semana sometiéndome a pruebas. Al final, me dijeron que vea a un psiquiatra; usted está medio atolondrada con esto de los exámenes físicos.”

Una vez que me contó su historia, le pregunté: “¿Durante los exámenes físicos hacía usted algo fuera de lo común, que interrumpiera al médico?” pensó largo rato antes de responder: “Bueno, siempre me ponía a estornudar cuando empezaban a examinarme el pecho derecho”

“Usted tiene 48 años”, continué yo, “y siempre se pone a estornudar cuando le tocan el pecho derecho. Les contó a esos médicos que en su juventud tuvo gonorrea y sífilis, y estornuda cada vez que le tocan el pecho derecho, y entonces ellos interrumpen el examen.”

“Así es”, confirmó ella.

“Bien, la enviaré a un ginecólogo. Ya oirá lo que le digo a mi colega por teléfono.” Telefoneé al ginecólogo y le dije: “Tengo aquí en mi consultorio a una mujer de 48 años. Creo que tiene un tumor en el pecho derecho, no sé si benigno o maligno. Hay ciertos indicios psicológicos de ello. Te enviaré esta mujer a tu

Y si hay algo malo, la envías directamente al hospital desde allí, porque si no se las ingeniará para desaparecer”.

Así fue que el ginecólogo le examinó el pecho derecho y la llevó al hospital inmediatamente para operarla de un tumor maligno.

Los enfermos se traicionan a sí mismos con respecto a los temores que procuran ocultar. Aquí Erickson les dice a los terapeutas que observen, no sólo lo que puedan ver, sino también aquellas cosas que un paciente puede querer ocultarles. Indica que los pacientes suelen revelar estas cosas de manera indirecta, tratando de desviar la atención de ellas.

Esta paciente nos se había mostrado reticente en contarles a los médicos su historia de enfermedades venéreas, pero apartaba la atención de ellos de su pecho derecho.

Corolario; temía terror de que le dijeran que había cáncer en el pecho. Erickson temía que el miedo de esta mujer a enfrentar el diagnóstico (un diagnóstico que ella ya había realizado por sí misma) la llevara a evitar la operación quirúrgica.

In document Mi Voz Ira Contigo- Milton H. Erickson (página 136-139)