HACERSE CARGO DE LA PROPIA VIDA
SOBRE LA MUERTE Y LOS MORIBUNDOS
[En respuesta a uno de sus alumnos quien manifestó su preocupación de que Erickson estuviera por morirse:]
Creo que eso es totalmente prematuro. No tengo ninguna intención de morirme. ¡En realidad, sería la última cosa que haría!
Mi madre llegó a vivir 94 años; mi abuela y mi bisabuela tenían 93 o más. Mi padre murió a los 97 y medio. Estaba plantando árboles frutales y se preguntaba si viviría lo suficiente para comer alguno de esos frutos. Y tenía 96 o 97 cuando estaba plantando árboles frutales.
Los psicoterapeutas tienes una idea errónea acerca de las enfermedades, los impedimentos y la muerte. Suelen hacer excesivo hincapié en eso de que hay que adaptarse a las enfermedades, los impedimentos y la muerte. Hay un montón de monsergas rodando por ahí acerca de la ayuda que debe prestarse a las familias que están en duelo.
Yo pienso que ustedes deberían tener presente que desde el día en que nace, empiezan a morir. Algunos son más eficientes y no pierden tanto tiempo muriéndose, mientras que otros esperan mucho tiempo.
Mi padre sufrió un grave ataque cardíaco a los ochenta. Estaba inconsciente cuando lo llevaron al hospital; mi hermana fue con él. El médico le dijo a mi hermana:
“No se haga demasiadas ilusiones. Su padre es un hombre anciano. Trabajó duro toda su vida y tenía una grave, muy grave afección coronaria”.
Mi hermana me contó después: “Solté la carcajada delante del médico y le dije:
‘¡Usted no lo conoce a mi padre!´”
El médico estaba presente cuando papá recobró el conocimiento. “¿Qué pasó?”, le preguntó papá. “No se preocupe, señor Erickson”, contestó el médico, “ha tenido un gravísimo ataque de la coronaria, pero en dos o tres meses estará en casa como nuevo”.
Mi padre se puso furioso: “¡Dos o tres meses! ¡Qué disparate! Usted querrá decir que tendré que perderme una semana”. A la semana siguiente estaba de vuelta en casa.
Tenía 85 cuando le dio un ataque cardíaco parecido al anterior. Estaba allí el mismo médico. Cuando recobró el conocimiento, papá le preguntó: “¿Qué pasó?” “Lo mismo de antes”, contestó el médico. Mi padre lanzó un gruñido y refunfuñó: “¡Otra semana perdida!”
Tuvieron que hacerle una urgente operación de abdomen y le sacaron tres metros de intestino. Cuando se le fueron los efectos de la anestesia y ya se estaba recuperando, preguntó a la enfermera: “¿Qué pasó ahora?”. Ella le contó.
Gruñó y dijo:
“Esta vez serán diez días en vez de una semana”.
El tercer ataque cardíaco lo tuvo a los 89. Recobró el conocimiento y le preguntó al médico: “¿Lo mismo de antes, doctor?” “Si”, le contestó el médico. “Bueno”, comentó mi padre, “esto de perder una semana cada vez se está convirtiendo en una mala costumbre”.
Tuvo el cuarto ataque a los 93. Cuando recobró el conocimiento dijo: “Honestamente, doctor, pensé que el cuarto me llevaría al otro mundo. Ya estoy empezando a perderle la fe al quinto”.
A los 97 y medio, él y dos de mis hermanas planearon ir a pasar un fin de semana a la antigua comunidad de granjeros en que se habían criado. Todos los contemporáneos de mi padre estaban muertos y algunos de sus hijos también. Planearon a quiénes iban a visitar, en qué motel se iban a hospedar y en qué restaurantes iban a comer. Cuando llegó el momento se dirigieron al automóvil.
Al llegar a él, mi padre dijo: “Oh, olvidé mi sombrero”. Corrió a buscarlo. Mis hermanas aguardaron un tiempo razonable, luego se miraron fríamente una a la otra y dijeron:
“Sucedió”.
Entraron en la casa. Papá estaba tirado en el piso. Había muerto de una hemorragia cerebral masiva.
En cierta oportunidad mi madre, cuando tenía 93 años, se cayó y se quebró la cadera. “Es ridículo que le suceda esto a una mujer de mi edad”, dijo.
Cuando al año siguiente se cayó y quebró la otra cadera, dijo: “Me costó mucho curarme la primera vez que se me rompió la cadera. No creo que lo consiga esta vez, pero nadie podrá decir que no lo he intentado”.
Yo sabía –y todos los demás miembros de la familia también, por la palidez de mi rostro- que esa segunda fractura de cadera la llevarían a la muerte. Mi madre murió de congestión pulmonar, esa “amiga de las viejas”. Su frase favorita era: “En toda vida debe llover de vez en cuando, y algunos días ser tristes y oscuros”. Pertenecía a “El día lluvioso”, el poema de Longfelllow.
Papá y mamá gozaron plenamente de la vida, siempre. Yo trato de inculcarles a los pacientes: “Gocen de la vida, gócenla plenamente”. Y cuanto más humor ponga uno en la vida, mejor se sentirá.
No sé de dónde sacó ese alumno la idea de que me estoy por morir. Voy a postergarlo.
Erickson pretendía que la muerte no provocaran angustia, y ponía el acento en que la vida era para los que están vivos. Su padre, nos dice, estaba plantando árboles a los 97 años: se proyectaba hacia el futuro. Era un hombre activo, y murió en momentos en que estaba por hacer algo: fue a buscar su sombrero, para luego ir a visitar a su gente. Jeffrey Zeig me comentó que la frase del padre, “Oh, olvidé mi sombrero”, provenía del reconocimiento inconsciente de que algo estaba pasando dentro de su cabeza.
A menudo Erickson concluía este relato diciendo que su padre había tenido razón al “perder la fe” cuando le sobrevino el cuarto ataque cardíaco: murió a los 97 y medio de una hemorragia cerebral. También compartía la actitud de su padre hacia la enfermedad, considerada como “parte del afrecho de la vida”.
En toda dieta se requiere incluir algo de afrecho*, y Erickson señalaba que los soldados obligados a alimentarse con raciones de combate saben lo importante
que es el afrecho en la dieta. Las tragedias personales, las enfermedades y la muerte, todo ello forma parte del afrecho de la vida.
*Roughage, afrecho, salvado o fibras en general que no son digeribles pero que cumplen una función importante al estimular los movimientos peristálticos de los intestinos. [T.]
En sus últimos años Erickson dedicó un tiempo considerable a preparar a los demás para su muerte. No quería que el duelo por él se prolongara demasiado, y solía hacer bromas y ocurrencias para disipar la angustia que esto podía causar en la gente. Una vez, parafraseando a Tennyson, dijo: “Que nadie gima en el muelle cuando mi barco se haga a la mar”. Hablaba de la muerte con toda franqueza y, al igual que su padre, proyectaba el futuro en el momento de morir: estaba planeando las clases que daría el lunes siguiente.
Rasgo típico fue la ausencia de funerales y de entierro. Sus cenizas fueron esparcidas por el cerro Squaw.
Con respecto a su comentario final de este relato: “No sé de dónde sacó ese alumno la idea de que me estoy por morir. Voy a postergarlo”, cabría preguntarse: ¿Postergar qué? ¿Su propia muerte, o la idea del alumno?