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SANGRE EN LAS TECLAS

In document Mi Voz Ira Contigo- Milton H. Erickson (página 96-102)

LA SUPERACIÓN DE LAS LIMITACIONES HABITUALES

SANGRE EN LAS TECLAS

Un médico tenía dos hijos varones y una hija. Resolvió que su hijo mayor, Henry, sería médico. La madre resolvió que sería concertista de piano, y lo hacía practicar el piano durante cuatro horas diarias. El padre no veía nada de malo en ello. Henry aprendió pronto que debería ser más listo que su madre, en algún sentido. Así pues, empezó a comerse las uñas hasta quedar en carne viva, de modo que al tocar el piano dejaba marcas de sangre sobre las teclas. Pero su madre era inconmovible, y a pesar de todo siguió exigiéndole que tocara el piano.

Él se comía las uñas cada vez más, no obstante lo cual ninguna cantidad de sangre en el teclado pudo interferir con su práctica. Siguió comiéndose las uñas. No se le permitió asistir a la escuela primaria si no practicaba el piano cuatro horas diarias. Y él quería ir a la escuela primaria, y más tarde a la secundaria. De manera que debió seguir practicando el piano cuatro horas por día. Más adelante quiso entrar en la universidad, y para conseguir la autorización debió seguir practicando el piano cuatro horas diarias.

Cuando Henry concluyó el ciclo básico universitario, su padre lo quiso hacer ingresar en la facultad de medicina, pero Henry no quería. Se las ingenió para ser aplazado y quedar fuera de la facultad. Su padre era un buen político y logró que lo admitieran en otra facultad de medicina. Henry fue aplazado y quedó fuera de ella. Por esa época Henry ya tenía sus propias ideas: le gustaba estudiar ciencia política, así que deliberada, franca y descaradamente, trampeó y trampeó hasta que todas las escuelas médicas lo pusieron en la lista negra. Entonces su padre me lo trajo y dijo:

“Hipnotícelo y haga que deje de comerse las uñas”.

Henry tenía a la sazón 26 años; dijo: “Quiero estudiar ciencia política, pero mi padre no me da dinero”.

Consiguió un trabajo con un empresario de pompas fúnebres, como conductor de una ambulancia. Odiaba ese empleo. Yo le dije al padre: “Me haré cargo de su hijo. Tengo mi propia modalidad de hacer terapia”.

El padre me contestó: “No me importa cuál sea su modalidad de hacer terapia con tal que consiga que a Henry le crezcan las uñas. Es imposible que yo pueda hacer entrar a mi hijo en una facultad de medicina con esos dedos horribles”.

Le pregunté a Henry: “¿Qué piensas de tu hábito?”

“Es una costumbre innata en mí”, contestó Henry. “No puedo dejar de comerme las uñas. Debo hacerlo incluso cuando estoy dormido. No me hace ninguna gracia tener unas uñas como éstas. ¡Son detestables! No quisiera que ninguna chica

“Bien, Henry”, proseguí yo, “tú tienes diez dedos. Ahora bien, yo estoy plenamente convencido de que nueve dedos pueden proporcionarte toda la dieta de uñas que necesitas, y que puedes dejar que te crezca una larga uña en un dedo cualquiera mientras te alimentas con los otro nueve.”

“Está bien”, aceptó Henry.

“En verdad”, continué yo, “podrías dejarte crecer largas uñas en dos dedos, y los ocho restantes te proporcionarían toda la dieta de uñas que precisas”.

Henry replicó: “¡Ya veo dónde quieres ir! Terminará diciéndome que todo lo que yo necesito es alimentarme con un dedo, y que puedo dejar que me crezcan las uñas en los otros nueve. ¡Maldita sea, estoy atrapado en esa lógica suya!”

No le llevó mucho tiempo dejar que le crecieran las diez uñas. Luego le dije: “Henry, tu padre no está manteniéndote. Tú tienes que trabajar, y tocas el piano cuatro horas diarias.”

“Me gusta la música”, aclaró Henry, “me gusta de veras. Pero odio el piano”. “El piano no es el único instrumento que existe”, comenté yo.

“Has tenido ya 22 años de experiencia en un instrumento de teclado”. “Me conseguiré un órgano eléctrico”, aseguró Henry.

Y llegó a tocar el órgano eléctrico a la perfección, a punto tal que era muy solicitado para tocar en casamientos y banquetes. Y siguió tocando el órgano eléctrico mientras cursó la carrera de abogacía. ¡Su padre estaba furioso conmigo!

El padre había decidido que su segundo hijo sería ministro episcopalista. Ese hijo se había casado con una judía, y trabajaba en una casa de compra y venta de autos usados. Era un borracho que vendía autos usados y estaba casado con una judía.

Y también la hija había recibido órdenes. Cuando fuera grande, debería ser enfermera particular. La hija huyó de la casa a los 16 años, se fue al Estado de Carolina y se casó allí con su noviecito.

El hermano menor de Henry decidió que si éste pudo estudiar ciencia política y derecho, él y su esposa judía no tenían por qué seguir odiándose; ambos eran infelices en su matrimonio. Tampoco tenía por qué seguir emborrachándose. Se divorció de ella. Se supone que los pastores episcopalistas no se divorcian. Le dijo a su padre: “No podrás hacer de mi un pastor episcopalista… y seguiré vendiendo autos.

Y Henry, el abogado, y su hermano, el vendedor de autos, determinaron lo que su hermana y el marido de 16 años tenían que hacer. Visitaron a los padres de uno y del otro y establecieron lo que tenían que hacer. El marido de la hermana concurriría a la facultad y obtendría buenas calificaciones.

Podía estudiar cualquier cosa que se le antojase. Y la hermana iría a la facultad y terminaría el ciclo básico universitario, y ella y su esposo podrían tomar sus propias decisiones juntos.

En este relato se pone de relieve la naturaleza coactiva de los padres. El padre de Henry tenía la idea fija de que su hijo debía ser médico; la madre tenía la idea fija de que debía ser pianista. En una actitud típica, el padre le ordenó a Erickson que lo hipnotizara “y haga que deje de comerse las uñas”.

Aun cuando ya había sido puesto en la lista negra de todas las facultades de medicina, el padre seguía insistiendo ciegamente en que lo único que le impedía a su hijo ingresar en otra facultad de medicina eran sus uñas comidas.

Durante muchos años, Henry había reaccionado frente a la coacción de sus progenitores con síntomas tales como comerse las uñas. Por supuesto, él no se consideraba responsable de dichos síntomas. “No puedo dejar de comerme las uñas”, aseveraba. Veamos de qué manera abordó Erickson el caso de Henry… y el de toda la familia.

Su primera intervención consistió en asumir la responsabilidad por Henry, presentándose como “un buen padre”. Le dijo al padre:”Me haré cargo de su hijo.” Luego mostró ser más racional que aquél en su modo de orientarlo; Henry podía identificarse con él sin por ello postergar sus anhelos y afanes legítimos.

Apelando a un doble vínculo (le indicó que se comiera las uñas, pero que no se las comiera), logró que muy al comienzo de la terapia Henry admitiese: “¡Estoy atrapado en esa lógica suya!” Henry advirtió que si seguía la sugestión de Erickson, podía satisfacer todas sus necesidades en materia de comerse las uñas y al mismo tiempo permitir que éstas crecieran.

En otras palabras, era estimulado a expresar sus impulsos legítimos, pero encauzándolos –en este caso, a una sola uña-. A continuación Erickson aplicó este mismo principio a las prácticas de piano.

Pudo establecer que a Henry le gustaba en verdad la música, y lo alentó a que diera expresión al goce y satisfacción que esa actividad le brindaba. No obstante, Henry eligió el instrumento que quería tocar.

Cuando descubrió que podía hacer lo que quería, pudo avanzar en su autodeterminación resolviendo qué camino seguir en la vida y en la profesión, y estudió derecho aplicando su talento e interés por esa carrera.

Cuando Henry rompió con la influencia aprisiónate de sus progenitores y pudo encontrar mejores métodos para rebelarse que el comerse las uñas, fue capaz de ayudar a su hermano para que también él afirmara su propia manera de ser.

Luego los dos hermanos aunaron fuerzas para “determinar lo que tenían que hacer” sus padres y, en realidad, toda la familia, incluidos su hermana con el esposo y los padres de éste. Pudieron hacerlo porque contaban con la fuerza que les daba su número y su unidad, y porque ahora ellos representaban valores racionales y objetivos “sanos”.

Un hecho interesante es que no insistieron para que su hermana abandonase al marido de 16 años. En lugar de ello, el marido fue incluido en el programa de auto mejoramiento general que siempre había sido una prioridad en esta familia y que, dicho sea de paso, era importante para Erickson.

Obviamente, los padres creían en las virtudes de la educación y el mejoramiento personal, pero por desgracia habían sido demasiado rígidos e insensibles en sus tentativas de imponer a sus hijos sus propios valores.

No obstante, al final todos los hijos terminaron satisfaciendo esa sana inquietud de los padres. Henry llegó a ser un profesional, un abogado, además organista, colmando así las esperanzas depositadas en él tanto por su padre como por su madre. Su hermano disolvió el matrimonio con una mujer de otra confesión religiosa, que sin lugar a dudas molestaba a los padres, y tuvo éxito como vendedor de autos. La hermana siguió una carrera universitaria.

Erickson ilustra aquí el “efecto de onda” descrito por Spiegel, que actúa en cada integrante de la familia y en toda ella. Cuando dejó de comerse las uñas, Henry cobró

mayor confianza en sí mismo, conduciéndose de un modo más resuelto y afirmativo.

“Eligió el instrumento que quería tocar”. La liberación de este miembro de la familia respecto de la coacción irracional que sobre él se ejercía provocó la liberación del miembro siguiente, y ésta la del siguiente. Aun los padres, sin duda demasiado ansiosos y preocupados por sus hijos, fueron liberados de esa exagerada inquietud. Sabemos que en cualquier terapia, por más que el foco esté puesto en un solo paciente, los cambios de éste afectan y modifican a todos los integrantes de su “mundo” o de su “sistema”.

CAPITULO VI

REENCUADRE

En la literatura psicoterapéutica hay numerosos ejemplos del proceso de reencuadre; uno de los más memorables es el relato de Viktor Frankl sobre su vida en un campo de concentración, en su libro From Death Camp to Existentialism.

Mientras la mayoría de los que allí estaban recluidos junto a él perdieron toda esperanza y a la postre murieron, Frankl ocupó su mente pensando en las conferencias que pronunciaría, al ser liberado, sobre sus experiencias en ese sitio. Reencuadró así una situación potencialmente desesperada y mortal, transformándola mentalmente en una fuente de ricas experiencias con las cuales más adelante ayudaría a otros a superar situaciones –físicas o psíquicas– en apariencia desesperadas.

Por supuesto, habrá escépticos que dirán que esa clase de pensamiento no pudo haber tenido ningún efecto en su supervivencia, o que la desesperanza no condenaba necesariamente a la muerte de los reclusos. Sea como fuere, esa clase de pensamientos mantuvieron animado y vivaz a Frankl en tales momentos, sin duda alguna, y quizás hayan contribuido incluso a mantener con vida su cuerpo.

Advertimos además que el reencuadre al que procedió Frankl concordaba con su orientación general en la vida. De hecho él valoraba la docencia y ya había dado antes clases y conferencias, por lo cual era lógico que utilizara esa experiencia como fuente para sus conferencias futuras.

Watzlawick, Weakland y Fisch, en su libro Change, dicen lo siguiente: “Reencuadrar significa cambiar el marco o punto de vista conceptual y/o emocional a partir del cual se vivencia una cierta situación, y situar esta última dentro de otro marco que se amolda igual o mejor a los `hechos´ propios de dicha situación concreta, modificando así por entero su significado”. Y citan al filósofo Epicteto, quien aseveraba:

“Lo que me preocupa no son las cosas en sí misma, sino las opiniones que tenemos sobre las cosas”. Puntualizan que “nuestra experiencia del mundo se basa en la clasificación que hacemos de los objetos de la percepción” y que “ una vez que un objeto es conceptualizado como miembro de una clase determinada, es sumamente difícil concebirlos como perteneciente a otra clase”. Al proceder a un reencuadre vemos “otras pertenecías de clase”, tras lo cual será difícil que volvamos a nuestra limitada visión anterior de la “realidad”. Los relatos siguientes nos ofrecen ejemplos del modo en que Erickson utilizaba el

AGRANDARSE

Mi hijo Robert agregó un piso a su casa, y un par de noches atrás él y su esposa se instalaron arriba. Douglas, de 5 años, y Becky, de 2, tenían un miedo terrible porque quedarse en la planta baja. Robert vino a verme y le dije: “La cama de Douglas es más baja que la cama de los padres”. Había que hacer notar a Douglas que Robert era un chico grande, y que había una relación entre su tamaño y el de la cama matrimonial que había quedado en la planta baja. Y Becky debía relacionar su propio tamaño con el de la cama de Douglas.

Luego aconsejé a Robert que se asegurase de que los chicos sabían utilizar el sistema de intercomunicación que unía la planta baja con el primer piso. Y durmieran a pata ancha, aunque Douglas había estado sumamente inquieto. Hasta había llegado a preguntar si lo dejarían dormir arriba las primeras noches.

Lo importante era concentrarse en algo que hiciera resaltar la propia persona, el tamaño de la cama, y el hecho de que Douglas era un chico grande.

Erickson apela aquí al deseo de todo niño de crecer. Hizo que los niños de Robert abandonaran su temor y su sensación de desvalimiento y en cambio reparasen en que ellos se estaban volviendo más grandes. En vez de atender a lo que habían perdido –la compañía de los padres–, eran dirigidos hacia el futuro. A Douglas se le estaba diciendo, al mirar la cama de sus padres, que él sería el próximo en la serie de los que ocuparían esa cama. Análogamente, a Becky se le recordaba que se estaba volviendo más grande y pronto ocuparía la cama de Douglas.

MODA

Mi hija volvió de la escuela y se acercó a decirme: “Papito, todas las chicas se comen las uñas en la escuela, y yo también quiero estar a la moda”.

Le contesté: “Bien, por cierto debes estar a la moda. Creo que estar a la moda es muy importante para las chicas. Te has quedado a la zaga porque ellas han tenido mucha práctica. Así que me parece que lo mejor que puedes hacer para igualarlas es comerte las uñas bastante todos los días. Pienso que si te las comes tres veces por día durante quince minutos cada vez (te daré un reloj), exactamente de tal hora a tal hora, conseguirás igualarlas”.

Empezó con mucho entusiasmo; después, fue postergando la hora en que debía comenzar a comerse las uñas, o dejaba de hacerlo antes de tiempo. Hasta que un día me dijo: “Papito, voy a imponer una nueva moda en la escuela: usar las uñas largas”.

Erickson “se une al paciente” en su afán de estar a la moda y procede a convertir esa “conducta dictada por la moda” en un sacrificio. A menudo

abordaba los síntomas de este modo: persistir en ellos resultaba más molesto que abandonarlos.

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