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Juan Ramón Jiménez A Cristo por la palabra (#1)

In document Renovación nº 69 Mayo 2019 (página 48-50)

Juan Ramón Jiménez, en su Autobio- grafía, nos dice:

«Nací en Moguer, Andalucía, la no- che de Navidad de 1881 Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; mi madre es andaluza y tiene los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo bien que jugaba muy poco y era gran amigo de la soledad; las solemnidades, las visitas, las iglesias, me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasear- me en el jardín por las tardes cuando volvía de la escuela y el cielo estaba rosa y lleno de aviones».

En 1891, a los diez años de edad, Juan Ramón ingresó en un colegio de jesui- tas en el Puerto de Santa María, pro- vincia de Cádiz, donde estudió el ba- chillerato hasta 1896. De este colegio Juan Ramón conservó toda su vida re- cuerdos muy negros.

Ese mismo año de 1896 el poeta se trasladó a Sevilla. En su Universidad estudió Derecho, cultivó la pintura, la poesía y comenzó a publicar en distin- tas revistas.

Madrid, suspiro y nostalgia de escrito- res y artistas nacidos en provincia, le atrajo en plena juventud. El propio poeta describe su primer viaje a la ca- pital y el encuentro con los grandes de la poesía en aquellos principios del si- glo XX:

«Mi adolescencia cayó en la tenta- ción... y vine a Madrid por primera vez en abril de 1900, con mis dieci- ocho años y una honda melancolía de primavera. Yo traía muchos ver- sos y mis amigos me indicaron la conveniencia de publicarlos en dos libros de diferente tono; Valle-In- clán me dio el título –Ninfeas– para uno, y Rubén Darío para el otro – Almas de Violeta–; Francisco Vi- llaespesa, mi amigo inseparable de entonces, me escribió unas prosas simbólicas para que fuéramos jun- tos, como hermanos, en unas pági- nas sentimentales atadas con viole- tas».

En Madrid, Juan Ramón lee mucho, especialmente a los filósofos, escribe poesía y realiza un viaje por el sudeste de Francia.

En 1905 el poeta regresa a Moguer, su patria chica, donde permanece siete

años, hasta 1912, dedicado a la me- ditación y a la creación en la sole- dad del campo.

Ese año abandona su retiro y regre- sa al bullicio de la capital. Una vez en Madrid, Juan Ramón realiza es- tudios en la famosa Institución Li- bre de Enseñanza, donde se fraguó prácticamente el espíritu de la Ge- neración del 98. «La Institución – confiesa Juan Ramón– fue el verda- dero hogar de esa fina superioridad intelectual y espiritual que yo pro- mulgo».

En el curso de esta permanencia en Madrid aparece su famoso libro

Platero y yo, cuya primera edición sitúan algunos críticos en 1914 y otros, con más acierto, en 1916.

Platero y yo, subtitulado Elegía an- daluza, es una sucesión de pequeños poemas en prosa compuestos entre 1907 y 1915. Con ternura mística, Juan Ramón exalta la simpática fi- gura de un borriquillo andaluz lla- mado Platero.

«Platero –dice el poeta– es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algo- dón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cris- tal».

Confidente suyo en horas de soledad, Juan Ramón le llama «dul- ce Platero trotón, burrillo mío, que llenaste mi alma tantas veces». Platero y yo está considerado hoy como un libro clásico en la literatu- ra española de su género, y su popu- laridad es tan grande como la de los cuentos de Andersen y de Grim o como la de El Principito, de Saint- Exupéry.

La aventura americana atrajo a Juan Ramón Jiménez con la misma fuer- za que le había atraído, siendo joven, la aventura madrileña. El poeta llegó por primera vez al nue- vo continente el 11 de febrero de 1916. Nueva York fue el punto ini-

cial de arribo. Días después, el 2 de marzo, contrajo   matrimonio en la ciudad de los rascacielos con Zeno- bia Camprubí, bella mujer por cu- yas venas corría sangre hindú. En viaje de bodas, la pareja recorrió Boston, Filadelfia, Washington y otras ciudades de Estados Unidos. Durante el viaje, Juan Ramón escri- be constantemente. De esta época es su Diario de un poeta recién casado. A su regreso de América el matri- monio se establece Madrid, donde ambos prosiguen su intensa labor li- teraria. Con ayuda de su esposa, Juan Ramón traduce al castellano la obra de Rabindranaz Tagore, poeta hindú, premio Nobel de Literatura en 1913, con quien el poeta de Mo- guer tiene tantas afinidades líricas. En 1936, al estallar la guerra civil española, Juan Ramón y Zenobia abandonan España. Primero se ins- talaron en Cuba. Después, en 1939, se trasladaron a Estados Unidos, vi- viendo sucesivamente en Miami y Washington. En 1951 optaron por el clima cálido del Caribe, fijando su residencia en Puerto Rico. Juan Ra- món impartía clases en la Universi- dad de San Juan, corregía su amplia obra anterior y producía nuevos versos.

En 1956 Juan Ramón Jiménez obtu- vo la más alta distinción literaria, el Premio Nobel de Literatura. En su justificación del premio, la Acade- mia Sueca decía: «Por su poesía lí- rica, que en lengua española cons- tituye un ejemplo de alta espiritua- lidad y pureza artística».

Juan Ramón Jiménez recibió esta distinción cuando se hallaba en cir- cunstancias trágicas, junto al lecho de su esposa agonizante. Zenobia, afectada de cáncer, murió hacia fi- nales de 1956. La muerte de su es- posa, a la que había amado profun- damente, afectó psíquicamente a Juan Ramón hasta el punto de ser internado en una clínica mental.

El 29 de mayo de 1958 moría Juan Ramón Jiménez. El miedo a la muerte, sentimiento que le invadía desde la infancia, se agudizó en los últimos años. Ricardo Gullón dice que:

«no admitía que se le dijera “has- ta mañana”, y cuando alguien se despedía utilizando esta fórmula, replicaba: “no, no; esta noche me muero”. Y lo terrible es que el pobre lo creía y sufría».

En contra de lo dispuesto en su últi- ma voluntad («Nosotros queremos descansar en Puerto Rico, cuna de la familia de madre más cercana de Zenobia, y lugar donde tanto se nos quiere y tan bien se portan con no- sotros dos»), los cadáveres de Zeno- bia y Juan Ramón fueron traslada- dos a España y reposan en la tierra natal del poeta.

En su poema Eternidad, Juan Ra- món Jiménez incorpora el sentido de eternidad a lo efímero de la tierra. En unos versos que bien po- drían figurar como epitafios en las tumbas de matrimonios, el poeta dice:

No duermes. No. No duermo. Nos estamos hablando en las es- trellas. Somos, aquí, dos rosas re- flejadas en la paz de la tierra. (Continuará). R

El sueño

de la razón

Una radiografía al alma de escritores famosos

Entrega #10

Juan A. Monroy

Periodista y Pastor evangélico

Juan Ramón Jiménez

A Cristo por la palabra (#1)

Juan Ramón Jiménez, en su Autobio- grafía, nos dice:

«Nací en Moguer, Andalucía, la no- che de Navidad de 1881 Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; mi madre es andaluza y tiene los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo bien que jugaba muy poco y era gran amigo de la soledad; las solemnidades, las visitas, las iglesias, me daban miedo. Mi mayor placer era hacer campitos y pasear- me en el jardín por las tardes cuando volvía de la escuela y el cielo estaba rosa y lleno de aviones».

En 1891, a los diez años de edad, Juan Ramón ingresó en un colegio de jesui- tas en el Puerto de Santa María, pro- vincia de Cádiz, donde estudió el ba- chillerato hasta 1896. De este colegio Juan Ramón conservó toda su vida re- cuerdos muy negros.

Ese mismo año de 1896 el poeta se trasladó a Sevilla. En su Universidad estudió Derecho, cultivó la pintura, la poesía y comenzó a publicar en distin- tas revistas.

Madrid, suspiro y nostalgia de escrito- res y artistas nacidos en provincia, le atrajo en plena juventud. El propio poeta describe su primer viaje a la ca- pital y el encuentro con los grandes de la poesía en aquellos principios del si- glo XX:

«Mi adolescencia cayó en la tenta- ción... y vine a Madrid por primera vez en abril de 1900, con mis dieci- ocho años y una honda melancolía de primavera. Yo traía muchos ver- sos y mis amigos me indicaron la conveniencia de publicarlos en dos libros de diferente tono; Valle-In- clán me dio el título –Ninfeas– para uno, y Rubén Darío para el otro – Almas de Violeta–; Francisco Vi- llaespesa, mi amigo inseparable de entonces, me escribió unas prosas simbólicas para que fuéramos jun- tos, como hermanos, en unas pági- nas sentimentales atadas con viole- tas».

En Madrid, Juan Ramón lee mucho, especialmente a los filósofos, escribe poesía y realiza un viaje por el sudeste de Francia.

En 1905 el poeta regresa a Moguer, su patria chica, donde permanece siete

años, hasta 1912, dedicado a la me- ditación y a la creación en la sole- dad del campo.

Ese año abandona su retiro y regre- sa al bullicio de la capital. Una vez en Madrid, Juan Ramón realiza es- tudios en la famosa Institución Li- bre de Enseñanza, donde se fraguó prácticamente el espíritu de la Ge- neración del 98. «La Institución – confiesa Juan Ramón– fue el verda- dero hogar de esa fina superioridad intelectual y espiritual que yo pro- mulgo».

En el curso de esta permanencia en Madrid aparece su famoso libro

Platero y yo, cuya primera edición sitúan algunos críticos en 1914 y otros, con más acierto, en 1916.

Platero y yo, subtitulado Elegía an- daluza, es una sucesión de pequeños poemas en prosa compuestos entre 1907 y 1915. Con ternura mística, Juan Ramón exalta la simpática fi- gura de un borriquillo andaluz lla- mado Platero.

«Platero –dice el poeta– es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algo- dón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cris- tal».

Confidente suyo en horas de soledad, Juan Ramón le llama «dul- ce Platero trotón, burrillo mío, que llenaste mi alma tantas veces». Platero y yo está considerado hoy como un libro clásico en la literatu- ra española de su género, y su popu- laridad es tan grande como la de los cuentos de Andersen y de Grim o como la de El Principito, de Saint- Exupéry.

La aventura americana atrajo a Juan Ramón Jiménez con la misma fuer- za que le había atraído, siendo joven, la aventura madrileña. El poeta llegó por primera vez al nue- vo continente el 11 de febrero de 1916. Nueva York fue el punto ini-

cial de arribo. Días después, el 2 de marzo, contrajo   matrimonio en la ciudad de los rascacielos con Zeno- bia Camprubí, bella mujer por cu- yas venas corría sangre hindú. En viaje de bodas, la pareja recorrió Boston, Filadelfia, Washington y otras ciudades de Estados Unidos. Durante el viaje, Juan Ramón escri- be constantemente. De esta época es su Diario de un poeta recién casado. A su regreso de América el matri- monio se establece Madrid, donde ambos prosiguen su intensa labor li- teraria. Con ayuda de su esposa, Juan Ramón traduce al castellano la obra de Rabindranaz Tagore, poeta hindú, premio Nobel de Literatura en 1913, con quien el poeta de Mo- guer tiene tantas afinidades líricas. En 1936, al estallar la guerra civil española, Juan Ramón y Zenobia abandonan España. Primero se ins- talaron en Cuba. Después, en 1939, se trasladaron a Estados Unidos, vi- viendo sucesivamente en Miami y Washington. En 1951 optaron por el clima cálido del Caribe, fijando su residencia en Puerto Rico. Juan Ra- món impartía clases en la Universi- dad de San Juan, corregía su amplia obra anterior y producía nuevos versos.

En 1956 Juan Ramón Jiménez obtu- vo la más alta distinción literaria, el Premio Nobel de Literatura. En su justificación del premio, la Acade- mia Sueca decía: «Por su poesía lí- rica, que en lengua española cons- tituye un ejemplo de alta espiritua- lidad y pureza artística».

Juan Ramón Jiménez recibió esta distinción cuando se hallaba en cir- cunstancias trágicas, junto al lecho de su esposa agonizante. Zenobia, afectada de cáncer, murió hacia fi- nales de 1956. La muerte de su es- posa, a la que había amado profun- damente, afectó psíquicamente a Juan Ramón hasta el punto de ser internado en una clínica mental.

El 29 de mayo de 1958 moría Juan Ramón Jiménez. El miedo a la muerte, sentimiento que le invadía desde la infancia, se agudizó en los últimos años. Ricardo Gullón dice que:

«no admitía que se le dijera “has- ta mañana”, y cuando alguien se despedía utilizando esta fórmula, replicaba: “no, no; esta noche me muero”. Y lo terrible es que el pobre lo creía y sufría».

En contra de lo dispuesto en su últi- ma voluntad («Nosotros queremos descansar en Puerto Rico, cuna de la familia de madre más cercana de Zenobia, y lugar donde tanto se nos quiere y tan bien se portan con no- sotros dos»), los cadáveres de Zeno- bia y Juan Ramón fueron traslada- dos a España y reposan en la tierra natal del poeta.

En su poema Eternidad, Juan Ra- món Jiménez incorpora el sentido de eternidad a lo efímero de la tierra. En unos versos que bien po- drían figurar como epitafios en las tumbas de matrimonios, el poeta dice:

No duermes. No. No duermo. Nos estamos hablando en las es- trellas. Somos, aquí, dos rosas re- flejadas en la paz de la tierra. (Continuará). R

¿Evangelio

In document Renovación nº 69 Mayo 2019 (página 48-50)