(1521 - 1561) #13
#19
El duque de Guisa presentó las cuentas de la administración del ejército y el carde- nal de Lorena las finanzas del país. Sin embargo a pesar de la importancia de esos temas, los notables les prestaron poca atención, porque lo que realmente importaba en aquel momento era el pro- blema religioso.
Coligny había prometido a los reforma- dos dar la señal de alerta. Se levantó, se acercó al trono inclinándose con respeto y presentó dos recursos, uno para el rey y el otro para la reina madre, que llevaban por título: Súplica de los que en distintas provincias invocan el nombre de Dios si- guiendo las reglas de piedad. Los asisten- tes se extrañaron de ver tanta osadía, por- que la pena de muerte estaba sobre sus cabezas, sin embargo el rey aceptó las sú- plicas y las dio a su secretario para que las leyera.
Los debates duraron varios días y el 24 de agosto tomó la palabra el almirante Coligny, quien pidió la convocatoria de un concilio nacional libre y que entre tan- to se permitiera a los de la religión re- unirse para adorar a Dios. El cardenal de Lorena rechazó de plano la petición, por- que según él, sólo era necesario reformar las costumbres de los feligreses y ello po- día hacerse con admoniciones públicas o privadas.
Al papa Pío IV le preocupó mucho la idea de un concilio nacional porque el re- sultado podría ser un cisma o el restable-
cimiento de la pragmática sanción y es- cribió al rey de Francia para decirle que su corona estaría en peligro y al rey de España para suplicarle que interviniera, pero al no obtener una respuesta satisfac- toria, decidió reabrir las sesiones del con- cilio de Trento que hacía tiempo estaban suspendidas. El pontífice de Roma prefe- ría una asamblea de mayoría italiana que podía controlar, que a un concilio de Francia que podría deliberar sin él y qui- zá contra él.
El maquiavélico cardenal no cesaba de imaginar planes para la exterminación de los herejes hugonotes, cuando de forma repentina, Francisco II fue aquejado de una grave enfermedad. Mandaron hacer procesiones por las calles de París para su curación y suplicaron al príncipe que in- vocara a la Virgen y a todos los santos, con la promesa de no dejar ningún hereje si Dios le sanaba. Sus plegarias no fueron contestadas y Francisco II murió cuando sólo tenía diecisiete años, el 5 de diciem- bre de1560 después de diecisiete meses de reinado. Nadie cuidó de sus funerales porque la reina madre, los Borbones, los Guisa, los cardenales y los cortesanos es- taban demasiado ocupados en sus propios negocios. Fue llevado a San Denis por un viejo obispo casi ciego y dos antiguos siervos de su casa y allí fue sepultado. Antes de que diera el postrer suspiro, los Lorena fueron a esconderse en su aloja- miento donde permanecieron ocultos treinta y seis horas, hasta que conocieron
las intenciones de la reina madre y del rey de Navarra. Les conserva- ron las dignidades, pero nunca más fueron los dueños del Estado. Le sucedió en el trono su hermano Carlos IX, de solamente diez años de edad. Como era menor, Catalina de Médicis se nombró regente y Antonio de Borbón teniente general del reino. Hubiese podido, como primer príncipe de sangre, reclamar la regencia, pero no lo fue por falta de firmeza. El príncipe de Condé salió de prisión; el condestable Anne de Montmorency recuperó su oficio de gran maestre al lado del nuevo rey y el almirante Coligny, no pidió nada para sí, sino que in- tentó usar las circunstancias para obtener el libre ejercicio de la reli- gión. La regente era una mujer su- persticiosa, sin piedad y con pocos escrúpulos. Su única pasión era lle- var las riendas del gobierno y tuvo miedo de la ambición de los Guisa, por lo que se acercó a los reforma- dos e hizo caso de los consejos de tolerancia de Coligny y del canci- ller católico, Miguel de l´Hôpital. Los hugonotes comenzaron a respi- rar.
Los Estados Generales empezaron en Orleans el 13 de diciembre. El canciller L´Hôpital tomó la palabra el primero en nombre del rey que era menor de edad y la regente, para decir que los desvíos de la iglesia habían causado el nacimien- to de herejías y que tan sólo una buena reforma podría subsanar el problema. Aconsejó a los católicos que se adornaran de virtudes y bue- nas costumbres, que atacaran a los adversarios con las armas de la ca- ridad, de la oración y de la persua- sión.
El clero había escogido como por- tavoz a Juan Quentin, profesor de derecho canónico, quien dijo que los oradores anteriores habían ha- blado por su cuenta sin pensar que los Estados Generales formaban un cuerpo del cual el rey era la cabeza y la iglesia la boca.
El político Lange, abogado del par- lamento de Burdeos, en representa-
ción del “tiers-état”* atacó con ar- dor tres vicios del clero católico: la ignorancia, la avaricia y el lujo, de- jando entrever que los problemas cesarían cuando esos abusos se co- rrigieran.
Los Estados Generales fueron muy útiles para la Reforma. El cardenal de Lorena, muy descontento por ha- ber ocupado un lugar secundario, se retiró en su arzobispado de Reims. Su hermano el duque de Guisa, se apartó de la corte y la reina madre al ver que los laicos del gobierno no aceptaban las persecuciones, de acuerdo con el canciller L´Hôpital, manifestó mostrar cierta buena vo- luntad con los calvinistas.
El almirante Coligny hacía predicar la fe reformada en sus apartamentos y Catalina de Médicis ofreció el púlpito del palacio de Fontaine- bleau al obispo Montluc, quien ha- bía hablado severamente contra los abusos de la iglesia romana en la asamblea de nobles.
En aquellos días de fervor y espe- ranza, los fieles creían que el triun- fo de la Reforma estaba totalmente en manos de los jefes de Estado. Escribieron una carta a Catalina de Médicis y a Antonio de Borbón que decía: “Sólo vosotros podéis permi- tir que Jesucristo sea conocido y adorado en todo el reino, con toda verdad, justicia y santidad. Si decís que queréis extirpar todas las su- persticiones e idolatrías, veréis como todos los que han hecho daño a la iglesia se quedaran sin fuerza, virtud y poder”.
Faltaban pastores y escribieron a Suiza para que les mandaran cuan- tos pudieran. Las iglesias hermanas les enviaron incluso a algunos que les eran imprescindibles. Muchos jóvenes instruidos por Calvino y otros mayores, fueron consagrados al ministerio de la predicación del
Evangelio. Todos veían, con el fer- vor que otorga la fe, una gran na- ción por conquistar.
El clero por su lado no dormía y como ya no encontraban ningún apoyo en la corte, se dedicaron a atizar al pueblo. Hubo problemas en varios lugares. Al cardenal Odet de Châtillon, hermano de Coligny, le acusaron el día de Pascua de 1561, de haber celebrado la Santa Cena en su palacio como lo hacían los de Ginebra. El populacho asaltó su palacio y el mariscal de Mont- morency tuvo que ir desde París con una numerosa escolta, para ahogar la sedición.
El duque de Guisa, tenido a distan- cia por Catalina de Médicis y odia- do por los príncipes de sangre, no podía retomar en solitario la autori- dad perdida por la muerte de Fran- cisco I y recurrió a unirse estrecha- mente con el embajador de España, el duque de Alba, que había recibi- do la orden de Felipe II de suscitar disturbios en el reino para debilitar- lo y entregárselo.
Los patíbulos y las llamas de las hogueras encendidas durante cua- renta años no pudieron acabar con la ardiente fe en Cristo que había en los corazones de los reformados. Francia debería conocer todavía ca- tástrofes terribles antes de que las dos partes estuvieran dispuestas a establecer la paz en condiciones equitativas. (Continuará). R
Gaspard de Coligny
(*) Los Estados Generales estaban compuestos por: 1º La realeza y la no- bleza. 2º El clero en general y 3º El pueblo, llamado “Tiers-état” o tercer estado.
HUGONOTES
M á r t i r e s p o r l a f e
Félix Benlliure Andrieux Diplomado en Teología en el Instituto Bíblico Europeo de París. Instalado en España dividió su tiempo entre el pastorado, la enseñanza y la literatura.Desde la Reforma al Coloquio de Poissy
(1521 - 1561) #13
#19
El duque de Guisa presentó las cuentas de la administración del ejército y el carde- nal de Lorena las finanzas del país. Sin embargo a pesar de la importancia de esos temas, los notables les prestaron poca atención, porque lo que realmente importaba en aquel momento era el pro- blema religioso.
Coligny había prometido a los reforma- dos dar la señal de alerta. Se levantó, se acercó al trono inclinándose con respeto y presentó dos recursos, uno para el rey y el otro para la reina madre, que llevaban por título: Súplica de los que en distintas provincias invocan el nombre de Dios si- guiendo las reglas de piedad. Los asisten- tes se extrañaron de ver tanta osadía, por- que la pena de muerte estaba sobre sus cabezas, sin embargo el rey aceptó las sú- plicas y las dio a su secretario para que las leyera.
Los debates duraron varios días y el 24 de agosto tomó la palabra el almirante Coligny, quien pidió la convocatoria de un concilio nacional libre y que entre tan- to se permitiera a los de la religión re- unirse para adorar a Dios. El cardenal de Lorena rechazó de plano la petición, por- que según él, sólo era necesario reformar las costumbres de los feligreses y ello po- día hacerse con admoniciones públicas o privadas.
Al papa Pío IV le preocupó mucho la idea de un concilio nacional porque el re- sultado podría ser un cisma o el restable-
cimiento de la pragmática sanción y es- cribió al rey de Francia para decirle que su corona estaría en peligro y al rey de España para suplicarle que interviniera, pero al no obtener una respuesta satisfac- toria, decidió reabrir las sesiones del con- cilio de Trento que hacía tiempo estaban suspendidas. El pontífice de Roma prefe- ría una asamblea de mayoría italiana que podía controlar, que a un concilio de Francia que podría deliberar sin él y qui- zá contra él.
El maquiavélico cardenal no cesaba de imaginar planes para la exterminación de los herejes hugonotes, cuando de forma repentina, Francisco II fue aquejado de una grave enfermedad. Mandaron hacer procesiones por las calles de París para su curación y suplicaron al príncipe que in- vocara a la Virgen y a todos los santos, con la promesa de no dejar ningún hereje si Dios le sanaba. Sus plegarias no fueron contestadas y Francisco II murió cuando sólo tenía diecisiete años, el 5 de diciem- bre de1560 después de diecisiete meses de reinado. Nadie cuidó de sus funerales porque la reina madre, los Borbones, los Guisa, los cardenales y los cortesanos es- taban demasiado ocupados en sus propios negocios. Fue llevado a San Denis por un viejo obispo casi ciego y dos antiguos siervos de su casa y allí fue sepultado. Antes de que diera el postrer suspiro, los Lorena fueron a esconderse en su aloja- miento donde permanecieron ocultos treinta y seis horas, hasta que conocieron
las intenciones de la reina madre y del rey de Navarra. Les conserva- ron las dignidades, pero nunca más fueron los dueños del Estado. Le sucedió en el trono su hermano Carlos IX, de solamente diez años de edad. Como era menor, Catalina de Médicis se nombró regente y Antonio de Borbón teniente general del reino. Hubiese podido, como primer príncipe de sangre, reclamar la regencia, pero no lo fue por falta de firmeza. El príncipe de Condé salió de prisión; el condestable Anne de Montmorency recuperó su oficio de gran maestre al lado del nuevo rey y el almirante Coligny, no pidió nada para sí, sino que in- tentó usar las circunstancias para obtener el libre ejercicio de la reli- gión. La regente era una mujer su- persticiosa, sin piedad y con pocos escrúpulos. Su única pasión era lle- var las riendas del gobierno y tuvo miedo de la ambición de los Guisa, por lo que se acercó a los reforma- dos e hizo caso de los consejos de tolerancia de Coligny y del canci- ller católico, Miguel de l´Hôpital. Los hugonotes comenzaron a respi- rar.
Los Estados Generales empezaron en Orleans el 13 de diciembre. El canciller L´Hôpital tomó la palabra el primero en nombre del rey que era menor de edad y la regente, para decir que los desvíos de la iglesia habían causado el nacimien- to de herejías y que tan sólo una buena reforma podría subsanar el problema. Aconsejó a los católicos que se adornaran de virtudes y bue- nas costumbres, que atacaran a los adversarios con las armas de la ca- ridad, de la oración y de la persua- sión.
El clero había escogido como por- tavoz a Juan Quentin, profesor de derecho canónico, quien dijo que los oradores anteriores habían ha- blado por su cuenta sin pensar que los Estados Generales formaban un cuerpo del cual el rey era la cabeza y la iglesia la boca.
El político Lange, abogado del par- lamento de Burdeos, en representa-
ción del “tiers-état”* atacó con ar- dor tres vicios del clero católico: la ignorancia, la avaricia y el lujo, de- jando entrever que los problemas cesarían cuando esos abusos se co- rrigieran.
Los Estados Generales fueron muy útiles para la Reforma. El cardenal de Lorena, muy descontento por ha- ber ocupado un lugar secundario, se retiró en su arzobispado de Reims. Su hermano el duque de Guisa, se apartó de la corte y la reina madre al ver que los laicos del gobierno no aceptaban las persecuciones, de acuerdo con el canciller L´Hôpital, manifestó mostrar cierta buena vo- luntad con los calvinistas.
El almirante Coligny hacía predicar la fe reformada en sus apartamentos y Catalina de Médicis ofreció el púlpito del palacio de Fontaine- bleau al obispo Montluc, quien ha- bía hablado severamente contra los abusos de la iglesia romana en la asamblea de nobles.
En aquellos días de fervor y espe- ranza, los fieles creían que el triun- fo de la Reforma estaba totalmente en manos de los jefes de Estado. Escribieron una carta a Catalina de Médicis y a Antonio de Borbón que decía: “Sólo vosotros podéis permi- tir que Jesucristo sea conocido y adorado en todo el reino, con toda verdad, justicia y santidad. Si decís que queréis extirpar todas las su- persticiones e idolatrías, veréis como todos los que han hecho daño a la iglesia se quedaran sin fuerza, virtud y poder”.
Faltaban pastores y escribieron a Suiza para que les mandaran cuan- tos pudieran. Las iglesias hermanas les enviaron incluso a algunos que les eran imprescindibles. Muchos jóvenes instruidos por Calvino y otros mayores, fueron consagrados al ministerio de la predicación del
Evangelio. Todos veían, con el fer- vor que otorga la fe, una gran na- ción por conquistar.
El clero por su lado no dormía y como ya no encontraban ningún apoyo en la corte, se dedicaron a atizar al pueblo. Hubo problemas en varios lugares. Al cardenal Odet de Châtillon, hermano de Coligny, le acusaron el día de Pascua de 1561, de haber celebrado la Santa Cena en su palacio como lo hacían los de Ginebra. El populacho asaltó su palacio y el mariscal de Mont- morency tuvo que ir desde París con una numerosa escolta, para ahogar la sedición.
El duque de Guisa, tenido a distan- cia por Catalina de Médicis y odia- do por los príncipes de sangre, no podía retomar en solitario la autori- dad perdida por la muerte de Fran- cisco I y recurrió a unirse estrecha- mente con el embajador de España, el duque de Alba, que había recibi- do la orden de Felipe II de suscitar disturbios en el reino para debilitar- lo y entregárselo.
Los patíbulos y las llamas de las hogueras encendidas durante cua- renta años no pudieron acabar con la ardiente fe en Cristo que había en los corazones de los reformados. Francia debería conocer todavía ca- tástrofes terribles antes de que las dos partes estuvieran dispuestas a establecer la paz en condiciones equitativas. (Continuará). R
Gaspard de Coligny
(*) Los Estados Generales estaban compuestos por: 1º La realeza y la no- bleza. 2º El clero en general y 3º El pueblo, llamado “Tiers-état” o tercer estado.