CEREBROS DE SILICIO, ROBOTS CONSCIENTES Y OTRAS MENTES
H. S UBJET IVIDAD
III. L A CONCIENCIA Y EL PROBLEMA MENTE CUERPO
He dicho repetidamente que creo que el problema mente -cuerpo tiene una solución más bien simple, al menos en términos generales, y que lo s únicos obstáculos para tener una comprensión completa de las relaciones mente-cuerpo son nuestro prejuicio filosófico, al suponer que lo mental y lo físico son dos ámbitos distintos, y nuestra ignoran -, cia sobre el funcionamiento del cerebro. Si tuviéramos una ciencia adecuada del cerebro, una explicación del cerebro que proporcionara ex-, plicaciones causales de la conciencia en todas sus formas y variedades, y si superáramos nuestros errores conceptuales, no quedaría nada del problema mente-cuerpo. Sin embargo, la posibilidad de una solución al problema mente-cuerpo ha sido poderosamente cuestionada a lo largo de los años por los escritos de Thomas Nagel (1974, 3986). Argu menta del modo siguiente: por el momento, simplemente carecemos del aparato conceptual para siquiera concebir una solución al problema mente - cuerpo. La razón es la siguiente: las explicaciones en las cien cias naturales tienen un tipo de necesidad causal. Entendemos, por ejemplo, cómo la conducta de las moléculas de H20 causa que el agua adopte la
forma líquida porque vemos que el estado líquido es una con secuencia necesaria de la conducta de las moléculas. La teoría molecu lar hace algo más que mostrar que los sistemas de moléculas de H20 serán líquidos bajo
ciertas circunstancias; muestra más bien que el sistema ha de adoptar la forma líquida. Dado que comprendemos la física en cues tión, es inconcebible que las moléculas se comporten del modo rele vante sin que el agua adopte la forma líquida. En pocas palabras, Nagel argumenta que las explicaciones en ciencia implican necesidad, y que la necesidad implica la inconcebibüidad de lo opuesto.
Ahora bien, según Nagel, no podemos alcanzar ese tipo de necesidad para la relación entre la materia y la conciencia. Ninguna posible descripción de la conducta neuronal explicaría por qué, dada esa con - ducta, hemos de tener dolor, por ejemplo. Ninguna explicación puede dar cuenta, por ejemplo, de por qué el dolor era una consecuencia nece - saria de ciertos tipos de actividad neuronal. La prueba de que la explica- ción no nos proporciona necesidad causal es que siempre pocemos con - cebir ío opuesto. Siempre podemos concebir un estado de cosas en el que lo neurofisioíógico se comporta de la manera que queramos sin que, a pesar de ello, el sistema tenga dolor. Si la explicación científica ade- cuada implica necesidad y la necesidad implica la inconcebibüidad de lo
nuesto, entonces, por contraposición, la concebibilidad de lo opuesto -
mp¡iCa que no tenemos necesidad, lo que, a su vez, implica que no te-
nemos una explicación. La desesperante conclusión de Nagel es la de
aue necesitaríamos una reestructuración enorme de nuestro sistema con -
ceptual para poder resolver alguna vez el problema mente -cuerpo. Este argumento no me convence. En primer lugar, debemos advertir que no todas las explicaciones en ciencia tienen el tipo de necesidad que encontramos en la relación entre el movimiento molecular y la liquidez. Por ejemplo, la ley del inverso del cuadrado de la distancia es una explicación de la gravedad, pero no muestra que los cuerpos hayan de tener atracción gravitatoria. En segundo lugar, Ja aparente «necesidad» de cualquier explicación científica puede ser sólo una función del hecho de que encontramos la explicación tan convincente que no podemos, por ejemplo, concebir que las moléculas se mueven de un modo particular y que el H20 no es líquido. Una persona en los remotos tiempos de la
Edad Media podría no haber encontrado la explicación un asunto de «necesidad». El «misterio» de la conciencia hoy en día está en, aproximadamente, la misma situación en que estaba el misterio de la vida antes del desarrollo de la biología molecular o el misterio del electro - magnetismo antes de las ecuaciones Clerk-Maxwell. Parece misterioso porque no sabemos cómo funciona el sistema de la neurofisiología/con - ciencia, y un conocimiento adecuado de cómo ío hace eliminaría el mis - terio. Además, la pretensión de que siempre podemos concebir la posi- bilidad de que ciertos estados cerebrales pudieran no causar los estados conscientes apropiados podría depender sólo de nuestra ignorancia de cómo funciona el cerebro. Dado un completo conocimiento del cere bro, me parece probable que pensáramos que es obvio que, si el cerebro estuviera en cierto tipo de estado, debería ser consciente. Obsérvese que ya aceptamos esta forma de necesidad de estados conscientes para ciertos fenómenos de mayor envergadura. Por ejemplo, si veo a un hombre que se queja con el pie atrapado en los dientes de un cepo, sé que debe sufrir un terrible dolor. Es, en cierto sentido, inconcebible que un ser humano normal esté en esa situación sin sufrir un terrible dolor. Las causas físicas hacen necesario el dolor.
Sin embargo, concedámosle a Nagel este extremo, por mo r del ar- gumento. Nada se sigue respecto a cómo funciona de hecho el mundo. La limitación que Nagel señala es sólo una limitación de nuestros po - deres de concepción. Incluso suponiendo que esté en lo cierto, lo que su argumento muestra es sólo que, en el caso de las relaciones entre cier-
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tos fenómenos materiales y otros fenómenos materiales, podemos \ presentarnos subjetivamente los dos términos de la relación; mientras que en el caso de las relaciones entre fenómenos materiales y mentales un extremo de la relación ya es subjetivo, por lo que no podemos repre - sentarnos su relación con lo material del modo en que podemos repre - sentarnos la relación entre la liquidez y el movimiento molecular, por
ejemplo. El argumento de Nagel, en pocas palabras, sólo muestra que , no
podemos desembarazarnos de la subjetividad de nuestra conciencia „ para ver su relación necesaria con su base material. Nos formamos una : imagen de la necesidad basada en nuestra subjetividad, pero no pode -*. mos formarnos de ese modo una imagen de la necesidad de la relación entre la subjetividad y los fenómenos neurofisiológicos, porque ya es - tamos en la subjetividad, y la relación imaginativa requeriría que noí saliéramos de ella. (Si la solidez fuera consciente, le parecería mistes rioso cómo estaría causada por los movimientos vibratorios de las mo¡ léculas en ciertas estructuras reticulares y, sin embargo, esos movimiento; explican la solidez.) Podemos apreciar esta objeción a Nagel si imaginamos otras fon" mas de detectar relaciones causales necesarias. Supongamos que Dios o una máquina pudiera detectar simplemente relaciones causales nece^ sarias; en ese caso no existirían, para Dios o la máquina, diferencias en« tre las formas de necesidad materia-materia y las formas de necesidad materia-mente. Además, incluso aunque concedamos que no podemos representarnos ambos términos de la relación para la conciencia y el ce - rebro del modo en que podemos representárnoslos para la relación en tre liquidez y movimiento molecular, todavía podríamos capturar las relaciones causales involucradas en la producción de la conciencia por medios indirectos. Supongamos que tuviéramos de hecho una descrip - ción de los procesos neurofisiológicos del cerebro que causan la con - ciencia. No es en modo alguno imposible que lleguemos a tal descrip - ción, porque los procedimientos de prueba usuales para las relaciones causales pueden realizarse respecto a la relación cerebro -conciencia del mismo modo en que pueden realizarse para cualqu ier fenómeno natural. El conocimiento de las relaciones causales legaliformes nos pro - porcionará todo lo que necesitemos respecto a la necesidad causal. De hecho, ya tenemos los comienzos de tales relaciones legaliformes. Como mencioné en el capítulo 3, los libros de texto más habituales de neurofisiología explican rutinariamente, por ejemplo, las semejanzas y diferencias entre cómo ven las cosas los gatos y los humanos. No se
tiona que ciertos tipos de semejanzas y diferencias neurofisiológi-s sean
causalmente suficientes para ciertas formas de semejanzas y /fferencias en las experiencias visuales. Además, podremos descompo -r ]a aran
cuestión —¿Cómo causa la conciencia el cerebro?— en mu-has cuestiones más pequeñas (por ejemplo, ¿cómo es que la cocaína nroduce ciertas experiencias características?). Y las respuestas detalladas que ya estamos comenzando a dar (por ejemplo, la cocaína distorsiona la capacidad de ciertos receptores sinápticos de reabsorber la n o- repenefrina) permiten las inferencias características asociadas a la necesidad causal (por ejemplo, si se incrementa la dosis de cocaína, se incrementa el efecto). Concluyo que Nagel no ha mostrado que el pro - blema mente-cuerpo sea irresoluble, ni siquiera dentro de nuestro apa- rato conceptual y nuestra cosmovisión actuales. Colin McGinn (1991) lleva el argumento de Nagel un paso más le - jos y argumenta que es imposible en principio que pudiéramos ni si- quiera ser capaces de entender la solución al problema mente-cuerpo. Su argumento va más allá del de Nagel e involucra supuestos que Na gel no acepta, al menos no de un modo explícito. Dado que los presu - puestos de McGinn son ampliamente compartidos en la tradición filo - sófica del dualismo, y dado que en este libro trato —entre otras cosas -de superar esos presupuestos, los enunciaré de un modo explícito e in - tentaré mostrar que son falsos. McGinn supone:
1. La conciencia es un tipo de «material».6
2. Este material es conocido por la «facultad de introspección». La conciencia es el «objeto» de la facultad introspectiva, como el mundo físico es el objeto de la facultad perceptiva (pp. 14 y ss., y pp. 61 y ss.)
Es una consecuencia de 1 y 2, aunque no estoy seguro de que Mc - Ginn la acepte, que la conciencia como tal, co mo es conocida por la in- trospección, no es espacial, en contraste con el mundo físico, que, como tal, como es conocido por la percepción, es espacial.
3. Para poder comprender las relaciones mente-cuerpo, debería mos comprender el «vínculo» entre la conciencia y el cerebro {passim).
6. «Lógicamente, 'conciencia* es un término -de-material, como lo es 'materia'; y no
v
eo nada erróneo, metafísicamente, en el reconocimiento de que la conciencia es un tipo fie materia!» (p. 60), ■„ ., .- ■■• - h
] ] 5 >' EL REDESCUBR1MIENTO DE LA MENTE
McGinn no duda de que existe tal «vínculo», pero cree que es im- posible en principio que Jo comprendamos. Dice, usando el término kantiano, que se trata de una relación que, para nosotros, es nouméni-ca. Es imposible para nosotros entender ese vínculo y, por lo tanto, es imposible que entendamos las relaciones mente-cuerpo. McGinn sugiere que el vínculo está proporcionado por una estructura interna de la la conciencia que es inaccesible a la introspección.
Estos tres presupuestos son cartesianos y la «solución» propuesta es una solución de estilo cartesiano (con el inconveniente añadido de que la estructura oculta de la conciencia es, en principio, incognoscible. Al menos la glándula pineal era cognoscible). Sin emb argo, como en el caso de la glándula pineal, la solución propuesta no es solución. Si ne - cesitas un vínculo entre la conciencia y el cerebro, necesitas un víncu lo entre la estructura oculta de la conciencia y el cerebro. La apelación a la estructura oculta —incluso si fuera inteligible— no nos lleva a nin guna parte.
El problema real está en los tres supuestos. En realidad, creo que involucran la mayoría de los errores del dualismo tradicional durante los últimos trescientos años. Específicamente,
1. La conciencia no es un «material», es un rasgo o propiedad del cerebro en el sentido, por ejemplo, en que la liquidez es un rasgo del agua.
2. La conciencia no es conocida por introspección de un modo análogo al que los objetos del mundo son conocidos por medio de la percepción. Desarrollo este extremo en el capítulo siguiente y ya lo he comenzado a tratar en éste, así que lo enunciaré de un modo muy simple: el modelo de la inspección interior requiere la distinción entre el ■&CVC ■As. ;imp^d«íY&s y «i ■cfojeto \mp^twwaslE>, ^ TÍCI pítfkrricft istofcAa-cer esa
distinción para la conciencia. La doctrina de la introspección es un buen ejemplo de lo que Wittgenstein denomina el embrujamiento de nuestra inteligencia por medio del lenguaje.
Además, una vez que nos hemos desembarazado de la idea de que la conciencia es un material que es «objeto» de la introspección, es fá cil ver que es espacial, porque está localizada en el cerebro. En la ex- periencia consciente no aprehendemos ni la Jocalización espacial ni las dimensiones de nuestra experiencia consciente, pero ¿,por qué debería - mos hacerlo? Es una cuestión neurofisiológica extremadamente com- plicada, que estamos muy lejos de solucionar, la de determinar exacta -
mer)te cuál es el lugar de la experiencia consciente en nuestro cerebro.
por todo lo que sabemos, podría estar distribuida sobre porciones muy ¿xtensas del cerebro.
3. La conciencia y el cerebro no están relacionados por «vínculo»
a]guno, más de lo que lo están la liquidez del agua y las moléculas de
^O. Si la conciencia es un rasgo de nivel superior del cerebro, no pue de haber cuestión alguna sobre la existencia de un vínculo entre el ras -00 y el sistema del que es un rasgo.