La condición inmigratoria en el País Valenciano La provincia de Castellón
4.1.1. L A OSCILACIÓN MIGRATORIA DE MEDIADOS DEL SIGLO
Sin embargo, a partir de los años veinte, la «época dorada de la naranja» disparará lo que Furió llama «la euforia de la economía valenciana». Es indispensable señalar la coincidencia entre la fuerte atracción que esto ejercerá para la fuerza de trabajo de otras regiones, y la consolidación del
agrarismo como referente propio en el imaginario colectivo de las gentes de País, y también fuera de él.9 Dentro de este agrarismo, como se indica, es notoria la hegemonía cada vez más indiscutible de la naranja que, pa- sando por alto el hecho de que este cultivo esté sobre todo concentrado en algunas zonas, se erige en referente identitario primordial de todo el País (Piqueras, 1996). De 3.000 ha destinadas al mismo en 1870, se pasa a más de 50.000 ha en 1910; mientras que las toneladas exportadas van de
8 Según Blanca Sánchez (1995), entre 1915 y 1919, alrededor de 300.000 españoles entra-
ron en Francia, y aunque los retornos fueron también elevados, el censo francés de 1921 recogía todavía unos 254.000 españoles.
9 Algo que está en la base del enfrentamiento con Cataluña a costa de su vinculación al
proteccionismo industrial y la opción de las élites agrícolas valencianas por el centralismo español (a pesar de que el Gobierno central se decantaba no sólo por ese proteccionismo industrial, sino también por el agrícola), que en adelante se servirá de ellas para contra- rrestar los intentos soberanistas del Este peninsular (ver de nuevo a este respecto, Ernest Lluch, 2001 [1976]). La economía española también hará de la dinámica exportadora de la agricultura valenciana una fuente indispensable de equilibrio de su balanza de pagos, con la consiguiente posibilidad de adquisición de insumos industriales para el despegue del sector secundario, ya en las medianías del siglo XX.
las 6.800 en 1850-1851, a las 362.400 en 1910-1911, que serían casi el triple, 931.536 en 1929-1930. En 1961-1962, se llega a más de un millón de tone- ladas de naranja exportadas (Domingo, 1983: 100).
Este extenso monocultivo naranjero, que nunca dejó de ir acompañado del protagonismo de la pequeña propiedad a lo largo del tiempo (el mi- nifundismo llega en diferentes puntos del País a explotaciones medias de 0,8 ha, y parcelas de 0,25 ha), se ha visto ante la permanente contradicción de tener que mantener un precio de mercado aceptable a la par que sus altos costos de producción crecían continuamente, arrojando un clarísimo saldo de benefi cios a favor de los comerciantes sobre los agricultores (algo así como de dos tercios de aquéllos, donde la mayor parte de los costos y riesgos va exclusivamente para estos últimos), lo que ha provocado una constante expulsión de pequeños agricultores en el agro valenciano.
La atracción sobre la fuerza de trabajo ajena al País como consecuen- cia del auge exportador de la naranja se acentuaría sobremanera en los años treinta del pasado siglo, tanto por la depresión que sacude a España, como por los propios desplazamientos forzados por la Guerra Civil. Así, los aproximados 21.000 inmigrantes españoles de los años veinte, pasan a más de 200.000 en los años treinta. Al mismo tiempo, y por el propio desa- rrollo exportador agrícola, desde los años diez del siglo XX se profundiza el
desequilibrio demográfi co entre las comarcas interiores y litorales del País Valenciano, con una continuada emigración desde aquellas primeras a las de agricultura más rentable, sobre todo las de La Plana, L’Horta, La Ribera, La Safor y L’Alacantí, que siguen experimentando un sostenido crecimiento de sus núcleos urbanos.
Hasta 1950 sólo algunas comarcas del País incrementaron su población: la Plana de Castellón, el Camp de Túria y el valle de Ayora lo hicieron en torno a un 33%; las Riberas de Júcar y La Safor sobre el 50%; las comarcas del Vinalopó, L’Alacantí y el Bajo Segura en torno a un 75%, y el Camp de Morvedre (Sagunt), L’Horta de Valencia, con Valencia a la cabeza pero no exclusivamente, ganaron más de un 100% de población.
Es de resaltar, también, con el auge de la agricultura valenciana, la consolidación de una inmigración temporera en el País para la cosecha del arroz y la vendimia, que están muy concentradas; mientras que la recogida de la naranja, más esparcida a lo largo del año, sólo arrastra a la propia población valenciana del interior.
Tras la Guerra Civil y la emigración forzosa de millares de valencianos, una nueva ola de inmigración se producirá en estas tierras: la de funciona-
rios, militares, alguaciles, falangistas, que acentúan el proceso de desvalen- cianización (Furió, 2001) que se había venido produciendo desde la temprana castellanización de la nobleza tras el alzamiento de las Germanías.10
Para 1950 el saldo migratorio está casi igualado en el País, con 3.611 personas a favor de la inmigración, mientras que para 1960 la emigración es preponderante, haciendo que el saldo bruto migratorio sea de —13.421 personas (Mollà y Castelló, 1992). En el conjunto de los años cincuenta el País Valenciano había perdido casi 32.700 personas en la emigración reco- nocida.11 Para el periodo 1946-1962 el Ministerio de Trabajo ofrece la cifra de 61.607 emigrantes en la provincia de Valencia, 18.351 en la de Alicante y 12.129 en Castellón. En total 92.087 emigrantes. Una cifra considerable, que en realidad cobra su mayor peso en sólo 4 años, los que van de 1959 a 1962, en donde salieron 86.124 valencianos, de los cuales 73.482 a Europa, y 2.642 a América12 (Vidal, 1974). Y es más signifi cativa aún si tenemos en cuenta, como advertía en los años setenta Vidal, que una gran parte de esa emigración era temporera, al campo francés sobre todo, y estaba sujeta a cupos que anualmente se distribuían por provincias: en realidad la «oferta» valenciana de fuerza de trabajo para emigrar superaba con creces esos cupos, en más de un 50%. Lo que refl ejaba, de hecho, un paro encubierto en el agro valenciano.
En los cuatro años siguientes, de 1963 a 1966, emigraron del País Va- lenciano a trabajar a Europa 163.274 personas, el 90% de ellas a Francia
10 Ver Piqueras (1996) sobre el proceso de castellanización del País Valenciano. También
Mira (1997) y su argumento de un «cuerpo sin cabeza», para referirse a una muy escasa nobleza valenciana, ya que tras la derrota de las Germanías se da entrada a la nobleza castellana en fechas tan tempranas como el siglo XVI, signifi cando el primer retroceso de la entonces incipiente burguesía productiva frente a las fuerzas nobiliarias. Proceso que con diferentes características se repetiría más veces a lo largo de la historia valenciana.
Tras la Guerra Civil, la importancia de esa castellanización demográfi ca no tiene que ver solamente con el número de los «nacionales» venidos, como nos indica el autor mencionado en el texto, sino por los cargos que van a desempeñar (maestros de escuela, catedráticos, jefes y empleados de administración pública, etc.).
11 Para aquellos años la emigración real en España podía ser entre el 35% y el 57% mayor
de lo que admitían las cifras ofi ciales, según García Fernández o Sánchez López, entre otros, citados en Vidal (1974).
12 Por provincias, de Valencia salieron 47.925 personas a Europa y 1.825 a América; de
Alicante, 13.747 a Europa y 704 a América; y de Castellón, 11.810 a Europa y 113 a América. Las causas de este cambio de «preferencia» de destino hay que verlas no sólo en los años dorados del keynesianismo europeo, sino en la paralela acentuación de la periferización económica que emprendieron las economías latinoamericanas, como ya se dijo en 3.1.2.
(Barbancho, 1970). Si bien la temporalidad de esa emigración era alta, eso no nos debe hacer olvidar que la emigración permanente también estuvo presente con todo su dramatismo. Sólo para la provincia de Valencia, entre 1968 y 1972 las cifras ofi ciales, modestas como hemos dicho, reconocían una emigración permanente de 28.234 personas, nada más superada en los dos últimos años, 1971 y 1972, por Orense, La Coruña y Granada (Vidal, 1974).
El retroceso que acompaña al periodo de autarquía franquista se re- vierte en parte en los años sesenta (a partir del Plan de Estabilización de 1959), con el intento de acompasarse a la política económica europea. En esa década por primera vez la industria superará a la agricultura, y hasta bien entrados los setenta también estará por encima del sector servicios. El crecimiento industrial valenciano en esos años fue mayor que el cata- lán y el vasco, debido no solamente a la buena marcha y expansión de la industria artesanal, aun a pesar de su tardía reconversión, sino también a la implantación de empresas transnacionales como la Ford o IBM, además
de la propia IV Planta siderúrgica de Sagunto, la petroquímica de Castellón o la de aluminio en Alicante, que encontraban en la recién proletarizada población valenciana una fuerza de trabajo todavía poco confl ictiva.13 Se trataba casi siempre de industrias de enclaves, aisladas, que no generaban tejido social obrero, y basadas en una oferta de mano de obra barata y abundante, con una organización reivindicativa débil (propia ya de por sí de sectores industriales poco concentrados), cuya endeblez era potenciada todavía más por el marco jurídico-político del momento. Hablamos, en de- fi nitiva, de una industrialización que en boca de algunos de los principales economistas que dieron cuenta de ella en esos momentos, representaba «una contratendència de les lleis generals del capitalisme industrialitzat» (Lluch, 1974 y 2001 [1976]). Todo ello en medio de una proverbial falta de planifi cación para el desarrollo integrado de los distintos sectores de la eco- nomía (carencia que se agravaría enormemente con la explosión turística), dejando en manos de las grandes compañías las decisiones de inversión e infraestructura, según sus propios intereses (Gaviria, 1974).
Y aquí es donde nos topamos de nuevo con la complejidad paradójica del fenómeno migratorio, en el que se entrelazan de manera constante fl ujos de emigración e inmigración. Desde fi nales de los años sesenta in-
13 El País Valenciano presenta pocos confl ictos laborales, pocos accidentes de trabajo y
migrarán al País, como obreros industriales, unas 62.000 personas de otros puntos de España durante unos 6 años (principalmente de La Mancha —provincias de Albacete, Ciudad Real y Cuenca, ante todo— y Andalucía —Cádiz y Jaén en su mayoría—, más las provincias de Badajoz y Teruel). Proceso que generó las primeras tensiones laborales y depresión de los salarios, a partir de 1971 (algo que hoy se vuelve a esgrimir también en contra de la inmigración, esta vez extraestatal), y «añadirá un elemento más de congestión física y social en un área en rápidas transiciones sociales» y sin las dotaciones de servicios adecuadas (Marco, Muñoz, Fernández, García-Ferrer, García Ramos y Sanchis, 1974: 56).14
Siguiendo con la paradoja de los procesos analizados, encontramos que en esos mismos años la mecanización del campo supuso por un lado el fi n de la inmigración temporera de jornaleros de La Mancha y el Bajo Ara- gón; y por otro, la expulsión de fuerza de trabajo agrícola autóctona, una parte de la cual fue absorbida por las pequeñas y medianas industrias del País, distribuidas en 4 grandes zonas: Castellón-Onda, Valencia capital y su hinterland,L’Alcoià, y el triángulo Alicante-Elche-Elda. La otra parte del campesinado expulsado del agro emprende, como ya se ha dicho, la vía de la emigración europea, bien como temporeros, sobre todo a la Camarga francesa (en 1970 esa emigración supuso más del 22% del total de la es- pañola a Francia, y en 1971 casi el 24%),15 bien como nuevos proletarios industriales a las fábricas de Alemania y norte de Francia, especialmente. Mientras, nuevas hornadas de obreros recién constituidos como tales acu- dían a las industrias valencianas desde otros lugares de España.
14 Hay que tener en cuenta, además, que con el despegue industrial y la aceleración de
los servicios turísticos, sectores que se sumaban a la tradicional exportación agrícola, el País Valenciano había ido aumentando su peso en la Renta Nacional española. Peso que se equilibró con la llegada de emigrantes internos (en 1962 la población valenciana suponía el 8,1% de la española, con el 8,4% de la Renta Nacional; en 1973 uno y otro indicador suponían el 9,2% —Martínez, Reig y Soler, 1978—). La concentración de esos emigrantes en determinadas zonas del litoral valenciano afectó también profundamente a la dinámica lingüística e identitaria, en general, del País (Piqueras, 1996).
15 Favorecían este hecho las facilidades que proporcionaba el empresariado francés. Para
el postulante a emigrar bastaba con dar su nombre a la Hermandad de referencia y a través suyo tenía resuelto el viaje, el alojamiento e infraestructura básica en el lugar de trabajo (nuestros empresarios, en cambio, parecen estar todavía lejos de ofrecer hoy esas mismas posibilidades a los nuevos inmigrantes). En el secano valenciano, la emigración temporal a la vendimia o a la remolacha, por ejemplo, llega a estar institucionalizada (Puerto y Uros, 1974).
Desde mediados de los años sesenta y década de los setenta desciende signifi cativamente el número de jornaleros y de pequeños agricultores, a la par que se produce un auténtico proceso de despoblación del interior del País hacia las ciudades del litoral (más de 300.000 personas dan cuerpo a ese proceso). Entre 1960 y 1970 el 44% de los municipios del País Valen- ciano pierden población, pero en Castellón son el 72,5% de ellos. Una vez más, son sólo unas pocas zonas del País las que concentran la atracción inmigratoria: la capital y su área metropolitana (en 1975, uno de cada tres habitantes de ella no había nacido en el País Valenciano), L’Alacantí, las comarcas del Vinalopó, algo L’Alcoià, y la Plana de Castellón. Casi todas las demás sufren un proceso de despoblación y éxodo rural, comparable al de buena parte del resto de España.