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La formación histórica de una fuerza de trabajo (migrante) mundial

2.5. E STADO ACTUAL DE LAS MIGRACIONES EN EL MUNDO

2.5.2. L OS SISTEMAS MIGRATORIOS CONTEMPORÁNEOS

Podemos identifi car en la actualidad cuatro grandes sistemas migra- torios en el mundo:45 el norteamericano, el europeo, el de la región Asia- Pacífi co y el del Golfo Arábigo.

A. Norteamérica

En el caso de Norteamérica (EEUU más Canadá), como parte de la atrac-

ción migratoria de los centros sobre las periferias antes aludida, podemos decir que su porcentaje total de recepción de migración mundial aumentó de 16% en 1970 a 23% en 2000. Proporción que signifi có en esos países algo más de la triplicación de cifras absolutas de inmigración, de 13 a 41 millones. Un incremento medio anual de 3,8%, que se debió sobre todo al gran tirón inmigratorio de EEUU, que en 2000 ya contaba con casi 35 millones de habi-

tantes no nacidos en el país (de los 10 millones que tenía en 1970). En EEUU

45 La mundialización de los procesos de producción, de las transacciones comerciales y

de los fl ujos de capital, no parece tener todavía una contrapartida en un sistema integrado de migraciones a escala mundial, de igual forma que en conjunto la globalización capitalista no ha encontrado por ahora su correlato en una forma de estructura política también global. Quizás por eso, porque nadie se atreve a hablar todavía de un sistema migratorio mundial, es que puede aparecer como más válido o entendible descomponer los actuales fl ujos migratorios mundiales en varios «subsistemas» de escala o alcance regional. (Sin embargo, para algunos, esta especie de «subteoría» apenas ha avanzado más allá de un mero carácter descriptivo de identifi cación de entrelazamientos de migración internacionales [Arango, 2000: 43].)

la proporción de migrantes provenientes de las periferias aumentó de 33% a 77% del total de su inmigración, entre 1960 y 1994, mientras que en Canadá ese porcentaje subió de 8 a 80%, entre 1961 y 1992 (Photios, 2000).

En el año 2000 uno de cada cinco migrantes internacionales vivía en

EEUU (Boletín ONU, 2004. Ver gráfi co 2.1).

Veremos enseguida con mayor detalle las particularidades del «sistema migratorio» europeo. Pero vamos a detenernos antes brevemente en las migraciones entre periferias, lo que constituye otra de las características de los fl ujos migratorios (globales) actuales. Dentro de esas migraciones es ineludible hacer referencia a la consolidación de los polos de atracción de Asia suroriental y el Golfo Pérsico.

B. Asia suroriental

Es sabido que las economías del sudeste asiático deben una determi- nante parte de su sostenido crecimiento (el mayor del mundo durante varios años de las dos últimas décadas del siglo XX) a la excepción de las

normas que rigen la «libre» competencia capitalista promovedora de la ruptura del proteccionismo interno de los países periféricos. Excepción que las sociedades centrales (y muy especialmente EEUU) realizaron con

miras a oponer ciertos enclaves de «desarrollo» que sirvieran de contención a la expansión de la «amenaza comunista» en esa región del planeta. Esto terminó por transformar profundamente esas sociedades, que alcanzaron ciertos estándares comparables a los de los países centrales (aunque no precisamente en cuestión de logros de la ciudadanía). Uno de ellos fue la drástica caída de la fertilidad, hasta el punto que ni Corea del Sur, ni Hong Kong, Singapur o Taiwán (como el propio Japón) alcanzaron en ese ítem índices de reposición de la población.

Otro factor de importancia fue el aumento de los niveles de escolariza- ción, que como ya se ha dicho transcurre parejo al aumento de aceptabilidad laboral de la población (ésta no está predispuesta a desempeñar trabajos de formación inferior al alcanzado, es decir, recibir menos de lo esperado por el gasto empleado en formación propia). Por si fuera poco, con el rápido crecimiento económico estos países pasaron de ser excedentarios a defi ci- tarios en mano de obra en muchos de sus sectores y regiones.46

46 Como consecuencia de ese rápido crecimiento, las economías del «milagro» asiático se

Es decir, que las condiciones estaban dadas para la atracción migratoria. Sin embargo, en la mayor parte de países de Asia meridional esa demanda se suele cubrir con desplazamientos internos masivos de población hacia las ciudades donde se concentran las inversiones de capital nacional e internacional (lo que signifi ca una creciente proletarización del campesi- nado). Pero algunos de los países del extremo suroriental, como Tailandia y muy especialmente Malasia y Singapur han visto crecer en gran medida la importancia de su población inmigrada (4%, 20% y 27% respectivamente de su fuerza de trabajo era extranjera al fi nal del siglo XX; aunque Tailandia

y Malasia continental son a la vez importadores y exportadores de mano de obra).

Unos y otros de estos países, junto con Japón, constituyen un polo de atracción migratorio que se ha estabilizado en la región y que representa uno de los pilares de las migraciones intra-asiáticas (está por ver, sin em- bargo, si acabadas las razones de su «emergencia» en los años de Guerra Fría, se mantendrá ese comienzo de «sistema migratorio»). Aunque en este sentido, ha sido sin duda la desintegración de la URSS la que ha incremen-

tado el balance neto migratorio de la región.47

En el lado contrario, dentro de la emigración asiática, tenemos que gran parte emigra a Norteamérica (después del cambio de legislaciones en los años sesenta que permitió la libertad de inmigración extraeuropea), Australia y el Golfo Pérsico.48

cubierta a través de los circuitos de empresas transnacionales (que mueven esa fuerza de trabajo cualifi cada, incluso desde las sociedades centrales). (Skeldon, 2000).

47 Por su parte, Australia (uno de los pocos países centrales que admitieron inmigrantes

para asentamiento permanente), tras dejar de lado en los años setenta sus criterios de aceptación de inmigración, que priorizaban o seleccionaban el origen «occidental», vio cre- cer el porcentaje de población inmigrante proveniente de las periferias, del 20% en 1970- 1974, al 60% en 1990-1994, si bien el fl ujo de incorporaciones anuales de inmigrantes no ha experimentado los ascensos que han caracterizado a otros grandes polos de atracción: se mantuvieron por debajo de los 100.000 durante la década de los noventa. Su mayor fuente de inmigración en la actualidad radica en Nueva Zelanda y otros países de Oce- anía (la diversidad de orígenes inmigratorios en Australia disminuyó ciertamente, pues 12 países respondían de las tres cuartas partes del total de la inmigración a fi nal del milenio —IOM, 2005—).

48 A principios de los años noventa del siglo XX, la población asiática constituía la mitad

de la inmigrada en Canadá, más de un tercio de la de EEUU y entre cuatro quintos y la mi- tad de la australiana. En la última década crece su importancia también en Europa. Todo lo cual es más entendible a partir de la consideración de su enorme peso demográfi co (Skeldon, 2000).

C. Golfo Pérsico

Precisamente en el Golfo Pérsico, la «economía del petróleo» ha sido el factor desencadenante de su gran fuerza de gravitación inmigratoria, hasta el punto de convertir esta región en un sistema migratorio estable. Hasta la segunda mitad de los años setenta del siglo XX, esa economía dependió

en gran medida de inmigrantes de otros países árabes, especialmente egip- cios, jordanos y yemeníes. Pero el temor de los Gobiernos petroleros a las reivindicaciones de derechos de los ciudadanos de estos países basadas en su identidad árabe (IOE, 1999), les impelió a demandar y encauzar fuerza de

trabajo de otras regiones asiáticas (con especial atención a India y al extremo oriental de Asia). Desde entonces los fl ujos asiáticos a la zona han fl uctuado según variaba el precio del petróleo, y también varió la composición de la inmigración según fue desarrollándose la economía petrolera. A partir de la segunda mitad de los años ochenta, creció la demanda de mano de obra más cualifi cada, para la fase de mantenimiento de las infraestructuras; la demanda de servicios domésticos atrajo inmigración femenina, sobre todo de Sri Lanka, Indonesia y Filipinas (ver, para mayor detalle, Skeldon, 2000).

Pero la región ha atraído también en considerables proporciones in- migración africana y de otros lugares, como fuerza de trabajo cualifi cada de EEUU y Europa, haciendo que los países exportadores de petróleo se ha-

yan convertido en los de mayor porcentaje inmigratorio del mundo, como puede verse en el gráfi co 2.2.

Los países del norte de África han visto incrementar los fl ujos de pobla- ción hacia esa región del Golfo, mientras que los subsaharianos han incre- mentado su emigración hacia Europa y hasta cierto punto hacia EEUU.

Por su parte, la región de América latina y el Caribe, desde que se pa- raron los grandes fl ujos inmigratorios en el primer tercio del siglo XX, se

ha convertido en exportadora neta de fuerza de trabajo, tanto cualifi cada como sin cualifi car, de forma constante desde los años sesenta hasta alcan- zar los máximos en la última década del siglo XX y lo que transcurre de la

primera del XXI.49

49 Procesos a los que hay que añadir una también creciente migración intrarregional:

México alberga buena parte de la migración de paso hacia EEUU —al igual que Marruecos es un paso obligado en la transición africana hacia Europa—, mientras que Argentina ha atraído tradicionalmente a la fuerza de trabajo de los países vecinos, incluido Brasil; tam- bién Venezuela ha sido un foco de atracción para otros países andinos, a partir del boom

En conjunto, puede destacarse también una apreciable variablidad de la migración-refugio, que ha producido elevadas migraciones en zonas o países en confl icto bélico o con fuertes represiones internas. Lo que se traduce por la conversión de países y regiones cercanas en receptores de inmigración, también dentro de la dinámica migratoria intraperiférica. Las regiones más afectadas en las últimas décadas del siglo XX fueron la cen-

troafricana, con Sudáfrica, y la del cabo más occidental de este continente (Costa de Marfi l, Senegal, Togo, Ghana…), Centroamérica y Centroasia.

D. El sistema migratorio europeo

Después de haber exportado población como ninguna otra zona del globo durante siglos, Europa es hoy la región del mundo con mayor nú- mero reconocido de inmigrantes. 57 millones en 1990, 62 en 2000, en torno a los 65 en 2005 (año en que absorbió el 34% del total de la inmigración, por encima de cualquier otra región del planeta). Al tiempo que sus orí- genes se han diversifi cado hasta el punto de ser la región con inmigración de procedencia más diversa después de América del Norte.50 Pero frente a todo ello no hay que pasar por alto que, si descontáramos las personas provenientes de la desintegración de los Estados de la Europa oriental, incluida la URSS, las cifras resultarían mucho más modestas.

Con todo, la inmigración ha representado el 89% del crecimiento po- blacional en Europa entre 1990 y 2000.

Ya dijimos que es a partir de la infl exión que se produce en el régi- men de acumulación, en 1973, cuando tienen lugar las restricciones a la inmigración en las principales sociedades receptoras europeas. Esas restricciones, sin embargo, van a dar lugar a un fenómeno paradójico: el de aumentar el asentamiento de la población migrante en esas mismas sociedades. El propio temor a salir del país y no poder volver a entrar, la lucha por el reconocimiento de derecho de lo que es una situación de hecho —la residencia prolongada en esos países—, son factores que estu- vieron en la base de ello.

En esos años, los principales países de destino pierden población inmi- grada del resto de Europa (la Europa Mediterránea), que emprende la vía

50 Así, por ejemplo, el informe de Desarrollo Humano de la

ONU de 2004 daba más de 33 orígenes nacionales para grupos de población inmigrante de más de 1.000 personas en Suecia, en el año 2002 (en 1980, este país tenía 15 grupos con esas condiciones).

del retorno, mientras que ven aumentar la proveniente de las periferias, gracias sobre todo a la reunifi cación familiar. De hecho, el conjunto de la población inmigrada en Europa se incrementa de 18,7 millones en 1970, a 22,2 millones en 1980 (IOM, 2005).

Con la entrada a la UE de los países mediterráneos, las economías cen-

trales no permitieron la inmediata libertad de migración para la fuerza de trabajo de éstos (igual que ya ocurriera con Italia en su ingreso al Mercado Común Europeo en los sesenta) hasta años después, por el consabido temor a un «descontrol» (o fenómeno de «invasión») migratorio. Sin embargo, esos fl ujos masivos no sólo no se produjeron, sino que Italia y España sobre todo, y en menor medida Grecia y Portugal, se convirtieron en receptores de población de la Europa central y nórdica.

Mediada la década de los ochenta, cuando se empezaron a afl ojar las restricciones a las salidas de población de la Europa del Este, comenzaron también los movimientos migratorios de determinadas poblaciones mar- cadas étnicamente, como la de «alemanes» de la Unión Soviética, Polonia o incluso Kazajistán. Entre 1985 y 1989 Alemania recibió una media anual de 284.000 «alemanes» (los considerados como Aussiedler) provenientes sobre todo de esos países, y casi medio millón por año entre 1990 y 1994; para decaer de nuevo a unos 280.000 al fi nal de la década de los 90 (IOM,

2005: 384). Algo semejante, pero en mucha menor proporción, ocurrió con «griegos» procedentes de Albania o con «húngaros» que llegaron de Rumanía y Eslovaquia, entre otros.

Las migraciones intraeuropeas aún crecieron y se diversifi caron más cuando sobrevino la desintegración de buena parte de aquellos países de la Europa oriental (o Segundo Mundo). El número estimado de emigrantes este-europeos en todo el mundo ascendía a más de 4,5 millones a fi nales de 2003. Todo ello a pesar de las restricciones a su libre movilidad impuestas por el resto de Estados europeos.51

51 Hoy continúan las restricciones incluso para los nuevos Estados que se incorporen a

la Unión. Por espacio de dos años tras la adhesión, los actuales Estados miembros de la UE admitirán trabajadores de los futuros Estados miembros con arreglo a sus normas nacio- nales, en lugar de las comunitarias (lo que quiere decir que el «espacio Schengen» no se aplica en ese tiempo a los ciudadanos de esos futuribles Estados de la Unión). Otros dos años después de la adhesión (es decir, 4 años más tarde), los antiguos Estados miembros decidirán qué sistema desean utilizar en adelante, previo informe de la Comisión Europea sobre la situación laboral y migratoria. Por fi n, tras otros tres años (siete en total) «se invi- tará» al conjunto de los Estados miembros a que abran su mercado de trabajo a la población

En la Europa oriental se mantienen en la actualidad grandes polos de atracción neta (República Checa y Hungría), a los que se suman otros que combinan fuerte atracción y expulsión (Croacia, Polonia y Rusia, sobre todo). Frente a ellos, se encuentran los países netamente exportadores de población, como Albania, Bielorrusia, Bulgaria, Moldavia y Ucrania. Mien- tras que algunos, como Lituania y Eslovaquia, experimentan los fenómenos migratorios de forma muy moderada (ver Okólski, 2000).

Durante la década de los noventa, como consecuencia de la guerra en pleno corazón de Europa, amén de las de Asia Central y África Central, se produce una elevación de las solicitudes de asilo en la Europa Occidental, por encima de los dos millones.

En total en esa década se ganaron 6,5 millones de migrantes interna- cionales más, hasta alcanzar los 32,8 millones el año 2000, registrando el incremento más signifi cativo los países del Sur (Italia, Portugal y España), y otros como Irlanda o Finlandia (que pasan a ser considerados de «reciente inmigración»), aunque también aumentaron en un 50% su inmigración Austria, Dinamarca, Luxemburgo o Gran Bretaña.52 A pesar de todo, los tradicionales países de destino han seguido siendo objetivo predilecto de los migrantes provenientes de los países que exportaron fuerza de trabajo mayoritariamente hacia ellos.

de los nuevos Estados integrantes. Y transcurridos otros dos años (nueve fi nalmente), no se permitirá a ningún Estado miembro que exija permiso de trabajo a ciudadanos de otro Estado de la UE con ese tiempo de membrecía.

Según A. Tornos (2004), sin embargo, las previsiones generales para la inmigración de los nuevos Estados miembros —exceptuando Chipre y Malta—, en los 10 años siguientes a su adhesión, suelen coincidir en que no sobrepasarían el millón y medio de personas (un 0,31% de la población total de la Unión). Aunque bien es verdad que se prevé que un 45% de esos potenciales inmigrantes se dirigirían a Alemania y un 8% a Austria, dos de los Estados más empeñados en poner aquellas restricciones.

52 Por contra, la emigración de este último país de «vieja inmigración» también aumentó

en un 40% hacia otros países europeos, mientras que el stock de inmigrantes se estabilizó o incluso descendió en Bélgica, Francia, Holanda o Suecia.