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La aporía de lo global y la interdisciplinariedad

2. El estado de la cuestión: los lugares, las culturas y los medios digitales

2.2 Las estrategias transdisciplinares frente al problema de los lugares

2.2.3 La aporía de lo global y la interdisciplinariedad

La tercera y última estrategia consciente reside en la interdisciplinariedad2 como metodología necesaria para afrontar la complejidad contemporánea. Uno de los aspectos positivos a considerar en este sentido es que las propias disciplinas también definen sus especificidades en los espacios liminares que las comunican y separan al mismo tiempo. Otro de los argumentos a favor es que la estrategia de la interdisciplinariedad se postula en muchas y distintas disciplinas, pues es evidente que:

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Dentro del debate contemporáneo existe una inquietud acerca del prefijo que ha de seguir a la crisis de los modelos disciplinarios modernos. Se cuestiona si las nuevas articulaciones deberían seguir un formato inter-, trans- o multi-disciplinar. En este caso, se ha elegido trabajar con el primero de ellos con la intención de resaltar el potencial de las otras dos relaciones, en la medida que no sólo cuentan las especificidades sino también las zonas de indiscernibilidad, los aportes específicos, los límites y los flujos.

“La indagación sobre las posibilidades de convivencia multicultural tiene cierta

analogía con la construcción de proyectos interdisciplinarios. Si estamos en una época

post y multi, si hace tiempo que es imposible instalarse en el marxismo, el

estructuralismo u otra teoría como única, el trabajo conceptual necesita aprovechar

diferentes aportes teóricos debatiendo sus intersecciones (en cursivas en el original)”

(García Canclini, 2006: 18).

Se ha mencionado que desde finales de los años setenta se produce el «giro cultural» de la geografía. Este giro puede resumirse como el llamado interdisciplinario hacia una apertura y un cuestionamiento simultáneo de su objeto de estudio y de su metodología:

“Lo cultural ha modificado lo geográfico, haciendo posible estudiar cada vez más

‘cosas’, pero también, sometiendo cada vez más ‘cosas’ a escrutinio (…). La geografía

cultural es, pues, un controvertido terreno para el debate (…). Resulta mejor que la

entendamos como una serie de compromisos intelectuales –y de suyo políticos- con el

mundo (…). Dicho terreno no está cerrado ni impone límites precisos al esfuerzo

académico, sino que más bien está abierto y constituye un comprometido estilo de

pensamiento” (Anderson et al., 2003: xix – 2).

Este «giro» no compete únicamente a la geografía cultural, otras ramas, como la geografía política contemporánea, también se han visto afectadas. En su desarrollo británico, con autores como Peter Jackson y Denis Cosgrove, entre otros, este desplazamiento crítico de la propia disciplina estuvo ligado al surgimiento de los estudios culturales a partir del trabajo de Raymond Williams y la Escuela de Birmingham.

La flexibilidad del planteamiento de los estudios culturales, reformulado en los estudios visuales, ha tenido resonancia además en la historia del arte, la estética y la teoría del arte. Quizá sean estas tres áreas de estudio las que se incorporan con mayor lentitud al planteamiento interdisciplinario, sostenidas quizás por el presupuesto de la autonomía de su objeto. Dentro de los todavía informes estudios visuales, el arte se diluye a través de la cultura visual y los tres campos del saber señalados se funden con muchos otros. Para recalcar cómo las distintas ciencias sociales se han visto impelidas a una fuerte autocrítica motivada por el problema de los lugares de la cultura, es necesario invitar a conversar a los propios actores:

“Me parece más razonable y honesto buscar la salida al dilema en otra dirección, una

que aceptando la ausencia real de corte epistemológico alguno –la continuidad de los

objetos, los actos y las prácticas, más allá de las constricciones reguladoras de sus

formaciones institucionalizadas- reconozca con plena consecuencia que la

competencia para abarcar el campo extendido de las prácticas productoras de

significado cultural a partir de la mediación comunicativa principal de la visualidad

requiere el concurso transversal de una constelación de disciplinas necesariamente

abierta y desplegada en un régimen de cooperación-confrontación interdisciplinar.

Sólo esa constelación-batería sería capaz de asumir la propia complejidad /

diversificación de su objeto (expandido): un objeto cada vez menos enmarcado y

sometido a una regulación disciplinar determinada, y cada vez más entreverado de

dimensiones sociales, políticas y antropológicas de un alcance no delimitable en

función de los intereses de dominancia de las distintas formaciones culturales (en

reivindicación de la ‘autonomía’ supone también la defensa de una tradición

hegemónica) y de disciplinas (que a la postre, no tanto se enfrentan meramente a su

objeto pasivamente cuanto lo ‘constituyen’, lo producen como efectiva práctica

cognitiva socialmente institucionalizada)” (Brea, 2006: 6-7).

El proyecto de los estudios visuales, liderado en España por José Luis Brea, no es el único dedicado a extender estas prácticas académicas. Desde Alemania y desde la historia del arte, Hans Belting (2007) indaga los nuevos itinerarios que pueden ser recorridos en las intersecciones del arte con otros estudios, proponiendo una particular antropología de la imagen que ofrece una comprensión integral de los objetos estéticos sin prescindir de las aportaciones más clásicas:

“(…) la necesidad de una historia de la imagen, de la que aun carecemos, en un

momento en que la historia del arte continúa en una tradición demasiado firme, (…),

me condujo a nuevas preguntas, con las que se fortaleció mi convicción de que sólo es

posible indagar acerca de la imagen por caminos interdisciplinarios que no le temen a

un horizonte intercultural. (…). El discurso de la antropología no se restringe a un

tema determinado, sino que expresa el anhelo de una comprensión abierta,

interdisciplinaria de la imagen. Lo mismo puede decirse en lo que respecta a una

temporalidad distinta a la que estipulan los modelos históricos evolucionistas”

(Belting, 2007: 7: 9: 14).

Incluso estudios más específicos de la imagen y la representación, como la teoría cinematográfica, se han visto notablemente conmocionados por el nuevo contexto. Si se mencionaba el «giro cultural» en geografía, otro tanto podría decirse sobre los estudios

comunicacionales que se han volcado en la exploración de la recepción, desbancando la asunción del consumo pasivo y lineal de los mensajes masivos:

“La preocupación por el consumo ha estado durante mucho tiempo ausente de los

estudios cinematográficos (…). Recientemente, sin embargo, se ha suscitado un

creciente interés por la recepción que puede ser dividido en tres grandes áreas. La

primera concierne a la audiencia como mercado, mientras la segunda trabaja desde la

intertextualidad los contextos donde tiene lugar la recepción. La tercera y última área

es la etnografía de las audiencias que recoge la propia experiencia de los públicos en

su relación con el cine” (Jancovich et al., 2003: 6).

El trabajo de campo etnográfico, de corte antropológico y/o sociológico, la importancia del lugar desde el cual ‘se leen’ los media, las filiaciones transnacionales de los productos y los consumidores, y por ende la interdisciplinariedad, colocan a la teoría cinematográfica contemporánea en los bordes de, al menos, la geografía cultural, la sociología de la cultura y la antropología urbana, ampliando los límites de lectura de su propia historia del medio cinematográfico. Un excelente estudio donde se ponen en práctica todas las escalas de aproximación mencionadas es, The Place of the Audience. Cultural Geographies of Film Consumption (Jancovich, Mark et al., 2003), al cual pertenece la cita. Pero podrían mencionarse muchos otros trabajos de autores tan distantes como Jesús Martín Barbero (1991), Douglas Gomery (1992) o Jackie Stacey (1994).

Ninguno de estos proyectos conforma un programa cerrado sino más bien procesos abiertos de experimentación en busca de nuevos enlaces que se van determinando sobre la marcha. Retomando el hilo conductor, lo mismo puede decirse de algunos esfuerzos de

la antropología cultural actual por alcanzar una metodología interdisciplinaria. James Clifford reconoce que “los nuevos paradigmas teóricos articulan explícitamente los procesos locales y globales utilizando relaciones no teleológicas” (Clifford, 1999: 18), y ubica su “práctica académica en la frontera entre una antropología en crisis y unos estudios culturales transnacionales en gestación” (Clifford, 1999: 19). El famoso trabajo de Arjun Appadurai, La modernidad desbordada (2001), incluye desde etnografía, estudios culturales y ciencias sociales, hasta estudios literarios, para dar cuenta del flujo global de migrantes, bienes y mensajes. Temas presentes también en las obras de Néstor García Canclini, y maravillosamente hilvanados desde el punto de vista metodológico en Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad (2006), un texto que se seguirá explorando más adelante:

“Una teoría consistente de la interculturalidad debe encontrar la forma de trabajar

conjuntamente los tres procesos en que ésta se trama: las diferencias, las

desigualdades y la desconexión. Sin embargo, la historia de las ciencias sociales nos

tiene acostumbrados a elaborar por separado estos tres objetos de estudio [desde la

antropología, la sociología y los estudios de comunicación, respectivamente]” (García

Canclini, 2006: 45).

En todos ellos, al igual que en los autores procedentes de otras disciplinas, es palpable la preocupación por la dimensión política, no sólo epistemológica, que adquieren las ciencias sociales, y las humanidades en general, al enfrentar hoy el problema del lugar de la cultura y de la cultura como lugar. Puede afirmarse así, ampliando el alcance de las palabras de Néstor García Canclini, que todas ellas recurren a la interdisciplinariedad como instrumento para cubrir los huecos de la compartimentación académica del saber y

responder, o mejor, intentar responder a “la reestructuración cultural del mundo como clave del final de una época política (en cursiva en el original)” (García Canclini, 2006: 16).