3. Objetivos, preguntas e hipótesis: la perspectiva espacial y los medios digitales
3.1 Objetivos: aplicando la geografía cultural al territorio digital
3.1.7 La perspectiva y la geografía cultural de la imagen
A partir de aquí es posible empezar a construir una geografía cultural de la imagen que atienda a la condición dual del espacio. El lugar de la cultura y la cultura como lugar, son, dada su naturaleza cultural compartida, susceptibles de representación y, por tanto, susceptibles de convertirse hoy en contenidos digitales. La circulación de bienes, personas, medios y mensajes sobre el territorio físico se ha globalizado extendiendo consigo el alcance de los fenómenos socioculturales y socioecológicos que le son correlativos. Su contraparte tecnológica son los medios digitales que están dando lugar a nuevas articulaciones socioculturales y socioecológicas en el plano local y global. El resultado más inmediato es la emergencia de un nuevo territorio de la imagen donde no sólo las representaciones procedentes de las tecnologías analógicas, que continúan vigentes y en uso, se convierten en información digital y pasan a ocupar y conformar, por vez primera, un territorio común y propio. Toda suerte de fenómenos y procesos físicos, presentes y pasados, están siendo afectados por el nuevo régimen digital de representación.
El objetivo fundamental de la investigación consistirá, por tanto, en explorar cómo las categorías de la geografía cultural pueden convertirse en términos de traducción entre las teorías procedentes de las ciencias sociales y las humanidades y la praxis social de la telemática contemporánea, en un esfuerzo sincero por favorecer los desplazamientos de
ida y vuelta entre el territorio físico y el territorio digital. En este apartado se han propuesto ya las coordenadas básicas que serán utilizadas para la consecución de este objetivo. El “territorio”, el “lugar”, el “itinerario”, la “frontera”, la “cartografía” y el “mapa”, han sido someramente definidos en su rearticulación digital bajo el régimen tecnológico del archivo que sustenta el nuevo espacio global de la imagen. La propuesta de explorar las posibilidades del enfoque de la geografía cultural para la investigación de las imágenes, se sitúa precisamente en las intersecciones provocadas por esta rearticulación de las representaciones de los lugares. Rearticulación que no sólo afecta a las representaciones, sino que por su dinámica transforma consigo las dinámicas de la imagen.
Intentar teorizar e investigar acerca del presente histórico partiendo de la producción, distribución, exhibición, conservación y recepción medial que abarca todo tipo de imágenes y representaciones, implica asumir un desafío de carácter técnico y trabajar de lleno con las posibilidades que ofrecen actualmente las tecnologías digitales, donde cualquier fenómeno y cualquier proceso es susceptible de transformarse en archivo digital y en objeto de representación hipermedial, y donde no es posible obviar tampoco los desafíos epistemológicos y políticos emanados de la aporía del conocimiento de lo global. Resulta evidente que el problema de los lugares obliga a situar la teoría sobre el terreno. Pero cuando las relaciones espaciales que se establecen sobre él adquieren escala global y se polarizan desdibujando antiguas fronteras políticas, económicas e ideológicas, la teoría no sólo debe aterrizar sobre este territorio sino navegar su contraparte digital con igual
conciencia crítica y precisión. Planteado en estos términos el estudio de los vínculos entre el territorio físico y el territorio digital de la imagen ha de ser necesariamente interdisciplinar, intercultural e intermedial, en concordancia con las estrategias en uso. De otro modo se volverá a incurrir, una y otra vez, en los mismos errores que se producen cuando parapetados tras las grandes narrativas circunscritas a las fronteras políticas, culturales o disciplinarias nos permitimos la comodidad de marginar las situaciones discordantes desplazándolas más allá (Buck-Morss, 2000). Pero se volverá a incurrir en los mismos errores con una carga añadida, al obviar cómo estas fronteras se reformulan en el territorio digital que es también interdisciplinar, intercultural e intermedial, y donde «todo lo que puede ser enlazado debe ser enlazado». Por ello la geografía cultural de la imagen se define como un experimento de traducción entre la teoría y la tecnología.
La transformación y el reposicionamiento físico/digital de las estrategias transdisciplinares diseñadas para afrontar la aporía de lo global apuntan a cómo se está viendo afectado el problema de los lugares de la cultura. El objetivo de realizar una geografía cultural de la imagen, es decir, una geografía cultural del territorio digital de la imagen, es un intento por responder a este contexto emergente. El surgimiento de un nuevo espacio comunicacional global obliga no solo al replanteamiento del modo en que se configuran los objetos de estudio sino de las estrategias y los instrumentos que se utilizan para aproximarse a ellos. Todo ello ha de afectar, necesariamente, no sólo al resultado sino al proceso de investigación.
Los fenómenos socioculturales y socioecológicos se están convirtiendo en archivos dinámicos sujetos a representación múltiple en el territorio digital de la imagen. Este nuevo régimen de visibilidad comporta grandes riesgos y grandes beneficios, políticos y epistemológicos, que deben ser sopesados. La puesta en práctica de una geografía cultural del nuevo territorio de la imagen habrá de realizarse en línea. De este modo, tanto el proceso cuanto sus resultados estarán sujetos a la traducción de las relaciones de poder que se activan al participar en la producción social de imágenes dentro de un espacio público y privado, que es a un tiempo global y local. En el ámbito extenso de las prácticas de representación, las relaciones de poder se traducen siempre en términos de opacidad y transparencia, de accesibilidad e inaccesibilidad que atañen tanto a los nodos, a los itinerarios y a las redes territoriales, cuanto a las cartografías y los mapas que derivan de las divisiones fronterizas. En el nuevo espacio cultural digital:
“(…) se repropone y con fuerza, la antigua cuestión del control social (…). Un control
de las personas dirigido al control de las cosas y viceversa (…). Lo que confiere
unicidad a este proceso es que el control de las personas y el control de las cosas
están vinculados a la gestión de dos realidades opuestas. Me refiero en especial a esa
relación en la que se basa todo sistema de control social: la relación entre
transparencia y opacidad, entre accesibilidad e inaccesibilidad, (…) al extremo de que
si no se alcanza un equilibrio entre estas dos realidades el control social no es eficaz
(…). El control es ilusorio si no es capaz de conseguir la transparencia del sujeto que
desea controlar, pero también lo es si no se asegura la opacidad del sujeto que
El campo de fuerzas en el que habrá de moverse una propuesta de este tipo ya está dado. Tanto las infraestructuras telemáticas cuanto los llamados “contenidos”, esto es, la información digital o digitalizada que a través de ellas entra en circulación por el territorio físico, están distribuidas de forma desigual e inequitativa. A la brecha digital de corte económico, se unen la brecha cultural, y la brecha generacional que excluyen del territorio digital a gran parte de la población mundial. No obstante, que la geografía cultural de la imagen haya de trabajar en un territorio global de acceso restringido y transparencia cuestionable no impide su consecución. Al contrario, impele su puesta en marcha inmediata para dar mayor presencia y acceso a las cuestiones fronterizas que atañen al territorio digital, rompiendo la identificación que se produce comúnmente entre su dimensión global y una supuesta, o inferida de forma espontánea, homogeneidad transnacional. La transparencia no compete únicamente a quién tiene la capacidad económica, cultural o generacional de recorrer en línea los nodos, los itinerarios y las redes. Tampoco se limita al tipo de nodos, itinerarios y redes a los cuales se tenga acceso. El estatuto de las relaciones de poder dentro del territorio digital y, por ende, dentro de una posible geografía cultural de la imagen, atiende también, y esto es fundamental, al modo en que los recorridos y las relaciones entre los medios, los bienes, las personas y los mensajes son representados.
Un ejemplo que ya ha sido indicado es la Geoweb, que automatiza la geolocalización de los contenidos multimedia en base a un modelo neopositivista del espacio/tiempo, descuidando la riqueza de sus articulaciones socioculturales locales, y obviando la
multiplicidad de los calendarios y las geografías en uso. La Geoweb muestra a la perfección el tipo de riesgos y el tipo de beneficios a los que se expone una geografía cultural de la imagen. A ellos se debe sumar la redefinición constante de los límites entre lo privado y lo público en el territorio digital, donde han perdido su anterior y precaria consistencia. Las imágenes biomédicas son tan útiles al tratamiento de enfermedades como a las estrategias de control social ejercidas por las grandes empresas y los Estados nacionales. La geografía cultural de la imagen debe lidiar con el riesgo de convertir el palimpsesto socioecológico y sociocultural del territorio físico global en un nuevo panóptico. Pero de nuevo es ahí donde reside su urgencia. Las metáforas espaciales de la teoría crítica contemporánea, por sí solas, no son suficientes. Se requiere que la teoría aterrice también en el territorio digital y comience a trabajar sobre la rearticulación tecnológica del espacio cultural desplazándose de un lado a otro de la Red y produciendo sus propias cartografías allí donde el panóptico se polariza en multitud de paisajes.
Éste es el juego de fuerzas básico que establece el territorio digital, quizás una jugada dialéctica que se desprende de la bidireccionalidad e ingresa en una superficie explosiva llena de conversaciones, polémicas, éxitos, fracasos, barricadas múltiples y alianzas diversas, dentro y fuera de la pantalla. El ejercicio efectivo de una geografía cultural de la imagen no se resuelve por tanto de forma sencilla, sino que debe conjugar las estrategias para afrontar la aporía de lo global con el nuevo régimen de visibilidad de los lugares. Posiblemente, mucho de lo que decimos ahora no llegará a cubrir ni una mínima parte de lo que será. No obstante, comparto con Javier Echeverría (2008) la idea de que el
pensamiento no debe ir por detrás de la tecnología, sino favorecer una actitud proyectiva. Efectivamente, no somos futurólogos pero sí somos partícipes de la manera en que las nuevas tecnologías digitales son y serán utilizadas: “Por tanto, necesitamos algo a lo que se pueda llamar «infoestética»; un análisis teórico de la estética del acceso a la información, así como de la creación de los objetos de los nuevos medios que «estetizan» el procesamiento de información (en cursivas en el original)” (Manovich, 2005: 282).
Una geografía cultural de la imagen así delimitada tiene mucho que ofrecer si se distancia de una consideración exclusivamente negativa de esta particular encrucijada y comienza a proponer nuevas prácticas teóricas y tecnológicas. Para ello, se propone un segundo objetivo. El uso de las categorías procedentes de la perspectiva de la geografía cultural como términos de traducción que permitan desplazar la investigación del espacio físico al digital, y viceversa, intentará convertirse en una guía de viaje transdisciplinar sobre el territorio globalizado. Esta pequeña guía pretende ser un modelo para la construcción de una agenda de específica de trabajo que permita desarrollar investigaciones específicas, a medida que diferentes viajeros se animen a recorrer itinerarios diversos partiendo de sus lugares propios. La necesidad de elaborar esta guía de viaje se justifica, en primer lugar, porque el territorio dual está vivo, se mueve y se transforma día a día, resultando imposible de transitar y cartografiar de una vez por todas. En segundo lugar, porque recorrer, topografíar y mapear el territorio dual es una actividad que sobrepasa con creces la capacidad de trabajo del investigador individual. De ahí que la conjunción de ambos objetivos no implique la realización efectiva de una geografía cultural del territorio digital,
sino la definición de unas coordenadas posibles para su construcción en proceso. Si bien el establecimiento de una guía de viaje transdisciplinar no responda al reto de elaborar algo a lo que se pueda llamar «infoestética», su puesta en práctica pretende ser un primer paso en esta dirección, no exento de obstáculos y peligros que asume en tanto proyecto experimental.