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3. Objetivos, preguntas e hipótesis: la perspectiva espacial y los medios digitales

3.1 Objetivos: aplicando la geografía cultural al territorio digital

3.1.1 La perspectiva y el territorio

Si es en el espacio cultural dual donde se concentra el problema, si las estrategias para afrontarlo deben ser interculturales, traducibles, interdisciplinares e intermediales; si el propio espacio, físico y digital, está poblado de estas interdependencias que transforman los modos de aproximación teórica y existencial a los lugares; entonces, se hace necesario establecer primero algunas coordenadas básicas que ayuden a organizar la escala y el tono de los desplazamientos entre uno y otro. No se puede negar que hoy el espacio cultural se ha globalizado, aunque no de forma homogénea, y que por tanto los entornos compartidos de experiencia han ampliado y redefinido sus límites a una extensión mayor, que se concreta en el alcance transnacional de los fenómenos socioculturales y socioecológicos. La plasticidad, riqueza, heterogeneidad y exhuberancia de lo local transforma el lugar propio en un sistema de localización excesivamente complejo, sostenido por redes de interacción que sobrepasan sus límites espacio/temporales y también los nuestros. Pero la circulación transnacional de medios, bienes, mensajes y personas, se realiza siempre sobre el espacio

físico. En este sentido, mientras todo cambia, todo se mueve, y todo se enlaza día a día a mayor velocidad y eficacia, el espacio físico permanece siempre como límite absoluto de la acción. Por ello constituye la parte más estable de la cadena de acontecimientos y el único que, por ahora, permite establecer una frontera común dentro de la cual se ubica toda tensión entre la dispersión y la concentración. De ahí la importancia renovada que adquiere en estos días el enfoque geográfico, cuando la superficie se ha transformado en el verdadero elemento cohesivo.

La potencia abarcadora de esta matriz específica, que ya está dada en la extensión actual de los fenómenos, requiere de una perspectiva ad hoc y que potencialmente pueda ser también compartida desde varios puntos. Por mucho que algunos nos cansemos de la reiterada mención de “lo global” y de “la globalización”, ciertamente no es posible obviar el papel contemporáneo de esta matriz, ni sustituir la popularidad de estos términos en un esfuerzo por delimitarlos teóricamente enfrentando sus usos. Es aquí precisamente, en estos términos y en este contexto, donde se juega y establece la aporía. Es aquí donde la importancia del espacio digital se hace patente. Inmersos en un entorno transnacional, intercultural, interdisciplinar e intermedial común, aunque heterogéneo, cuyas fronteras corresponden a la totalidad del espacio cultural, es necesario elaborar, o al menos discurrir sobre, nuevas herramientas de investigación que respondan no sólo al desafío teórico de la contemporaneidad sino a la dificultad inherente de ampliar nuestra capacidad técnica y existencial para abarcar dicho entorno.

El espacio digital responde a la escala de este desafío en la medida que condensa en un territorio común las imágenes, las representaciones y las interacciones físicas que pasan a circular a través de las redes telemáticas. No sólo el espacio físico se ha globalizado, también el espacio comunicacional aparece inscrito en la ampliación territorial contemporánea. Es esta nueva condición del territorio sociocultural y socioecológico la que permite por primera vez solventar las limitaciones espacio/temporales que los investigadores encuentran sobre el terreno, aprovechando estas correspondencias entre lo actual y lo digital. El punto de contacto entre uno y otro se encuentra en el nuevo régimen digital de la información y la comunicación que ofrece la posibilidad de contener y organizar en línea, gran parte de la producción, distribución, exhibición, conservación y recepción cultural presente y pasada. Se escribe “posibilidad” y con ello se afirma proyecto.

Aunque la polarización de los fenómenos socioculturales y socioecológicos sobre el territorio físico ha aumentado considerablemente en un breve lapso de tiempo, en un intervalo mucho menor la producción cultural se ha visto reubicada en un único territorio global de acceso transnacional no homogéneo que funciona en tiempo real, en sincronía con ciertos acontecimientos y dispositivos. Además de construirse así un territorio propio para las representaciones de las imágenes verbales, táctiles, olfativas, gustativas, sonoras y visuales que conforman el territorio físico, su propia naturaleza técnica se ha transformado enormemente sumándose a los objetos analógicos la posibilidad digital de convertir cualquier fenómeno en representación dinámica y procesual. Ambas características del

territorio digital constituyen los nuevos anclajes desde los cuales poder aprehender la matriz cohesiva contemporánea, desplazándose sobre la dualidad de nuestro(s) espacio(s). Si «todo lo que sucede aquí debe ser enlazado con lo que sucede allá» es el lema que resume el presente globalizado del territorio físico, este lema se traduce en el territorio digital de la imagen a una consigna semejante, entorno a la cual giran los formatos hipertextuales, que debe ser explorada en profundidad: «todo lo que puede ser enlazado debe ser enlazado» (Holovaty, 2007).

La geografía se impone como el enfoque necesario en tanto disciplina que cuenta con una larga y controvertida tradición de pensamiento centrada en el territorio. No obstante, se ha comprobado además en el apartado anterior que desde el interior de la práctica académica su rama cultural ha truncado los límites disciplinarios, fluyendo en derredor hacia campos distintos del saber, estableciendo nuevas relaciones intra- e inter- disciplinarias, y dando cuenta de concepciones culturalmente diversas del espacio/tiempo. Muchos autores que no provienen específicamente de una formación geográfica están contribuyendo también a su desarrollo, aumentando las fluctuaciones liminares y la porosidad de la geografía cultural (Atkinson et al., 2005), de manera que ésta ha quedado diluida favorablemente en un enfoque: “Llamamos geografía cultural a una manera de estudiar el espacio y no a una rama de las ciencias geográficas (…). Más que un área de conocimiento, es una posición desde la cual observa el investigador” (Fernández Christlieb, 2006: 220). Teniendo bien presentes estas circunstancias particulares, y aquellas estrategias de hecho compartidas que intentan atravesar de forma responsable y rigurosa

la aporía de lo global, la perspectiva de la geografía cultural permite desplazarse por: el corpus de diferentes disciplinas, la imaginación de distintas comunidades, y el acervo multimedial donde se almacena la producción cultural digital y en proceso de digitalización. Todo ello sin olvidar que “el enfoque cultural asume que la realidad espacial es compleja y que todo espacio es producto tanto de los fenómenos de la naturaleza como de la actividad de los grupos sociales” (ídem). El lugar de la cultura y la cultura como lugar obliga a situar la teoría sobre el territorio del cual se nutre el repertorio de nuestras ideas y acciones. La teoría no es más producto de un observador pasivo y desinteresado desde el momento que ingresa en este ángulo de visión. Esta concreción de la producción conceptual concede a las ciencias sociales el papel de proveedoras de la información factual. El territorio físico global como núcleo de cohesión de los fenómenos socioculturales y socioecológicos se convierte en el laboratorio de pruebas que exige a la especulación un alto grado de contrastación empírica. Al mismo tiempo, el valor de sus enunciaciones se sostiene o derrumba en función de articulaciones espacio/temporales que se multiplican favorecidas por desplazamientos transnacionales, transdicisciplinares e interculturales a los que se ve sometido: “Los significados son contextuales, específicos y contingentes. Aquí es donde la geografía entra en escena: puesto que culturalmente, las cosas suceden de modo diferente en diferentes lugares (en cursivas en el original)” (Barnett, 2004: 42). De este modo, la geografía cultural que amplió sus competencias incluyendo en su articulación los debates de otras disciplinas, influye retroactivamente en ellas (y en sí misma) al cuestionar la validez universal de la abstracción. En cualquier caso, esta táctica de suspensión aérea de la teoría tiene que ver más con la caída posmoderna de

las grandes narrativas, y la desconfianza generada por ella hacia las macrointerpretaciones, que con una especificidad única de la perspectiva cultural en geografía. Lo que ésta tiene de propio y específico consiste en que ha sido capaz de ofrecer de nuevo un terreno sólido donde poder desprender lo teórico de sus amarres celestes sin caer en el vacío, y en ello han colaborado también disciplinas que pese a todo continúan siendo bastante disciplinadas como la antropología, la sociología y la historia. En esta dirección, han contribuido por igual tanto el peso cohesivo de la matriz actual cuanto la fragilidad a la que se han visto sometidas las especulaciones científicas. Es indudable que el grado de contrastación producido por estas transformaciones empuja hacia la búsqueda de un mayor volumen de datos sobre los cuales poder aterrizar, literalmente, la reflexión conceptual sobre el espacio cultural, no para debilitarla sino, al contrario, para fortalecerla y sostener a través de ella algunas claves de lectura compartida que permitan transitar las restricciones espacio/temporales del lugar de la cultura y de la cultura como lugar. A esto se suma la necesidad de aprender a desplazarse por un espacio dual, físico y digital, que reafirma la importancia de la perspectiva geográfica y cultural, aprovechando para ello los avances realizados por este enfoque.

El primer paso consiste en elaborar desde la geografía cultural un vocabulario en tránsito, capaz de surcar la dicotomía espacial. Visualizar el complejo sistema telemático actual como territorio digital, y no simplemente como espacio o ciberespacio, ayuda a esclarecer las múltiples interrelaciones que este sistema mantiene con las formaciones territoriales físicas, al tiempo que arma una batería de categorías de larga data vinculadas con el

espacio que pueden ser aplicadas al análisis de su dimensión digital. En ningún caso la globalización del territorio dual es homogénea. Pero la falta de homogeneidad del sistema telemático no imposibilita su articulación como herramienta de investigación sociocultural y socioecológica, simplemente obliga a aproximarse a él con el mismo paquete de precauciones con el que se observa, desde la perspectiva cultural, el territorio físico. Antes de concretarse como concepto, la aplicación del término “territorio” a las nuevas tecnologías de información y comunicación tiene la función primordial de actuar como metáfora necesaria para aprehender el grado de correspondencia que éste muestra respecto a los fenómenos del territorio físico, desdibujando los enlaces entre la virtualidad y la irrealidad, abriendo paso a una consideración más profunda y al mismo tiempo más sencilla y directa de las interacciones que se dan entre uno y otro. El territorio digital es un territorio poblado y construido a través del almacenamiento, la producción, la distribución, la exhibición y la recepción de imágenes y representaciones provenientes del territorio físico. Los fenómenos socioculturales y socioecológicos se traducen a los flujos de información y de comunicación hipermedial en línea.

Asimismo, ‘leer’ el sistema telemático bajo la lente del territorio posibilita la ampliación de la capacidad de acercamiento de las ciencias sociales y las humanidades a las tecnologías digitales. La perspectiva de la geografía cultural con sus categorías asociadas se postula como una estrategia de traducción entre estas disciplinas y la informática contemporánea. Nada mejor para este cometido que comenzar proponiendo un breve diccionario capaz de definir unas coordenadas mínimas a través del “territorio”, el “lugar”, los “itinerarios”, las

“fronteras” y los “mapas”. No obstante, se ha reservado otro apartado para la inmersión en el “paisaje”, por la importancia específica que ha adquirido dentro de la trayectoria particular de la geografía cultural en tanto disciplina, y por los nuevos matices que éste presenta cuando es reposicionado en perspectiva, dentro de un espacio dual y globalizado.