La Luz Astral según los ocultistas es el elemento del cual procede o nace todo lo que existe. Se le ha llamado también "alma universal", "matriz del universo", "mysterium
magnum", "Gran Serpiente", "Dragón", etc. Eliphas Levi la define así:
"Existe una fuerza en la naturaleza que es más poderosa que el vapor, por medio de la cual un solo hombre que pueda dominarla y sepa cómo dirigirla, puede poner el mundo en confusión y transformar su superficie. Se difunde de forma infinita; es la substancia de los cielos y la tierra, por eso es fija o volátil según sus grados de polarización. Fue llamada por Hermes Trimegis-to "el Gran Telesma." Cuando produce radiación se llama luz. Es la sustancia que fue creada por Dios antes que todo lo demás cuando dijo: ¡Que la Luz sea! Es substancia y movimiento a la vez; es un
fluido y una vibración perpetua. La fuerza inherente por la que se pone en actividad se llama magnetismo. En el espacio infinito es la luz llamada éter; se hace luz astral en las estrellas que magnetiza, en los seres organizados es luz magnética o fluida. En el hombre forma el cuerpo astral, o mediador plástico. La voluntad de los seres inteligentes actúa directamente sobre esta luz, y a través de ella sobre toda la naturaleza, que está sujeta a las modificaciones de la inteligencia. Esta fuerza fue conocida de los antiguos; se trata de un agente universal que se equilibra por su propia luz, aunque su dirección depende inmediatamente del Gran Arcano de la magia trascendente.
Los Gnósticos lo representaron como el cuerpo ardiente del Espíritu Santo, y fue adorado en los ritos secretos del Sabbath o del Templo bajo la figura de Baphomet, o el Macho Cabrío de Mendes.
Este fluido que lo penetra todo, este rayo separado del esplendor del sol, y fijado por el peso de la atmósfera y por el poder de la atracción central, este cuerpo del Espíritu Santo, que llamamos la Luz Astral y el Agente Universal, este éter electromagnético, este calórico
luminoso y vital, se representa en los monumentos antiguos por el velo de Isis, que une dos polos mediante una
serpiente con cabeza de toro, de macho cabrío o perro en las teogonías antiguas, y por la serpiente que se muerde la cola. Es el dragón alado de Medea, la serpiente doble del caduceo, y el tentador del Génesis; pero es también la serpiente de bronce de Moisés que rodea la Tau, es decir, el lingam generativo de Siva; es el Hyle de los Gnósticos, y la doble cola que forma las piernas del gallo solar
Abraxas. Por último es el demonio del dogmatismo exotérico, y realmente es la fuerza ciega que las almas deben
conquistar, para despegarse de las cadenas de la tierra; porque si su voluntad no les libera de su atracción fatal, serán absorbidos en la corriente por el mismo poder que los produjo y volverán al fuego central y eterno.
El Gran Agente Mágico se revela por cuatro tipos de
fenómenos, y ha sido sujeto a ciertas manipulaciones de la ciencia profana bajo cuatro nombres: calor, luz,
electricidad y magnetismo. Estos cuatro fluidos imponderables son, por lo tanto, las diversas
manifestaciones de la misma fuerza, que es esa substancia creada por Dios antes de que todo fuese creado. Todo lo que existe ha sido desarrollado a partir de ella, y preserva y reproduce todas las formas.
El Gran Agente Mágico es la cuarta emanación del principio de vida, del cual el sol es la tercera forma, porque la estrella diurna es solamente la reflexión y la sombra material del sol de la verdad que ilumina el mundo
intelectual, que a su vez no es más que un brillo salido de lo Absoluto. El sol del mundo divino es la luz infinita, espiritual e increada; esta luz es, más o menos,
explicitada en el mundo filosófico, y se convierte en el foco de almas y de la verdad; después es incorporada y transformada en luz visible en el sol del tercer mundo, el sol central de soles, del cual las estrellas fijas son las chispas inmortales.
Así el ojo del mundo, como lo llamaban los antiguos, es el espejismo de la reflexión de Dios, y el alma de la tierra
es una ojeada del sol que la tierra concibe y conserva por impregnación. La luna concurre en esta impregnación de la tierra proyectando una imagen solar durante la noche, por eso Hermes no estaba equivocado cuando dijo al hablar del Gran Agente, "el Sol es su padre y la Luna su madre." Después añade, "el viento lo lleva en su seno", porque la atmósfera es el recipiente, y como si dijéramos, el crisol de los rayos solares por medio de los cuales se produce el que la imagen viva del sol penetre, vivifique y fructifique toda la tierra, determinando todo lo que llega hasta la superficie por sus corrientes y emanaciones continuas, que son análogas a las del mismo Sol.
Por ser la Luz Astral un instrumento de la vida, recogido de forma natural en los centros vivientes; reside tanto en el núcleo de los planetas como en el corazón de los hombres (y por corazón entendemos el gran compasivo), pero se
identifica con la vida individual de la existencia que anima. De esta forma, es terrestre en su conexión con la tierra, y exclusivamente humana en su conexión con el hombre. En efecto, estamos saturados con esta luz y la
proyectamos continuamente, para hacerle más sitio; con esta proyección se crea la atmósfera personal de Swedenborg. El asiento y polarización de la luz sobre un centro produce un ser vivo; atrae toda la materia necesaria para
perfeccionarla y preservarla, pero no es el espíritu
inmortal como han imaginado los hierofantes Hindúes y las escuelas de magia Goética.
Esta Luz Astral, o luz primordial, vehículo de todas las ideas, es la madre de todas las formas y las transmite de emanación en emanación, simplemente disminuida o alterada en proporción a la densidad de los medios. Todas las formas se corresponden con ideas, y no hay idea sin su forma
propia e individual. Las formas secundarias son reflexiones que vuelven hacia el foco de la luz emanada. Las formas de los objetos son una modificación de la luz que queda donde la reflexión las relega. Así, la Luz Astral o fluido
terrestre se satura con imágenes o reflexiones de todo tipo, que pueden ser evocadas por nuestra alma y sometidas a su Diaphane, como lo llaman los cabalistas; éste es el modus operandi de todas las visiones. Lo que llamamos imaginación es simplemente la facultad inherente del alma para asimilar las imágenes y reflexiones contenidas en la luz viviente que es el Gran Agente Magnético. La Luz Astral preserva las imágenes de todo lo que ha tenido lugar en el pasado, las reflexiones de los mundos que desaparecieron, y las prefiguraciones analógicas de mundos por venir. Es por medio de esta luz que los visionarios extáticos se ponen en contacto con los diferentes mundos, como frecuentemente le ocurrió a Emanuel Swedenborg, que sin embargo, no estaba lo
suficientemente lúcido como para distinguir entre rayos directos y reflexiones. Los clarividentes evocan
simplemente las imágenes de lugares en la Luz Astral; realmente no viajan a estos sitios, y no pueden ver nada sino lo que existe en esta luz, que es latente, y que actuando sobre los nervios, capacita a los sonámbulos a percibir por medio de los nervios solamente y sin la ayuda de la luz radiante."