• No se han encontrado resultados

LA MUERTE INICIATICA

In document ENSEÑANZAS DE FRATER ATAL (página 37-44)

El término Daemon deriva de la palabra griega "daimon", que significa "entidad sobrenatural" o "espíritu." Aunque se ha asociado de forma general con el concepto de "espíritu

malo", el término originalmente se refería a todo ser espiritual que influencia el carácter de una persona. Lo

que ocurrió fue que se aplicó esta denominación a los espíritus menores que ejercían cierta presión sobre la

humanidad, con objeto de que realizasen acciones que muchas veces no estaban de acuerdo con los conceptos morales que la sociedad estaba utilizando.

En realidad los Daemones corresponden a ciertas fuerzas que residen en las regiones oscuras de la psique humana, es decir, en las zonas más profundas del inconscientes y

emergen hacia la consciencia del Ego impulsándolo a ciertas acciones que socialmente pueden estar catalogadas como

reprochables. En este sentido los Daemones están

relacionados con el inconsciente filogenético, es decir, con las características heredadas que subyacen en el código genético de la persona y por lo tanto están relacionados con los antepasados. En cierto sentido, los Daemones pueden ser considerados como espíritus de los antepasados que

viven en el inconsciente del individuo, y que pueden ser invocados y llevados a las zonas conscientes de la psique en el trabajo de recuperación que el iniciado hace durante su desarrollo espiritual.

Antes de que el Espíritu Santo pueda descender al cuerpo, el iniciado debe hacer ascender la serpiente de fuego que yace en la base de su columna vertebral. Cuando este fuego serpentino asciende, el cuerpo físico queda preparado para que la consciencia espiritual habite de forma consciente en él. En el centro del corazón se crea un espacio y en él se producen vibraciones que irradian a todo el cuerpo con luz dorada. El corazón queda marcado por este espacio de forma cúbica con un Hexagrama en su interior que muestra la unión de lo superior y lo inferior, del fuego y de la tierra, del espíritu y de la materia, del Hijo y de la Hija, de Sóter y Sophia. Este cubo es el símbolo de la Piedra Filosofal de los alquimistas y de la Gran Obra.

La Muerte es el gran iniciador; la muerte de todas las antiguas ideas, "conocimientos" superfluos y conceptos agotados. Los sacerdotes de la antigüedad decían que había dos muertes: muerte del cuerpo, que es común a todos los hombres, y la muerte de la iniciación. Y de estas dos la muerte de la iniciación es la mayor.

Es interesante notar que los sueños del moribundo parecen considerar el suceso "terrible" de la muerte física

simplemente como una nueva etapa, un escalón posterior en el progreso humano, una nueva aventura; mientras que los sueños que preceden a la iniciación esotérica parecen con frecuencia ser vistos por la psique como de importancia monumental.

La muerte, sea física o iniciática, es la entrada a una nueva vida; es por eso nacimiento, porque ambos son dos caras de una misma moneda. Muerte e iniciación son

básicamente el mismo proceso, porque ambos llevan consigo sacrificio. Sacrificio es el proceso de abandonar algo bueno por algo mejor. Cuando una forma se desintegra en un nivel, se convierte en energía en otro nivel. El

"sacrificio" en un sentido esotérico ha sido definido como la destrucción de una forma en un plano para liberar

energía y realizar un trabajo en otro plano. Este es uno de los procesos internos de la iniciación.

Dice Mircea Eliade en su libro "Ocultismo, Brujería y Modas Culturales" antes citado: "...en cualquier lugar del mundo tradicional la muerte es, o fue, considerada como un

segundo nacimiento, el comienzo de una existencia nueva, espiritual. Este segundo nacimiento, empero, no es natural como el primero, el nacimiento biológico; es decir, que no es "dado" y que debe ser creado mediante el rito. En este sentido, la muerte es una iniciación, una introducción a un nuevo modo de ser. Y como se sabe, toda iniciación consiste esencialmente en una muerte simbólica seguida por un

renacimiento o resurrección. Además, cualquier pasaje de un modo de ser a otro implica por fuerza un acto simbólico de morir. Uno debe morir a la condición anterior para renacer en un estado nuevo, superior. En los ritos iniciáticos de la pubertad el adolescente muere a su condición biológica natural y vuelve otra vez a la vida como un ser cultural; y desde ese momento tiene acceso a los valores espirituales de la tribu. Durante la iniciación los novicios son

considerados como espectros. En tales casos estamos en presencia de una anticipación bastante verídica de la muerte, es decir, una anticipación del modo de ser de un espíritu. Por eso en algunas culturas encontramos la creencia de que sólo los que han sido iniciados

apropiadamente alcanzarán una postexistencia real; los demás estarán condenados a un estado de larva o serán víctimas de una segunda muerte."

La primera iniciación es una experiencia de la muerte, en la cual el iniciado debe asumir él mismo la muerte de su Ego y su personalidad en aras de la elevación de su

consciencia hacia el mundo espiritual, porque sólo así conocerá su propia realidad eterna y podrá encontrar su aspecto divino expresado dentro de su propia individualidad a través de su Nombre, una palabra sublime que expresará dicha divinidad. Sólo aquellos que hayan llegado a morir y nacer nuevamente como Seres Eternos, podrán ayudar a sus hermanos en el sendero a encontrar sus propias realidades divinas.

El iniciado debe comprender que su visión de la realidad ha estado deformada durante mucho tiempo, y que lo que a la generalidad le resulta aparente, no es más que una mueca de lo real. Debe comprender en qué medida las ideas que ha formulado durante su vida respecto a lo que es el universo, lo que es cada cosa, y lo que es él mismo, están

completamente equivocadas. Debe darse cuenta de que el

conocimiento que no se sustenta en la realidad del espíritu no es tal, pues ni la erudición ni la superstición pueden atentar contra la Gnosis. Debe pensar que la luz del Logos puede dar un nuevo significado a toda su experiencia y producir así un cambio en su forma de pensar, sentir y actuar. Al tener conocimiento directo del mundo interno de la Luz Pura, que es su propia esencia y realidad última, puede ver los fenómenos circundantes como algo que,

desprovisto de esa luz, no es sino muerte, ceguera e ignorancia. Debe morir a esa visión y a ese mundo, para poder renacer en la visión verdadera y en la vida del espíritu.

La muerte está relacionada con la tierra y con la noche. La iniciación está relacionada simbólicamente con la muerte debido a que significa el fin de un estado de consciencia y el nacimiento de otro distinto y superior. Simboliza el cambio profundo que sufre el hombre por efecto de la iniciación.

Desde la antigüedad el seno de la tierra (grutas, cavernas, estancias subterráneas) ha sido el lugar de iniciación. Es en lo profundo de la tierra donde ésta se produce. Esto no sólo indica que cierto tipo de energías telúricas pudieran favorecer la iniciación, sino que el lugar psicológico donde se produce la misma es en el seno de la tierra. Esta misma representación simbólica la encontramos en la tumba como lugar de iniciación. Esta tumba es asimismo nuestro cuerpo, cuando es contemplado desde tal perspectiva. En la iniciación es necesario morir porque de esta forma dejamos de temer a la muerte, al conocer el vasto dominio que encierra. Es el temor a la muerte lo que nos hace agarrarnos a una vida orientada egoicamente y llena de temores. Es el miedo a perder cosas lo que nos hace

agarrarnos a la visión del Ego, y lo que más tememos perder es la vida, por eso es imposible sobrepasar de forma

permanente los límites del Ego sin que se produzca la experiencia iniciática de la muerte.

Toda la existencia participa de la muerte. Basta que el hombre mire a su alrededor, para que se de cuenta de que todo está sujeto a ese Agente Transformador que denominamos

muerte. No hay vida sin muerte ni muerte sin vida, de la misma forma que no hay una moneda con una sola cara.

En la vida todo está sujeto a un cambio continuo, ninguna situa-ción se hace perdurable, sino que todas las cosas están sujetas a esa Ley de cambio continuo, a la muerte, para dar paso a nuevas formas de expresión y manifestación. Este es el verdadero alimento de la consciencia. La

consciencia se expande y amplía sus límites a través de la confrontación de los opuestos, y la muerte, como opuesta a la vida, proporciona a la consciencia un ejemplo genuino de este tipo de confrontación. De este enfrentamiento

arquetípico surge la Luz necesaria para que el iniciado asuma la nueva situación y se desprenda de la antigua. Toda iniciación requiere morir en una situación para renacer en otra más evolucionada y el iniciado está sometido a ese continuum de iniciación en donde son

quemados todos aquellos elementos y aspectos que supongan un impedimento para que la consciencia se expanda y

participe de la unidad inmanente en el universo, porque el iniciado debe comprender que no hay nada fuera de él mismo. De cualquier forma, el iniciado debe comprender que sólo permanecerán aquellos elementos o facetas que sean útiles o que vibren en armonía con los requerimientos del sendero espiritual que él mismo ha elegido. Sólo lo que es puro permanecerá y lo inservible será quemado por los fuegos de la iniciación. De esta forma, a través de la muerte

iniciática, el hombre toma consciencia de una perspectiva nueva de la vida y de sí mismo, porque la muerte encierra todos los Misterios de la Vida.

El iniciado necesita prepararse para la muerte, y asumir un Nombre implica una forma mágica de hacerlo. Cuando el

iniciado da Nombre a ese ser ideal que representa el "llegar a ser" de él mismo, cuando lo delinea y proyecta con su mente y su imaginación, lo visualiza y lo confronta como modelo de sí mismo y aplica su voluntad en asumir los aspectos inherentes de ese ser ideal, está provocando un proceso de muerte para una parte de su propio Ego, la misma que a su vez impide que la Luz de lo Eterno brille y se manifieste en su consciencia.

Por eso la muerte iniciática es el comienzo de la vida eterna, porque incluso en la vida tal como está regida en la naturaleza, la materia se hace eternamente viva gracias a los ciclos de vida-muerte-vida. El renacimiento

iniciático es una expansión de la consciencia gracias a la cual el iniciado se hace uno con el Todo, y sin esta

experiencia, la vida no tiene continuidad consciente y se debe morir para renacer de nuevo.

Servicio y dedicación son, pues, las características

fundamentales del Iniciado. Servicio mediante el trabajo y la meditación, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio. De esta forma el mundo de la muerte cubrirá con las alas de la eternidad su vida y siempre se sentirá protegido y a salvo de los envites del mundo y de las corrientes del caos, porque detrás de la muerte está la Luz que tanto anhelamos y la verdadera Vida Eterna. Ha percibido que la muerte es el comienzo de la vida, y ve que la expansión de su

consciencia pasa ineludiblemente por ella.

La muerte no es más que transformación o cambio de una forma en otra, y descompresión de energías gracias a la liberación de la fuerza cohesiva vital. Por eso la muerte, tanto iniciática como carnal, nos libera de nuestras

limitaciones naturales y es la puerta de liberación para salir de la prisión de la naturaleza terrestre.

La muerte es el símbolo de la destrucción de lo perecedero en la existencia. Indica lo que desaparece en la evolución natural de las cosas, por lo que se relaciona

principalmente con lo físico y con la tierra. Pero en la vida iniciática no sólo representa este aspecto natural de la vida existencial física, sino que también representa a la iniciación misma, en la cual todo lo viejo, el lastre, muere para dar lugar a una nueva visión lograda a través de dicha experiencia iniciática. Los que de verdad son

iniciados, mueren para su antigua visión del mundo y de la vida, para nacer a otra más evolucionada e integrada. No existe ningún progreso iniciático sin muerte.

Durante el transcurso de la vida, ningún evento es más importan-te, ni tiene mayor fuerza de interiorización que la muerte. En la muerte, tanto si es una muerte iniciática o física, se produce una liberación. Es decir, el hombre se libera de aquellas facetas o aspectos propios que lo

mantenían dentro del campo limitado y penoso de actividad y posibilidad mágica que él mismo se había creado. Esto

supone una transformación, pues el hueco dejado por esos aspectos será llenado por otros que tienen su origen en el mundo espiritual y transcendente. Pero el hombre por sí solo, tiene escaso poder de transformación sobre sí mismo. Es verdad que tiene un intelecto superior al resto de la creación, pero está tan alejado de su origen, que ese intelecto junto con su poder de raciocinio son

insuficientes para atravesar la capa de ignorancia con la que se ha cubierto a través de los tiempos.

La muerte, sin embargo, enfrenta al hombre con la imperiosa necesidad de analizar y ver que las cosas que antes eran

importantes, aún cuando pudieran estar basadas sobre códigos éticos y morales, pierden toda su importancia y validez cuando la muerte le cubre con sus alas sombrías. El proceso de inciación lleva implícita una muerte y un renacimiento. En este proceso, el iniciado realiza un entrenamiento sobre la práctica continuada de la muerte, extendiéndose en el análisis a todas las cosas, conceptos y sentimientos que hasta ahora presidían su vida. Debe ver estas cosas una y otra vez a través de los ojos de la

muerte, lo cual producirá un desmontaje de la organización que ha dado a toda su experiencia y a su relación con todas las cosas. Este es un trabajo de servicio y dedicación. Morir significa que la vida ya no va a estar orientada ni dirigida por los meros impulsos y deseos del Ego, esa

entidad que percibimos diferenciada y separada de lo demás, como con autonomía propia, sino que muy al contrario es esa entelequia, o complejo, quien va a morir. Va a dejar de ocupar todo el espacio con su egoicidad, o sentido de yo, para que este mismo espacio quede libre y pueda

manifestarse la verdad. Es una verdadera muerte, porque el individuo pierde aquí sus planes, estrategias y referencias previas.

Durante esta etapa, debe aplicar toda la diligencia posible al enfrentamiento con los problemas que surjan de esta

nueva visión, con lo cual se encontrará en situaciones nuevas y desconocidas, donde es posible que se establezcan luchas internas entre el viejo modelo orientado de forma egoica y el nuevo modelo, digamos, holístico. El trabajo del iniciado es meditar sobre todas estas cosas, y recurrir una y otra vez al estado de iniciación, o muerte, para

recibir el conocimiento y la sabiduría que le permitan escapar de las trampas y agarres de la visión no iluminada y no santificada del universo.

Un ejercicio de cambio de perspectiva a través de la muerte consiste en observar la vida, las personas queridas y no queridas, y en suma todas las cosas, desde la perspectiva de un muerto, alguien que ya partió hacia el reino del más allá y que desde ese mundo eterno ha vuelto y está

nuevamente aquí durante un breve lapsus más de tiempo, en el mundo que le era conocido antes de morir, y ver qué

experiencias y sentimientos aparecen y le mueven desde esta nueva posición. Con seguridad que quien realice esta simple práctica de manera habitual encontrará que su vida se llena de buenas cualidades, mientras que todas las malas

cualidades del pasado, basadas en la ignorancia, el miedo, o el egoísmo, se desvanecen. Podrá comprobar cómo se

quienes deseará ayudar de forma genuina, para que puedan salir de la cárcel de la visión ordinaria, y puedan

participar también de la Luz de los Santos.

De esta forma comprendemos el nulo valor de las cosas

materiales, perdemos los sentimientos egoicos de posesión, celos, ira, u otros, y comprendemos que aferrarse a las cosas, a la vida en última instancia, es un error, pues la verdadera vida sólo puede conocerse cuando se ha muerto. La actitud y motivación debe ser hacia el bien y la felicidad de todos los seres, la naturaleza, el universo.

In document ENSEÑANZAS DE FRATER ATAL (página 37-44)