2. LA PERSPECTIVA DE LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS
2.3. EL CONTACTO Y LA VIDA
2.3.3. La díada madre-bebé
2.3.3.1. La ruptura de la díada
Bowlby (1951, 1969) denominó «maternal deprivation» a la ausencia de relación maternofilial y estableció que las consecuencias negativas de esta privación dependen del grado de la misma. Una privación parcial -en la que existe una figura sustitutiva que da cierto grado de satisfacción a la criatura- acarrea ansiedad, necesidad excesiva de amor, sentimientos de venganza, en definitiva, culpa y depresión; emociones y sentimientos tan potentes que el organismo de la criatura, inmaduro tanto fisiológica como psicológicamente, no puede manejar, y que dada su repetición y acumulación, acaban ocasionando síntomas neuróticos e inestabilidad de carácter. La privación total -que ocurre cuando no hay ninguna persona que cuide y transmita seguridad a la criatura, como sucede en ciertas instituciones, residencias u orfanatos- tiene consecuencias más severas, llegando a condicionar profundamente el carácter y a perjudicar la capacidad de relacionarse de la persona.
Prolonged breaks [in the mother-child relationship] during the first three years of life leave a characteristic impression on the child's personality. Clinically such children appear emotionally withdrawn and isolated. They fail to develop libidinal ties with other children or with adults and consequently have no friendships worth the name. It is true that they are sometimes sociable in a superficial sense, but if this is scrutinized we find that there are no feelings, no roots in these relationships.[…] Since they are unable to make genuine emotional relations, the condition of a relationship at a given moment lacks all significance for them (Bowlby, 1949: 158).
Bowlby (1969) establece una secuencia de 3 fases en el comportamiento del bebé ante la ausencia de la madre. La primera fase, Protest, puede comenzar en cuanto la figura materna desaparece o tardar algo y puede durar desde horas a semanas. Durante la misma, la criatura expresa su sufrimiento al haber perdido a su madre y utiliza todos los medios -llanto, gritos, pataleo- para recuperarla, pues sus expectativas son de que la madre vuelva. La siguiente fase,
Despair, está marcada por la preocupación por la ausencia de la madre, pero la reacción se empieza a moderar, las pataletas se calman o cesan, el llanto puede convertirse en monótono o intermitente, en definitiva, irrumpe un sentimiento de desesperanza. La criatura se muestra retraída e inactiva y parece estar en un estado de profundo duelo, por ello, esta fase es en apariencia tranquila, y se suele malinterpretar como un indicativo de que la ansiedad esta disminuyendo. En la última fase, Detachment, la criatura ha integrado su dolor y comienza a mostrar más interés en su alrededor, aceptando los cuidados, comida y juguetes que se le brindan. Erróneamente, por esta razón, se ha interpretado como un signo de recuperación y de que la criatura se ha habituado a la ausencia materna. Nada más lejos de la realidad, en el caso de que la madre vuelva, se puede observar como la criatura reacciona con distancia, apatía e indiferencia. En esta fase lo que se ha producido es una renuncia a la madre, al apego, al vínculo biológico. Para Reich (1948), lo que se ha producido es una resignación: el bebé se ha contraído, ha retirado su energía tras la frustración de todos sus esfuerzos para establecer contacto.
Cuando la díada madre-bebé se rompe, porque esa madre no está, o es incapaz de ofrecer una continuidad a la seguridad que el feto sentía en el útero, la transición al mundo exterior se vive como una agresión y «Esta actividad defensiva perturba, detiene el crecimiento armónico, la articulación entre las diversas capas del cerebro infantil» (Rof Carballo, 1952: 204-205). Considero necesario precisar que cuando el bebé nace no es capaz aún de elaborar defensas psíquicas para no sufrir, por lo que los impactos que sufre le afectan a nivel biofísico, reaccionando mediante el «encogimiento biopático» mencionado por Reich (1948).
La ausencia de una atmósfera protectora, con cariño, ternura y amor en las tempranas etapas de crecimiento y desarrollo genera una reactividad, una angustia ante situaciones o retos futuros, provocando una contracción de su biosistema, que marcará su personalidad y puede llegar a generar enfermedades y trastornos psicológicos (Reich, 1948; Rof Carballo, 1952; Sánchez Pinuaga y Serrano Hortelano, 1997). Montagu y Matson (1983) destacan la importancia de ese estímulo de afecto a través de los sentidos para que el cerebro transmita las comunicaciones necesarias a la hipófisis. Cuando no se recibe tal estímulo, se produce un fallo en el proceso de maduración a nivel orgánico, fallo que puede ser revertido mejorando el entorno emocional del bebé, que reacciona al afecto retomando su propio ritmo de maduración físico y mental de manera notable. Como Rof Carballo bellamente expresa,
Por la aniquilación del amor en el temprano mundo del niño quedan oprimidas y asfixiadas las fuerzas germinales de productividad existencial, la esperanza y la alegría como poderes esenciales de nuestro ser... Las neurosis depresivas se originan cuando en el más temprano mundo en la vida primera, el hombre es “muerto” en el sentido de aniquilación del amor, de envenenamiento de la esperanza. De la esperanza no en el sentido de un cumplimiento de los deseos del mundo interior sino como una respuesta afirmativa a las exigencias del existir (Martínez López, 2008: 222)
Son numerosos los autores que a lo largo del S.XX estudiaron la importancia de la relación madre-bebé durante las primeras etapas de la vida humana.5 Juan Rof Carballo la definió como «urdimbre afectiva», John Bowlby como «vínculo afectivo», John H. Kennell y Marshall H. Klauss como «apego afectivo», Donald W. Winnicott la denominó «preocupación maternal primaria» y Paul-Claude Racamier «maternalidad» (Sánchez Pinuaga y Serrano Hortelano, 1997). Wilhelm Reich definió el «periodo crítico biofísico» como el periodo que abarcaba desde la formación del embrión hasta el final del primer año de vida, «momento en que se reúnen todas las bifurcaciones, para constituir un biosistema unitario y coordinado […] decisivo para el futuro funcionamiento bioenergético» (1948: 362). Sánchez Pinuaga y Serrano Hortelano (1997) denominan este periodo «fase oral primitiva» (vida intrauterina a 3 primeras semanas de vida extrauterina) y «primaria» (desde las 3 semanas hasta los 10-12 meses), y resumen la característica fundamental de este periodo en la capacidad de autorregulación energética del bebé a través del contacto con el cuerpo de la madre y de la fusión boca-pezón, siendo clave respetar el ritmo biológico y atender las peticiones del bebé, ya que éste dirige sus impulsos y reclama sus necesidades «con una funcionalidad biológica, y no debemos pretender modelar, frustrar, enseñar o domar sus manifestaciones» (1997: 146)