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2. LA PERSPECTIVA DE LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS

2.3. EL CONTACTO Y LA VIDA

2.3.1. Tribus noviolentas

Numerosos estudios antropológicos nos hablan de la existencia de tribus noviolentas, y en todas ellas, uno de los factores característicos es el afecto físico y la ternura en la crianza de su prole. El neuropsicólogo James W. Prescott (1975) estudió la correlación entre el placer corporal y la violencia analizando los comportamientos de 49 sociedades humanas en las cuales el trato prodigado por los adultos a las criaturas variaba sustancialmente, desde el afecto físico hasta el castigo físico. Prescott observó que las sociedades en las que los infantes reciben gran cantidad de afecto físico -cuidado amoroso y tierno- muestran menos violencia adulta, mientras que las sociedades que acostumbran a la privación del afecto físico y al dolor -castigo- durante la infancia son más dadas a la violencia física, crímenes personales y la práctica de la esclavitud.

Margaret Mead (1935) realizó un estudio sobre las relaciones entre temperamento, cultura y roles sexuales en tres sociedades diferentes en Nueva Guinea. Entre sus observaciones, destacamos en este caso la relación entre el temperamento y el contacto humano. En la sociedad

Arapesh, un pueblo de talante sereno y sociable, sumamente pacífico que rechaza cualquier tipo de violencia, las madres aman entrañablemente a sus bebés desde el nacimiento, criándolos en una atmósfera protectora, solícita y cariñosa, llevando a sus bebés en brazos constantemente, dándoles pecho cuando lo demandaban, y prestándole apoyo incondicional en todo momento. En cambio las mujeres de la sociedad Mundungumor, pueblo de talante violento, belicoso y hostil, incluso caníbal, muestran una marcada hostilidad hacia los bebés, los amamantan de pie, sin ternura, con un destete rudo y precoz, los transportan en rígidas cestas sin contacto y no se les atiende cuando lloran.

José Sanmartín en la introducción de su libro "La violencia y sus claves" (2000) relata el caso de los Kung, pueblo san3 considerado un "pueblo feliz" carente de agresividad. El autor analiza el caso y concluye que no es que los kung careciesen realmente de agresividad, sino que sus prácticas educativas, su forma de vida y su organización social habrían reducido la agresividad al mínimo. Aunque yo más bien diría que lo que han reducido son las manifestaciones de violencia, o de destructividad, lo que quiero destacar son las breves referencias que hace a su modelo de crianza: la mujer kung carga a su bebé mientras trabaja en una bolsa, amamanta a sus bebés hasta los 3 o 4 años para retrasar la ovulación y así espaciar sus embarazos el tiempo suficiente para que una criatura salga de la bolsa y otra ocupe su lugar.

Al hilo de la relación entre contacto humano y violencia, el obstetra francés Michel Odent realiza un interesante planteamiento sobre el calostro materno. El calostro es el elixir que da la bienvenida al recién nacido, segregado por el pecho materno antes de la leche:

un auténtico “concentrado” de anticuerpos, sustancias que nos protegen frente a lo que nos resulta extraño, sean microbios, virus o células vivas que no nos pertenezcan. Los más abundantes, llamados IgA, son anticuerpos que el recién nacido aún no sabe fabricar y que la placenta no le proporciona […]. El calostro es, en realidad, una auténtica armada capaz de regular cualquier tipo de infección” (Odent, 2007: 89). Pese a la riqueza del calostro materno, Odent rebela que, paradójicamente, «la inmensa mayoría de civilizaciones estudiadas por la historia y la antropología disponen de artificios para hacer imposible o al menos limitar el consumo del calostro» (2007: 91). En una serie de estudios antropológicos realizados en diferentes culturas de todos los continentes Odent muestra el alcance de estos prejuicios. De hecho, pese a ya estar reconocido en la actualidad el gran valor del calostro, en la práctica obstétrica occidental son muchas las perturbaciones que en los partos hospitalarios sufren madre y bebé.

Para explicar este fenómeno casi universal, Odent relata que la antropóloga Margaret Mead planteó como respuesta la selección genética: sólo los bebés capaces de superar tal privación durante el periodo perinatal podrían sobrevivir. Odent va más allá y relaciona la privación del calostro con la separación entre madre y recién nacido con el fin de optimizar el potencial agresivo del ser humano:

Los únicos grupos humanos que han tenido descendientes en este planeta durante estos últimos milenios son los que han sabido cultivar con la máxima eficacia el potencial de agresividad de que dispone el ser humano. Son los que han tenido a su disposición las más eficaces artimañas para conseguir el objetivo. Y la mejor de todas, la más eficaz para que el hombre se vuelva agresivo, es perturbar la relación entre madre y recién nacido. Hacer creer que el calostro es malo es una manera muy simple de debilitar esta relación. Hacer creer que el calostro es malo ha significado hasta el momento presente una ventaja desde el punto de vista de la selección (2007: 96).

Odent señala que curiosamente, las pocas culturas que han sobrevivido sin estas praxis son culturas localizadas en territorios de difícil acceso o de escaso valor (los Pigmeos en los bosques ecuatoriales africanos, los Maoríes en Nueva Zelanda y los Huicholes en las montañas del noroeste mexicano). Lo que más llama la atención es que todas ellas son consideradas culturas no violentas, con una visión ecológica muy arraigada, «una especie de instinto ecológico» (2007: 97).

La escritora Jean Liedloff (2003) quedó sorprendida y maravillada por el notable estado de bienestar y la alegría de vivir que observaba de manera generalizada entre los indios Yecuana en la selva amazónica. En sus investigaciones observó la integración de la crianza y de la infancia en la sociedad Yecuana, la convivencia armoniosa de todos los miembros de la misma y estableció que la base del bienestar radica en el respeto al proceso de continuum humano, que define como:

«la secuencia de experiencias que corresponde a las expectativas y tendencias de nuestra especie en un entorno consecuente con aquello en lo que esas expectativas y tendencias se formaron. Incluye que las otras personas que forman parte de aquel entorno se comporten y nos traten adecuadamente» (Liedloff, 2003: 51).

Integrando el concepto del continuum humano en las raíces del pensamiento ecológico profundo, la autora prosigue:

«El continuum de un ser es completo, aunque forma parte del continuum de su familia, el cual a su vez forma parte del continuum de su clan, comunidad y especie, al igual que el continuum de la especie humana forma parte del continuum de la vida. Cada continuum tiene sus propias expectativas y tendencias, las cuales surgen de un precedente largo y formativo» (Liedloff, 2003: 52).

Para Liedloff (2003), la base del proceso de aprendizaje radica en la satisfacción de expectativas y en las tendencias. Tanto de las expectativas que el infante experimenta como las que percibe que los demás tienen de él e instintivamente tiende a cumplir. Al nacer el bebé está en un estado de consciencia que es todo sensación. Su estado es de absoluta vulnerabilidad e indefensión al carecer de precedentes con los que contrastar sus vivencias. No tiene incorporado el concepto de tiempo, vive en el eterno presente: cuando está en brazos -su lugar esperado- está feliz, en ausencia de contacto está en un estado de ansiedad y desolación. Las sensaciones que percibe van configurando su carácter: si se siente seguro y acompañado, si la madre lo trata una manera casual y natural, la criatura integrará esa seguridad, se verá como fuerte y adaptable; en cambio si percibe soledad y fragilidad, se configurará como tal. El respeto de la evolución -del continuum- supone satisfacer los deseos de la criatura en las sucesivas fases de desarrollo, los de una fase suceden a los de la anterior, y así sucesivamente. Cuando cada fase tiene sus satisfacciones, no hay razón para tener prisa por llegar a la siguiente, ni para envidiar una futura o anterior, se disfruta del momento vital en el que la persona se encuentra, complaciendo la necesidad de relación y contacto desde el nacimiento hasta la muerte. El dolor, la enfermedad, la muerte, las desgracias y las incomodidades

empañan la felicidad, pero no la remplazan como norma, ni merman la potencia del continuum para restablecer la norma esencial del bienestar (Liedloff, 2003).