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2. LA PERSPECTIVA DE LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS

2.2. LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS

2.2.2. El Pensamiento Sistémico

Las propuestas de la ecología y del pensamiento sistémico beben de la misma fuente, se entrelazan, complementan y apoyan. A continuación presento brevemente las bases del pensamiento sistémico en relación con la ecología profunda, con el fin de comprender el enfoque de la ecología de sistemas humanos. Soy consciente de que este entramado teórico es merecedor de un estudio en profundidad, que quizás pueda desarrollar en un futuro proyecto de investigación. Lo relevante ahora es dar unas pinceladas para ubicar el segundo de los componentes del marco teórico de esta tesis.

Según el sociólogo y epistemólogo francés Edgar Morin, el conocimiento se debe construir en relación con el contexto. Marcel Mauss afirmaba que «hay que recomponer el mundo» (Morin, 1996: 10). Morin defiende la necesidad de una «reforma del pensamiento», superando el paradigma mecanicista y determinista en el cual el conocimiento se enfoca por medio del reduccionismo, la especialización y la abstracción. Para «reformar el pensamiento», Morin propone «complementar el pensamiento que aísla con un pensamiento que une» (1996: 10) mediante el pensamiento complejo, del latín complexus «que está tejido junto», un enfoque que pretende vincular y distinguir a la vez, pero sin desunir. Propone incorporar así mismo la incertidumbre, superando el dogma del determinismo universal, reconociendo que «hay un principio de incertidumbre en el fondo de la verdad» (Morin, 2004: 19). En definitiva, la complejidad persigue unir (contextualizar y globalizar) a la vez que recoge el reto de la incertidumbre (Morin, 1996).

Fritjof Capra propone un cambio de paradigma, en unos términos muy similares a los planteados por Morin. Frente al paradigma mecanicista imperante del pensamiento abstracto, del

reduccionismo centrado en el estudio de los elementos, el físico austriaco aboga por el pensamiento sistémico, holístico, organicista o ecológico, con énfasis en el todo (1982, 1996).

Las bases del pensamiento sistémico surgen paralelamente en distintas ramas de la ciencia en la primera mitad del siglo XX. Liderado por los biólogos organicistas, quienes postularon la visión de los organismos vivos como totalidades integradas, fueron posteriormente la psicología Gestalt, la ecología y la física cuántica las disciplinas que potenciaron este nuevo enfoque, basado la conectividad, las relaciones y el contexto (Capra, 1996).

Los criterios básicos del pensamiento sistémico se pueden resumir en:

El cambio de las partes al todo: Los sistemas vivos suponen totalidades integradas, y sus propiedades esenciales -sistémicas- son partes del conjunto que no se corresponden con las propiedades de las partes que lo componen. Estas propiedades surgen de las «relaciones organizadoras» entre las partes, de las relaciones que configuran las características concretas de ese organismo o sistema, que son destruidas si ese sistema se descompone (Capra, 1996; Morin, 1996, 2004).

La capacidad de cambiar el foco entre diferentes niveles sistémicos: El mundo vivo está compuesto por sistemas dentro de sistemas. Por lo general, diferentes niveles sistémicos conllevan diferentes niveles de complejidad, en los cuales podemos observar fenómenos con unas propiedades «emergentes» - emergen en ese nivel - que no se dan en niveles inferiores (Capra, 1996; Morin, 1996, 2004).

Los sistemas vivos no pueden ser comprendidos mediante el análisis: La relación entre

las partes y el todo se invierte. El paradigma mecanicista enfocaba el conocimiento de un sistema complejo mediante el análisis de las propiedades de sus partes. La ciencia

sistémica considera que las propiedades del sistema no son intrínsecas a las partes, por lo que sólo pueden comprenderse desde un enfoque contextual (Capra, 1996).

En definitiva, no hay partes, hay redes de relaciones: Lo que se observa son patrones de organización en una red de relaciones. El cambio implica pasar de los objetos a las relaciones. «Los objetos en sí mismos son redes de relaciones inmersas en redes mayores» (Capra, 1996: 57)

Como he indicado anteriormente, el desarrollo del pensamiento sistémico y la ecología están estrechamente relacionados. Para comprender mejor esta relación, a modo de síntesis, retomo las ideas de Naess cuando postula uno de los principios de la ecología profunda como el de «Complejidad, no complicación» y especifica que en la teoría de ecosistemas se hace una clara distinción entre lo complicado -sin gestalt o principio unificador- y lo complejo -con un principio unificador o sistémico. Una multiplicidad de factores interactuando pueden operar de manera unitaria, formando un sistema. Los organismos, como formas de vida, muestran niveles de complejidad extremos que llevan a la ecología a pensar inevitablemente en términos de vastos sistemas y de la naturaleza relacional que integra los mismos (Naess, 1973). La percepción de estos amplios sistemas integrados, los cuales no acabamos de comprender completamente, nos revela la «percepción aguda y constante de la profunda ignorancia humana de las relaciones biosféricas» (Naess, 1973: 97). O utilizando los términos de Morin: «el desafío de la complejidad consiste precisamente, en el reconocimiento de las tramas o redes de relaciones, y la imposibilidad humana de agotarlas en el conocimiento» («Qué es el pensamiento complejo según Edgar Morin», s. f.).

Pero el reconocimiento de esa complejidad no debe disuadirnos en la búsqueda de la comprensión, sino todo lo contrario. Por ello propongo el paradigma ecológico -sistémico,

holístico- como base para tal búsqueda. Lo considero adecuado pues como persona siento mi pertenencia, mi conexión con mi entorno. Percibo mi naturaleza relacional y la interdependencia de mi persona con los distintos sistemas que me rodean y con los fenómenos y procesos de la naturaleza. Me siento, a mi y al resto de la humanidad, como una hebra de la trama de la vida.