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1. LA EDUCACIÓN AMBIENTAL EN PERSPECTIVA INTERNACIONAL

1.3. EDUCACIÓN PARA EL DESARROLLO

1.3.4. La Sostenibilidad

Desde el Informe Bruntland 1997, se da la normativa sobre la sustentabilidad del desarrollo y a partir de éste han aparecido más de cien definiciones del desarrollo sostenible.

Sin embargo, para el comportamiento humano por la vía de la sostenibilidad, como lo expresa Hawkem, P. (1993):

“deja el mundo mejor que como lo encontraste, no cojas más de lo que necesitas, intenta no dañar la vida o la naturaleza, compensas lo que haces”.

Al principio, se utilizó el concepto original de sostenibilidad de las experiencias agrobiológicas, el cual se relaciona con la capacidad de un sistema para mantener su productividad frente a las perturbaciones. Luego, se asumió la sostenibilidad con criterios esencialmente ecológicos con relación a los sistemas naturales. Finalmente, el concepto incorpora la dimensión ambiental donde se incluyen paulatinamente criterios económicos, sociales y culturales.

Desde luego, se debe hablar de sostenibilidad de forma integral, incluyendo sus componentes ecológicos, económicos y sociales. Y para que tenga sentido el concepto se relaciona con un determinado sistema de referencia: así se puede decir Ciudades Sostenibles, Agricultura Sostenible, Desarrollo Regional Sostenible, o Desarrollo Humano Sostenible.

Se debe aclarar que la sostenibilidad no es sinónimo de desarrollo sostenible, pues éste último incluye objetivos sociales de acuerdo a determinadas escalas de valores humanos y de necesidades que van cambiando con el tiempo. La sostenibilidad integral es la premisa básica del desarrollo sostenible global.

La sostenibilidad, no puede convertirse en un fundamento absoluto, sino en un principio específico que permita conseguir el fin último de lo que realmente se quiere hacer sostenible. Jiménez, H. (1996) afirma:

La sostenibilidad ecológica- ambiental del sistema global es una condición necesaria, pero no suficiente para lograr el desarrollo sostenible del sistema humano. Y, si simultáneamente no se logra especificar qué tipo de sostenibilidad económica y social es necesaria para complementar la propiamente ecológica- ambiental, no será posible definir un nuevo modelo mundial de desarrollo más racional y justo. Pero, en cualquier caso, ni la pobreza ni la injusticia en el mundo debe sostenerse por más tiempo.

Todos los países a nivel mundial tienen la posibilidad de lograr el crecimiento económico con el fin de satisfacer sus necesidades fundamentales. Para satisfacer sus necesidades fundamentales, todos los países tienen la posibilidad de lograr el crecimiento económico.

Tanto la insistencia en el crecimiento ilimitado con un proceso acelerado de concentración e internalización de la economía, frente al todavía mínimo avance de la conciencia ambiental en términos de práctica política y económica; como es el caso del derrumbe de los países del denominado socialismo real, han ahuyentado el marco ideológico que proclama la incapacidad, la ineficacia y los demás efectos considerados como negativos del sector público.

Mientras el sistema de mercado afronta la insostenibilidad ecológica como un problema de inversión y por tanto ese problema obtendrá solución dentro solución dentro de la lógica del monetarismo, es decir, cuando la producción y la renta alcancen ciertos niveles que permitan asumir las mejoras ambientales.

Este modelo mercantil y las correspondientes restructuraciones económicas no sólo, son capaces de resolver las contrariedades con el ecosistema natural, sino que también ha acrecentado las desigualdades sociales, y con ello han permitido una fragmentación social hasta límites que no tienen precedentes.

Todo parece indicar, que se debería superar la lógica entre Estado y Mercado e implicar la emergencia de un tercer sector que ayude a descubrir la capacidad de incisión y los compromisos que cada uno de los sectores puede aportar desde una perspectiva de la calidad de vida. La crisis del Estado del bienestar deja paso a otras dos posibles vías: el mercado y / o lo comunitario. Se trata, por tanto, de reflexionar sobre las nuevas necesidades sociales y que parte de la responsabilidad y compromiso que pueda adoptar cada uno de los sectores en lo público, lo privado o lo comunitario.

Pero al mismo tiempo, surgen nuevas iniciativas, primordialmente en espacios de la periferia social, que son una respuesta al sentido perverso de la metropolitanización. Inscritas en el ámbito local son, sin embargo, experiencias que recogen las nuevas perspectivas de la problemática global. Se interrelacionan necesidades materiales con las culturales para ejercer una presencia directa de los afectados. Lo que importa más es la autovaloración, la apropiación, la autogestión o el control a pequeña escala que unos logros cuantitativos espectaculares. Son nuevos movimientos que se recrean en nuevos aspectos como la sostenibilidad ambiental, la calidad de vida y la corresponsabilidad.

En el contexto de los países occidentales se plantea la "rehabilitación urbano ecológica" de las ciudades que vienen de la mano de la necesidad de afrontar la problemática social y ambiental de las grandes conurbaciones a través de nuevas formas de hacer política, de nuevos modelos de gestión, de la integración de los sujetos en el espacio y en los procesos.

Se puede decir que el Tercer Sector surge, como un nuevo componente de la complejidad que nos muestra la tercera cuestión a resolver: La concentración y jerarquización del poder que condena la enajenación del sujeto del control de los procesos sociales. Por una parte, es necesario tener otras respuestas a las nuevas condiciones emergentes de la estructura social, pero simultáneamente aparecen nuevas aspiraciones sociales, necesidades de corte más cultural y de corte más radical. El solapamiento de ambos fenómenos, fragmentación social y nuevas aspiraciones culturales, nos permiten establecer esos rasgos definitorios en tres momentos: la escala local (espacio), el tercer sector (sujetos) y la calidad de vida (condiciones).

La relación entre condiciones y sujetos o satisfacción de necesidades, frente a una "Racionalidad Separada", una "Realidad Integrada": Se trata de superar la tradicional divergencia entre la cultura institucional y la cultura de los ciudadanos. Se hace necesario adecuar las acciones institucionales, a la historia y características económicas y sociales de las comunidades locales.

Esto es viable, sólo si los sujetos, a través de su experiencia, tienen posibilidad y capacidad para ser creativos en la organización del espacio, en el contenido de las actividades y en la distribución del tiempo podrían crearse las condiciones adecuadas para optimizar la rentabilidad social y económica de los mismos. Pero también a través de este modelo de implicación se crean los requisitos más favorables para que los ciudadanos puedan devenir en procesos de redescubrimiento, concientización y autorregulación de las necesidades, y por tanto en la detección de las carencias reales. En este sentido las espaciosas escalas humanas son el ámbito que permite una restauración social y ambiental.

La relación entre el espacio y las condiciones, esto es, la sostenibilidad frente a la fragmentación del tiempo y la sectorialización del espacio y las funciones, tiene su incidencia en la articulación de los sectores de la actividad humana: Se trata de poner en contacto y aprovechar las sinergias de los sectores de intervención provocando a la vez un efecto de mayor comunicación entre los usuarios separados por la lógica institucional.

La relación entre el espacio y los sujetos, esto es, la gobernabilidad, frente a la jerarquización y la centralización de las decisiones, hay que instituir vínculos entre los procesos de decisión, los agentes sociales afectados, y los análisis y métodos de evaluación. En el contexto actual de crisis estructural bajo componentes muy heterogéneos (sociales, ambientales, económicos) adquieren gran importancia todos aquellos aspectos del ámbito de la participación y de los modelos de gestión en claro contraste con la lógica de rentabilidad y la estrategia a corto plazo.

Se puede resumir que, desde los nuevos retos, en cuanto a nuevas externalidades sociales y ambientales que debe afrontar el estado de bienestar, se derivan la necesidad de una nueva cultura de la intervención en los procesos sociales. Pero también, desde ahí y desde la vertiente de las necesidades más radicales aparecen nuevas posibilidades que desde lo local deben dar respuesta a problemáticas globales.

El desarrollo de muchas regiones del mundo obedece a distancias interiores de los sistemas urbanos, que se concretan en problemas de conectividad de las redes de infraestructuras. Las grandes ciudades presentan problemas de congestión y desbordamiento por ocupación extensiva con fuertes externalidades negativas y a su vez, carecen de un planteamiento global a nivel estatal, de actuación interadministrativa sobre el patrimonio natural, como también, no existen estrategias adecuadas para reducir los excesos de consumo, de explotación de recursos, y de emisiones y vertidos de residuos.

Existen amplias zonas de vulnerabilidad, en barrios carentes de oportunidades, accesibilidad y habitabilidad degradada, que recoge la población en situación precaria de empleo, con formación inadecuada, en un medio social desmotivador. Estas situaciones dificultan la instrumentación y efectividad de las políticas, especialmente las sectoriales, y pueden facilitar la extensión de problemas agudos si se mantienen los procesos desequilibradores.

La concentración de pobreza y de situaciones de marginalidad agudas, conllevan a procesos de delincuencia importantes, que afectan a la ciudad en general, y también a los ciudadanos de las propias áreas marginadas.

La sostenibilidad ambiental, es uno de los problemas que se están acentuando en el país como consecuencia de los procesos de urbanización y desarrollo, las cuales han producido fuertes impactos ambientales en los sistemas naturales.

Los problemas más relevantes de la sostenibilidad en Colombia obedecen a: los valores que no reconocen la insostenibilidad de los procesos de producción y consumo, el despilfarro de recursos y la explotación excesiva de los ecosistemas.

Por otra parte, la organización del espacio urbano y de las actividades que se realizan al interior de una ciudad, debe tener condiciones adecuadas para la habitabilidad de sus ciudadanos, asegurando también el mantenimiento de esas condiciones para los futuros habitantes. En muchos, la habitabilidad interna se mejora a costa de incrementar impactos ambientales lejanos, o de la innecesaria destrucción de recursos en su propia área.

Pese al esfuerzo realizado por muchas ciudades, para crear o reacondicionar espacios públicos, se detectan grandes deficiencias que se concentran especialmente en sectores antiguos y en barrios o comunas populares. Estos sectores presentan por lo general degradación del espacio, que conllevan al desarraigo y falta de identificación con sus barrios, vecinos y usuarios.

En estas condiciones, el medio ambiente urbano se ha degradado considerablemente. Existen muchos aspectos en los que se refleja esta pérdida de calidad de vida; a pesar que muchas ciudades han desarrollado políticas de protección y recuperación de distintos aspectos relacionados con el medio ambiente.

La relación entre pobreza y deterioro ambientales es bastante notoria, tanto desde el punto de vista teórico como práctico. Sin embargo, existen numerosos ejemplos de pobreza y conservación de recursos, o de pobreza y deterioro cuya causa está en factores externos. La comprensión de los fenómenos, sólo es posible cuando se emplea una visión de sistema holístico, en la cual, el todo tiene un comportamiento diferente a la suma de sus partes.

El desarrollo reciente de América Latina, ha generado en algunos casos un crecimiento económico, pero con efectos negativos sobre la pobreza y la conservación de los recursos naturales.

La inequidad en el acceso a recursos, el poder y consecuentemente los ingresos, constituyen una de las características estructurales más relevantes de las sociedades latinoamericanas. La mayoría de los analistas concuerdan en la existencia de ciertos valores absolutos, como es el de que todo ser humano tiene derecho a satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, vivienda, educación, autodeterminación, sin embargo, existe una gran disparidad de posiciones ideológicas respecto a los niveles de consumo y bienestar material factibles y deseables para las sociedades, en el contexto de un mundo de recursos finitos. Esto pone en el centro de discusión la distribución de los recursos entre individuos y sociedades en la actualidad (equidad) y entre la generación actual y generaciones futuras (sostenibilidad).

De las regiones en desarrollo a nivel planetario, América Latina es la que más registra mayor urbanización, la cual presenta un perfil de pobreza desagregada por el sector rural y urbano.

En el sector urbano a nivel de toda la región un 30% de la población son pobres. Este nivel llega casi a un 40% en América Central y el Caribe. El Cono Sur se ubica en el rango inferior de la región con niveles cercanos al 15%.

En el sector rural los niveles de pobreza, expresados en términos de población rural, significativamente más altos en todas las subregiones. A nivel de Latinoamérica y el Caribe la cifra alcanza un 60%, siendo influido este valor por el caso de Brasil con un nivel de pobreza rural del 72%. En todas las subregiones, con la excepción del Cono Sur más de la mitad de la población rural es pobre.

Con relación a las anteriores cifras, hay mucha pobreza en el medio rural latinoamericano, pero dado el grado de urbanización alcanzado en términos absolutos, hay más pobres en las ciudades.

En muchos casos, son los pobres urbanos los más afectados por los procesos de degradación ambiental, tales como las inundaciones y derrumbes causados por manejos no apropiados de tierras en las cuencas.

El análisis anterior indica que la pobreza es un problema serio en la región, constituyéndose en un círculo vicioso de degradación, con nexos importantes para la estructura de las sociedades latinoamericanas, a los modelos de desarrollo predominantes y al contexto global.

La pobreza como problema ético para la sociedad, contempla una visión utilitaria para resolver el problema de pobreza y degradación. Cubrir las necesidades básicas de todos los habitantes es un imperativo ético. Sin embargo, existe una multitud de situaciones en que resolver la pobreza no es sólo ético, sino que además es económicamente eficiente para la sociedad como un todo.

El desarrollo sostenible y las relaciones entre sus componentes requieren una visión holística de la compleja realidad y un enfoque metodológico de sistemas para entenderla totalmente.

La interacción de componentes que son complejos en sí mismos y que conforman una estructura sistémica realmente complicada, da lugar a que conceptualmente el desarrollo sostenible se entienda operacionalmente como un proceso de cambio social y elevación de oportunidades de la sociedad, compatibilizando en el tiempo y el espacio, el crecimiento y la eficiencia económicas, la conservación ambiental, la equidad de vida y la equidad social, partiendo de un claro compromiso con el futuro y la solidaridad entre generaciones.

La interacción de estos procesos constituye un nuevo estilo de desarrollo centrado en la equidad económica y social, teniendo en cuenta la racionalización del uso del medio ambiente, la eficacia y la ampliación de la base económica.

Para operacionalizar estos conceptos, a este estilo o paradigma de desarrollo sostenible, se le identifican cuatro dimensiones: Social-económico, político-institucional, tecnológico- productiva y ambiental (Plaza y Sepúlveda, 1996).

La interacción de estas dimensiones es la base del proceso de desarrollo y la

intervención en las variables y procesos que conforman cada dimensión, constituye el plan operativo del desarrollo de una sociedad.

La explotación excesiva de los ecosistemas, alteran su equilibrio, provocando procesos de degradación que pueden llegar a ser prácticamente irreversibles.

Como consecuencia de la explotación excesiva de los ecosistemas, se ha recurrido a ecosistemas naturales más alejados, para solventar las necesidades tanto urbanas como industriales que contribuyen a la pérdida de capital natural y a la degradación ambiental local y global.

Los gobiernos, las instituciones no gubernamentales, la empresa privada, los consumidores y los trabajadores del sector agrícola deben participar en el proceso que genere los cambios necesarios a favor de un desarrollo agrícola equitativo y sostenible. Una de las principales recomendaciones tiene que ver con la incorporación integral de incentivos y reglamentos ambientales, así como las necesidades de los pobres en el diseño de políticas económicas y agrícolas, y en los acuerdos comerciales. Las fuerzas del mercado por sí mismas no pueden generar sustentabilidad.

Para ello, es necesario rediseñar los programas con el fin de ampliar equitativamente las oportunidades de los productores más pobres y eliminar los incentivos al uso de plaguicidas que conducen a la degradación del medio ambiente.