6. EL SIGNIFICADO EN LA RECIENTE
6.2. La teoría conductual del significado (W O Quine)
Las teorías semánticas conductuales o comportamentales identifican el significado con los estímulos que suscita la emisión de una oración y con las respuestas que esa emisión, a su vez, vuelve a suscitar. Una versión importante de estas teorías es sostenida por Willard von Orman Quine (1908), el lógico y filósofo americano de mayor relieve en la segunda mitad de nuestro siglo180. Su posición filosófica general se puede caracterizar diciendo que es monista, naturalista y empirista. Es un monismo pues concibe la realidad como un ámbito continuo y homogéneo, compuesto por entidades de naturaleza similar. Es un naturalismo porque la homogeneidad de la realidad es una homogeneidad de lo material. Es decir, la ontología de Quine trata de atenerse al supuesto de que lo único que existen son los objetos físicos. La consecuencia epistemológica es que no existe más que un conocimiento de la realidad: el científico; la filosofía no es sino anticipación y continuación del conocimiento científico. Finalmente es una teoría empirista, aunque es un empirismo peculiar. Quine atacó en un temprano artículo lo que denominó «Dos dogmas del empirismo»181, a saber, la suposición de que algunos enunciados son analíticamente verdaderos, es decir, verdaderos en virtud del significado de las palabras (con lo que rompe la clasificación de las proposiciones en analíticas y sintéticas) y la suposición de que el discurso significativo podía reducirse de modo
179
L. WITTGENSTEIN, Investigaciones filosóficas, § 67. 180
En la exposición de Quine seguimos especialmente a E. BUSTOS, Filosofía Contemporánea del Lenguaje /, pp. 213-235 y a R. SCHUDENFREI, «Quine en perspectiva», en Teorema 5 (1975) 49-65.
181
W. O. QUINE, «Dos dogmas del empirismo», en Desde un punto de vista lógico, Orbis, Barcelona 1984, pp. 48-81 (y en L. M. VALDÉS [ed.], La búsqueda, pp. 220-243).
sistemático a la evidencia experimental de los sentidos. En su lugar propone un
empirismo de tipo bolista o global según el cual las teorías, las proposiciones no se
confirman (o verifican) una a una y por separado sino en bloques o conjuntos. Es decir, las palabras y oraciones se entienden mejor en términos de nuestro discurso científico como un todo. Esto es especialmente cierto en el caso de las afirmaciones de la ciencia con un contenido teórico más alto (como las que hablan de partículas subatómicas o de agentes racionales, por ejemplo). Ninguna de ellas está sujeta por sí sola a confirmación. Lo está con otras proposiciones auxiliares de tipo diverso o incluso en conjunción con otras teorías científicas. Debemos contemplar el lenguaje —dice— como una fábrica que sólo en su periferia está en contacto con la experiencia. Por ello la máxima de su «empirismo relativo» reza así: «no alejarse de la evidencia sensorial más de lo que se necesite». El empirismo de Quine está combinado con un conductismo refinado y con un relativismo impregnado de tinte crítico. Cualquier creencia —incluso las más fundamentales— está sujeta a revisión.
Quine sostiene que la noción de significado es confusa e innecesaria para la semántica porque induce a admitir entidades abstractas, ideas, entes posibles, que no son susceptibles de observación experimental. La semántica tradicional es —a juicio de Quine— mentalista ya que pretende explicar hechos observables —la conducta lingüística— mediante misteriosos mecanismos internos inobservables cuya existencia no está comprobada. La semántica debe abandonar estas explicaciones acientíficas y centrarse en lo observable y público: la conducta de los hablantes. Según Quine, lo que una semántica debe explicar es cómo se aprende a
usar un lenguaje y a relacionarlo con el mundo182. El lenguaje —explica— se aprende mediante el refuerzo positivo o negativo. Es la sociedad la que entrena al individuo y aprueba —refuerzo positivo— que diga, por ejemplo, «ay» cuando tiene un malestar y rechaza —refuerzo negativo— que use la palabra cuando no sufre ninguno. En el proceso es reforzado positivamente todo uso que tiende a la
182
Cfr. W.O. QUINE, Palabra y objeto, Labor, Barcelona 1968, pp. 93-102; ídem, Las raíces de la referencia, Revista de Occidente, Madrid 1977.
intersubjetividad y castigado el que propende a la privacidad, por lo que se extinguen las utilizaciones privadas de las expresiones y se impone el uso social del lenguaje.
Respecto a los inicios del aprendizaje, Quine sostiene que el núcleo básico es la asociación que el niño realiza entre las palabras y el estímulo que procede del entorno. Mediante el condicionamiento directo, el niño aprende a asociar expresiones con ciertos estímulos. Ahora bien, esto no basta pues es preciso tener la capacidad de comparar unas estimulaciones con otras. Esta capacidad es innata, según este autor que la denomina «espacio cualitativo prelingüístico». Su función es determinar la base de semejanza entre diversos estímulos, es decir, sus rasgos distintivos y comunes.
El conductismo semántico de Quine no está exento de problemas. Uno de los principales es el de la correspondencia entre la conducta lingüística y sus fuentes causales, los estímulos del entorno. Estos estímulos son, en principio, recibidos y procesados por un individuo que pertenece a una sociedad y cultura determinada, que desempeñan un papel fundamental en los procesos de condicionamiento verbal. Esto implica una indeterminación en la correspondencia entre usos lingüísticos y estímulos —que sería distinta en cada cultura— y, por tanto, una dificultad para explicar la homogeneidad de dichos usos. En último término no sería posible traducir de una lengua a otra de modo adecuado. Esto es lo que efectivamente sostiene Quine. Veamos con algún detalle esta tesis.
El punto de partida es la tesis de que la referencia es inescrutable, es decir, es imposible llegar a conclusiones absolutamente seguras cuando se traducen términos de lenguas en las que los procesos de individuación pueden ser muy diferentes del que tiene la propia lengua183. Quine nos invita a pensar en un lenguaje remoto del que no existan manuales de traducción. Para entenderlo tendríamos que fijarnos cómo se conectan los estímulos con las oraciones o palabras. Por ejemplo, pasa un conejo y un individuo de ese idioma dice «gavagai»; el lingüista entonces anota en su
183
Cfr. W.O. QUINE, Palabra y objeto, pp. 39-92; ídem, <<On the Reasons for the Indeterminacy of Translation>>, en Journal of Philosophy 67 (1970), 178-183.
cuaderno «conejo» (o «mirad: un conejo»). Pero ¿cómo saber que «gavagai» se refiere a un conejo? Puede ser un nombre propio que designa a ese conejo o un nombre de un tipo de conejos o un estado del conejo o una parte no separada del conejo, etc. Lo que Quine quiere poner de relieve es que la identidad de referencia es relativa a un lenguaje aprendido en una sociedad y cultura determinadas.
Como consecuencia, hay siempre una indeterminación en la traducción184.
Cuando traducimos lo que hacemos es buscar una palabra en nuestra lengua que sea sinónima de la palabra de la otra lengua; es decir, según la teoría de Quine lo que buscamos es una palabra que responda a los mismos estímulos. Ahora bien, hay una gran variedad de formas de hacer esto y no hay ninguna respuesta deter- minada a cuál es la traducción adecuada. Y lo mismo sucede según Quine con la propia lengua. Cuando comprendemos lo que alguien dice lo que hacemos es traducirlo a nuestras propias palabras, pero hay muchas formas de hacerlo y siempre habrá interpretaciones alternativas, por lo que la traducción siempre será indeterminada.
6.3. LA TEORÍA CAUSAL DE LA REFERENCIA