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Semiótica y filosofía del lenguaje

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2. LA FILOSOFÍA Y OTRAS CIENCIAS

3.1. Semiótica y filosofía del lenguaje

El estudio de los signos, de las estructuras y los procesos significativos, constituye el objeto de la semiótica. El origen de esta denominación se encuentra en el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) del filósofo británico John Locke, donde proponía como objetivo de la lógica o semiótica el estudio de «la naturaleza de los signos que la mente usa para la comprensión de las cosas, o para comunicar su conocimiento a los demás». Ciertamente, puede afirmarse también que la semiótica se encuentra ya claramente definida en De Doctrina Christiana de san Agustín y que fue sistemáticamente desarrollada por la Escolástica medieval que culmina en el

Tractatus de Signis (1632) de Juan de Santo Tomás. Sin embargo, hasta el trabajo de

Peirce la naturaleza de los signos había sido estudiada de modo poco sistemático y este filósofo fue «mucho más allá de lo que nadie antes que él había intentado llegar en el desarrollo de una teoría completamente general de los signos»82.

Hasta hace relativamente poco tiempo Peirce era sólo conocido por la errónea imagen conductista que Charles Morris dio de él y por una serie de hábiles divisiones tripartitas que tuvieron fortuna en la lingüística, la semiótica y la filosofía del lenguaje y se tornaron moneda común. Las más conocidas entre estas divisiones son quizá la de sintaxis, semántica y pragmática, que acabamos de describir, y la de icono, índice y símbolo (que se explicará en la sección 3.3). Sin embargo, puede afirmarse que Peirce era un filósofo en el sentido tradicional del término que aspiraba a que los métodos de razonamiento empleados en el desarrollo de las ciencias naturales

82

N. KRETZMANN, <<History of Semantics>>, en P. EDWARDS, (ed.), The Encyclopedia of Philosophy, Macmillan, New York 19867, vol. 7, p. 395.

sirvieran de modelo para la investigación filosófica. Su trabajo como científico durante muchos años fue decisivo en este sentido: por su experiencia personal en la medición de la gravedad o la luminosidad de los astros estaba persuadido de que la observación científica tiene como cualidades esenciales su falibilidad, su carácter provisional, y su naturaleza interpretativa. Una observación científica consiste siempre en una interpretación de unos signos, de unas sensaciones o de unos registros, que a su vez podrá ser corregida, revisada o mejorada por una observación o una interpretación ulterior.

Ambas características de la investigación científica (falibilidad y carácter interpretativo) se dan siempre en todas las actividades cognitivas humanas que no sean meramente instintivas. En este sentido, la tarea de la semiótica es la de establecer una teoría general acerca de los aspectos formales y procedimentales de cualquier actividad humana encaminada a la revelación de la realidad, al descubri- miento, conservación y transmisión de la verdad. Por ello, Peirce aspiraba a establecer una generalización de las leyes lógicas que rigen la investigación científica, la búsqueda y el descubrimiento de la verdad, para aplicarlas a todas las áreas del saber, incluida la filosofía. En los últimos años la filosofía del lenguaje insiste en que ninguna oración es verdadera si no podemos reconocerla como verdadera, o que ninguna palabra puede referirse a un elemento de la realidad externa si no tenemos criterios para aplicar esa palabra y para saber a qué nos referimos. Con esto lo que quiere destacarse es que nuestras palabras no están asociadas mágicamente con las cosas, sino que nuestra actividad lingüística está enraizada en los procesos comu- nitarios de interpretación.

De esta forma, la filosofía del lenguaje converge con la semiótica, con las ciencias cognitivas y con los demás saberes implicados en la comprensión del lenguaje y la comunicación. Frente a la semántica lógica, que no llega a calar realmente en los procesos significativos, la perspectiva semiótica aspira a dar cuenta del significado como el resultado de un complejo proceso social: el significado es una unidad cultural cuya representación puede ser sólo entendida a través de otras

unidades culturales ulteriores83. La semiosis es la acción del signo, el proceso de significación, el proceso por el que un objeto cualquiera puede ser empleado como signo de otra cosa por parte de una persona. Quienes interpretan un signo infieren lo que significa, y al hacerlo de alguna manera incrementan su significado. Se trata de un proceso en cierto sentido ilimitado porque los signos, las palabras o los gestos, pasan de unos a otros en el espacio y en el tiempo formando una cascada o una cadena de significaciones. Esas cadenas de signos llegan a conformar el tejido en el que se enraizan los conocimientos que constituyen la «enciclopedia» de cada persona y de cada comunidad.

La atención se pone ahora, por tanto, en la naturaleza socio-cultural del proceso de significación y en la función comunicativa del lenguaje. La noción de «enciclopedia» —que caracteriza a esta interpretación— viene a reemplazar a la noción de «código» propia del estructuralismo. No se trata de un concepto psicológico ni representa la competencia semántica ideal o real de un hablante, sino que se trata más bien del repertorio cultural y de la memoria histórica de una persona o una sociedad determinadas. Los procesos de significación son siempre procesos de inferencia, que tienen de ordinario un carácter hipotético, interpretativo, y no deductivo o directo como pretendía el estructuralismo: los signos no están anquilosados en códigos, sino que crecen con su uso como crecemos los seres humanos y crece la enciclopedia de los significados. Este modelo de la enciclopedia cultural de las significaciones se basa tanto en la convicción de la capacidad humana de dotar de nuevos significados a los viejos signos, como en la comprobación de que no puede haber significado, lenguaje o cultura fuera e independientemente de la comunidad en que los hablantes están84.

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