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La teoría causal de la referencia (S Kripke y

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6. EL SIGNIFICADO EN LA RECIENTE

6.3. La teoría causal de la referencia (S Kripke y

A lo largo de los años setenta la teoría del significado heredada de Frege y Russell y que estaba en el centro de la tradición analítica, se ha visto desafiada y en cosa de pocos años reemplazada habitualmente por la denominada teoría causal de

la referencia. Los autores más representativos de esta corriente renovadora han sido

los norteamericanos Ruth Barcan Marcus, Keith Donellan, Saúl Kripke y Hilary Putnam. Desde esta perspectiva se critica a la tradición fregeana, a la que se considera insuficiente para dar cuenta de los fenómenos efectivos de nuestro lenguaje ordinario.

El lógico Saúl Kripke desarrolló una semántica adecuada para el discurso modal, esto es, para nuestro lenguaje de la necesidad y la posibilidad, basado en la

184

Cfr. W. O. QUINE, Palabra y objeto, pp. 93-135; ídem, <<La relatividad ontológica>> en La relatividad ontológica y otros ensayos, Tecnos, Madrid 1974, pp. 43-91.

noción de mundo posible como un escenario contrafáctico de cómo las cosas podrían haber sucedido. Para entender un enunciado modal como «Clinton podría no haber sido elegido presidente» es preciso advertir que las cosas podrían haber sido distintas de como de hecho han sido. No podemos determinar la verdad ni entender el significado de un enunciado así verificando que Clinton fue elegido presidente. El gran acierto de Kripke para explicar lógicamente este tipo de enunciados estriba en la noción de mundo posible, que se retrotrae en último término a Leibniz. Leibniz se representaba a Dios como contemplando las posibles combinaciones lógicas diferentes y eligiendo el mundo efectivo como el más vastamente compatible. Esta imagen puede favorecer una concepción errónea de la noción de mundo posible, como si se tratara de un lejano país visto a través de un telescopio. Aunque tiene su origen en la técnica lógica, la noción de mundo posible no es sólo un recurso formal, sino que tiene una estrecha conexión con el uso ordinario en nuestro lenguaje de las nociones de posibilidad y actualidad, y del reconocimiento de propiedades esenciales y accidentales en las cosas. La afirmación de que un objeto tiene necesariamente una propiedad es verdadera si tiene esa propiedad en todo mundo posible en que ese objeto existe. A su vez, es verdad que un objeto tiene posiblemente una propiedad si tiene esa propiedad en al menos un mundo posible. Se trata —como criticará Quine acerbamente— de la reintroducción en la lógica contemporánea de la distinción aristotélica entre propiedades esenciales y accidentales.

A comienzos de los años setenta, Saúl Kripke (1940) y Hilary Putnam (1927) criticaron las teorías en boga de la referencia —especialmente de los nombres propios ordinarios— sostenidas por Frege y Russell y propusieron una concepción más rica que ha venido en llamarse teoría causal de la referencia. Esta posición supone una vuelta, en cierto modo, a algunas tesis de Aristóteles y John Stuart Mili, para los cuales la relación entre los términos singulares y el mundo no está mediada por ningún concepto descriptivo. Vamos a exponer de modo general la teoría sostenida por estos autores185.

185

Cfr. S. KRPKE, <<Identidad y necesidad>> en L. M. VALDÉS (ed.), La búsqueda…, pp. 98-130; ídem, Naming and Necessity, Harvard Univ. Press, Mass. 1980. Hay una buena exposición de todo ello en J. NUBIOLA, El

Tanto la teoría de Frege como la de Russell se basan en que los nombres y las descripciones («Aristóteles», «el maestro de Alejandro Magno») son intercambiables en un lenguaje extensional; más aún tal como establecen los

Principia Mathematica las descripciones son el sentido de los nombres propios.

Kripke criticó esta doctrina que en última instancia resulta incompatible con nuestro uso efectivo de los nombres propios. Para Kripke los nombres son «designadores rígidos», esto es, recursos deícticos que tienen la misma referencia en todos los mundos posibles. Los nombres propios no tendrían propiamente sentido sino sólo referencia (contra Frege), y no equivaldrían a descripciones (contra Russell). Un

nombre como «Aristóteles» designa el mismo individuo en todos los mundos posi- bles, mientras que una descripción como «El maestro de Alejandro Magno», aunque

designe a Aristóteles en el mundo real, podría designar a otros individuos en otros mundos posibles, pues habría sido posible que Aristóteles no estudiara con Platón. La idea central es que un nombre propio designa a un individuo y no lo describe. El nombre selecciona la persona o el objeto mismo, sin tener en cuenta las propiedades que esa persona podría haber tenido. Por ejemplo, puede seleccionarse a Nixon como la persona que fue el presidente número 37 de los Estados Unidos, pero a continuación puede considerarse la posibilidad de que no hubiera llegado a ser elegido presidente. No es necesario que exista la persona Nixon, pero en cualquier mundo en el que Nixon exista, el designador rígido «Nixon» designa a esa misma persona.

Putnam propone una tesis similar respecto a los nombres comunes que se refieren a «géneros naturales» como «tigre» u «oro». Estos términos funcionan igualmente como designadores rígidos, seleccionando objetos particulares sin tener en cuenta las propiedades que usamos para identificarlos, y de este modo no tienen —como los nombres propios ordinarios— un sentido que sea como la suma de sus

compromiso esencialista de la lógica modal. Estudio de Quine y Kripke, Eunsa, Pamplona 19912. Cfr. H. Putnam, «Is semantics possible?» en Mind, Language and Reality. Philosophical Papers, vol. 2, Cambridge Univ. Press, Cambridge 1975; ídem, «Meaning and Reference», en Journal of Philosophy 70 (1973) 609-711; ídem, «El significado de "significado"» en L. M. ValdéS (ed.), La búsqueda del significado^ pp. 131-194.

propiedades descriptivas, sino sólo referencia. El argumento a favor de esta tesis es muy similar al de los nombres propios: puesto que es posible que el objeto en cuestión no tuviera la propiedad que asociamos con el nombre (por ejemplo, la de tener rayas o la de ser amarillo), tal propiedad no ha de ser asociada necesariamente a la referencia.

Para identificar las propiedades esenciales, Kripke se apoya en el test de la imaginación, en nuestra intuición acerca de lo que hace que un objeto sea lo que es, y en los resultados de la investigación científica. En el caso de los seres humanos, Kripke considera que su origen constituye su propiedad esencial. Así, aunque Nixon hubiera sido un luchador de kárate, no podría haber nacido de padres diferentes. En el caso de los elementos químicos como el oro o el agua, Putnam sostendrá que lo esencial es su composición molecular. Así, el agua es H2O en cualquier mundo en el

que exista, aunque podría diferir de nuestra agua por lo que respecta a otras propiedades. En el caso de los artefactos, Kripke considera que la materia de la que están hechos resulta crucial para su identidad. Así, Kripke argumenta que un atril que está hecho de manera efectiva de un cierto trozo de madera no podría estar hecho de agua congelada del río Támesis y ser el mismo atril. Algunas intuiciones no son compartidas, sin embargo, por todo el mundo. Por ejemplo, alguien podría afirmar que lo crucial para ser Nixon es la apariencia física o ser un político y quien careciese de esas propiedades simplemente no podría ser Nixon. El que los juicios sobre lo que es esencial o accidental parezca descansar en las intuiciones de unos hablantes es una razón por la que algunos filósofos han considerado como problemática toda la tarea de evaluar las afirmaciones modales.

La consideración semántica se completa con una explicación causal de la pragmática del nombrar. Esta teoría causal tiene por objeto explicar cómo un nombre

puede ser usado por el hablante aun cuando éste sea incapaz de dar una descripción que se aplique al individuo nombrado (por ejemplo, alguien que sabe

sólo que Feynman es un físico). La clave de esta teoría es que los nombres están

ligados a sus referentes por una cadena causal. Un hablante —dice Kripke— usa

conecta su uso del nombre con el individuo designado por el nombre en un «bautismo» inicial. Nace un niño, sus padres le ponen un nombre, otras personas le conocen, se convierte en físico, escribe ensayos que otros leen y escriben sobre ellos..., y así sucesivamente; entonces el hablante usa correctamente el nombre «Feynman» para referirse a Feynman si su uso del nombre está conectado causalmente de la forma adecuada a la cadena de comunicación que llega hasta el mismo Feynman.

La utilización correcta, referencial, de un nombre propio no requiere que se hayan asimilado criterios de aplicación de ese nombre en virtud de propiedades realmente poseídas por el objeto. Alguien puede referirse, en última instancia, a un objeto sin saber nada de él. Lo único que se requiere es que tal nombre sea conoci- do como nombre propio, esto es, como nombre referente a una realidad de forma independiente de su conocimiento. Lo esencial en el uso de los nombres y lo que explica que podamos usarlos correctamente es la existencia de una cadena causal

que conduce a un acto inicial de «bautismo» o de nominación. Por supuesto, no es

literalmente necesario que haya un bautismo y la cadena de comunicación puede ser, en efecto, muy larga como acontece en el uso actual de «Julio César», por ejemplo.

En el caso de los nombres comunes, Putnam sostiene que la referencia es fijada por individuos concretos en virtud del principio de división del trabajo

lingüístico. Son los especialistas, los expertos, quienes tienen asignada esta tarea. El

hablante común puede hablar de «oro» y referirse al oro sin saber reconocer, ante un objeto dorado, si es oro o una imitación. Son los joyeros y los científicos que estudian los metales quienes determinan qué es oro, es decir, determinan la extensión del término «oro». La explicación es sencilla: las propiedades descriptivas mediante las que solemos identificar un objeto determinado, sea el oro o un tigre, no son propiedades necesarias o esenciales del objeto en cuestión, sino que de ordinario identificamos los objetos por sus propiedades accidentales. Las propiedades identificadoras son ordinariamente contingentes; no nos muestran las propiedades esenciales de la especie, sino que podemos encontrar tanto individuos que sean

tigres y no reúnan sus propiedades descriptivas habituales (por ejemplo, un tigre sin rayas por ser albino), como individuos que se parezcan en todo a los tigres, pero que no lo sean, puesto que el término «tigre» da cuenta de «una naturaleza esencial que la cosa comparte con otros miembros de su especie natural. Qué sea la naturaleza esencial no es un problema de análisis del lenguaje, sino de construcción de una teoría científica»186.

En este sentido puede decirse que la filosofía analítica contemporánea ha superado el prejuicio positivista antimetafísico heredado del cientismo del Círculo de Viena, y se ha abierto decididamente a la tradición filosófica que más rigurosamente ha estudiado estas cuestiones. Saúl Kripke, uno de los más relevantes creadores de la lógica contemporánea, «descubre» que los presupuestos metafísicos —la noción de esencia, la distinción entre propiedades esenciales y accidentales, la distinción entre epistemología y metafísica— no son distinciones crepusculares del oscurantismo medieval, sino que constituyen una profunda penetración en la articulación de la realidad y que, además, se muestran con claridad en nuestro lenguaje ordinario acerca de las cosas.

Así se pueden resumir las principales teorías semánticas estudiadas en este capítulo:

SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS Wittgenstein Uso en el juego de lenguaje

Quine Estímulos que suscitan su emisión y respuestas a las que da lugar

Kripke y Putnam Referencia establecida por acto inicial de nominación o por los expertos.

186

H. PUTNAM, <<Is semantics posible?>>, pp. 140-1; J. NUBIOLA, El compromise esencialista dela lógica modal, p. 304.

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