7. LENGUAJE Y VERDAD
7.3. La reflexión lingüística sobre la verdad
Mientras que la aproximación lógica se centraba en la sintaxis o coherencia de los enunciados y en su verificación o comprobación empírica, en las últimas décadas el énfasis se pone de nuevo en la articulación en el lenguaje de las dimensiones ontológica y epistemológica, en la articulación de mundo y pensamiento que acontece en el lenguaje. Como escribió Austin, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad es una abstracción, es un camello lógico, que no puede pasar siquiera por el ojo de un gramático201. Al estudiar ahora la situación total y efectiva de habla se centra la atención en el carácter esencialmente comunitario y comunicativo del lenguaje, que es donde se enraiza el problema de la verdad. En este sentido puede
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decirse que la aproximación lógica del positivismo se ha ensanchado hasta abarcar la dimensión genuinamente lingüística, de forma que se ha ganado una perspectiva mejor para poder comprender el problema de la verdad y las múltiples cuestiones de todo tipo que le están vinculados.
El núcleo «intuitivo» de la noción de verdad se encuentra en la idea de adecuación entre la cosa y el entendimiento202, en la noción de ajuste o conmensuración entre lo que es y lo que decimos. Así aparece ya formulado en el famoso dictum aristotélico: «Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso; mientras que decir de lo que es que es, o de lo que no es que no es, es verdadero»203. En este núcleo intuitivo (o si se prefiere, «tradicional» o «de sentido común») se encierran ya los elementos decisivos en la discusión acerca de la verdad. Acentuar la dimensión lingüística en esta discusión significa focalizar la reflexión más en torno al par verdad/mentira que al par verdad/falsedad que ha estado quizá más en el centro de la aproximación lógica y epistemológica dominante en nuestro siglo. En este sentido, puede decirse que la mentira nos aparece como mucho más lingüística y humana que la falsedad y, por esa razón, apunta más derechamente al ámbito comunicativo de la verdad.
En esta misma dirección asistimos en la última década a un ataque frontal contra la semántica lógica, esto es, contra la semántica que aspira a construir modelos teóricos con la pretensión de explicar cómo funciona el lenguaje. La acusación no consiste sólo en afirmar que una aproximación lógica al lenguaje resulta demasiado abstracta, sino también en advertir que el propio formalismo teórico es inapropiado para modelar el mundo real204. El ataque principal contra la semántica de modelos estriba en que las nociones de verdad y referencia que emplea no tienen en cuenta el modo en que la mente humana contribuye realmente a conformar el mundo. Frente a las versiones objetivistas de la verdad que nacen del anti-psicologismo fregeano y del empirismo del Círculo de Viena, en los últimos años
202
Cfr. A. LLANO, Gnoseología, p. 25. 203
ARISTÓTELES, Metafísica, IV, 7, 1011b 26-28. 204
ha irrumpido con fuerza —es decir, con capacidad explicativa— una concepción de la verdad en la que ésta se halla inserta en nuestro conocimiento, en nuestras prácticas comunicativas y en nuestros medios de reconocimiento del ajuste entre las expresiones lingüísticas y el mundo.
El campo de batalla contemporáneo del problema de la verdad es el lenguaje, esto es, la evaluación de la capacidad del lenguaje para dar cuenta con mayor o menor precisión de las cosas y de lo que pasa. El sentido filosófico primario de la verdad se encuentra con la tradición griega en lo intemporal, en lo siempre actual: «Lo verdadero —ha escrito Polo205— es lo siempre igual a sí mismo, no desgastado
por el tiempo. La verdad es, por tanto, eterna en el modo de lo actual, en un presente propio (no congelado en el pasado); es, por tanto, lo que vale para todos. El paso de la historia no le afecta». La identificación de la verdad como aquello que siempre buscamos los seres humanos destaca precisamente ese carácter intemporal, el que trasciende las limitadas contingencias de espacio y tiempo. Pero destaca también su carácter democrático y esto guarda inmediata relación con su dimensión lingüística. La verdad no es el resultado sofisticado de una teoría lógica perseguida privadamente, sino que puede ser conocida por todos los seres humanos, pues todos somos capaces de verdad. Los seres humanos no somos simples espectadores de la verdad, sino que tenemos una relación viva con ella pues somos capaces de reconocer la verdad, de reconocer lo intemporal incluso dentro de nosotros mismos, de advertir la correspondencia entre lo entendido y lo que es. Esta capacidad alude directamente a la conexión de racionalidad y vitalidad que acontece en nuestro lenguaje, en las prácticas comunicativas humanas.
Advertir esta conexión entre pensamiento y mundo que acontece en nuestro lenguaje compartido tiene una extraordinaria importancia. Afirmar que la verdad está maclada con nuestro lenguaje no es degradarla o rebajarla, sino que es, por una parte, destacar su humanidad, su efectivo enraizamiento en las prácticas y objetivos
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vitales de los seres humanos, pero por otra es también destacar con la tradición griega y moderna su racionalidad e intemporalidad.
Un ejemplo bien sencillo puede ayudar a entender mejor el alcance de esta última afirmación: Cuando digo que tengo las manos limpias —sin acudir ahora a su sentido figurado o metafórico— lo que quiero decir es que puedo pasar a comer sin necesidad de ir al lavabo, o que, aunque las tenga algo manchadas de tiza, puedo seguir dando la clase o incluso dar la mano a alguien. Sin embargo, resulta también claro que me lavaría las manos si tuviera que hacer una operación quirúrgica u otra actividad que requiriera un cuidado higiénico especial. Por tanto, en este sentido, el tener las manos limpias o sucias depende de nuestros objetivos y de nuestras costumbres, de nuestras prácticas y objetivos vitales, tanto o más que de las efectivas adherencias que mis manos puedan tener. Recuérdese el ejemplo del crucigrama cuya resolución depende tanto de las definiciones que nos vienen dadas como del mutuo apoyo entre nuestras respuestas. La mayor fiabilidad de unas u otras para resolverlo es una cuestión de grado que no puede ser decidida de antemano antes de comenzar a resolverlo.
En esta dirección algunos ejemplos del filósofo oxoniense John L. Austin en
Cómo hacer cosas con palabras pueden ayudar a comprender mejor el entramado
lingüístico en el que acontecen la relación de correspondencia entre pensamiento mundo y nuestro reconocimiento o evaluación de esa relación:
(1) Francia es hexagonal
(2) Lord Wellington ganó la batalla de Waterloo
Si sometemos a verificación experimental ambos enunciados, descubriremos de inmediato que, aunque sean válidos en circunstancias normales, su precisión es sólo aproximada. Ni Francia esrealmente hexagonal, ni Lord Wellington ganó él solo
aquella batalla en la que intervinieron tantos miles de soldados. La verdad o falsedad de enunciados como éstos no es tan objetiva, como pudiera parecer a primera vista, pues cuando en la vida real comparamos un enunciado con los hechos, estamos dando muchas cosas por supuestas. «En la vida real, en cuanto opuesta a las
situaciones simples afrontadas en la teoría lógica, no puede responderse siempre de modo simple si un enunciado es verdadero o falso.» Al analizar enunciados como (1) y (2) se advierte con nitidez que «verdadero» y «falso» no designan algo simple, sino que más bien «apuntan a una dimensión general de evaluación de lo que es correcto o apropiado decir en determinadas circunstancias, a una determinada audiencia, con unos propósitos e intenciones determinados»206. Esto no significa, por supuesto, que la verdad o falsedad de un enunciado dependa exclusivamente de las palabras, sino sobre todo del tipo de acto lingüístico que llevamos a cabo al pronunciarlas y de las circunstancias efectivas en que lo realizamos.
Habitualmente al considerar los enunciados hacemos abstracción de estos aspectos comunicativos (ilocutivos en terminología de Austin) del acto lingüístico y nos concentramos en su aspecto descriptivo (locutivo), pues empleamos una noción demasiado simple de «correspondencia con los hechos» y apuntamos al ideal de lo que puede ser dicho correctamente con carácter general en toda circunstancia, para cualquier propósito, a cualquier audiencia, etc. Pero esto es una abstracción — producida quizá por la atención obsesiva a unos pocos ejemplos simples de la lógica escolar— que no tiene en cuenta las prácticas efectivas de comunicación humanas. Por ello, la «solución» al problema de la verdad —viene a concluir Austin— no debe buscarse en una simple distinción entre «verdadero» y «falso», ni en la distinción entre los enunciados y el resto de los actos de habla, puesto que enunciar es sólo uno más entre los diversos tipos de actos lingüísticos, sino en el establecimiento críti- co con respecto a cada tipo de acto de los procedimientos y medios para su evaluación.