Las asociaciones variopintas
Tuco corre entre unas lápidas mientras suena «La fiebre del oro», la icónica melodía compuesta por Ennio Morricone. Cuando llega al centro del cementerio, en el que sabe que se encuentra la fortuna de la que retende apoderarse, comienza a correr frenéticamente en círculos mientras la música suena con mayor intensidad. Finalmente, encuentra la señal que buscaba. Sonríe convencido de que el botín al fin es suyo, pero
no podrá llevárselo sin hacer frente a la competencia.
Seguramente habrás reconocido la celebérrima escena que precede al clímax de El bueno, el feo y el malo, posiblemente el máximo exponente del spaguetti western, dirigida por Sergio Leone y estrenada en 1966. Si no has visto la película, quizás deberías verla antes de continuar leyendo, porque este capítulo está plagado de spoilers.
En cualquier caso, seguramente te estarás preguntando qué tiene que ver un wéstern con la burbuja emprendedora. Lo cierto es que podemos encontrar múltiples paralelismos entre la carrera de los tres coprotagonistas a la caza de un jugoso botín, y su febril búsqueda de fama y fortuna, con la de las miles de personas que han emprendido desde el estallido de la última crisis económica internacional.
La película de Leone es la historia de tres personajes cuyos caminos se cruzan por azar en plena guerra civil americana. Se entrelazan cuando se enteran de la existencia de un jugoso botín: 200.000 dólares (de la época) en oro del Ejército Confederado.
El bueno, también conocido como El Rubio e interpretado por Clint Eastwood, es un cazarrecompensas que se gana la vida llevando a otros a la horca. Si bien cuenta con suficiente humanidad como para evitar que se ejecute la sentencia, con la intención de convertir su negocio en escalable, entregando al mismo fugitivo una y otra vez.
El feo es un bandido llamado Tuco interpretado por Eli Wallach. Se trata de un delincuente habitual con una interminable lista de delitos a sus espaldas, oportunista y acostumbrado a jugar sucio.
El malo, al que llamaban Sentencia, interpretado por Lee Van Cleef, es un asesino a sueldo que, pese a vanagloriarse de su seriedad a la hora de cumplir sus encargos, cuenta con tan pocos escrúpulos que no muestra reparos en matar a mujeres y niños para alcanzar sus objetivos. Entre estos encontrar a la persona que conoce el paradero de los 200.000 dólares y hacerse con ellos.
Si bien los tres personajes se lanzan a una frenética carrera en busca de riqueza, en la que la ética rara vez condiciona sus actos, su historia es claramente diferente a la retratada en la películaGold , de la que hablamos en otro capítulo. En este caso los protagonistas tienen la convicción de que el oro existe. Aunque al igual que en Gold necesitan de un socio para enriquecerse, no se requiere su participación para que aporte el conocimiento necesario para engañar a terceros. Tenían suficientes conocimientos como para lograr su meta, tal es así que cada participante podía ser engañado.
En todo caso, al igual que enGold , la película cuenta la historia de lo que hemos definido como explotadores que van a buscar su idea del millón de dólares, su éxito, su trozo de pastel. Tres individuos que, en una época
desesperada (mucho más desesperada que la última crisis económica internacional), se lanzan a la aventura en busca de una vida mejor, dispuestos a correr innumerables riesgos y poner toda su determinación para alcanzar la meta. Y, al igual que en toda actividad empresarial, tanto los intangibles (el conocimiento que poseen) como el azar, los contactos y la estrategia juegan un papel esencial para determinar el resultado final.
El cazarrecompensas, dirigiéndose a Tuco:
—¿Sabes que tu cara se parece a la de uno que vale dos mil dólares? El Rubio, dirigiéndose al cazarrecompensas:
—Pero tú no te pareces al que los va a cobrar.
Tuco y el Rubio coinciden por primera vez cuando unos cazarrecompensas están a punto de apresar y entregar al primero para cobrar el precio puesto a su cabeza. Unidos por el azar, deciden asociarse y combinar sus intangibles, ponen en marcha una suerte de joint venture. Tuco aporta su «imagen de marca», una larguísima lista de cargos que le convierten en un «producto» por el que se puede cobrar un buen precio, mientras que el Rubio aporta su larga experiencia en el manejo de armas de fuego, del que Tuco tiene constancia tras ver cómo les quita a tiros los sombreros a sus captores. Los ingresos de su «empresa» requieren de los intangibles aportados por ambos: el Rubio entrega a Tuco y cuando está a punto de ser ahorcado dispara contra la soga y ambos huyen. Esto nos recuerda a una gran frase de Peter Thiel, millonario tras fundar y vender
unto a Elon Musk PayPal a eBay:
«Una startup debe cuestionar las ideas recibidas y repensar el negocio desde cero.»
Así es como se convierte un rival (la cabeza de Tuco) en una idea perfectamente escalable. El Rubio puede entregarlo y liberarlo una vez tras otra, repartiéndose la recompensa. Un negocio muy lucrativo, fruto de una mezcla de activos intangibles y azar. Nada fuera de lo normal: pensemos en la Viagra (que srcinalmente iba a ser un tratamiento para problemas
cardiacos, pero se descubrió un efecto secundario del que se pudo crear un negocio millonario) o en los Post-it (basados en un adhesivo que debería haber sido especialmente fuerte, pero que resultó ser lo bastante débil como para poder retirarse sin dejar residuos).
Volviendo a la película de Leone, como en tantas empresas a lo largo de la historia, surgen disputas entre ambos socios. El Rubio abandona a Tuco en mitad del desierto. Tras algunos giros en la trama, Tuco captura al Rubio y lo lleva por el desierto con la intención de que muera por deshidratación. Cuando parece que su final está cerca, el azar se cruza de nuevo en su camino: se encuentran con un carruaje en medio del desierto que acaba de ser atacado, en el que hallan a un hombre que se hace llamar Bill Carson. Está en las últimas y le cuenta a Tuco que hay 200.000 dólares enterrados en el cementerio de Sad Hill. Tuco va a buscar agua para que Carson se mantenga vivo el tiempo suficiente para decirle en qué tumba está el botín. Sin embargo, cuando vuelve, ha muerto tras decirle al Rubio la ubicación de la tumba. Una vez más, se encuentran ante una oportunidad de negocio y se requiere de la combinación de los intangibles de ambos.
Sin tanta dosis de dramatismo, en el mundo empresarial también se producen situaciones en las que para construir un proyecto sólido los fundadores, socios e inversores dependen de la combinación de sus capacidades y necesitan dejar a un lado sus diferencias. Seguramente uno de los casos más conocidos es el de la salida de Steve Jobs de Apple y su posterior retorno (no hay libro de emprendimiento que no cite a papá Steve y no podíamos ser menos). Si bien en este caso el conflicto no se produjo entre los cofundadores de la compañía (Steve Wozniak la abandonó por otros motivos), sí que fue fruto de una lucha por el poder y la capacidad de decisión sobre la dirección que debía seguir la compañía. Los contendientes en esta lucha fueron el propio Jobs y John Scully, la persona que él mismo había contratado para dirigir Apple. La incapacidad de su oferta para competir con los PC motivó que Scully tratase de reorganizar Apple para dejar a Jobs en una posición con menor capacidad de decisión,
lo que finalmente provocó su salida.
A partir de ahí, la siguiente aventura de Jobs en el mercado de la informática, Next, fue un fracaso comercial, si bien los desarrollos logrados en términos de software, junto con la visión de Jobs para el desarrollo de productos, motivaron la compra de la compañía por parte de Apple, que también se encontraba en una situación difícil, y el retorno de Jobs a su dirección. A partir ahí, como se suele decir, es historia. Los intangibles aportados por Jobs a Apple llevaron a la empresa a cotas nunca antes alcanzadas de éxito, pero puede que esta evolución jamás hubiese ocurrido de no haberse producido la lucha que llevó a Jobs a abandonar la compañía.
En el caso de Tuco y el Rubio, su nueva joint venture, fruto de la casualidad (también hubo azar, casualidades y suerte en el caso de Apple, nunca lo olvidemos), continúa expuesta a los efectos del azar y la incertidumbre, y terminan en un campo de prisioneros de la Unión (los capturaron porque iban disfrazados de confederados). Ahí es donde entra en juego Sentencia. Se había hecho con el control del campo, y en un momento dado oye a Tuco identificarse como Bill Carson, el soldado confederado que conocía el paradero del oro. Dado que Sentencia necesita contar con los intangibles de Carson para llevar a buen puerto su empresa, hace uso de su «poder de negociación». De una paliza consigue saber el nombre del cementerio y que el Rubio tenía información sobre la ubicación exacta.
En el caso del Rubio, Sentencia no cree posible que su poder de negociación sea suficiente para que ceda gratis su conocimiento a su «empresa». Por lo que logra una nueva joint venture entre ambos: el Rubio es liberado y ambos se dirigen a por el botín, dispuestos a compartir la información para obtenerlo. Por otro lado, Tuco consigue escapar y tras una buena dosis de azar vuelve a acabar unido al Rubio, a quien convence de que comparta con él la ubicación de la tumba (o eso cree).
Como puedes ver, la historia del Rubio y Tuco es la de dos emprendedores unidos por el azar y una clara oportunidad de negocio, que
terminan separándose debido a «diferencias irreconciliables» y se vuelven a unir cuando surge una nueva oportunidad que lo requiere, y pivotan en el planteamiento de su aventura empresarial siempre que el entorno así lo requiere. Pero aún no está claro quién será capaz de capturar el valor que genere su peculiar proyecto empresarial.
El Rubio, dirigiéndose a Tuco:
—Este mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Y tú, cavas.
Como te decíamos, Tuco está acostumbrado a jugar sucio. Cabía esperar que sus pocos escrúpulos le empujaran a tratar de capturar el valor del proyecto por cualquier medio. En la medida en que cree contar con toda la información necesaria para hacerse con los 200.000 dólares, no tiene incentivos para ser leal a su socio. No, en esta historia no hay abogados ni pactos de socios que valgan, pero sí muchas cosas útiles sobre cómo operar y negociar ante ellos. Pensemos en la escena con la que abrimos este capítulo. Tuco ante la tumba de Arch Stanton, el nombre compartido por el Rubio. Sin embargo, su traición ha convertido la cooperación en competencia. Cuando comienza a cavar con un trozo de madera, el Rubio aparece, le da una pala y le apunta con un arma. Al instante, Sentencia aparece y hace lo mismo, apuntando a ambos. Pero la información aportada por el Rubio era falsa. En un mundo sin abogados ni pactos de socios hay que ser especialmente desconfiado si no quieres acabar fuera del negocio o dentro de un agujero.
En la esfera del emprendimiento se han visto asociaciones que han perdurado, como la de Larry Page y Sergey Brin. Otras que cesaron sin rencores, como la de Steve Jobs y Steve Wozniak. Y otras que terminaron en los tribunales, como la de Eduardo Saverin y Mark Zuckerberg, cuyas diferencias como cofundadores de Facebook retrata otra película, La re social . En este último caso parece que el srcen de los problemas estuvo en la poca dedicación de Saverin, no en su deslealtad, pero este tipo de situaciones se da en demasiados casos. Un ejemplo más ligado a la
(presunta) falta de lealtad: el fundador del portal dedicado a las startups tecnológicas TechCrunch, Michael Arrington, trató de lanzar una tableta llamada Crunchpad, junto a la compañía de Singapur Fusion Garage. Sin embargo, Fusion Garage decidió continuar con el proyecto en solitario y lanzarlo con el nombre de Joojoo. Esto motivó una demanda por parte de Arrington. Según este, Fusion Garage trató de apropiarse del valor que su creación generaría, si bien las expectativas no llegaron a cumplirse (¿acaso habíais oído hablar del Joojoo?).
Retomemos la historia de Tuco, el Rubio y Sentencia. Tenemos a tres socios de conveniencia, que compiten por hacerse con el valor generado por su proyecto. Aunque solo uno de ellos cuenta con los intangibles necesarios para llevar la empresa a buen puerto. Una vez que el hito inicial (encontrar el cementerio) ha sido cumplido, la competencia cuenta con sus propias armas. Evidentemente, en este caso no hablamos de imagen de marca ni de acuerdos comerciales, sino de armas físicas, de fuego. Así se llega a la escena más conocida de la película: el Rubio escribe el nombre de la tumba que contiene el oro en una piedra y la sitúa en mitad de la explanada central del cementerio. Los tres competidores decidirán quién se lleva el botín mediante un duelo mexicano, un duelo a tres.
Este tipo de duelo tiene una peculiaridad: a diferencia de los duelos entre dos, no es el primero en disparar quien lleva las de ganar, sino el segundo. El primero en disparar se encuentra en desventaja: mientras ataca a otro contendiente, el tercero puede dispararle a él, ganando el duelo. Desde un punto de vista estratégico, se trata de una situación enormemente incómoda: no disparar es arriesgado, pero disparar también. Como nos recuerda uno de los padres de la innovación en Simenes, el doctor Claus Weyrich: el primer pájaro se come el gusano, pero es el segundo ratón quien se come el queso.
Al igual que en una actividad empresarial, si conoces tu posición, tus ventajas para competir, es decir, tus puntos fuertes (o débiles) y los de los demás, puedes diseñar, aunque sea en microsegundos, la mejor estrategia.
El Rubio era muy hábil en esto. Conocía muy bien a sus oponentes: ninguno de ellos dudaría ni un instante en matarlo, lo que claramente supone una fortaleza cuando se participa en un duelo. Pero solo uno de ellos tiene su arma cargada, porque la noche anterior al duelo le descarga el arma a Tuco. Por eso dispara contra Sentencia, cuyo cuerpo acaba dentro de una tumba abierta. Después apunta hacia Tuco, al que obliga a cavar en la tumba correcta. Los que no tienen el revólver cargado cavan, le recuerda. Claro que otros, a pesar de tenerlo cargado, acaban incluso peor.