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Los peligros de generar expectativas infundadasLos peligros de generar expectativas infundadas

Los peligros de generar expectativas infundadas

Llegados a este punto puedes tener una sensación agridulce. Igual piensas que somos muy críticos con la compleja, meritoria y valiente tarea de crear una empresa. Igual te salen preguntas como estas:

—Espera, decís que llega la gran crisis, las personas buscan vías para salir de ella creando empresas, o con la idea de crearlas, ¿y ya tenemos una burbuja?

—No, aún no hemos dicho que eso sea la burbuja en sí misma.

—Pero, ¿una sociedad emprendedora no es una sociedad más dinámica y con más capacidad de generar riqueza y empleo?

—Sí, así se ha constatado repetidamente.

—¿Y qué hay de malo? ¿Crear empresas no es una vía para crear empleo?

—Sí, claro, el empleo lo crean quienes montan negocios. —Entonces, repito, ¿qué hay de malo?

—Nada, si lo que se crean son negocios.

—Ya, pero, ¿no estamos todo el día con la cantinela de que el problema que impide ser más prósperos es que no se innova y no se crea empresa? ¿En qué quedamos?

—Espera, son muchas preguntas y creemos que estás mezclando algunas cosas. Déjanos seguir con nuestro argumento.

—De acuerdo, pero hasta ahora yo celebro que en medio de una crisis la gente piense que hay que crear empresas y se lancen a ello.

—Nosotros también lo celebramos, pero con matices, con muchos matices. Repetimos: déjanos seguir tirando del ovillo.

Vamos camino de aclarar el significado del término «burbuja emprendedora». Seguimos tirando del ovillo y esta vez lo hacemos usando dos programas de televisión. A veces este medio es muy útil para comprender conceptos financieros complejos (por favor, que esta afirmación no sirva de precedente). Uno de esos programas esContainer Wars y el otro Auction Hunters (en España se conoce como «Cazasubastas»). En esencia son muy similares. Un grupo de personas, supuestamente profesionales de la compraventa de objetos de segunda mano, pujan por lo que hay dentro del contenedor de un barco, en el primer caso, y de un trastero, en el segundo.

Hay un negocio que nunca se acaba y que es tan viejo como el catarro: comprar barato y vender caro. Si eres capaz de intuir que dentro de un trastero, cuyo dueño ha dejado abandonado (por lo que sea, se lo han embargado o ha muerto y no tiene herederos), hay objetos valiosos (porque sean únicos o sencillamente porque tienen un precio muy atractivo en el mercado) y eres capaz de comprarlos a un precio muy inferior del que lo

puedes revender después, el negocio está asegurado. Pero no es tan sencillo. La gracia está en que el trastero o el contenedor está precintado y se abre delante de todos los que van a pujar. Una vez abierto les dan unos minutos para observar lo que hay dentro y hacer funcionar su intuición. Un tiempo lo suficientemente corto como para no tener información de que ahí dentro hay algo por lo que merece la pena pujar (esto se hace así porque las pujas siempre serán más altas de media y quien promueve las subastas siempre gana más en el medio plazo). Así que solo la experiencia, la intuición y la habilidad a la hora de pujar marcarán la diferencia. La gracia del programa está en disfrutar observando cómo estas personas que pujan tienen perfiles psicológicos realmente extraordinarios: saben comportarse y no se alteran con facilidad durante la puja, no suelen desvelar sus cartas y tienen sus propias estrategias.

Como decíamos, estos programas nos pueden ayudar a comprender bien el concepto burbuja. Imagina que el subastador, quien pone a la venta lo que hay en el trastero, sí tiene información bastante precisa de lo que esconde ese contenedor o trastero. Sabe que hay unos pósteres de coleccionistas, una moneda de la guerra civil o unos amplificadores de música (en realidad, hay de todo en esos trasteros y contenedores). Más o menos conoce el valor en el mercado de segunda mano de todo. Pongamos una cifra: 5.000 euros. Una forma de comprender si hay o no una burbuja es analizar en qué medida las pujas se separan mucho de ese precio. Se pueden alejar mucho por encima (por ejemplo, 12.000 euros) o por debajo (1.000 euros). Puede ocurrir que haya muchas desviaciones en un trastero o contenedor concreto, pero es probable que se corrija en el siguiente y, de media, tras muchos contenedores abiertos, las pujas y los valores irían más o menos convergiendo a un valor de mercado. Así funcionan, o al menos es lo que predicen los economistas, los mercados financieros eficientes. Los mercados no tienen información perfecta, nunca la hay, pero las decisiones de unos agentes cuando hay información nueva van compensando los desequilibrios hasta llegar a cierta estabilidad.

esa cosa etérea y difícil de definir que es el mercado se las apañará para llegar a un equilibrio. Pero ahora imagina que llega un barco lleno de contenedores extraviados de Asia y empieza un contagio social entre todos los que pujan: «Parece que entre los contenedores de ese barco hay una copia de una obra de arte que puede valer millones». No sabemos dónde está, ni de qué obra se trata. Ni siquiera el valor exacto. Pero tenemos la expectativa de que puede estar en ese barco. Ante este nuevo escenario, ¿qué crees que pasaría? Efectivamente, se ha contagiado una predisposición para pujar más alto en cada contenedor. Si se van abriendo contenedores y la obra de arte no aparece, puede llegar un momento en que, si te crees de verdad que tiene que estar en alguno de esos que quedan, tus pujas sean cada vez más y más altas. Hasta el punto de hacer pujas poco sensatas por lo que estás comprando en un contenedor. El tipo que sabe lo que hay dentro del contenedor se está frotando las manos. Están pagando por una cosa que no saben si está o no ni el valor que tiene. «Pero yo me estoy quedando con su pasta», pensaría.

Este contagio de expectativas para captar «el gran premio» ha generado una miniburbuja en las pujas de los contenedores del barco. Las pujas medias de cada contenedor son sustancialmente superiores a las de un barco normal, es decir, sin que nadie espere nada extraordinario. Los precios suben y suben, pero en realidad el valor «real» de lo que hay en cada contenedor no cambia, o al menos en todos los contenedores menos en uno, en el que supuestamente está la obra de arte (pero no sabemos en cuál es). Si en un contenedor hay de media 5.000 euros y de repente se pagan 20.000 euros de forma sistemática, entonces tras comprar varios de ellos y repasar con calma todos los objetos que has comprado te das cuenta de que has perdido de media 15.000 euros. Las expectativas te han llevado a tomar decisiones arriesgadas. Si compras otro y otro, y sigues perdiendo, puedes quedarte arruinado. Y, de la misma manera, quien haya comprado por 20.000 euros el contenedor que tenga el «premio gordo», se hará rico si logra vender la obra de arte por un millón de euros. Pero ese premio gordo, esa alegría desmesurada y comunicada (ya que has ganado mucho,

al menos que se entere todo el mundo) no hace más que alimentar la burbuja: «Es posible ganar un millón con 20.000 euros invertidos». Lo que nos hemos olvidado es de todos aquellos que pagaron 20 por algo que vale ¡5!

Moraleja, pon un tesoro en uno de los cientos de contenedores posibles, corre la voz, crea un contagio social de expectativas y los precios de todos los contenedores, incluidos los que lleven basura (que los hay) subirán como la espuma y se alejarán mucho del valor real. Todo porque 1) no tenemos información perfecta, 2) queremos llevarnos el premio gordo y 3) nos vemos arrastrados por un contagio y una ansiedad social de que aquí puede estar nuestro premio gordo ansiado durante tantos años y… ¡yo me

lo merezco!

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