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Las horas menguadas

Cielo encapotado sobre Tumeremo en tinieblas, con relámpagos silenciosos en el horizonte anunciando la aproximación de las lluvias. Era medianoche y el calor sofocaba […] Un jinete, inconfundible silueta gigantesca a través de la oscuridad, acababa de cruzar la bocacalle próxima. —¡Cholo Parima! —exclamó a sordina—. ¡Buen encuentro a estas horas! No hace mucho me decía el jefe civil que ya debería de estar preso, pues había orden de arresto contra él desde esta tarde. Y como que va buscando el camino de Suasúa. En eso el jinete se detuvo, descabalgó y penetró en un tabernucho que por allí había. Era la salida de la población, vía de El Dorado, por donde ya comenzaba el éxodo de las peonadas; camino de la impunidad de la selva para el asesino de Manuel Ladera. Pero no te escaparás -murmuró Marcos, a tiempo que agarraba a Arteaguita por el brazo. Y luego a este arrastrándolo consigo—: Ven, para que aprendas a manejarte en esta tierra, curándote de espantos de una vez por todas. —¡No chico! —gimió el menguado—. ¿Qué vas a hacer? Avisémosle más bien al jefe civil… Déjame ir yo si tú no quieres. Pero Marcos Vargas no atendía razones.

En el tabernucho sólo encontrábanse el dueño, lavando los vasos donde tomaron el último trago los purgüeros que ya partían, una ramera triste, ante él de cerveza ya vacío con que la obsequiaran, y Cholo Parima tomando asiento al lado de ella […] Y se volvió para pedir servicio; pero se quedó con la palabra en la boca al descubrir a Marcos Vargas, de espaldas al mostrador, mirándole fijamente. —¡Hum! —hizo luego—. Yo sentía en la nuca algo que me estuviera haciendo cosquillas. Y era la mirá del joven… ¡Sírvanos cerveza, botiquinero! —Enseguida comandante Pantoja. —¡Qué comandante ni qué Pantoja! Cholo Parima soy yo, pa el que me ande buscando sin haberme perdío. Pero Marcos, sin darse por aludido, no le quitaba la vista de encima y así transcurrió un buen rato hasta que Arteaguita, ya sin uñas que roerse y no pudiendo soportar más la presión de tragedia inminente, le susurró suplicante: —Déjame salir Marcos. Déjame ir avisarle a la policía. —Bueno —díjole al cabo de un rato—, anda y avísale. Y esto lo oyó el tabernero y fue a soplárselo a Parima, disimuladamente, mientras le servía lo pedido. —¡Ajá! —exclamó el hombrón de las cicatrices y luego, sobándoselas—: ¡Ah bichas pa doleme las marcas que me dejó el difunto, la noche en que los machetes alumbraron el Vichada! ¿Será la entrá de agua, Gallineta? O algo como agua que quiere corré por aquí esta noche.

Y la mujerzuela asustada, por decir algo: —¿Con que vas rumbiando pa el alto Cuyuní? Si no me lo impiden los mirones, porque me sigue molestando la mosquita. ¿Será que estoy güeliendo a podrío? Pero yo como que todavía no estoy muerto, ¿verdá, Gallineta? […] sereno, espantosamente impávido, recostado contra el mostrador, con los codos apoyados sobre éste y la diestra péndula, sin la más leve vibración de nervios, ya con el hueco donde cabría justa la empuñadura del revolver al cinto. Marcos Vargas no perdía la vista de las manos del asesino ambidextro —particularidad que no le era desconocida—, quien al darle de nuevo la espalda sólo lo había hecho para prepararse la revuelta impetuosa, ya con el arma esgrimida. —Déjate de eso, chico —insistió la ramera al verlo sacar el revolver. Pero ya el hombrón estaba de pie, desatada la revuelta asesina… Que fue la última… Se le desprendió el arma de la zurda, se llevó la diestra al corazón, dio un pujido y balbució, ya desplomándose, cenicienta la faz sombría: —Me andó alante el joven.

Momentos después le decía el jefe civil: —No se preocupe, amigo. Usted no era un particular en esa hora y punto. Sino un agente o por lo menos un representante de la autoridad que fue a impedir que se fugara ese bandido […] usted no entró al botiquín sino a cerrarle el paso si intentaba escaparse antes de que llegara la policía, en busca de la cual envió a su amigo Arteaguita, como lo prueba la declaración del botiquinero. Por otra parte, tanto este como “La Gallineta” han declarado que fue Parima el primero en hacer armas [...] —Lo único que lamentar —continuó el jefe civil— es que Cholo Parima se haya llevado consigo al otro mundo todo lo que habría podido declarar contra los Ardavines; pero de todos modos ya les estamos latiendo en la cueva a los tigres del Yuruari, y ya se le presentará a usted ocasión de repetir con éxito ante el juez competente lo que dijo en San Félix ante el coronel López, perdiendo su tiempo. Pero Marcos Vargas repuso: —Ya no me interesa. […]

—Sin embargo —prosiguió su interlocutor—, algo tiene usted que cobrarle a los Ardavines, pues, aún no le he contado que esta noche, por los lados de “Yagrumalito”, han sido asaltados sus carros por gente armada de ellos […] pero lo cierto es que era gente de los Ardavines y que lo han dejado a usted en la ruina; mataron las mulas, saquearon las mercancías, quemaron los carros, después de haberlos rociado con el mismo kerosene que traían para los Vellorinis, y machetearon a los peones que no tuvieron tiempo de coger el monte […] momentos después recostado en su chinchorro {…] el pensamiento fundido en la sensación integral de si mismo —única cosa existente para su conciencia, libre y solitaria realidad dentro de la nebulosa de un mundo desvanecido— cuando llegó Arteaguita acompañado de José Vellorini […]

—¿Sabe ya lo de “Yagrumalito”? —¿Lo de los carros? […] esos bandidos no podían perdonarte que te hubieras atrevido contra ellos… Pero el mundo da vueltas, Marcos Vargas, y lo que hoy está de pie mañana estará de cabeza… además tu tienes la vida por delante para rehacerte de esa pérdida… Por lo de nuestras mercancías no te preocupes […] Hay para ti un buen negocio en nuestra empresa purgüera […] tendré que hacer una reorganización en la empresa que me permite ofrecerte desde luego un buen negocio para ti como encargado general. ¿Quién mejor que tú para defender nuestros intereses? Este año se espera sacar mucha goma y podrás ganar mucho dinero […] Acepta muchacho. No es un favor que quiera hacerte, sino un negocio que te propongo, conveniente para nosotros tanto como para ti. Y Marcos, cediendo a la emoción de bondad humana: —Acepto don José. Cuente conmigo. Y fue así como Arteaguita se quedó al margen de la aventura y Marcos Vargas se vio lanzado a ella.