—Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros. —¿A don Lupe? Sí. Dile que lo conocí. Ya murió. Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
—Ya sé que murió –dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos.
Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron, tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde afuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó: —¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
—¡Mírame, coronel! —Pidió él—, Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!
—¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.
—…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo:
—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros. Ahora, por fi n, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie
del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretó bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrabiatados, de prisa para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
—Tu nuera y los nietos te extrañarán—iba diciéndole. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afi gurarán que te ha comido el coyote, cuando te vean, con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
Atesorando palabras
Apropiándonos de nuevas palabras, se nos abren las puertas
hacia otros mundos …
Copia en tu cuaderno las palabras cuyo significado desco- nozcas. Con la ayuda del contexto, precisa el significado de las siguientes palabras:
mañas, afusilarme, tantita, nomás, rancio, milpa, horcón.
Añade a la lista anterior cualquier otra palabra que des- conozcas e intenta precisar su significado con la ayuda del contexto, o con el diccionario.
Descubriendo el texto
¿Te gustó el cuento? ¿Por qué?
¿Qué fue lo que más te llamó la atención? ¿Qué sensación te produjo la lectura del cuento? Razona tus respuestas.
¿Quién cuenta la historia? Identifica el tipo de narrador. ¿Dónde transcurre la historia?
Observa en el texto las expresiones que describen el lugar. ¿Qué recursos literarios se emplean? ¿Abundan las descripciones del ambiente a lo largo del texto? Ejemplifica. Identifica los recursos literarios presentes en las siguientes expresiones:
“…de haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero…” “…al parpadear la tarde”.
¿Quién es el personaje principal? ¿Cómo lo describirías?
¿Qué caracterísitcas psicológicas presentan los personajes Justino y el Coronel? ¿Cuál es su comportamiento como hijos?
¿Cómo se presenta el tiempo en el relato? Se dice que hay dos realidades: una objetiva y otra subjetiva ¿Cómo la percibes tú?
¿Qué relación encuentras entre el título de la obra y el contenido de la historia?
Extrae del texto ejemplos que demuestren la economía expresiva por parte del narrador. ¿Cuáles son los temas que están presentes en este cuento? Explícalos.
La
palabra y su tiempo
Los personajes y el lenguaje en los cuentos de Juan Rulfo, reflejan claramente modos de ser del hombre mexicano en las zonas rurales. El Costumbrismo y el Naturalismo se presentan ahora bajo otra cara, más subjetiva que la universaliza y permite identificar a esos personajes con la angustia del hombre contemporáneo. La muerte violenta, la venganza, el sentido de culpabilidad de los pueblos fantasmas o personajes ya muertos. El narrador casi siempre es testigo o protagonista de la historia contada, nos presenta la conducta de sus personajes donde se mezclan lo subjetivo y la realidad.
Organízate en equipos y discute: ¿De qué manera los temas presentes en el cuento “Diles que no me maten” se relacionan con la realidad latinoamericana? Argumenta tus ideas.
Escribe las conclusiones del equipo. Designen un representante para leerlas ante el grupo.
Esta nueva concepción del narrador testigo situado detrás de la conciencia de los personajes, el uso de un tiempo fragmentado y no sucesivo, y ese estilo poético apenas marcado por diálogos y voces misteriosas, se presenta como una característica de todos sus relatos dentro de un nuevo realismo extraño y maravilloso.
A la deriva
Horacio Quiroga9El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse, con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificulto- samente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un instante contempló. Un dolor agudo de los dos puntitos violeta comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida
9
Quiroga, Horacio (1987). Cuentos de amor, de locura y de muerte. Santiago de Chile: Editorial Ercilla
Lee en forma silenciosa y luego oral el cuento titulado “A la deriva”, de Horacio Quiroga. Identifica las palabras cuyos significados desconozcas.
hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estentor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo—. ¡Dame caña! —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer, espantada. —¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo… —murmuró entonces, mirando su pie, lívido y ya con lustre gangre- noso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez— dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado con grandes manchas lívidas y terriblemente dolorosas. El hombre pensó que no podría llegar jamás él solo a Tacurú-Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba; pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano— ¡Compadre Alves! ¡No me niegues este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre; en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda, Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón míster Dougald y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entre tanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración…
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. —Un jueves…