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Monte tupido y nada más!

Pero luego empezó a sentir que la grandeza estaba en la infi nidad, en la repetición obsesionante de un motivo único al parecer. ¡Árboles, árboles, árboles! Una sola bóveda verde sobre miríadas de columnas afelpadas de musgos, tiñosas de líquenes, cubiertas de parásitas y trepadoras, trenzadas y estranguladas por bejucos tan gruesos como troncos de árboles. ¡Barreras de árboles, murallas de árboles, macizos de árboles! Siglos perennes desde la raíz hasta los copos, fuerzas descomunales en la absoluta inmovilidad aparente, torrente de sabia corriendo en silencio. Verdes abismos callados… Bejucos, marañas… ¡Árboles! ¡Árboles! He aquí la selva fascinante de cuyo infl ujo ya más no se libraría Marcos Vargas.

La deshumanización por la temeridad en la curiara espera contra el torrente arrollador de los raudales, proa hundida entre las hirvientes espumas, tensa la espía de chiquichique, de cuya resistencia depende la vida; o chorrera abajo por el angosto canal erizado de escollos, de riscos fi ludos […] Para que la curiara entre de prisa en el laberinto de la muerte por donde hay un solo camino de escape para la vida, tortuoso y estrecho. ¡Raudales del Cuyuní que por algo signifi caba diablo en dialecto Macusi, laberintos de corrientes y contracorrientes estrepitosas por entre gargantas de granito sembradas de escollos! Ya Marcos Vargas iba aprendiendo a correrlos, desvaneciéndosele en niebla de embriaguez sobrehumana el instinto de conservación […]

Cruza una exhalación, grande como un bólido, por el río de estrellas que corre sobre el Guaram- pín, dejando una estela azulenca; se apaga en silencio por encima del mar tenebroso de la selva apretada […] Ahora un silencio extraño, que produce angustia, absoluto y profundo para los oídos de los hombres intrusos. Pero los indios, de sutilísimos sentidos expertos en la comprensión de aquel mundo, cuando sobrevienen estos repentinos enmudecimientos totales, prestan atención expectante. ¡Canaima! El maligno, la sombría divinidad de los guaicas y maquiritares, el dios frenético, principio del mal y causa de todos los males, que le disputa el mundo a Cajuña el bueno. Es él quien ahuyenta las manadas de dantas que corren arrollándolo y destrozándolo todo a su paso, quien enciende de cólera los ojos como ascuas de las arañamonas, excita la furia ponzoñosa del cangasapo, el veinticuatro y de la cuaima del veneno veloz, azuza el celo agresivo y el hambre sanguinaria de las fi eras, derriba de un soplo los árboles inmensos, el más alevoso de todos los peligros de la selva, y desencadena en el corazón del hombre la tempestad de los elementos infrahumanos.

Y fue él quien, bajo la forma de aquel extraño silencio que de pronto se había producido, se asomó aquella noche a la linde del bosque para conocer a Marcos Vargas, cuyo destino ya estaba en sus manos…

Tormenta

Regresó a la estación del Guarampín, al cabo de ocho días de ausencia, agudizado por la fatiga del viaje el maléfi co infl ujo

de la selva. Pero no sólo él sufría sus extraños efectos, ni todo eran aberraciones de espíritu. El fenómeno obedecía también a causas naturales y todos los seres vivientes que poblaban la selva lo experimentaban de algún modo. Aproximábase el término de la estación lluviosa y hacía varios días que reinaba esa tregua que se toman las lluvias antes de desatarse en los tremendos chubascos fi nales del invierno tropical […] La bestia presentía aquello y daba muestras de inquietud.

En silencio se posaban los pájaros en las ramas y de unas en otras fatigaban sus alas con repentinos vuelos recelosos; manadas migratorias de báquiros atravesaban con frecuencia el río y a veces se les veía detenerse de pronto en la marcha, ventear el aire y luego precipitarse en carrera, fuera del camino acostumbrado, a monte traviesa; en silencio volvían al atardecer los monos a sus dormideros habituales y en cambio durante la noche no cesaba de oírse el grito ululante de la arañamona […]

Finalmente, a su regreso a la estación halló Marcos Vargas la noticia de que en la ribera opuesta del Guarampín habían comenzado a producirse aquellos misteriosos gritos de que hablaban los purgüeros veteranos de la empresa de Vellorini y cuya realidad tuvo, en cierto modo, corroboración en las palabras del propio conde Giaffaro. Tales gritos en el salvaje silencio de la medianoche más parecían aullidos bestiales, ululatos de terror animal, y daban motivo a que los purgüeros de la opuesta ribera satisficiesen aquella morbosa propensión a lo truculento y monstruoso, entregándose a conjeturas delirantes. —El conde Giaffaro haciéndose su cura —pensaba Marcos Vargas, y para averiguar en qué pudiera consistir, si realmente la había, para descifrar aquel enigma a que nadie se había asomado todavía, atravesó una vez más el Guarampín.

Halló la casa cerrada. Adentro sentíanse pasos agitados que se acercaban y se alejaban una y otra vez; pero no le fue abierta la puerta ni se le respondió a sus llamadas. Por los alrededores y con expresión temerosa estaban los indios de la servidumbre. Se les acercó dándoles conversación y de las palabras que logró arrancarles coligió que el conde debía de atravesar una crisis aguda de taciturnidad, acaso racha de demencia periódica, durante la cual, encerrado bajo llave, se le oía pasearse por toda la casa día y noche.

Canaima en cabeza de racional

dijéronle los indios

.

Racional caminando siempre. Caminando siempre. Pero a las