Sección I “La razón pura y la antinomia de la razón pura”
6. Las ideas, los sofismas y la ilusión trascendental
Hasta aquí nos hemos dedicado a estudiar la deducción metafísica de las ideas trascendentales. Sin embargo, es necesario atender a la relación entre estas ideas y la ilusión trascendental.
Hemos visto que la razón produce estas representaciones de lo incondicionado siguiendo cierta máxima subjetiva. Dicha máxima conducía a la razón hasta lo incondicionado a través de prosilogismos. Y en tal ascenso se obtienen las representaciones
de lo incondicionado de que la razón es capaz, esto es, los conceptos puros de la razón122. Pero tales representaciones eran producto de una máxima subjetiva que sólo podía indicar a la razón la dirección de una tarea que siempre debía continuarse, no constaba de un principio objetivo que supusiera la constitución de un objeto. No obstante, la ilusión trascendental había sido caracterizada como un tomar la máxima subjetiva del pensar como un principio objetivo de la determinación de los objetos. Consecuentemente, puede creerse que la ilusión trascendental tendrá que ver con confundir las representaciones de lo incondicionado, alcanzadas gracias a esta máxima, con representaciones con validez objetiva, esto es, con el resultado de un principio sintético válido para las cosas mismas.
En efecto, uno de los aspectos de la ilusión trascendental consiste en que las ideas trascendentales sean entendidas como representaciones objetivas, esto es, representaciones de objetos incondicionados que se conocen por medio de razón pura. Pero, entendemos, la ilusión trascendental no se agota en ello. La ilusión trascendental no se limita a que se tome
122 Debe hacerse una serie de distinciones que sólo podrán ser demostradas más adelante (particularmente, en
la sección II). La máxima subjetiva es el factor determinante a la hora de que la razón emprenda el ascenso hacia lo incondicionado a través de prosilogismos. Esta máxima que ordena buscar condiciones cada vez más remotas posibilita que la razón ordene y articule los conocimientos brindados por el entendimiento. Pero no permite por sí misma que se postule que lo incondicionado sea dado. Tal máxima sólo conduciría a una perpetua búsqueda de condiciones cada vez más lejanas.
Ahora bien, más adelante veremos que la máxima subjetiva o lógica puede ser dividida en una máxima amplia y en una máxima restringida. La máxima restringida se ocupa de concebir el vínculo de condición y condicionado entre elementos meramente lógicos. En este caso, en virtud de la falta de temporalidad de los elementos considerados, es admisible el pasaje inmediato de lo condicionado su condición y, junto con ésta, a la entera serie de condiciones, i.e. lo incondicionado. De esta manera, la máxima restringida se asemeja al principio sintético de la razón pura más de lo que pudiera suponerse en primer lugar. Esta máxima (acotada al terreno de lo lógico) permite no sólo buscar lo incondicionado, sino de hecho considerarlo dado. Lo que permite contar con los tres conceptos de la razón, esto es, con tres representaciones de lo incondicionado. Estas representaciones tienen exclusivamente, en este nivel de análisis, un carácter lógico. No representan objeto alguno.
El principio dialéctico que conduce a toda serie de ilusiones trascendentales consiste en tomar estas representaciones subjetivas y meramente lógicas como representaciones efectivamente objetivas, es decir, tomar a la máxima lógica que permite conformar representaciones lógicas de lo incondicionado como un principio efectivamente válido para los objetos de la experiencia y, en consecuencia, tomar a tales representaciones como objetivas. Todo esto podrá ser demostrado sólo una vez que hayamos considerado en detalle el silogismo cosmológico. Allí se verá con mayor precisión el vínculo entre el principio de la razón pura, la máxima lógica y las distintas formulaciones de esta máxima.
En sentido análogo, cfr. Schmauke Wohlthätigste Verirrung‘. Kants kosmologische Antinomien, p. 53, quien afirma que el principio de la razón pura no es en sí mismo dialéctico, sino que se vuelve dialéctico en tanto es interpretado como un principio referido a los objetos de la experiencia. Esto significaría que hay cierta manera de interpretar tal principio de modo que no provoque ilusiones o engaños. A nuestro criterio, la máxima lógica restringida y el principio expresan lo mismo y son ambos válidos en tanto se los acote al terreno de lo meramente lógico y lo puramente conceptual. Las ilusiones se producen en cuanto estas reglas son tomadas como objetivamente válidas, i.e. como válidas respecto del conocimiento referido a objetos fenoménicos.
por una representación objetiva aquello que es únicamente la representación de una unidad absoluta para la articulación de juicios ofrecidos por el entendimiento.
Luego de presentar el principio sintético de la razón pura, Kant indica en A308- 9/B365-6 cuál es el asunto de la “dialéctica trascendental”:
“Los principios que surgen de este principio supremo de la razón pura serán, empero, trascendentes con respecto a todos los fenómenos, es decir, no se podrá hacer de él nunca un uso empírico, que sea adecuado a él. [...] Ahora bien, si aquel principio: que la serie de las condiciones (en la síntesis de los fenómenos, o también del pensar de las cosas en general) se extiende hasta lo incondicionado, [es un principio] objetivamente acertado, o no; cuáles consecuencias manan de allí para el uso empírico del entendimiento; o si más bien no hay tal principio de la razón objetivamente válido, sino un mero precepto lógico de aproximarse, al ascender a condiciones cada vez más elevadas, a la integridad de ellas, introduciendo así en nuestro conocimiento la máxima unidad racional posible para nosotros; si, digo, este requerimiento de la razón, merced a un malentendido, ha sido tenido por un principio trascendental de la razón pura, el cual, incurriendo en precipitación, postula en los objetos mismos tal integridad ilimitada de la serie de las condiciones; y cuáles, en este caso, son las interpretaciones erróneas y los engaños que puedan infiltrarse en los silogismos cuya premisa mayor es tomada de la razón pura (y que quizá sea más petición que postulado) y que ascienden, desde la experiencia, hasta las condiciones de ella: esto será nuestro asunto en la “Dialéctica trascendental”, que vamos a desarrollar ahora a partir de las fuentes de ella, que están profundamente escondidas en la razón humana. La dividiremos en dos partes, la primera de las cuales ha de tratar de los conceptos trascendentes de la razón pura, y la segunda, de los raciocinios dialécticos y trascendentes de ella”.
Este importante párrafo indica tres cuestiones de mayor importancia. En primer lugar, se hace una referencia explícita a la confusión según la cual la máxima subjetiva sería tomada como un principio sintético de la razón pura y con ello se postularía la integridad de las condiciones en el objeto mismo. En segundo lugar, del principio sintético de la razón pura surgen otros principios trascendentes que no tendrán nunca un uso empírico legítimo. Será necesario considerar cuáles son estos principios. En tercer lugar, se pregunta “cuáles, en este caso,” es decir en el caso en que la máxima haya sido tomada erróneamente como un principio objetivo, “son las interpretaciones erróneas y los engaños que puedan infiltrarse en los silogismos cuya premisa mayor es tomada de la razón pura (y que quizá sea más petición que postulado) y que ascienden, desde la experiencia, hasta las condiciones de ella”. Para poder precisar cuáles son tales engaños, será necesario considerar cuáles son
dichos silogismos que tienen una premisa mayor tomada de la razón pura, que ascienden desde la experiencia hasta sus condiciones.
Sobre el primer punto ya nos hemos expresado. Se trata de tomar una máxima subjetiva del pensar como si fuera un principio sintético y objetivo que pretende postular la integridad de las condiciones en los objetos mismos, de manera que lo que es una regla del pensar termina por ser tomado como un principio de determinación de los objetos mismos. En concordancia con esta máxima, la razón es impulsada a ascender a través de prosilogismos hacia condiciones (premisas) cada vez más remotas del conocimiento condicionado. La máxima de la razón pura tiene una función regulativa, esto es, impone la meta o dirección de una tarea que no puede acabarse y que se dirige a las tres representaciones de lo incondicionado ya presentadas. En esta actividad, la razón articula, ordena, subordina y simplifica los juicios del entendimiento, lo que supone una actividad de la razón sobre el entendimiento, no una determinación de los objetos de la intuición. Como sabemos, la ilusión trascendental supondrá tomar a tal máxima de la economía de nuestros conocimientos como un principio de determinación de las cosas mismas, lo que supondría tomar a las tres representaciones de lo incondicionado, i.e. conceptos de la razón pura o ideas trascendentales, como representaciones objetivas. Esto último será, sin embargo, un primer aspecto de la ilusión trascendental.
Consideremos ahora el segundo punto, las ideas trascendentales como principios. Los conceptos de la razón pura son representaciones de lo incondicionado, i.e. de la totalidad de las condiciones para un condicionado dado. Tales representaciones de lo incondicionado se alcanzan por medio de un ascenso a través de prosilogismos, partiendo de un condicionado dado y buscando sus respectivas premisas que operarían como condiciones suyas. Así, se construye una cadena de silogismos, en la cual la premisa mayor de un silogismo es la conclusión de otro que se encuentra más arriba en tal cadena. Tal ascenso supone, por una parte, buscar premisas cada vez más lejanas, pero, por otra parte, supondrá también que las premisas mayores tendrán cada vez condiciones más abarcadoras, esto es, condiciones bajo las cuales sean subordinadas las premisas mayores de los silogismos que se encuentran más abajo en la cadena de silogismos.
Aquella representación que se encuentre en el límite superior de la cadena de silogismos será, necesariamente, una premisa mayor que contendrá una condición
absolutamente incondicionada, que no puede ser subordinada bajo una condición ulterior. Tal premisa representará lo absolutamente incondicionado o la totalidad de las condiciones para un condicionado dado, será, por tanto, la representación de lo incondicionado (correspondiente al tipo de prosilogismo de que se trate).
Estas representaciones de la razón pura, en tanto son premisas de silogismos, pueden ser catalogadas como principios, pues hemos visto que todo conocimiento por medio de un silogismo es conocimiento por principios. Pero, además, estas premisas serían
principios en sentido estricto, pues a través de ellas se conoce lo condicionado como
determinado de acuerdo con premisas obtenidas por medio de la razón pura, con lo cual se tendría un conocimiento sintético por medio de meros conceptos. Vale aclarar que tales representaciones no tienen validez objetiva y, por tanto, no brindan conocimiento sintético por conceptos.
Muy probablemente, a esto se refiera Kant en A308/B365 al decir que del principio sintético de la razón pura surgen otros principios trascendentes. En efecto, gracias a la máxima subjetiva del pensar tenemos estas representaciones de lo incondicionado que pueden, claramente, ser llamadas principios. A esto se agrega que si erróneamente tomamos a tal máxima por un principio objetivo, tales representaciones también deberían ser tenidas –aunque erróneamente– por válidamente objetivas.
Esto nos lleva al tercer punto: la ilusión trascendental que se introduce en “silogismos cuya premisa mayor es tomada de la razón pura [...] y que ascienden, desde la experiencia, hasta las condiciones de ella” (A309/B366). La ilusión trascendental tiene como primer elemento la confusión de esta máxima subjetiva del pensar con un principio sintético objetivo. En otras palabras, lo que es una mera regla del pensar y de la economía de nuestras representaciones es tomada como un principio objetivo de la determinación de las cosas mismas. Y, en consecuencia, las representaciones de lo incondicionado podrían ser tomadas como representaciones objetivas, como si por medio de ellas pudiéramos tener la representación de tres objetos incondicionados. Estas serían las consecuencias inmediatas de tomar a la máxima como un principio objetivo.
Pero como ya hemos dicho, esto es sólo una primera mirada sobre la ilusión trascendental. Kant expresamente dice que hay ciertos silogismos que tienen una premisa
los que se introducen errores y engaños. Hemos visto que los conceptos puros de la razón
pueden ser tenidos por principios y, por tanto, pueden ser aquellas premisas tomadas de la razón pura a las que Kant se refiere. Sin embargo, no es claro a qué errores y engaños se
refiere Kant aquí. Pues, si la ilusión trascendental fuera únicamente tomar a la máxima
subjetiva como un principio objetivo, el engaño se daría en el ascenso de lo condicionado a lo incondicionado (es decir, en los prosilogismos). El engaño se encontraría, únicamente, en las ideas (al tomarlas como representaciones con validez objetiva) y sería innecesaria una segunda mitad de la “dialéctica trascendental”, en la que se trate de ciertos “raciocinios
dialécticos”. En otras palabras, si la ilusión trascendental se agotara en tomar a las
representaciones incondicionadas de la razón pura por representaciones con validez objetiva, sería superflua una segunda sección de la dialéctica trascendental en la que Kant se ocupe de ciertos raciocinios dialécticos particulares, pues todo el engaño se concretaría en los prosilogismos que van de un conocimiento condicionado a la totalidad de sus condiciones (al tomar a tal totalidad como una representación objetiva).
En A339-40/B397- Kant vuelve sobre este tema.
“[L]a realidad trascendental (subjetiva) de los conceptos puros de la razón se basa en que nosotros somos llevados a tales ideas por un silogismo necesario. Por tanto, habrá silogismos que no contienen premisas empíricas, y por medio de los cuales nosotros, de algo que conocemos, inferimos algo diferente, de lo cual no tenemos concepto alguno, y a lo cual, empero, por una apariencia ilusoria inevitable, otorgamos realidad objetiva. Tales inferencias, por tanto, en atención al resultado de ellas, han de llamarse más bien inferencias sofísticas, que inferencias de la razón; aunque en virtud de lo que las ocasiona, pueden llevar este último nombre, porque no son inventadas, ni se han originado por casualidad, sino que han surgido de la naturaleza de la razón. Son sofismas [...] de la razón pura misma [...]” (A339/B397).
Con estas pocas palabras, Kant deja en claro que, en efecto, la razón a través de prosilogismos necesarios nos lleva del conocimiento condicionado hasta la representación de lo incondicionado, esto es, conceptos puros de la razón, que son representaciones de aquello de lo que no podemos tener conocimiento alguno. Así, vamos de lo conocido a lo desconocido, y aunque tales representaciones tengan una validez subjetiva (esto es, no sean inventadas por el hombre, sino que resulten subjetivamente necesarias para la razón), no poseen una realidad objetiva. En tanto les otorgamos realidad objetiva, caemos en un sofisma de la razón.
Sin embargo, inmediatamente, Kant agrega una descripción de ciertos silogismos dialécticos que no concuerda con un silogismo ascendente, es decir, describe un engaño que no se identifica con los prosilogismos por medio de los cuales se asciende hasta la representación de lo incondicionado.
“Hay, pues, sólo tres especies de estos silogismos dialécticos, tantas como son las ideas, a las cuales se dirigen las conclusiones de ellos” (A339/B397).
Aquí se trata de silogismos cuyas conclusiones se dirigen a las ideas. Es decir, las conclusiones de estos silogismos afirman algo respecto de las ideas (o de los presuntos objetos representados en ellas). Esto haría suponer que se trata de silogismos descendentes (episilogismos) y no prosilogismos. Veamos cuáles son tales silogismos.
“En el silogismo de la primera clase infiero, del concepto trascendental del sujeto que no contiene nada múltiple, la unidad absoluta de ese sujeto mismo, del cual, de esta manera, no tengo concepto alguno. A esta inferencia dialéctica la llamaré el
paralogismo trascendental. La segunda clase de inferencias sofísticas apunta al
concepto trascendental de la totalidad absoluta de la serie de las condiciones para un fenómeno dado en general; y, de [el hecho de] que tengo siempre un concepto contradictorio de la unidad sintética incondicionada de la serie por un lado, infiero que es acertada la unidad opuesta, de la que, sin embargo, tampoco tengo concepto alguno. Al estado de la razón en estas inferencias dialécticas lo llamaré la antinomia de la razón pura. Finalmente, según la tercera especie de inferencias sofísticas, a partir de la totalidad de las condiciones para pensar objetos en general, en la medida en que ellos pueden serme dados, infiero la unidad sintética absoluta de todas las condiciones de posibilidad de las cosas en general; es decir, a partir de cosas que, según su mero concepto trascendental, no conozco, infiero un ser de todos los seres, al que conozco aun menos por un concepto trascendente, y de cuya necesidad incondicionada no puedo hacerme concepto alguno. Este silogismo dialéctico lo llamaré el ideal de la razón pura” (A340/B397-8).
Aquí nos interesa estudiar el segundo de estos silogismos dialécticos, pues es en el que se originaría la antinomia de la razón pura. En efecto, en su tratamiento de la cosmología racional llevado a cabo en el capítulo “antinomia de la razón pura” Kant presenta explícitamente un silogismo que concuerda con estas características: el silogismo cosmológico.
El silogismo cosmológico es presentado como el origen de la antinomia de la razón pura123. Dicho silogismo conduce a conclusiones referidas a la totalidad de las series de condiciones fenoménicas, esto es, conduce a conclusiones referidas a la idea de mundo. También ocasiona cuatro conflictos cosmológicos. En cada uno de estos conflictos veremos que hay dos respuestas para una misma pregunta referida al objeto mundo y también veremos que los adversarios prueban su posición demostrando que la afirmación contraria es contradictoria. Esto permite suponer que en cada afirmación entra en juego un “concepto contradictorio de la unidad sintética incondicionada de la serie” de condiciones fenoménicas.
Es menester emprender un estudio pormenorizado del silogismo cosmológico. Pues él nos revelará elementos claves para comprender cómo se originan las cuatro ideas cosmológicas que se encuentran a la base de los cuatro conflictos cosmológicos. Nos permitirá comprender también cómo se originan estos conflictos y las afirmaciones enfrentadas en ellos. En este silogismo también encontraremos la explicación de cómo y por qué se hace el pasaje de la máxima subjetiva al principio sintético de la razón pura. En la sección II nos ocuparemos de un estudio detallado de dicho silogismo.
Por lo pronto, aquí alcanza con advertir que la ilusión trascendental no se limita a la postulación de ciertos conceptos de lo incondicionado con presunta validez objetiva. Sino que la razón, en virtud de estas ideas, se ve envuelta en ciertos sofismas dialécticos. Estos sofismas dialécticos conducen a ciertas afirmaciones respecto de estos presuntos objetos de conocimiento. Particularmente, en el caso de la cosmología, la razón se ve envuelta en un silogismo que conduce a afirmar la existencia de series íntegramente dadas de condiciones fenoménicas, lo que conducirá a cuatro conflictos cosmológicos, compuestos de afirmaciones contradictorias. Antes de introducirnos en un estudio detallado de este silogismo, consideremos qué se entiende por antinomia de la razón pura.