Una noche de hermosa luna, en los jardines de Nápoles, cuatro o cinco caballeros, sentados debajo de un árbol, tomaban en sorbete, a la par que en los intervalos de la conversación, escuchaban la música, que es el alma y la delicia de una población indolente. Uno de ellos, joven inglés que momentos antes parecía el más alegre y bullicioso de aquello reunión, se puso de pronto triste y meditabundo, dando lugar a que otro de sus compatriotas que observara este cambio repentino, dándole un golpecito en el hombro, le dijera con tono familiar:
—¿Qué tenéis, Glyndon? ¿Os habéis puesto malo? ¡Estáis pálido!... ¡tembláis! ¿Os habrá dado algún aire? Será mejor que os retiréis a vuestra casa: las noches de Italia suelen ser bastante peligrosas para las constituciones inglesas.
—No hay necesidad; me siento ya bueno. Ha sido un estremecimiento pasajero que no sé a qué atribuir.
Un hombre de aspecto muy superior al de los demás, que aparentaba tener unos treinta años de edad, volviéndose de pronto hacia el joven y mirándole fijamente, le dijo:
—Me parece que adivinaría lo que tenéis, y quizá —añadió con grave sonrisa — podría explicarlo mejor que vos.
En seguida, dirigiéndose a los del círculo, prosiguió:
—Sin duda, caballeros, todos vosotros habréis experimentado con frecuencia, especialmente al encontraros solos de noche, una sensación extraña e inexplicable de frío y de terror que os asalta de repente. Entonces sentís que vuestra sangre se hiela; que el corazón, al parecer, cesa de latir; que tiemblan vuestras piernas y se os erizan los cabellos; que tenéis miedo de levantar vuestra vista y de mirar a los rincones más obscuros del cuarto, como si hubieseis de ver en ellos alguna cosa sobrenatural. En aquel instante todo os causa temor; pero he aquí que de repente cesa el hechizo, si así puede llamarse, se desvanece, y casi os sentís con ganas de reiros de vuestra debilidad. ¿No habéis experimentado muchas veces esta sensación, imperfectamente descripta? En este caso, podéis explicaros lo que nuestro joven amigo acaba de sentir, aún rodeado de las delicias de esta mágica escena y en medio de las embalsamadas brisas de esta noche de junio.
—Caballero —repuso Glyndon evidentemente sorprendido, —habéis definido exactamente la naturaleza del estremecimiento que acabo de experimentar. Pero, ¿qué es lo que en mí os ha revelado mis impresiones de una manera tan precisa? —Conozco los signos de la visitación, —replicó el extranjero con gravedad, —y éstos no engañan tan fácilmente a un hombre de mi experiencia.
Todos los presentes declararon entonces que comprendían perfectamente lo que el desconocido acababa de describir, puesto que lo habían experimentado alguna vez. —Según las supers ticiones de nuestro país, —dijo Mervale, el ingles que primeramente dirigiera la palabra a Glyndon, —en el mismo instante en que sentís que vuestra sangre circula con precipitación y que se erizan vuestros cabellos, alguno ha puesto pie en el sitio que será vuestra sepultura.
—En todos los países existen diferentes supersticiones para explicar esa fenómeno tan común, —repuso el extranjero. —Entre los árabes se encuentra una secta que cree que en aquel instante Dios decreta vuestra muerte, o la de alguna pe rsona querida. Los salvajes africanos, cuya imaginación está llena de los horrores de su tenebrosa idolatría, creen que el demonio os tiene en aquel momento cogido por los cabellos. Por eso se ve con tanta frecuencia lo terrible mezclado a lo grotesco.
—Esto no es evidentemente otra cosa sino un accidente físico, una indisposición del estómago o una paralización en la circulación de la sangre, —dijo un joven napolitano, al cual Glyndon conocía de muy poco tiempo.
—¿Por qué en todas las naciones esta sensación va siempre acompañada de algún supersticioso presentimiento de terror, o está siempre enlozada con alguna relación de la vida material y el mundo que se supone existir fuera de nosotros? Por mi parte creo...
—¿qué creéis, caballero? —pregunto Glyndon, afectando una ansiosa curiosidad. —Creo —prosiguió el extranjero— que es la repugnancia y el horror con que los elementos de nuestro ser retroceden ante alguna cosa extraña e invisible, pero antipática a nuestra naturaleza, y que no nos es dable conocer por la imperfección de nuestros sentidos.
—¿Creéis en los espíritus? —dijo Mervale con incrédula sonrisa.
,—No, no era precisamente de los espíritus de lo que hablaba; pero pueden existir formas materiales tan invisibles e impalpables para nosotros, como lo son los insectillos del aire que respiramos o del agua de aquella fuente. Aquellos seres pueden tener pasiones lo mismo que nosotros, y como los insectos a los cuales les he comparado. El monstruo que vive y muere en una gota de agua, carnívoro insaciable, subsistiendo a costa de otros seres más pequeños que él, no es menos mortífero en su ira ni menos feroz en su naturaleza que el tigre del desierto. Habría muchas cosas al rededor nuestro que serían peligrosas y hostiles para los hombres, si la Providencia no hubiese levantado una barrera entre ellas y nosotros por diferentes modificaciones de la materia.
—¿Y creéis que esas barreras no pueden desaparecer? — preguntó el joven Glyndon con desasosiego.—Las antiguas y universales tradiciones de sortilegios y hechizos, ¿son, no más, meras fábulas?
—Quizá si... quizá no, —respondió el extranjero con indiferencia. —Sin embargo, ¿quién, en una época en la cual la razón ha establecido sus propios límites, sería
bastante loco para romper la barrera que le separa de la serpiente boa o del león, o para murmurar y rebelarse contra la ley que encierra al tiburón dentro del mar? Pero, bastante hemos hablado ya de cosas insubstanciales.
Al decir esto, el desconocido se levantó, y después de llamar al mozo y pagar su refresco, saludó a los demás de la reunión y desapareció entre los árboles.
—¿Quién es ese caballero? —preguntó Glyndon son ansiedad.
Todos se miraron unos a otros sin que nadie respondiese en algunos instantes, hasta que al fin, Mervale dijo:
—Esta es la primera vez que le veo. —Y yo.
—Y yo.
—Por mi parte, le conozco perfectamente, —dijo el napolitano, que era nuestro antiguo conocido el conde de Cetoxa. —Ya en otro tiempo estuvo entre vosotros como amigo mío. Hará unos dos años que este extranjero visitó Nápoles, y ahora hace pocos días que ha llegado otra vez a la ciudad. Es un hombre riquísimo y persona muy instruida. Siento que haya hablado esta noche de una manera tan extraña, pues esto no hará más que servir de pábulo á las mil tonterías que circulan respecto de él.
—Y, seguramente —dijo otro napolitano, —la ocurrencia del otro día, ocurrencia que conocéis perfectamente, Cetoxa, justifica las suposiciones que pretendéis despreciar.
—Como mi compatriota y yo frecuentamos tan poco la sociedad de Nápoles —dijo Glyndon, —ignoramos muchas cosas que parecen dignas de interés. ¿Queréis hacernos el obsequio de referirnos esa ocurrencia y lo que se dice de ese personaje? —Los rumores que circulan, caballero —dijo Cetoxa dirigiéndose a los dos ingleses, —consisten en que se atribuyen al señor Zanoni ciertas cualidades que cualquiera desearía para sí, pero que nadie más es capaz de poseer. En cuanto a la ocurrencia a que alude el señor Belgioso, da grande importancia a estas cualidades, y es, debo confesarlo, algún tanto sorprendente. Hizo una leve pausa Cetoxa, y luego preguntó:
—¿Probablemente jugáis, caballeros?
Como, efectivamente, los dos ingleses habían perdido algunos escudos en las mesas de juego de Nápoles, se inclinaron ligeramente para afirmar la suposición.
Cetoxa prosiguió:
—Bien; pues sabed que hace pocos días, el mismo de la llegada de Zanoni a Nápoles, me encontraba jugando muy fuerte, y había perdido cantidades de
consideración. Levanteme de la mesa decidido a no jugar más, cuando de pronto descubro a Zanoni, de quien me hiciera amigo en otro tiempo, y el que me debía alguna ligera atención, que permanecía en la sala como mero espectador. Antes de que tuviera tiempo de manifestarle la alegría que me causaba el verle, me cogió por el brazo. "Habéis perdido mucho, me dijo; mucho más de lo que poseéis. Por mi parte, aún cuando no me gusta jugar, quisiera hacerlo esta noche ¿Queréis apuntar esta suma por mí? Las pérdidas corren de mi cuenta, y si ganáis, la mitad de los beneficios serán vuestros". Como debéis suponer, esta proposición me dejó desconcertado; pero Zanoni lo decía de una manera que era imposible resistirse. Además, ardía en deseos de desquitarme, y si no hubiese querido levantarme, me quedaba aún algún dinero. Le contesté que aceptaba su oferta, pero con la condición de que partiésemos lo mismo las ganancias que las pérdidas. "Como gustéis, me contestó sonriendo; no tengo escrúpulo alguno, puesto que podéis estar seguro de que ganaréis". Me volví á sentar, y Zanoni se puso detrás de mí. Mi suerte cambió de tal manera, que no hice más que ganar continuamente. Levanteme de la mesa inmensamente rico.
—En los juegos públicos no es posible una trampa — dijo Glyndon, —y, sobre todo, cuando esta trampa tendría que hacerse contra la banca.
—Efectivamente, seria imposible —repuso el conde; —pero nuestra suerte era tan extraordinaria, que un siciliano, los sicilianos son gentes mal educadas y de mal genio, se puso colérico y hasta insolente. "Caballero, dijo dirigiéndose a mi amigo, nada tenéis que hacer tan cerca de la mesa." Zanoni le respondió con buen modo que no hacía nada que fuese contrario a las reglas del juego, que sentía mucho que un hombre no pudiese ganar sin que otro perdiese, y que allí no podría obrar de mala fe ano cuando estuviese dispuesto a hacerlo. El siciliano tomó por miedo el buen modo del extranjero, y empezó a insultarle en alta voz. En resumen: el siciliano se levantó de la mesa, y se puso a examinar a Zanoni de una manera capaz de apurar la paciencia de cualquier caballero que tuviese sangre en las venas o que supiese manejar una espada.
—Y lo más singular —interrumpió Belgioso, —y lo que más me sorprendió, es que Zanoni, que estaba en frente de mí, y que, por lo mismo, podía examinar su semblante con detención, no se inmutó ni manifestó el menor resentimiento. Vuestro amigo fijó su vista en el siciliano de una manera imposible de describir; nunca olvidaré aquella mirada!... helaba la sangre en las venas. El siciliano se hizo atrás como si le hubiese deslumbrado un rayo, tambaleó y cayó medio desmayado sobre el banco. Después...
—Después —dijo Cetoxa,—con gran sorpresa mía, vi que nuestro caballero, desarmado por una mirada de Zanoni, se puso colérico contra mí... El... Pero quizá ignoráis, caballeros, que mi habilidad en el manejo de las armas, me ha valido alguna reputación.
—Es el mejor espadachín de Italia, —dijo Belgioso.
—Antes de que tuviese tiempo de saber por qué motivo —prosiguió Cetoxa, —me encontré en el jardín que hay detrás de la casa con Ughelli, que este era el nombre del siciliano, y con cinco o seis caballeros que debían ser los padrinos de nuestro
duelo. Zanoni, llamándome aparte, me dijo: "Este hombre caerá; cuando esté en el suelo, le preguntaréis si quiere que se le entierre al lado de su padre , en la iglesia de San Genaro" "¿Conocéis a su familia?". le pregunté sorprendido. Zanoni no me respondió. Un momento después me estaba batiendo con el siciliano. Para hacerle justicia debo decir que sabía su oficio, y que nunca haragán alguno ha manejado la espada con mas destreza. A pesar de esto —añadió Cetoxa con complacida modestia, —cayó atravesado de parte a parte. En seguida me acerque a él: apenas podía hablar. "¿Tenéis que encargarme alguna cosa, o que arreglar algún negocio?, le pregunté. El herido hizo una seña negativa. "¿Dónde queréis ser enterrado?", volví a preguntarle, y me indicó la costa de Sicilia. "¡Cómo!, objeté afectando sorpresa, ¿no queréis que se os conduzca a la Iglesia de San Genaro, al lado de vuestro padre?" Al oír esto, su semblante se alteró terriblemente, lanzó un agudo grito, y arrojando una bocanada de sangre, expiró al instante. Ahora viene la parte más misteriosa de esta historia Enterramos al siciliano en la iglesia de San Genaro. Al verificarlo, levantamos la tapa del féretro de su padre, cuyo esqueleto quedó descubierto. En la cavidad del cráneo le encontramos un pedazo de alambre de acero delgado y duro. Esto nos causó sorpresa y provocó nuestra curiosidad. El padre de mi rival, que era un hombre muy rico y avaro, había muerto repentinamente, y se dijo que con motivo de lo caluroso de la estación, se le había dado sepultura sin perder tiempo. Como nuestro hallazgo dio que sospechar, se procedió a un examen minucioso del cadáver. Tomóse declaración al criado, y éste, al último, confesó que el hijo había asesinado a su padre. La idea había sido ingeniosa; el pedacito de acero era tan delgado, que atravesó el cerebro sin que saliese más que una gota de sangre que ocultaran los canos cabellos. El cómplice murió en el patíbulo.
—¿Y Zanoni sabía esto? Os explicó...
—No —interrumpió el conde. —Zanoni manifestó que aquella mañana había entrado por casualidad a visitar la iglesia, y que habiendo reparado en la losa del conde Ughelli, su guía le dijo que el hijo del tal conde, que era un derrochador y un tahur, se encontraba entonces en Nápoles. Mientras jugábamos, Zanoni había oído pronunciar su nombre en la mesa, y nos aseguró que cuando estuvimos en el terreno donde debíamos batirnos, se le había ocurrido decir aquello del entierro instintivamente, sin que pudiese o quisiese explicarnos por qué.
—He aquí una historia bien extraña, —dijo Mervale.
—Los italianos somos supersticiosos; el pretendido instinto ha sido mirado por muchos como un aviso de la Providencia. Al día siguiente, el extranjero fue objeto de curiosidad e interés universal. Su riqueza, su modo de vivir y su extraordinaria belleza, han contribuido también a que haga furor. Además, he tenido el placer de introducir a este personaje entre loe mas alegres de nuestros caballeros, y presentarlo a nuestras primeras bellezas de Nápoles.
—Ha sido una narración interesantísima, —dijo Mervale levantándose.—Venís, Glyndon. ¿No vamos a nuestra posada?... No tardará en ser de día. ¡Adiós, señores!
—¿Qué pensáis de esta historia? —dijo Glyndon a su joven compañero cuando se encaminaban hacia su morada.
—No hay duda de que ese Zanoni es algún impostor, algún pícaro muy diestro. Los napolitanos disfrutan de su dinero, y le ensalzan, en cambio, con su familiar charlatanismo de lo maravilloso. Un aventurero desconocido se introduce muy fácilmente en la sociedad, sobre todo cuando ésta le convierte en objeto de terror o de admiración. Zanoni, por otra parte, reúne la ventaja de una presencia poco común, y las mujeres no necesitan mas recomendación para recibirle con agasajo, que su semblante y los cuentos de Cetoxa.
—No soy de vuestro parecer —respondió Glyndon.— Cetoxa, aunque jugador y calavera, es noble de nacimiento, y goza de la más alta reputación de valiente y honrado. Además, ese extranjero, con su noble presencia y su aire aristocrático, tan tranquilo y tan modesto, nada tiene de común con el atrevido charlatanismo de un impostor.
—Perdonad, querido Glyndon; pero debo deciros que conocéis todavía muy poco lo que es el mundo. El extranjero representa el papel de un gran personaje, y su importancia no es más que una jugarreta de su oficio. Pero, cambiemos de asunto. ¿Cómo marcha vuestra conquista amorosa?
—¡Ah! Hoy no he visto a Viola.
—¡Cuidado que os caséis con ella! ¡Qué se diría en nuestro país!
—Disfrutemos del presente, —opuso Glyndon con viveza; —somos jóvenes, ricos y bien parecidos; no pensemos en mañana.
—¡Bravo, Glyndon! Ya estamos en casa. Dormid bien, y no soñéis con el señor Zanoni.