• No se han encontrado resultados

Lima y su elite frente a la independencia

2. Lima durante la independencia

Los efectos de las guerras de independencia se sintieron con anterioridad a 1821. En especial, cuando la guerra se extendió a Chile y Lima y otras ciudades vieron reducido su suministro de trigo, producto esencial en la dieta alimenticia. Entre 1816 y 1821, el trigo sufrió en Lima un alza del 1,200% (Sánchez, 2001: 249), lo que, obviamente, tuvo efectos negativos sobre la salud y bienestar de la población. A ello había que aumentar otras desgracias,

11

Basta revisar las cifras de la población de Venezuela para darse una idea de ello. Entre 1812 y 1814, los habitantes de Caracas habrían descendido de 50,000 a 21000 (Lynch, 2008: 216).

12

La diferencia entre poblaciones entre 1791 o 1793 y 1827 puede ser una referencia de zonas donde se sufrieron con especial rigor los estragos de la guerra, sea como batallas, asedios o migraciones forzosas o, incluso, los efectos indirectos de las otras guerras en la región. Con esta consideración, es interesante el cuadro de Gootenberg (1995: 21), acerca de la diferencia de población entre los censos de 1793 y 1827, por provincias. Las que presentaron crecimiento negativo fueron Lima y Santa, en Lima; Huamalíes y Cajatambo en Junín; Paucartambo y Paruro, en Cusco, y Lucanas en Ayacucho. No consideramos Chachapoyas, cuyos datos, según refiere el propio autor, pueden haber sido afectados por los cambios limítrofes. También fue el departamento de Lima el que concentró la mayor cantidad de provincias con crecimiento proporcional muy bajo, además de algunas de Junín y Cusco.

incluso naturales: el fenómeno del Niño en 1819 y epidemias. Estás últimas tuvieron terribles efectos, debido a la deficiente situación sanitaria y alimenticia, así como las condiciones precarias de algunos asentamientos militares. Sólo en 1821, el cólera causó la muerte de al menos 1,500 soldados realistas acantonados en Lima. Incluso un temblor habría asolado Lima días antes de la declaración de independencia13. Así, cuando San Martín decidió no tomar por

la fuerza la ciudad de Lima, en realidad lo hacía con la certeza de estar frente a una ciudad desabastecida y en cierto modo diezmada. Prefería alzarse ante la población como “salvador de la ciudad, flagelada por las calamidades” (Sánchez, 2001: 252).

La ciudad no fue precisamente un escenario de luchas intestinas. Más si de gran tensión frente a esta nueva situación. Cuando el virrey huyó de Lima, el terror se apoderó de la mayoría de la población, no sólo por la incertidumbre frente al comportamiento del bando patriota dirigido por extranjeros, sino por el caos y desorden social que se podría desatar. Cuando San Martín ingresó en Lima, tuvieron que enfrentar serias tribulaciones, inmersos en un conflicto sobre el que debían tomar parte. Así lo relata Hall:

“[…] Dudas y dificultades se presentaban en terrible línea de batalla a los habitantes. Los españoles, que formaban la clase rica, estaban tristemente perplejos. Si se manifestaban contrarios a las opiniones de San Martín, sus bienes y personas estaban sujetos a confiscación; si accedían a sus condiciones, se convertían en culpables ante su propio Gobierno, que era posible volviese a visitarlos con igual venganza. Los naturales, por otra parte, que tenían mejor razón para estar seguros; estaba[n] aún más alarmados en consecuencia de sus acciones presentes. Muchos dudaban de la sinceridad de San Martín; muchos de su poder para cumplir sus promesas. Para la máxima parte de los habitantes de Lima, tales asuntos eran completamente nuevos, y, por lo tanto, era de esperarse que la alarma e indecisión llenasen todos los pechos” (Hall, 1998: 75).

Si bien Lima había sufrido hasta entonces los efectos indirectos de las guerras de independencia y las sublevaciones al interior del país, recién vivía en carne propia, esos estragos. De los ricos comerciantes de Lima, la mayoría

13

Un testigo español diría que fue “de los mas fuertes i de mas duración que se hayan sentido en aquellos países donde son tan frecuentes” (Torrente, 1971: 204). Más allá de esta percepción particular, quizás algo exagerada, lo cierto es que el 10 de julio de 1821 hubo un fuerte temblor en Camaná (Arequipa) que se sintió en la capital del Virreinato.

españoles, sólo 17 miembros del Tribunal de Consulado firmaron el Acta de independencia, huyendo 43 a las dos semanas de hecha la proclamación. De la Real Audiencia, sólo uno firmó, mientras seis se negaron a firmar, pero lograron obtener el permiso de San Martín para permanecer en la ciudad. Sin embargo, otros siete sí tuvieron que migrar (Rizo Patrón, 2001: 414).

En sus primeras medidas de gobierno, San Martín trató de apoyarse en un sector de la elite. Así, José de la Riva Agüero fue nombrado en agosto para ocupar un puesto en el nuevo gobierno. Previamente, el 17 de julio, concedió al marqués de Torre Tagle la tarea de organizar una Guardia Cívica, para reemplazar al regimiento español Concordia (Torrente, 1971: 217-218). Sin embargo, pronto su ministro Monteagudo mostró una actitud hostil hasta los españoles afincados en Perú. Esta situación se hizo más delicada cuando Canterac se dirigió al Callao, hacia septiembre de 1821, para ayudar a los realistas que se habían instalado allí. En respuesta, se ordenó en Lima el encierro de unos 2,000 miembros de familias españolas en el convento de La Merced.

Pronto, el conflicto impulsó el miedo colectivo, así como la desconfianza de las multitudes hacia la elite española y, viceversa. Azuzadores contra las familias en La Merced14 serían el preámbulo de la tragedia en el Real Felipe. Y, por otro lado, los pobladores criollos y mestizos temían también una rebelión indígena y a la multitud de esclavos15, muchos de los cuales pasaron a

engrosar el ejército libertador. En realidad, estos últimos habrían constituido el grupo más numerosos de peruanos que inicialmente fueron reclutados por el ejército de San Martín, cuando recorrió durante los primeros meses las costas del centro y sur del Perú. Al menos así lo atestiguó Stevenson: unos 4,000 o 5,000 esclavos formaban parte del dicho ejército hacia 1822 (Anna, 2003: 258). Ciertamente, los realistas también realizaron el mismo reclutamiento forzoso sobre esos territorios.

14

Mazzeo recoge el testimonio del ministro Abreu, quien se apenó de ver en Lima a “sacerdotes, unos con crucifijos y otros con armas vomitando dicterios contra los españoles […] alimentaban por las calles la sed de sangre de ´sangre española´ a que el pueblo ansiaba en grito general convidándose para ir a exterminarlos en el convento de La Merced […] y toda una multitud de esposas, hijos y parientes lloraban por ellos […]” (2005: 178).

15

Según el diario de un testigo que firmaba sólo con sus iniciales, R.M., desde el desembarco del ejército de San Martín, los realistas se esforzaron por extender rumores de un levantamiento de negros, en las haciendas al sur de Lima, en Ica. Es decir, al paso o ante la inminencia del ejército libertador (Basadre, 1973: 159).