Dada la carencia casi completa de documentación continua para los acontecimientos y procesos políticos en Grecia meridional, fuera del testimonio epigráfico que, en su mayor parte, trata de la historia política de Atenas, es difícil esbozar tendencias, pero la dominación macedónica afectaría efectivamente la economía de una ciudad hasta cierto punto. Se daba por sentado el ingreso de contribuciones a los cofres reales y se las extraía, sin duda, por diferente medios, fuera la presentación de coronas por las ciudades o por sus ciudadanos ricos o, directamente, a través del tributo. Plutarco (Demetr. 27) relata que Demetrio exigió a los atenienses recaudar 250 talentos y permitió a su reina y a sus cortesanos gastarlos en cosméticos. No se puede comprobar si esta historia es verdadera, pero puede implicar que los reyes exigieron dinero directamente en ocasiones específicas y que esto creó resentimiento.
El método principal de los macedonios para extraer riqueza era mediante los impuestos y puertos. Dada la naturaleza no institucionalizada de la economía antigua,
no podemos suponer que esto significara una diferencia para las ramas de actividad manufacturera o del comercio por El Pireo, por ejemplo. Es verdad que cuando los romanos convirtieron Délos en un puerto franco, las rentas de Rodas, el centro comercial rival, recibieron un duro golpe; pero hay razones para dudar de la seriedad de estos efectos, y en la Grecia peninsular del siglo III todos los bienes que entraban en la esfera macedonia por cualquier ruta serían probablemente gravados, de modo que un puerto en particular no sería peor que otro. El Pireo y Corinto eran todavía los puntos de desembarco más importantes para los comerciantes. No sabemos siquiera si los impuestos reales eran agregados a los impuestos de la ciudad preexistentes o simplemente los reemplazaron. Lo más importante es que el comercio de importación y exportación no debe ser visto puramente en términos de las fuerzas del mercado y la balanza de pagos. Demóstenes a finales del siglo IV define un préstamo comercial de un modo que implicaba que un exportador importaría sólo lo que él pudiera pagar en efectivo (Contra Formio, 6).
La élite consumidora de Atenas obtenía su riqueza principalmente de sus vastas propiedades de tierras, y continuaría comprando objetos de lujo, locales e importados, para la ostentación y el consumo inmediato, mientras que exportaba sus excedentes de aceite de oliva y otras mercancías. Sobre ellos recaía el principal peso de los pagos especiales a los reyes.
El verdadero cambio puede haber sido que la élite tenía menos que gastar en la ciudad (compárese la prescripción cívica de Jenofonte citada anteriormente). Esto estuvo acompañado por un cambio político: en Atenas la democracia radical ya no existía para obligar a los ricos a gastar en el bien público, o al menos no tan generosamente como antes. En las ciudades fuera de Atenas hay indicios de que la élite estaba menos dispuesta a servir a la ciudad con gran gasto. El mismo hecho de que los euergetai ricos fueran distinguidos con conmemoraciones sugiere que tales donaciones se hacían rara vez; no necesariamente debido a un cambio económico, sino porque las exigencias políticas de gasto a la élite no comportaban ya la misma fuerza.
Es difícil detectar efectos económicos más amplios de la dominación macedónica, antes se aprecian los políticos. Sin embargo, los cambio políticos podrían haber tenido efectos económicos; es bajo esa luz como tenemos que considerar los indicios de creciente tensión social en la Grecia del siglo III. Hemos ya observado el modo en que las ciudades se apoyaron cada vez más en benefactores ricos; pero esto no es necesariamente una prueba de crisis económica como de un cambio político (véanse páginas anteriores). Hay posibles indicios de pobreza en Grecia en el relato del gobernador macedonio de Cirene, Ofelas, que en 307 reunió una fuerza mercenaria para ayudar a Agatocles de Siracusa contra los cartagineses:
Ofelas se había casado con Eutídice, hija de Milcíades que fue llamado así por el jefe de los vencedores de Maratón [490 a.C.]. Debido a este vínculo matrimonial y a otros signos de favor que había mostrado hacia la ciudad, muchísimos atenienses se alistaron con empeño en la expedición, y entre los demás griegos, no pocos se apresuraron a tomar parte en la empresa, esperando participar en las asignaciones de tierra en la parte más rica de Libia [i.e. norte de África] y saquear la riqueza de Cartago. Pues la situación en toda Grecia, debido a las continuas guerras y la rivalidad (philotimiai) de los dinastas, se había empobrecido y arruinado (tapeina), de modo que consideraron que no sólo se
convertirían en dueños de muchos bienes, sino que también se librarían de los males presentes.
(Diod. 20. 40)
Este pasaje debe ser leído con cuidado. Diodoro atribuye directamente las penurias experimentadas por muchos griegos a los efectos de las acciones de los diadocos, y establece que los vínculos personales entre Ofelas y los atenienses eran el factor clave. No está necesariamente describiendo una crisis económica. Grecia siempre había experimentado superpoblación, los griegos siempre habían recurrido a la emigración y a la colonización ultramarinas.73 El pasaje de Diodoro presupone que había hombres sin tierra o con tierra insuficiente, pero ¿cuándo había sido de otro modo?
En este contexto podemos examinar algunas referencias claras al conflicto de clases en los estados griegos. En 316 Agatocles pudo conseguir apoyo para su golpe en Siracusa prometiendo la cancelación de las deudas y la redistribución de tierras a los pobres (Diod. 19. 9, Austin 27a). En los estatutos de fundación de la liga helénica en 302 hay referencias fragmentarias a las preocupaciones tradicionales de los reyes y las ciudades-estado: «[que sea tomado cuidado ... de que el] mar quede libre [de piratas (?)] ... de usar las constituciones ancestrales ... no con el propósito de revolución...» (BD 8, Harding 138; secciones posteriores en Austin 42).74 Estas frases recuerdan documentos anteriores y posteriores que ser refieren a los lemas gemelos de «redistribución de la tierra» (gês anadasmos) y la «cancelación de las deudas» (chreôn apokopê). En Itanos, en Creta, un juramento en una inscripción del siglo III, probablemente votado por aquellos que eran recién admitidos al (limitado) cuerpo ciudadano, incluye una promesa de no «iniciar una redistribución [de tierra] o de casas [o de sitios poblados] ni una [cancelación] de deudas» (Austin 90, Syll3 526).75 En las postrimerías del siglo III, las guerras locales entre las poleis cretenses estaban acompañadas por la posibilidad, o la realidad, de stasis (véase por ejemplo, el juramento cívico de Dreros, Austin 91, Syll3 527).76
Las referencias a la tierra y a las deudas no deberían necesariamente ser vistas en términos modernos, como prueba de graves privaciones o de la existencia de un proletariado marginal. Esta era una sociedad esclavista, donde un hombre libre era, en razón de ser libre y ciudadano, un individuo privilegiado que disfrutaba de derechos políticos y económicos que lo situaban por encima de otros hombres. Su estatus vis-á-vis sus conciudadanos, y la fuerza de su voz política dependían de que tuviera tierra para cultivar, u otros que la cultivaran, y de cuánto dinero sobrante disponía para la ostentación en sociedad. La obra de Finley sobre las inscripciones de hipotecas áticas ha mostrado que la deuda no era un problema tanto para los pobres como para la élite — como los terratenientes de Éfeso— se prestaban grandes sumas con la garantía de sus tierras, y después, por cualquier motivo, se encontraban en dificultades, quizá perdiendo sus tierras. Mientras los hombres que nunca poseyeron tierras habrían intentado servir como mercenarios de los diadocos, es más probable que las personas que demandaran una redistribución fueran aquellos que alguna vez habían tenido tierras pero ya no las tenían. El conflicto civil en las ciudades griegas, bastante corriente en este período, probablemente estalló más debido a las disputas y rivalidades entre ciudadanos relativamente privilegiados. Las demandas de reforma, quizá, no eran un llamado a la revolución o a un nuevo orden social, sino a una nueva asignación de puestos en el orden existente.