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Las relaciones entre los sexos y la identidad individual

La variedad de cambios en la sociedad ciudadana han sido examinados por historiadores: los cambios en la estructura de clases, en la distribución de la riqueza, en el papel de los individuos y su sexo. Aunque la representación literaria de las mujeres no necesariamente es indicio de un vuelco radical en las relaciones sociales, hay cambios en la posición pública de las mujeres.

El hecho de que algunas mujeres regias fueran figuras poderosas pude haber afectado el modo en que las demás mujeres fueron consideradas. El relato de Plutarco acerca del papel desempeñado por las espartanas en las «revoluciones» del siglo III parece indicar realmente un cambio en el modo en que fueron consideradas las mujeres, en comparación, por ejemplo, con la Atenas clásica.111 Se ha pensado que las espartanas eran diferentes; Aristóteles (Política, 2. 6. 1265b-1266a) señala que poseían propiedades y eran activas políticamente. Algunas mujeres de Plutarco encarnan el carácter espartano ejemplar, como la madre del rey Agis IV (r. c. 244- 241), Agesistrata, de quien se dice que camino a ser ejecutada habría dicho: «¡Ojalá que esto sea en bien de Esparta!» (Plutarco, Agis, 20). En el mismo episodio, Plutarco relata la ejecución de Cratescleia, madre del rey Cleómenes, y destaca el valor de la joven viuda innominada de Panteo, uno de los soldados más valientes del rey. Los vividos detalles que ofrece sugieren que por una vez pudo tratarse de un acontecimiento real, descrito para Plutarco por sus fuentes, aunque embellecido al contarlo una y otra vez. Sin embargo, en su pluma se convierte en una prueba de su propia filosofía moral: «Lacedemonia [Esparta], pues, habiendo puesto en contraposición y competencia en esta tragedia el valor de unas mujeres con el de los hombres, hizo ver que la virtud no puede ser nunca ofendida y agraviada por la fortuna» (Plutarco, Cleómenes, 39.1).112

Un interés no inferior suscita Agiatis, viuda de Agis. Su marido había sido asesinado por instigación de Leónidas, padre del otro rey, Cleómenes III, y Leónidas la había casado con éste. En el relato de Plutarco, que debe mucho al favorable memorial de Filarco, aparece como una reformadora digna de la memoria de su difunto marido:

Agiatis había heredado la cuantiosa herencia de su padre Gilipo, y era en la edad y en la belleza la más aventajada de las griegas, y en sus costumbres y conducta sumamente apreciable. Dícese por lo mismo que nada omitió para que no se la hiciera aquella violencia, pero enlazada con Cleómenes, aunque aborrecía a Leónidas, era buena y cariñosa esposa de aquel joven, el cual, además, se había enamorado de ella; y en cierta manera participaba de la memoria y la benevolencia que de Agis conservaba su esposa; tanto que muchas veces le preguntaba sobre aquellos sucesos, y escuchaba con atención la relación que le hacía de las ideas y proyectos que tenía Agis.

(Plutarco, Cleómenes, 1)

Tal como lo presenta Plutarco, Agiatis es la responsable de las acciones posteriores de Cleómenes. Es difícil distinguir el hecho concreto de la proyección retrospectiva de ideas posteriores sobre lo que había sido Esparta en el siglo III. Agesistrata y Agiatis podían realmente haber encarnado lo que consideraban ser los ideales de su sociedad; no es posible que nuestras fuentes estén absolutamente equivocadas sobre la fuerza de esas aspiraciones. Sin embargo, podemos estar razonablemente seguros de que esas mujeres, como las mujeres de la realeza en otras partes, ejercían su influencia dentro de un sistema de valores dominado por los hombres. Quizá sólo en el período helenístico tardío fue puesta en cuestión la imagen exclusivamente masculina del rey, por cuanto las reinas ptolemaicas ejercieron el poder efectivamente.113

Entre las mujeres que no pertenecían a la realeza, sabemos de poetas tales como Erinna (Lefkowitz y Fant, n.° 9-10), que al parecer escribió las reminiscencias de sus amigas; pero se conoce poco de su vida, e incluso es posible que algunos de sus poemas, como otras obras atribuidas a mujeres en este período, hubieran sido escritas por hombres.114 En la la historia espartana suelen aparecer nombres de mujeres en las listas de triunfos de las carreras de carros en los festivales (Lefkowitz y Fant, n.° 45-47), indicando que eran propietarias del carro y del tronco de caballos (antes que ser las conductoras).115 Otras mujeres importantes fueron las compañeras de los filósofos, a las que se les atribuye ingenio y talento. La historia de Crates el Cínico y su mujer Hiparquia es contada por Diógenes Laercio (c. 200-250 a.C.) en sus Vidas de filósofos:

Adoptó su mismo traje, iba a todas partes con él y se asoció con él116 en público; iba a los banquetes con él. Una vez, cuando fue a un banquete en casa de Lisímaco, confundió a Teodoro llamado el Ateo, usando el siguiente truco de lógica: si una acción no podía ser considerada errónea cuando la hacía Teodoro, no podía ser tampoco errónea cuando la hiciera Hiparquia. Por tanto, si Teodoro no hace nada malo al darse golpes a sí mismo, Hiparquia no hace nada malo si golpea a Teodoro.

(Diógenes Laercio, 6. 96-98; Lefkowitz y Fant, n.° 43)

Cuando Teodoro trata de humillarla con una sarcástica referencia a las ocupaciones propias de las mujeres, Hiparquia responde: «Teodoro: ¿no pensarías que he empleado mal mi tiempo, si lo hubiera desperdiciado tejiendo en vez de emplearlo en mi educación?». Era considerada una filósofa con talento propio, al igual que Leoncione, la compañera del filósofo Epicuro, la cual incluso escribió sobre filosofía.117

No debemos exagerar el significado de estos ejemplos, como si testimoniaran la existencia de un sistema educativo que hubiera sido ampliamente accesible para las mujeres;118 estos ejemplos aparecen en relación con filosofía y estilos de vida anti-ortodoxos. Había habido antes algunas mujeres notablemente educadas, siendo la más famosa la amante de Pericles, Aspasia, en la Atenas del siglo V. Por otra parte, hay indicios de que ahora era perfectamente aceptable, aunque no habitual, que una mujer fuera muy educada. He aquí, por ejemplo, la lápida de una mujer de

Sardis, del siglo I a.C, que lleva inscrito un conmovedor epigrama métrico; la piedra y la inscripción fueron pagadas por el público.

Esta piedra señala a una mujer de talento y belleza. Quién es ella lo revelan las inscripciones de las musas: Menófila. Un lirio esculpido, un alfa, un libro y una canasta, y con éstas una corona de flores muestran que es honrada. El libro indica que eras sabia; la guirnalda que llevabas en tu cabeza muestra que eras una adalid; la letra alfa que eras una hija única; la canasta es un signo de tu ordenada excelencia; la flor muestra la de tu vida, que el destino robó. Que en la muerte el polvo te sea leve. ¡Ay! tu padres están sin hijos; para ellos has dejado las lágrimas.

(Lefkowitz y Fant, n.° 49)119

Entre las restricciones legales impuestas a las mujeres estaba el gynaikonomoi (censores de las mujeres) nombrados por Demetrio de Falero, cuya función podría haber sido limitar el despliegue excesivo de riqueza y de fiestas fastuosas. Sin embargo, el propósito fundamental de tales funcionarios puede haber sido controlar la competencia entre los ciudadanos (siendo la propiedad de mujeres una de las formas de ostentar riqueza). Es más, no hay pruebas de que tales instituciones fueran comunes. Asimismo, aunque las mujeres todavía necesitan un tutor de sexo masculino (kyrios) para muchas transacciones legales, hay numerosos indicios de que las mujeres griegas disfrutaban de un papel más público: las mujeres ricas hacían donaciones a las ciudades en su propio nombre. Euxenia de Megalópolis en el siglo II era sacerdotisa de Afrodita, y costeó la edificación de una muralla que rodeara el templo y un hospedaje para los visitantes. File de Priene (siglo I a.C.) «dedicó a su costa un receptáculo de agua y las tuberías de agua de la ciudad» (Lefkowitz y Fant, n.° 48, Burstein 45). Pomeroy da ejemplos como estos de la propagación o disolución de los antiguos privilegios de la ciudadanía masculina, en un momento en que el foro político de la ciudad no era ya tan importante en el mundo; Van Bremen, sin embargo, no percibe ningún cambio real en la situación legal de las mujeres.120 Ni la intervención de las mujeres en el espacio público fue resultado de una falta de riqueza en la élite, pues muchos hombres tenían todavía grandes cantidades de dinero para hacer lo que les placiera.

La gama de actividades públicas accesibles a las mujeres era más amplia que en la Grecia clásica —o al menos en Atenas, pues es probable que otras ciudades- estado no limitaron a las mujeres tan drásticamente en el período clásico.121 La literatura y los documentos se combinan para sugerir cierta distensión del control, al menos en el ámbito de la élite (el único donde normalmente aparecen mujeres). La rígida ideología de una vida política, social y pública exclusivamente masculina, particularmente fuerte en la Atenas clásica, quizá puede haberse comenzado a resquebrajar; se podía hablar de las mujeres en formas nuevas, al menos en los documentos y en la literatura. Así como la ideología común de la virtud ciudadana tuvo que cambiar para dar cabida a los reyes y un nuevo tipo de euergesia, del mismo modo habría dado entrada a las mujeres, de un modo controlado. Así como la «familia real» se convirtió en un medio de representación pública de los reyes, las mujeres de los ciudadanos tuvieron ese mismo papel para éstos, aun cuando el contenido de la ciudadanía estuviera cambiando. Estos cambios no fueron planificados, ni fueron completamente producto del período helenístico. La sociedad

griega se estaba desarrollando bajó el estímulo de las poderosas monarquías nuevas, y en parte, al margen de ellas.

El período helenístico se ha representado a veces como una época en que la libertad individual aumentó y en que surgieron nuevas oportunidades para la realización del destino individual. No se debe exagerar esta tendencia, ni afirmarla precipitadamente sin pruebas contundentes, pero hay signos de cambio. El mayor número de estatuas e inscripciones que nombran a hombres, mujeres y niños individualmente, en particular en un contexto religioso, son testimonio de que, al menos entre las personas acomodadas, era posible un nuevo tipo de conmemoración tanto en vida de una persona como después de su muerte.122 Esto no equivale al debilitamiento de los vínculos comunitarios, pero es parte de un creciente cuerpo de evidencia de que los individuos de ambos sexos fueron representados de nuevas formas en el discurso público.

Las nuevas relaciones entre los individuos son probablemente un requisito para nuevas relaciones entre los sexos. La arqueología ofrece algunos indicios. Se ha sugerido que la creciente semejanza entre los objetos encontrados en las tumbas de hombres y mujeres en el Ática a partir del siglo IV implica una nueva intimidad entre los sexos; que las representaciones de Afrodita, sumada a la más común de Hera, como patrona del matrimonio son signos de una demarcación más laxa entre las mujeres respetables y las hetairai (prostitutas de nivel social superior); y que las figuras de una mujer o una diosa en el baño o desnuda están vinculadas con una propensión a la exhibición personal del lujo y de signos de un estilo de vida despreocupado, todo lo cual tendería a disminuir la distancia de estatus entre los géneros,123 al menos en Atenas, y en el nivel de prosperidad en que se pueden encontrar vestigios de los individuos en el registro arqueológico.

Muchos atenienses emigraron a Délos cuando cayó en su poder en el 167. En esta sociedad cosmopolita, las lápidas de atenienses y no atenienses en su conjunto apuntan a una visión más convencional del papel de los hombres y las mujeres que el señalado por la escultura no funeraria de la propia ciudad de Délos y de Atenas.124 Sin embargo, esto parecería quizá el caso excepcional de una sociedad próspera, parcialmente colonial, que se hizo más convencional que la sociedad dejada atrás, y que transmitió su tradicionalismo a los que provenían de lugares que no eran el Ática.

Para inicios del período romano, el discurso de Plutarco Sobre el amor (Erôtikos) presenta el matrimonio como una sociedad que implicaba un nivel de igualdad y amistad para las mujeres, aunque en un tipo de participación en la masculinidad y como una relación que tenía aspectos privados importantes que no habían sido previamente examinados. La familia ahora tenía más que una importancia meramente cívica.125 Es de suponer que tales cambios en el concepto de la persona tuvieron lugar poco a poco y gradualmente, y que en verdad no existió un «estado fijo». La negociación de las relaciones sociales es un proceso continuo.