Negocios y finanzas
UN MARAVILLOSO NUEVO MUNDO DIGITAL
El año pasado, cuando este libro fue publicado en tapa dura, hice una gira promocional, pero en lugar de lecturas participé en conversaciones con gente de varias ciudades en Norteamérica y Reino Unido. La gente con quien conversé tenía generalmente alguna percepción especial de aspectos de la música tratados en este libro, y algunos tenían algo que decir sobre este capítulo.
En Los Ángeles debatí sobre este capítulo con Trent Reznor de Nine Inch Nails, porque él fue uno de los primeros en intentar el modelo «hazlo tú mismo» para publicar su propia música, en concreto su música para bandas sonoras. Económicamente le fue bien, y ofrecer temas gratuitos también sirvió para que sus fans escucharan esas composiciones. Pero ahora, para un proyecto mayor, vuelve a buscar el apoyo del sello. Tal como ya he mencionado, el nuevo modelo no es dogmático ni singular; no es siquiera un modelo fijo. Se trata más de mezclar y encajar, según las necesidades de cada uno.
En varios momentos de esa gira promocional me encontré hablando con gente cuya opinión sobre derechos y copyright digitales era diametralmente opuesta a la del otro, y empecé a preguntarme si había algún punto en común en sus diferentes posiciones, aunque no estoy seguro de querer ser el mediador en este debate. En Toronto charlé con Cory Doctorow, un autor y activista que antepone la libertad en internet a los derechos de músicos y artistas, a veces en su propio detrimento económico. Igual que algunos otros —como Larry Lessig y el difunto Aaron Swartz—, Doctorow piensa (correctamente, creo yo) que en el último siglo los derechos de autor se han extendido exageradamente, y que el hecho de que los derechos de autor estén bajo propiedad y control de grandes compañías de los medios de comunicación no ha sido sino una tendencia paralela desafortunada. No me refiero solo a los copyrights de música, sino a todo tipo de propiedad intelectual: los libros, las películas y los trabajos de investigación, académicos o técnicos, están cada vez más bajo llave.
El resultado es que el acceso a tu propia cultura —que incluye la obra de artistas como yo mismo — no está bajo nuestro control sino bajo el de gigantescas corporaciones de los medios de comunicación. Los defensores de un tipo de copyright más flexible argumentan que necesitamos más circulación y acceso libre a la cultura, a fin de poder construir sobre la obra de nuestros antecesores. Estoy de acuerdo con esto, pero solo lo estoy en parte con el remedio a menudo propuesto, es decir, «hazlo todo gratis». Creo que quizá haya un término medio entre la odiosa «sociedad del permiso», tal como la llama Lessig, y que artistas, músicos y escritores no obtengan compensación por su trabajo. En mi opinión, la solución al mundo cada vez más intervenido y controlado de los medios de comunicación y de la propiedad intelectual no es necesariamente la piratería. Tal como yo lo veo, descargar música usando Napster no era una declaración de principios; era simplemente conseguir algo gratis.
El escritor Chris Ruen —mi experto de Nueva York, que forma parte de un creciente movimiento de respuesta a los defensores del «gratis»— tiene varios argumentos válidos en su libro
Freeloading. Él sugiere que tendría que ser el artista quien decidiera cuán accesible es su trabajo,
por lo menos durante un período limitado de tiempo.
Sugiere también que si un creador quiere limitar el acceso por un período determinado, está en su derecho a hacerlo. Si el artista quiere que su obra sea distribuida y administrada por una gran compañía, entonces es también su decisión. Por otra parte, debería ser también su decisión si quiere regalar su música. Libre acceso no es la opción que la mayoría de los artistas elegirían como manera continuada de difundir su trabajo. Muchos artistas han ofrecido temas como descargas gratis, pero la distinción de Ruen está en que en estos casos es el artista —no Mega Upload, YouTube o Pirate Bay — quien ha decidido dar gratuitamente los temas. Además, estos sitios obtienen dinero de publicidad por el material gratis que ofrecen y que no crean ellos: los artistas pueden querer esto o no. En esencia, Ruen dice que si disfrutas de la música —si significa algo para ti, si la aprecias— entonces quizá es hora de pensar en compensar a los artistas por su trabajo.
El libro de Ruen empieza con un maravilloso aserto personal. Él, como muchos otros, llenó su ordenador de música gratis cuando iba al instituto. Después del instituto estuvo trabajando de camarero en Brooklyn, en un lugar al que muchos miembros de bandas iban a tomar café y a conversar. Se quedó asombrado de ver que sus héroes musicales apenas llegaban a fin de mes económicamente. Aunque muchos de ellos aparecían en la televisión nacional, hacían giras y eran aclamados por la crítica, no les iba mucho mejor que a él. A menos que consiguieran alcanzar el nivel de conciertos en estadios, ganaban más o menos lo mismo que ganarían como músicos de estudio. Entonces se le ocurrió que no había pagado nunca por su música. Se dio cuenta de que el
buitreo, tal como lo llama él, no era solo algo de lo que grandes bandas como Metallica se quejaban: era también algo que afectaba directamente al potencial y la longevidad de las bandas locales que a él le gustaban.
En un artículo reciente de la revista New York, la banda Grizzly Bear reveló que les iba peor de lo que esperarías de un grupo que ha llenado el Radio City Music Hall.
Algunos miembros del grupo no tienen seguridad social y varios de ellos viven en el mismo lugar en que han vivido siempre. No es tan terrible, pero si a una banda de tanto éxito le va así de justo, ¿cómo les irá a las otras?
Más o menos en la misma época, en junio de 2012, una joven becaria de la National Public Radio escribió un comentario en el blog All Songs Considered sobre cuánto le gustaba la música, y mencionó que casi nunca había pagado por ella. Un músico, profesor y operador financiero (!) llamado David Lowery le escribió una respuesta apasionada pero razonable que se difundió por internet. Estuve charlando con él en Washington D.C. y el tipo, igual que Ruen, estaba asombrado de que tanta gente asumiera que internet nos daba el derecho de conseguir gratis todo lo que quisiéramos. Los digitati —o inevitabilistas, tal como algunos los llaman—han abrazado la idea de que los efectos de la nueva tecnología son deterministas y siempre para mejor. Así, por ejemplo, si los artistas y los periódicos no pueden sobrevivir en el maravilloso nuevo mundo digital, es simplemente porque no se han adaptado. Es su culpa.
En un esfuerzo por hacer más transparente cómo ganan dinero los sitios que ofrecen archivos ilegales, Lowery y un grupo del USC Annenberg Innovation Lab han iniciado un estudio para ver qué marcas comerciales se anuncian en sitios bien conocidos por ofrecer contenido ilegal8. Desde el punto de vista de Lowery, esas marcas, y los servicios que coordinan esos anuncios (como Google), están en esencia financiando la piratería. Y hay un montón de dinero por ganar: el fundador de Mega Upload, Kim Dotcom, que fue recientemente apresado en Nueva Zelanda, vivía a lo grande. Lowery y otros sostienen que las grandes marcas y los servicios de internet podrían impedir o poner fin a ese apoyo, pero al parecer se gana mucho dinero con ello. La industria tecnológica no es tan limpia como le gustaría aparentar.
A veces, ante la disminución de los ingresos de los músicos se dice que los artistas deberían dejar de vivir en el pasado y buscar nuevas formas de financiación, sea respaldo empresarial, conciertos en directo, Kickstarter o ceder sus canciones a anuncios. Pero no todas las alternativas alientan una vida libre, vibrante y larga en las artes. Las campañas de Kickstarter apoyadas por fans están pensadas para financiar un proyecto concreto, no una carrera continuada en la música. No envidio al artista que toca para empresas o tiene el respaldo de Converse, Mountain Dew, Red Bull o BMW — haces lo que tienes que hacer—, pero últimamente recelo del efecto del modelo de patrocinador empresarial tipo Medici en la música actual y de lo que este modelo hace a la vida de una persona. Al fin y al cabo, hay que recordar que las empresas existen para vender bebidas azucaradas, no arte.