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LEVANTACRUZ
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El “levantacruz” es una ceremonia indígena para despedir un *muerto. Celebra la muerte después de nueve días de sepultado.
Al contacto con el cristianismo, esa ceremonia evolucionó hasta lo que es hoy, y en el proceso integró elementos cristianos, como rezos, oraciones y alabanzas, conservó el símbolismo antiguo y perdió algunos elementos, como la incineración del cuerpo que se realizaba después de envolver al difunto en un petate (“petateándolo”).
Esta ceremonia manifiesta la mentalidad popular sobre la muerte y la vida y sobre su sentido religioso, comunica este sentido y lo actualiza en los participantes.
En algunas partes, esta ceremonia se realiza de una manera muy completa, mientras que en otras se han perdido elementos de esta celebración hasta quedar reducida prácticamente a nada. Cuando una persona ama sus raíces y tiene conciencia de la dignidad de su pueblo (de su raza, dicen algunos) y quieren manifestar bien el amor a sus difuntos, realiza completa la ceremonia. En el “levantacruz” participan los familiares del difunto, unos padrinos a quienes los familiares invitan, los vecinos que acompañan, el *rezandero que guía el rito y el difunto que se despide de este mundo. Se encamina el alma hacia Dios y se reafirma la fe en la vida. El “levantacruz” es una ceremonia de abundante esperanza, produce un sentimiento de gracia y tranquilidad, a decir de los participantes.
La manera de celebrar un buen “levantacruz” es diferente en cada lugar, y hasta depende de cada rezandero y de su modo. Pero los elementos más importantes de la ceremonia son iguales en todos lados.
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Breve descripción
Cuando se muere una persona, se tiende una *cruz de cal o de *ceniza en el lugar donde se veló. Se puede rezar el rosario durante ocho días y al noveno día se ponen *ofrendas de alimentos, flores, *velas y veladoras; también se pone la ropa del finado, se quema copal y se hacen cruces con el incensador o copalera, se ponen arcos de flores y flores de papel. Se recibe la cruz de material (madera, fierro o piedra) que se colocarán en la tumba.
El rezandero reza el (o los) rosario(s) (entre algunas personas muy ligadas a lo antiguo no se reza el rosario), dirige la ceremonia, entona las alabanzas, reza oraciones y bendice la cruz de cal.
La hora más propia para levantar la cruz es el amanecer (después de las doce de la noche), pero se comienza la preparación entre ocho y diez de la noche. Los padrinos (niños y niñas) levantan la cruz de material que se colocó sobre (o junto a) la de cal, luego barren la de cal hacia el centro y la colocan en una caja o costal, junto con lo que barrieron en toda la habitación. Puede haber comida para todos los acompañantes. En la mañana se va en procesión al cementerio, para sepultar la cruz allí mismo donde fue colocado el cadáver, y se reza alguna cosa sencilla.
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Sentido
Todas las cosas que se hacen en el “levantacruz” tienen significado. Muchas tienen su origen en las tradiciones, el pensamiento y la religión prehispánica. Algunas veces
conviene recordar su sentido, pues eso ayuda a que la celebración refuerce la vida y una a la comunidad.
El “levantacruz” es la segunda celebración de la muerte, es volver a velar y sepultar al finado, representado ahora en la cal. La muerte es real y valiosa, por eso ha de celebrarse dos veces. La cal representa al finado, es como si fueran sus huesos o sus cenizas luego de incinerado. La incineración del cadáver significaba que el finado estaba llenando su vida de Dios, estaba resplandeciendo como *sol; quien muere queda lleno de Dios.
También se representa al finado, como lo que fue, mediante sus ropas. La ropa (antes más que hoy) representa a quien la lleva con su tipo de trabajo, su lugar de origen, su edad, su personalidad. La muerte es parte de la vida. Quien muere está completando su experiencia en este mundo, está muriendo para llenarse de vida y dar vida. Muere para vivir. Y nosotros le ayudamos a morir, a que complete su muerte y su presencia en este mundo, y entonces sí pueda encontrase con Dios.
Son nueve días de oración. En el noveno día se realiza el gran servicio, que consiste en que el difunto pase de la tierra al cielo. La sabiduría popular afirma que el 3 es como el aire, lo representa, y el día 3+3+3 reafirma este paso hacia el cielo. También se colocan velas y veladoras para guiar al difunto en su camino. Tal vez él fue también luz y lo es ahora para su pueblo.
Se cree y se anuncia esta verdad de la muerte, de la vida, del camino, del llenarse de Dios, y eso es precisamente lo que representa con las flores y los cantos, que son el lenguaje de la tradición.
La acción de quemar copal para recibir, bendecir, despedir, representa la vida y la muerte de Dios (brasas rojas, y carbón y humo negro) que se sacrifica para darnos vida a nosotros y al mundo; además el humo pinta el aire, lo que manifiesta la relación que existe entre tierra y cielo, que se da por el aire. Es, además, un símbolo que reafirma la vida, y por eso la mujer, que se halla tan relacionada con la vida fecunda, quema el copal. Con el copal se marcan las cruces hacia los cuatro rumbos del mundo. La cruz es el mundo en que vivimos, que se forma por el trabajo de Dios (oriente-poniente) y de la humanidad (sur-norte). El difunto, representado por la cruz de cal, por todo lo que vivió en el mundo, es simbólicamente recogido (“barrido”) al barrer la cal hacia el centro de la cruz; donde se da, simbólicamente el encuentro con Dios. Ese encuentro es cumplido por dos niños y dos niñas –la humanidad completa, hombres y mujeres- niños coronados de flores porque es el futuro humano verdadero, el que despide al difunto hacia el encuentro con Dios.
Es el amanecer, el nuevo día, la nueva vida, el renacimiento, la resurrección. Vale la pena desvelarse un día para anunciar, esperar y provocar el futuro de vida. La vida aparece por dondequiera: está en la ofrenda, la comida que se comparte: nuestro sostén, nuestra carne y huesos. La vida de la comunidad queda fortalecida; hay comida porque la muerte es fecunda, da vida.
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Algunas pistas pastorales
El “levantacruz” merece respeto por ser expresión del sentido religioso de quienes lo practican. Como en otros ritos, en él se manifiesta el alma popular, la identidad del pueblo.
Frente a las faltas de respeto e imposiciones que se han producido durante cinco siglos, la *religiosidad popular es un espacio de resistencia. El acompañamiento pastoral de estos ritos exige el conocimiento de la *religión del pueblo, para ayudar a hacer consciente lo que se vive a nivel inconsciente. Hacer conciencia de lo que se vive inconscientemente dinamizará la vida popular, ayudará al *pueblo a reafirmar sus valores; y ello tiene un valor teológico: apoyar lo que Dios ha hecho a través de la historia y de la cultura del pueblo, es decir, tener en cuenta las “semillas del Verbo”. Es necesario apoyar a los que realizan el *ministerio del “levantacruz”, a los *rezanderos. Reconocerlos, apoyarlos, compartirles instrumentos, no para hacerlos otro tipo de ministros; no suplantarlos ni personalmente ni por otro tipo de celebradores o ministros en este rito.
Dar interpretaciones ajenas o que no corresponden a esta celebración puede romper la lógica de este rito y hacer incomprensibles los signos (1).
Habrá que cambiar ciertos textos de oraciones muy tremendas que hablan demasiado de pecado o purgatorio, por otros que respondan a la *teología expresada en el rito.
Este rito, como otros, necesita proyectarse hacia la vida, pues mantienen un ideal cultural de vida frente a unos modos sociales que frecuentemente lo niegan.
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(1) Así aparece en “Levantamiento de la Cruz”, del P. Flaviano Amatuli V. Misiones Culturales de BCAC, 1977. El autor propone hacer celebraciones muy recargadas de textos bíblicos y desconoce todo valor simbólico indio al “levantacruz”, aprovechándolo sólo para otra cosa. Especialmente parece desenfocado al proponer juntar la cruz de cal como juntar pecados para suplicar perdón.
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BIBLIOGRAFÍA
--- González, Ausencia et al., “El levantacruz” (Lo editamos un grupo de radicados en la diócesis de Tula. Es un estudio sobre el “levantacruz”, pero no fue posible darle una difusión más amplia).
---Para conocer los significados de los ritos, habrá que profundizar en la propia cultura. Conviene estudiar de León-Portilla, Miguel, “Filosofía Náhuatl”, UNAM.
---Consultar el artículo de Siller, Clodomiro, “Religión indígena prehispánica” en: Esquila misional, núm. 435 de octubre 1991, pp. 16-23.
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BERNARDO GUIZAR SAHAGÚN
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LIMPIA
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La limpia se hace mediante un conjunto de técnicas, métodos, oraciones, objetos y demás procedimientos, que se usan con el fín de controlar la naturaleza, aliviar, enfermar o controlar mentalmente, incluso a personas. El término “limpia” traduce muy cercanamente nuestra idea de purificación. Purificación, deshechizamiento o curación, en el plano del pensamiento místico, son palabras sinónimas y acciones idénticas. Se puede hablar de esta purificación en dos sentidos, según la suciedad o impureza:
1. sentido material: es la suciedad, la porquería; se considera como causante de la
suciedad, por contagio;
2. la acción de una especie de potencia inmaterial llamada “aire”. Esta es una potencia
nefasta o impura, pues puede destruir el equilibrio vital del individuo, en el que influye física y mentalmente.
Las “limpias” o ceremonias de purificación serán pues diferentes, según se trate de una clase de impureza o de otra.
La “limpia” propiamente dicha consiste en hacer pasar por todo el cuerpo del individuo, por su cabeza, de frente y luego de espaldas, y muy repetidamente –basado en la transferencia del mal- hierbas, ramos, o huevos, *velas, cera o bien un animal (gallina negra o pollo), que se encargará de recoger el aire –si este existe- y purificar a la persona. Los objetos empleados en la limpia deben ser arrojados s un lugar apartado, lejos de la habitación o del lugar donde esta se realizó.
Antecedentes históricos
Durante las primeras décadas, después de la conquista, los religiosos ponderaban la predisposición de los *indígenas a aceptar la tradición católica. El franciscano Fray Toribio de Benavente –Motolinía- afirmaba que la idolatría había sido borrada totalmente de la mente de los indígenas (1). De hecho, así se creía en los primeros años de evangelización; sin embargo, fray Bernardino de Sahagún ya decía que los pecados más graves de los indios eran los de idolatría, hechicería “limpias” y agüeros (2).
Cabe señalar, sin embargo, que para los indígenas, la “limpia” y la *curandería eran consideradas como equivalentes; se practicaban en clima místico para adivinar la causa del mal y saber cómo curarlo. Se conocían las propiedades de las plantas, las que se aplicaban en infusiones ingeridas, cataplasmas, frotamientos y lavados, invocando a los espíritus adecuados y a los dioses representativos. Consideraban las enfermedades como castigo, y por ello debían propiciar a los dioses. Entre los brujos, magos y hechiceros, los más importantes eran los tonalpouhqui, que leían el calendario y decían cuales eran las fechas propicias para la persona (3).
Fue difícil para los indígenas aceptar la imposición de la nueva religión. Así ocurrieron rebeliones de hechiceros para rechazar las imposiciones de los religiosos, que ordenaban y penetraban en todos los aspectos de la vida social, familiar, económica y política. Estas rebeliones originaron que a principios del siglo XVII se viera nuevamente la necesidad de arrancar de raíz estas creencias y prácticas indígenas, y de eliminar la fuerza de los curanderos y hechiceros, que significaban una barrera en la tarea evangelizadora. Para esto, los religiosos recomendaron conocer de raíz estas creencias, que permanecían aún e iban pasando de generación en generación (4).
La “limpia” tradicional se hace con un ramo compuesto de hierbas (ruda, albahaca, pirú, romero y flores blancas o rojas). Es la más frecuente y sirve para purificar o armonizar tanto a personas como a sitios: casas, habitaciones, lugares de trabajo, comercios, además de estas, hay tipos de “limpia” según las necesidades de los solicitantes: “limpias” contra la mala suerte, contra las envidias, para atraer la prosperidad al negocio; “limpia” de sábila para el amor; para conseguir un buen trabajo; para quitarse los embrujos; para lo salado, etcétera.
Mientras se hace una “limpia”, para retirar el mal se recita la siguiente oración:
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Romero bendito, de Dios consagrado,
que fuiste nacido, no fuiste sembrado,
por la virtud que Dios te ha dado, has que entre lo bueno
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Por lo general, en nuestro país y en *América Latina existen brujos y curanderos (V. Curandería), unos más conocidos que otros. Acostumbran ganarse la confianza de la gente, por sus aciertos en el tratamiento de diferentes males. A veces llegan a tener gran ascendencia e influjo sobre ella. Logran mejorías entre su clientela curando los males, no sólo los que han enfermado al cuerpo, sino principalmente los que han dañado la mente humana mediante la sugestión, puesto que el pensamiento mágico lleva a concebir males sobrenaturales. El éxito pues del brujo-curandero reside en el manejo y sugestión del inconciente de las personas; esto le permite lograr resultados impresionantes. La fe en “limpia” añade la autosugestión a la sugestión manejada por el brujo o curandero. Así quienes se someten a este tratamiento mágico, ayudan de manera determinante a la solución del problema. El fraude y el engaño es así parte integrante de la limpia.
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(1)Cfr. Ruiz de Alarcón, Hernando, Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas que hoy viven
entre los indios naturales de la Nueva España, Ed. SEP, Introducción de Ma. Elena de la Garza Sánchez.
(2)Cfr. De Sahún, Bernardino, Historia general de las cosas de la Nueva España, Ed, Porrúa, México. (3)Cfr. Inchostegia, Carlos, Magia y medicina, Ed. Gustavo Casasola, pp. 46-50.
(4)Cfr. Ruiz de Alarcón, Op. Cit., p.27
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BIBLIOGRAFÍA
--- López Austin, Alfredo, “Conjuros nahuas del siglo XVII”, en: Revista de la UNAM, vol. XXIV, núm.
11, julio 1970; vol. XXVII núm. 4, 1972.
--- Aguirre Beltrán, Gonzalo; “Medicina y magia”, en: El proceso de aculturación en la estructura
colonial, INI, 1973, México.
--- Ichon Alain, La religión de los totonacas de la Sierra, Instituto Nacional Indigenista, 16, 1973, México.
--- Scheffler Lilian, Magia y brujería en México, Panorama Editorial, México, 1985.
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AMADOR TAPIA Y FERNANDO MORALES