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N La necesidad de afecto: Bases N biológicas

Sentirse cerca

2.3. N La necesidad de afecto: Bases N biológicas

La necesidad de afiliación o pertenencia es una de las motivaciones básicas del ser humano. Es una conducta adaptativa: durante miles y miles de años, los vínculos sociales aumentaron la tasa de supervi- vencia. En condiciones duras, ser aceptado socialmente era indis- pensable para sobrevivir.

Hoy en día, esa necesidad ha disminuido. Vivimos en sociedades progresivamente individualistas en las que no es tan importante contentar a la mayoría. Se puede ser más autónomo y no depender tanto de la opinión de los demás.

Pero seguimos buscando la aprobación externa y nuestra conducta depende en gran parte de las expectativas ajenas. Basta autoobservar- nos durante un día cualquiera para darnos cuenta de que la necesidad

de pertenencia colorea la mayoría de nuestros actos, pensamientos y sentimientos. Nos vestimos de forma similar a las personas que nos gustan, ocultamos muchas de las cosas que pensamos para no herir a ciertas personas o para no caerles mal, autocontrolamos cierto tipo de emociones (ira, envidia, codicia,…) y actuamos a veces en con- tra de nuestra ética personal por no resultar desagradables a aquellos que nos rodean. En mayor o menor medida, seguimos buscando la aprobación de los demás. Da la impresión de que nuestra naturaleza nos impulsa a ello.

En el año 2004 se publicó una de esas investigaciones que, a pesar de su importancia, llamaba la atención por su aspecto lúdico. El pro- tagonista del estudio en cuestión era un ratoncito de la pradera, un

Microtus ochrogaster según la terminología científica. Un grupo de

investigadores de la universidad de Emory, en Estados Unidos, afir- maban que este animalillo podía darnos algunas respuestas sobre el mecanismo biológico que lleva a algunas personas a desarrollar ape- go a su pareja.

La investigación partía de un dato curioso: menos del 5% de los mamíferos forman familias más o menos estables, compuestas de padres e hijos. Los ratones de la pradera están dentro de esa minoría de animales familiares. Los Microtus ochrogaster se “enamoran” de su pareja, se quedan con ella toda la vida y dedican sus celosos esfuer- zos a conservarla mientras cuidan las crías en feliz armonía.

Pero estos bichos tan modositos, como suele ocurrir, tienen unos primos cercanos que más bien tiran a golfos. Son los ratones de pan- tano, Microtus pennsylvanicus para los amigos (de la ciencia). Los de pantano pertenecen a esa mayoría de animales que no habían teni- do una pareja estable en su vida. Hasta que llegaron los investigado- res de Emory.

Según el artículo que publicaron en la revista Nature, ellos tenían claro que la “culpa” del comportamiento monógamo la tenía un neu- ropéptido llamado vasopresina. Los ratones de la pradera, los amoro- sos, tienen una gran cantidad de receptores de esa hormona. Los científicos decidieron implantársela a los ratones de pantano y los tra- viesos ratoncitos se volvieron tan familiares como sus primos.

¿Cómo funciona el citado péptido? Pues, según estos científicos, la hormona interviene en muchos momentos, pero esencialmente

durante las relaciones sexuales. Cuando los ratones copulan, la vaso- presina activa un centro de gratificación neuronal y eso hace que los animales presten atención a con quién están copulando. La hipóte- sis de los investigadores plantea una especie de dicotomía: a los ra- tones familiares les importa más el ratón con el que están que el hecho de mantener relaciones sexuales. A los ratones promiscuos, sin embargo, les importa más el acto de copular que el compañero o compañera de juegos.

La investigación, por supuesto, trascendía la cuestión de las rela- ciones sexuales. Lo que pretendían los científicos de la Universidad de Emory era desentrañar los mecanismos biológicos que nos llevan a relacionarnos con los demás. ¿Por qué hay personas que dan, des- de su infancia, más importancia a la aprobación de los demás?, ¿por qué hay quién busca más el cariño de los que tiene alrededor y otros a los que parece importarles muy poco?, ¿el autismo, por ejemplo, es un trastorno producido por algún desajuste bioquímico que lleva a no dar apenas importancia a las relaciones con el prójimo?

Los resultados de esta investigación avalan los estudios científicos que se han puesto a la tarea de desentrañar las bases neuroquímicas de

la motivación de pertenencia3. En su mayoría, los investigadores se

están centrando en el papel que juegan dos neuropéptidos segregados desde la hipófisis: la citada vasopresina y la oxitocina.

El papel de esta última ha sido refrendado en muchos experi- mentos acerca de conductas afiliativas. El apego familiar, la sensa- ción de pertenencia a un determinado grupo o la tendencia a cooperar con desconocidos son estimulados por este péptido. Un ejemplo: las ratas blancas de laboratorio, que cuando no están emba- razadas ni lactando suelen evitar (e incluso comerse) a las crías aje- nas, desarrollan una conducta maternal al poco rato de inyectarles oxitocina en los ventrículos cerebrales. Este neurotransmisor acti- va la liberación de progesterona. Schultheiss y sus colaboradores de la Universidad de Michigan hicieron un curioso experimento

3nC. S. Carter, I. I. Lederhendler y B. Kirkpatrick (eds.) (1997): “The integrative

neurobiology of affiliation”, Annals of the New York Academy of Sciences, vol. 807. Nueva York.

en 20044. Expusieron a hombres y mujeres a visualizar escenas de Los

Puentes de Madison, El Padrino y un documental del Amazonas. Des-

pués de ver la primera de las películas, tanto hombres como mujeres mostraron un aumento en los niveles de progesterona en saliva.

El poder de la oxitocina se puede comprobar en el complejo cam- po de los negocios. Un experimento dirigido por Thomas Baum- gartner, psicólogo de la Universidad de Zurich y Ernst Fehr, del Instituto de Investigación Empírica en Economía de la misma uni- versidad, consistió en proponer a los participantes un juego de in-

versión5. Los voluntarios recibían 53 euros cada uno y debían decidir

cuánto dinero prestaban a los que participaban como pedigüeños. Si estos devolvían el dinero, el inversor recibía también intereses. Si no, ocurría lo mismo que se supone que pasa en la vida real: el sujeto experimental perdía el dinero.

Pues bien, el grupo de voluntarios que inhalaba oxitocina antes de ponerse a jugar arriesgaba más: un 45% de ellos otorgaban el máximo crédito permitido, algo que sólo ocurría en 21% de los casos en los que no había aumentado el nivel de esa hormona. El resultado no es sor- prendente: como señalan los autores del estudio, “existían ya investi- gaciones que mostraban que en otros seres vivos la oxitocina aumenta la cohesión del grupo, la permanencia de la pareja después del coito y los lazos afectivos entre la madre y las crías”. Este experimento demuestra que esta hormona aumenta también la tendencia a confiar en los demás y ayudarles en asuntos económicos, un tema que hasta ahora parecía ajeno a la motivación de pertenencia. El experimento también pone sobre el tapete la que probablemente sea la gran cues- tión acerca de la necesidad del afecto de los demás: la confianza.