La aversión al esfuerzo
6.3. N ¿Por qué hay personas que quieren, N sobre todo, disfrutar?
El explorador africano David Livingstone, contaba de esta manera su encuentro con un león:
Oí un grito. Sobresaltado, miré alrededor, y vi al león en el preciso instante en que saltaba hacia mí. Yo estaba sobre un montículo y me alcanzó el hombro al saltar. Caímos juntos sobre el terraplén que esta- ba debajo. Gruñendo junto a mi oído, me sacudió como un terrier sacu- de a una rata...
El shock me provocó un estupor análogo al que, según se cree, siente una rata después de la primera sacudida del gato. Entré en una especie de somnolencia en la cual no había sentimiento de dolor o de terror, aunque me hallaba completamente consciente de todo lo que sucedía.
Las endorfinas son opiáceos naturales que muchos animales libe- ramos como respuesta al dolor y al ejercicio intenso. Su efecto es una sensación de adormecimiento placentera, una tendencia a dejarse llevar por los acontecimientos y no actuar. Hay muchas emociones agradables que son explicables por esa sensación paradójica de paz que describe Livingstone: el segundo aliento del corredor de fondo, ése que surge cuando ya parece que las fuerzas están agotadas, es uno de ellos.
Las endorfinas pueden explicar también los efectos anestésicos de la acupuntura o la tolerancia al dolor de aquellos que llevan mucho tiempo sufriéndolo. La morfina endógena o endorfina es también responsable de la sensación, que experimentamos en momentos ate- rradores, de estar por encima del dolor y del miedo. Muchas perso- nas han descrito ese sentimiento en presencia de la muerte o de un peligro terrible. Es la paz que se alcanza cuando uno vive un mo- mento de desesperación.
De hecho, ése es el origen adaptativo de este mecanismo tranqui- lizador. Parece ser que este estado peculiar aparece en todos los ani- males que están siendo devorados por un carnívoro. De la misma manera, la liberación de endorfinas nos sobreviene en cualquier otro momento en que lo mejor es que no hagamos nada y nos dejemos llevar. Es decir: en los instantes que los humanos llamamos placer.
Estos opiáceos naturales son la causa biológica de nuestro disfru- te vital. Y hay personas que los perciben con más fuerza: son el tipo de individuos cuya meta es gozar todo lo posible aunque ese deleite
no sirva para alcanzar ningún otro objetivo. Se concentran en sentir esa liberación de endorfinas en todo su organismo y no necesitan más. Una de las razones por las que pueden hacerlo es que están mejor dotados naturalmente para ello: según la investigación actual, tienen mayor número de receptores de estas sustancias.
Pero, como ya hemos dicho, la biología sólo nos da una base, una especie de rango en que se moverá nuestra motivación hedonista. Nosotros podemos optimizar nuestra capacidad o dejarla dormida. La fuerza que invirtamos en aumentar nuestra tendencia al deleite dependerá, en parte, de lo que opinen sobre esta capacidad las per- sonas que tenemos alrededor.
Durante el solsticio de invierno del año 2006 se intentó celebrar el Primer Orgasmo por la Paz Sincronizado. La idea provino de Donna y Paul, una pareja de pacifistas estadounidenses. El fin de la inicia- tiva era, según ellos, efectuar un cambio en el campo de energía de la Tie-
rra mediante la inserción de la mayor carga posible de energía humana.
Nada más y nada menos.
Los propulsores de la erótica idea, que viven felices en su casa flo- tante en California, daban unas cuantas reglas para que la cosa fun- cionara. Por ejemplo, había que concentrar el pensamiento en la paz durante y después del orgasmo. Eso eliminaba, desde luego, la pla- centera costumbre de dormirse después. Y las otras directrices eran igual de rígidas. Eran normas para convertir el sexo en un ritual.
La antropóloga Ruth Benedict dividía a las sociedades del planeta en función de su propensión a fomentar la motivación hedonista. Según ella, las culturas tenían dos posibilidades extremas en este tema: buscar que sus miembros tiendan a ser responsables y actuar siempre en función de objetivos (a esto le llamó “culturas apolí- neas”) o intentar hacer de sus miembros personas despreocupadas que viven en función del placer y la diversión (eso serían “culturas dionisíacas”).
En las sociedades del primer tipo las actividades de expansión sir- ven también para alcanzar objetivos. La cultura estadounidense (en su mayor parte) es un ejemplo de ese carácter apolíneo: sus miem- bros necesitan siempre buscar excusas para pasárselo bien. Parece que en esta sociedad todo se hace en función de unos determinados
objetivos: van al gimnasio para esculpir su cuerpo, comen para ali- mentarse correctamente, salen para conocer personas interesantes y alternar con posibles clientes. Como hemos visto, hasta acaban te- niendo orgasmos con objetivos. En palabras de Donna y Paul, ese día la culminación del placer debía “combinar la energía orgásmica con la intención mental”. Hasta tenían en mente una fórmula química.
Nuestra cultura europea tiene un carácter más dionisíaco, que está perdiendo progresivamente. Los Estados Unidos dominan el mundo y cada vez se fomentan menos las actividades que se hacen sin un obje- tivo definido (porque sí, para pasarlo bien). Cada vez es menos habi- tual jugar un partido de fútbol para reírse de lo mal que uno juega, comer algo porque está muy, muy rico o salir para echar unas risas y hablar de cosas absolutamente intrascendentes con personas a las que tenemos mucho cariño. Al final, parecerá difícil tener orgasmos, sim- plemente, para disfrutar. Si los que nos rodean fomentan únicamente la felicidad experimentada al cumplir objetivos, la motivación pura- mente hedonista disminuirá. Y eso hará que perdamos tanto sus ven- tajas como sus inconvenientes.