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El nacionalsocialismo alemán 1 La conquista del poder estatal

LAS RUPTURAS DEL ESTADO LIBERAL DEMOCRÁTICO

ESQUEMA 1 Los Estados fascistas

C. Estilo y organización:

1.2. Casos históricos

1.2.2. El nacionalsocialismo alemán 1 La conquista del poder estatal

Pocos casos como el alemán nos permiten observar de forma tan clara que el fascismo fue un fenómeno coyuntural desarrollado en un momento histórico con-

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creto. Al finalizar la segunda guerra mundial no faltó quien interpretó el surgi- miento y posterior desarrollo del fenómeno nazi como resultado inevitable de la historia alemana, de su peculiar evolución como pueblo y como Estado. Sin embar- go, si nos atenemos a las causas de su aparición, podremos constatar que se trató de una particular respuesta al difícil momento económico, político y social. Determinados sectores ultranacionalistas supieron utilizar hábilmente la reacción originada por la crisis encauzando los diversos sentimientos de fracaso y frustra- ción en que estaba sumido el pueblo alemán. La paz impuesta por los vencedores en el Tratado de Versalles tras la derrota de Alemania en la primera guerra mundial supuso una grave humillación que fue acompañada de un período inestable, vio- lento y de retroceso económico. Lógicamente, el nacionalsocialismo no fue resul- tado único de esta situación pero es más que posible que sin ella no hubiese ido muy lejos.

Entre los numerosos grupos de derecha nacionalista que surgieron al finalizar la primera guerra mundial sólo destacó el Partido de los Obreros Alemanes (DAP), fundado por un mecánico ferroviario empapado de nacionalismo populista llamado Anton Drexler, que comenzó su actividad en Munich en el mes de enero de 1919. En sus inicios no fue más que un pequeño grupo, con apenas cincuenta militantes, hasta que se incorporó Adolf Hitler, un veterano de guerra que, dada su capacidad oratoria, pronto se convirtió en uno de sus principales líderes. En febrero de 1920, apenas un año después de la fundación del DAP, Hitler celebró un mitin al que asis- tieron dos mil personas y en el que se presentaron los veinticinco puntos del partido. Redactados por Hitler y Drexler, proclamaban la superioridad racial de los alema- nes, proponían una reforma de la economía, denunciaban a judíos y comunistas y rechazaban el Tratado de Versalles. Con el fin de ampliar el partido sustituyeron su nombre por el de Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes (NSDAP).

El NSDAP llegó a tener en 1923 más de cincuenta mil afiliados, de los que buena parte estaba integrada en las SA (grupos de asalto creados en 1921). Fue en este momento cuando Hitler, apoyado en la crisis política alemana, intentó con- quistar el poder del mismo modo en que lo había conseguido Mussolini un año antes. Sin embargo la marcha sobre Munich fracasó, los dirigentes de la intentona fueron detenidos y el NSDAP ilegalizado. El tiempo que Hitler estuvo en la cárcel lo aprovechó para escribir Mein Kampf (Mi lucha), una autobiografía en la que exponía su pensamiento en torno a las ideas de raza y espacio vital que en defini- tiva no era más que un panfleto trufado de racismo y darwinismo social pero que, elemento indicativo del contexto en que surgió el nazismo, fue un gran éxito de ventas.

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con cualquier intento de disidencia. Su crecimiento fue, en un primer momento, más lento de lo esperado, consiguiendo en las elecciones nacionales de 1928 tan sólo el dos y medio por ciento de los votos. Sin embargo, ese mismo año Hitler modificó su estrategia ampliando su discurso a todas las clases y sectores sociales, elemento que, añadido a los efectos de la crisis económica de 1929, tuvo como consecuencia el incremento del número de seguidores y votantes. En las eleccio- nes parlamentarias de septiembre de 1930 el NSDAP consiguió más del 18 por ciento de los votos, lo que traducido en 107 escaños situó a los nazis, tras el par- tido socialdemócrata, en segundo lugar. Su eficaz maquinaria propagandística, su discurso marcadamente nacionalista y su programa de salvación económica cimentaron su éxito.

En las elecciones presidenciales de 1932 Hitler consiguió, en la segunda vuelta, un resultado del 37% frente al 53% conseguido por Hindenburg. En las elecciones parlamentarias de julio de ese mismo año, también con el 37% y 230 escaños, el partido nazi se convirtió en el mayor de Alemania, sufriendo tan sólo un pequeño retroceso en las elecciones de noviembre de 1932. Finalmente, ante la agudización de la crisis política, Hindenburg nombró canciller a Hitler, tercero de los que tuvo el país entre diciembre de 1932 y enero de 1933, en un intento de resolver la falta de mayorías parlamentarias del Gobierno y como consecuencia de las oscilaciones y falta de determinación del presidente. De esta forma, el 30 de enero de 1933 Hitler llegó a la cancillería de manera totalmente legal pero presidiendo un Gobierno en el que tan sólo dos ministros eran del partido nazi. Sin embargo, la maniobra de Hindenburg, que en último término intentaba controlar a Hitler, sería un rotundo fracaso ya que éste, desde su nuevo puesto, tendría a su alcance la posibilidad de eliminar toda oposición.

Al igual que Mussolini, su primer objetivo fue el de conseguir una mayoría par- lamentaria que le permitiera transitar sin obstáculos hacia un sistema dictatorial. Las elecciones del 5 de marzo de 1933 se celebraron en un clima de presión y des- órdenes llevados a cabo por las SA. Unos días antes de su celebración el misterioso incendio del Reichstag (Parlamento alemán) dio pie a la persecución de comunistas y socialistas así como al comienzo efectivo del Estado policial. Las elecciones se saldaron con la victoria de los nazis con casi el 44% de los votos y 288 escaños. La primera decisión del nuevo Reichstag fue la de conceder a Hitler, a través de la denominada ley de autorización, la potestad de gobernar por decreto, decisión que necesitaba de la aprobación por más de dos tercios al requerirse cambiar la Constitución. La mayoría se consiguió sin problemas al ser apoyada la ley por el NSDAP, la derecha nacionalista del DNVP e incluso el centro católico, con la única oposición de los perseguidos partidos de izquierda. A partir de aquí, en parte debido

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a las facilidades concedidas por la Constitución de Weimar, el asalto nazi al poder fue cuestión de poco tiempo.

Mediante la conocida como «revolución legal», concepto que pese a parecer una contradicción en los términos explica cómo sin salirse de la ley se acabó con todo un sistema político, Hitler llegó al verano de 1933 como führer (jefe) indiscu- tible de un Estado de partido único. Mediante sucesivas normas legales se terminó de articular el control total del Estado: autorizando al Gobierno a nombrar gober- nadores especiales con poderes legislativos en las administraciones regionales, permitiendo el despido de judíos e izquierdistas de la administración estatal, dejan- do fuera de la ley a comunistas y socialistas, eliminando los sindicatos tradiciona- les al crearse el Frente Alemán del Trabajo (DAF) o, finalmente, declarando partido único al NSDAP.

También al igual que Mussolini dedicó Hitler sus esfuerzos a eliminar cualquier posible disidencia en el interior del partido, la cual, pese a su más que discutible voluntad y capacidad de acción opositora, podía ubicarse en el seno de los grupos de asalto (SA). Con casi tres millones de integrantes, constituían una amenaza para el ejército siendo además, con unos líderes radicalizados y en ocasiones opuestos a Hitler, la única organización capaz de hacer sombra a éste. El 30 de junio de 1934 Hitler, con el apoyo de las fuerzas armadas, acabó con los principales cabecillas de los SA y con varias figuras de la derecha alemana. Aunque las víctimas oficiales se fijaron en 77 el número de muertos se calcula que estuvo entre 150 y 200. La muer- te del presidente Hindenburg, en agosto de 1934, terminó de culminar el asalto nazi al poder al asumir Hitler los cargos de presidente y canciller.

1.2.2.2. La concepción estatal del nacionalsocialismo

La principal característica organizativa del Estado nazi fue su estructura dual. Si en el fascismo italiano el partido estaba subordinado al Estado en el caso alemán se desarrolló, frente al sistema estatal convencional, una estructura partidista para- lela que duplicó las funciones e instituciones del Estado. Ya en 1933, con ocasión del quinto congreso del partido, se planteó la cuestión resolviendo que al partido le correspondía seleccionar los cuadros de mando y llevar a cabo la instrucción polí- tica mientras que el Estado debía encargarse de la «administración, históricamen- te dada y desarrollada, de las organizaciones estatales en el marco de la ley y con ayuda de ella» (Bracher, 1995). Con un alto grado de improvisación, en realidad se conformó una compleja estructura administrativa en la que no estaban definidas las funciones más allá de la elástica fórmula dictada por el propio Hitler: «Lo que

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su misma esencia, no pueda solucionar el Estado será resuelto por el movimiento». En realidad, como bien dice Bracher, esta proposición no es más que una forma de no decir nada. Lógicamente, un marco como éste sólo encuentra su explicación y posibilita su funcionamiento a través de la existencia de un poder absoluto por encima de las dos estructuras: el del propio Führer.

Existe unanimidad entre los estudiosos del Estado nazi, tal y como afirma Hannah Arendt, «acerca de la coexistencia (o el conflicto) de una autoridad dual, el partido y el Estado. Incluso un experto se volvería loco si tratara de desvelar las relaciones entre el partido y el Estado del III Reich» (Arendt, 1982). El partido, en su reproducción duplicada del aparato estatal, procedió a la creación de sus pro- pias carteras de política exterior, económica, financiera, laboral, agraria y militar. Aunque esta organización se realizó antes del acceso al poder, de acuerdo con la idea de que las instituciones del Estado deberían surgir del partido, una vez con- quistado el aparato estatal no se procedió a su disolución.

En ocasiones las interferencias fueron evidentes, como en el caso del ministerio de asuntos exteriores, con Neurath al frente del ministerio y Ribbentrop en el par- tido, y, especialmente, en las fuerzas armadas donde la Wehrmacht se encontró con la rivalidad de las SA, en un primer momento, y de las SS, organización político- militar del partido de carácter elitista, posteriormente. En este último caso la caó- tica complejidad administrativa del Estado nazi es manifiesta: junto a la Wehrmacht estatal (el ejército) coexistieron las SA y las SS del partido (organizaciones milita- res), dentro de estas últimas se creó un Servicio de Seguridad especial (SD) que venía a ser una policía política para el partido y en el seno del Estado se fundó una Policía Secreta del Estado (la Gestapo). Pues bien, a Heinrich Himmler, jefe de las SS, le fue concedido el mando de la Gestapo en 1934 y dos años después el de toda la policía alemana, contribuyendo a enmarañar el ya de por sí confuso sistema policial articulado por los nazis. Una muestra más, en definitiva, de la compleja estructura estatal surgida al compás de los acontecimientos.

En cuanto a la función estatal en la economía, el nacionalsocialismo careció en todo momento de un modelo definido de política económica. Partió, eso sí, de un rechazo a cualquier forma de colectivismo, reduciéndose su componente socialista a la mera utilización demagógica del término. Se preservó en líneas generales el sistema capitalista intentando subordinar la economía al interés nacional, de forma especial a partir de la implementación de las políticas de rearme.

Otro aspecto coincidente con el fascismo italiano, aunque con sus lógicas par- ticularidades, fue la creación de un Estado que trascendiera lo político para procla- mar una comunidad popular, una filosofía total e incluso una «religión política». El uso de la propaganda de masas, cuyo manejo por parte de Joseph Goebbels no

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ha tenido igual, y la celebración de rituales de contenido litúrgico se utilizaron con idéntica intención en Italia y Alemania. La diferencia radicaría en el objetivo final de la dimensión espiritual del Estado: mientras que el fascismo italiano definió su proyecto «ético» el alemán tuvo su punto de mira en la construcción de un Estado racial en el que el pueblo ario se impusiera a los demás (Cuadro 3). La campaña de purificación racial, de persecución a los judíos y de eliminación de enfermos y minusválidos alcanzó cotas inimaginables incluso antes del comienzo de la segun- da guerra mundial.

Cuadro 3. El Estado y la raza según Hitler

El principio esencial que debemos observar está en que el Estado no es un fin sino un medio. El Estado es el fundamento en que ha de apoyarse la más alta cultura humana, mas es incapaz de engendrar esta última. Para ello se requiere la presencia de una raza dotada de capacidad para la civilización. Podrá haber en el mundo cientos de estados modelos y, sin embargo, si el conservador de la cultura, el ario, se extinguiese, no podría subsistir cultura alguna cuyo nivel intelectual fuese comparable con el de las grandes naciones de hoy en día. (...) El Estado, como tal, no crea un nivel cultural definido; puede, sencillamente, limitarse a contener la raza que le decide. De aquí que la condición indispensable para engendrar una humanidad superior no sea el Estado sino la raza que posee las cualidades necesarias para ello. (...) Al hablar de la elevada misión del Estado, no debemos olvidar que esta elevada misión radica esencialmente en la nación y que el deber del Estado consiste sencillamente en hacer uso de su capacidad de organización con el fin de promover el libre progreso del país. Mas si preguntamos cómo debiera estar constituido el Estado que nosotros los alemanes necesitamos, habremos de aclarar ante todo qué clase de hombres se ha de proponer producir y cuál es el objeto destinado a servir. (...) El Estado nacional debe conceder a la raza el principal papel en la vida general de la nación, y debe velar porque ella se conserve pura. Debe aclarar que los niños constituyen el patrimonio más precioso de la nación. Debe procurar que sólo engendren hijos los individuos sanos, porque el hecho de que personas o enfermas o incapaces pongan hijos en el mundo es una desgracia, en tanto que el abstenerse de hacerlo es un acto altamente honroso. Por el contrario, la acción de privar al país de niños sanos ha de considerarse censurable. El Estado pondrá al servicio de estos hechos aceptados todos los conocimientos médicos modernos. Declarará impropio para la reproducción a todo aquel que se halle evidentemente enfer- mo o padezca de incapacidad hereditaria, respaldando su actitud con la acción.

Adolf Hitler, Mi lucha, Madrid, Antalbe, 1984 (ed. original de 1926), pp. 180-186.