Un día, un maestro de la ley se acercó a Jesús haciéndole preguntas sobre temas religiosos:
— ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Jesús le contestó:
— El primero de todos es éste: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas...
El maestro de la ley agregó:
— Muy bien, Maestro. Tienes razón. — No estás lejos del Reino de Dios
(Cf. Mc 12, 28—34). Este buen hombre probablemente se fue a casa ese día muy satisfecho con la afirmación del Señor. Pero él tenía en realidad un pequeño problema: Jesús le dijo que no estaba lejos del Reino de Dios, pero tampoco le había dicho que estaba adentro. Ese malen- tendido podría costarle mucho, lo mismo que a nosotros.
Nosotros podemos estar “en la puerta” del Reino de Dios, asomarnos y ver lo que ocurre dentro. Podemos incluso contagiarnos del ambiente de fiesta reinante y hasta imitar muy bien lo que hacen los invitados a la fiesta de las bodas del Cordero, pero en realidad lo que cuenta es estar adentro. No vale quedarse en el umbral y estar a sólo un paso...
La salvación no es cuestión de apariencias y gestos, ni siquiera de estar viviendo una acreditada religiosidad. “El vino nuevo se echa en cueros nuevos, y así se conservan bien el vino y los recipientes” (Mt 9, 17). La salvación implica cambios profundos, ra- dicales. Es un pasar de la esclavitud a la libertad, y sobre todo, un pasar de la muerte a la vida.
¡Salvados! ¿De qué?
La salvación. Esta es una palabra que para la mayoría está asociada a un futuro extremadamente lejano y apartado por tanto de la propia experiencia. Es más, simplemente, la vemos como algo que disfrutaremos en el más allá, es decir, después de la muerte.
Por ello muchos prefieren no escuchar sobre el tema porque lo ven semejante a aceptar un cheque en el que dice: “páguese después de muerto”.
Es cierto que la mejor parte de la salvación que ganó Cristo para nosotros se va a hacer efectiva cuando participemos de su gloria como coherederos que somos con Él (Cf. Rm 8, 17). Pero es igualmente cierto que Jesús nos quiere liberar y salvar de muchísimas situaciones que se convierten aquí en este mundo (en “el más acá”) en ataduras para nosotros.
¿Y de qué ataduras terrenales nos salva Jesús?
De todas, para empezar. Jesús nos salva —es decir, nos hace libres— de nuestros temores, que pueden ser a muchas cosas; por ejemplo, al futuro, o a perder algo que consideramos valioso, de dejar cosas y hábitos a los que nos sentimos apegados. ¿De qué temes actualmente desprenderte?
También nos libra el Señor de nuestro egoísmo, de ese Yo que nunca está satisfecho y pide cada vez más. Jesús nos salva además del mundo de las apariencias y la mentira en que muchas veces vivimos, y que nos obliga a llevar siempre máscaras puestas: máscara de ser fuertes, exitosos, felices, alegres, santos, ejemplares... Jesús es la Verdad y hará que nos aceptemos, que seamos nosotros mismos y vivamos así en la Verdad.
Nos salva también Jesús de nuestra vida sin sentido, sin límites, sin dignidad, dominada por el deseo de placer, de acumular poder y dinero, “dioses” que nos ofrecen una ilusoria felicidad y seguridad, que terminan por esclavizamos y nos llevan irremediable- mente a la muerte:
“Otros la reciben [la Palabra] como entre espinos: éstos han escuchado la Palabra, pero luego sobrevienen las preocupaciones de esta vida, las promesas engañosas de la riqueza y las demás pasiones, y juntas ahogan la Palabra, que no da fruto”
Mc 4, 18—19 ¿Qué ataduras tienes? ¿Qué te impide hacer la voluntad de Dios y ser una persona realmente libre?
¿Hábitos?, ¿vicios?, ¿drogas?, ¿sexo desenfrenado?, ¿modas?, ¿el chisme?, ¿la televisión?, ¿supersticiones? Pues de eso precisamente te salva Cristo, y salvándote de ello te demostrará que Él desea y es capaz de darte la salvación eterna.
Pero no sólo son las ataduras personales y terrenales las que nos afectan. Jesús, a través de su muerte en la cruz y de su gloriosa resurrección, venció a los enemigos más terribles que tenemos: el pecado, la muerte y Satanás.
a) El pecado. El que comete pecado termina volviéndose su esclavo. Sólo Jesús puede libramos de este enemigo que nos acecha y domina, y que no podemos vencer por nuestras propias fuerzas:
“En verdad, en verdad les digo: el que vive en el pecado es esclavo del pecado. Pero el esclavo no se quedará en la casa para siempre; el hijo, en cambio, permanece para siempre. Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres” (Jn 8, 34— 36).
b) La muerte: El pecado no es un juego; tiene sus consecuencias, y muy graves: “El pecado paga un salario, y es la muerte” (Rm 6,23). El pecado conduce a la muerte eterna, produce la muerte de la persona. La muerte es el signo de quien vive en pecado. El que vive en pecado está muerto, aunque lo veamos caminar, hablar, reír, bailar... Con su resurrección, Cristo logró lo que nadie podría hacer: vencer a la misma muerte.
El Hijo del Dios vivo tuvo que pasar por la muerte misma para poder derrotarla y anular su efecto y dominio sobre nosotros:
“Un hombre trajo la muerte, y un hombre también trae la resurrección de los muertos. Todos mueren por estar incluidos en Adán, y todos también recibirán la vida en Cristo... Cuando nuestro ser corruptible se revista de su forma inalterable y esta vida mortal sea absorbida por la inmortal, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: ‘¡Qué victoria tan grande! La muerte ha sido devorada. ¿Dónde está, OH muerte, tu victoria? ¿Dónde está, OH muerte, tu aguijón?’ El aguijón de la muerte es el pecado... Pero demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor” (1 Cor. 15, 2 1 —22.54—57).
c) Satanás: Jesucristo venció a nuestro adversario, el diablo, que lo es también tuyo. Por ello pasó gran parte de su ministerio expulsando demonios, y lo venció definitivamente a través de su muerte obediente en la cruz.
Su sangre derramada por todos nosotros es la gran arma que tenemos los creyentes en Cristo para vencer al Maligno y librarnos de su opresión:
“Por fin ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios, y la soberanía de su Ungido.
Pues echaron al acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche ante nuestro Dios. Ellos lo vencieron con la sangre del Cordero, con su palabra y con su testimonio, pues hablaron sin tener miedo a la muerte’
Ap. 12, 10—11. La salvación es algo serio
Hablar de “salvación eterna” suena para algunos, ya lo hemos dicho, como algo muy distante y además es una expresión que ya hemos escuchado cientos de veces, que a algunos ya casi no les conmueve oírla porque se han habituado a ella.
Para comprender y captar la magnitud de lo que significa nuestra salvación, tenemos que ser realmente conscientes de qué hemos sido salvados.
Por ejemplo, esto lo notamos más claramente en aquellas personas que fueron rescatadas ante un inminente peligro de muerte. Puede tratarse de alguien que estaba a punto de ahogarse en el mar, o de quemarse en un incendio, o de alguien que iba a morir por falta de un donante de un órgano. Y cuando todo parecía perdido, surgió alguien que lo rescató o ayudó. La reacción de la persona salvada será entonces muy notoria, pues no se cansará de contar “de la que se salvó”. La vida cobra un renovado valor. Ahora apreciará más a las personas y todo a su alrededor. Y a quien le salvó, le quedará “eternamente” agradecido, no encontrando la forma de pagarle lo que hizo por ella. Así pasa con alguien cuando se enfrenta con la muerte cara a cara y siente el peligro como algo real, palpable. Proclama así, como el salmista: “Yo te alabo, Señor, porque me has librado... Me libraste del abismo, me reanimaste cuando estaba a punto de morir... Tú cambiaste mi luto en danzas, por eso te canto sin descanso: Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” (Salmo 30).
En el Antiguo Testamento existía un personaje importante. Era el goel. Esta palabra significa protector defensor, redentor.
Cuando alguien se empobrecía mucho y se veía obligado a vender su propiedad, incluso a venderse a sí mismo como esclavo, aparecía la figura del goel, quien era su pariente más próximo. El tenía el derecho de rescate, y así rescataba lo vendido por su hermano (Cf. Lv. 25, 25. 47—49).
El goel era entonces el defensor de los derechos de los miembros débiles y desprotegidos de la familia que no podían defenderse por sí solos. Era su redentor. Nosotros también necesitamos un redentor, pues la deuda contraída por causa de nuestros propios pecados e infidelidades es inmensa. Y ese Redentor es Jesucristo, pues “en él y por su sangre fuimos rescatados, y se nos dio el perdón de los pecados” (Ef. 1, 7).
Si pretendiésemos calcular el valor de esta redención realizada por Cristo, tenemos una parábola que nos puede ser útil. Es la parábola del funcionario que no quiso perdonar (Cf. Mt 18, 23— 35).
En ella, resumiendo, Jesús nos dice que el Padre nos perdonó una “deuda” de diez mil talentos. Hay que tener en cuenta que el salario diario en ese entonces era de un denario, y que un talento correspondía a seis mil denarios, es decir, seis mil días de trabajo. Diez mil talentos, pues, equivalía a 60 millones de días de trabajo (más de 164 mil años), que es lo que tendríamos que trabajar si quisiéramos “pagarle” al Señor la deuda de la que nos redimió, lo que significa en realidad que es algo incalculable e imposible para nosotros.
¿Somos realmente conscientes de lo que Cristo logró para nosotros, de lo que significa su salvación?
Cómo sería de inmenso nuestro pecado y nuestra miseria humana, que fue necesario que el mismo Hijo de Dios se encarnara y diera su vida en una cruz como si se tratase de un criminal, y resucitara al tercer día, para que pudiésemos ser salvos. Jesús nos salvó de la muerte eterna, consecuencia de nuestro pecado. Por voluntad del Padre, Cristo nos ha liberado del pecado, del poder del mal y de la muerte al convertimos de simples criaturas en verdaderos hijos de Dios, y por lo tanto herederos de la gloria eterna:
“En Cristo Dios nos eligió antes de que creara del mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha. En su amor nos destinó de antemano para ser hijos suyos en Jesucristo y por medio de él” Ef 1,4-5
Esta maravillosa salvación incluye reconciliación con Dios, regeneración (adquisición de una nueva vida, la vida divina) y nuestra glorificación en virtud de esa regeneración. Al hacemos partícipes de la vida divina, Dios nos fortalece, ennoblece, engrandece, eleva y glorifica. Se cumplen con ello las palabras de Cristo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud” (Jn lO, 10).
La salvación es algo que se experimenta. No se obtiene porque te enteras de la noticia: “Te cuento que te salvaste... “. Así como la muerte era algo palpable para quien estaba en un serio peligro, la salvación también debe serlo. De lo contrario, será como el caso de uno que estaba en una celda encerrado por largo tiempo, y luego alguien le comunica que la reja no tenía seguro, que en realidad había estado abierta todo el tiempo. Esa noticia, en vez de alegrarlo, más bien le disgustaría. La salvación no es una idea, es algo
que se vive, se experimenta, como exclamó el profeta Isaías:
“Te doy gracias, Señor, porque tú estabas enojado conmigo, pero se te pasó el enojo y tú me consolaste. ¡Vean cómo es él, el Dios que me salva! Me siento seguro y no tengo más miedo, pues el Señor es mi fuerza y mi canción, él es mi salvación. Y ustedes sacarán agua con alegría de las vertientes de la salvación”
Is 12, 1—2 Sólo Jesús salva
La Palabra de Dios es bien clara: “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres ningún otro Nombre por el que debamos ser salvados”
Hch. 4, 12 Sólo Jesús salva. Él es Dios-salva (Cf. Mt 1, 21), es el único que tiene poder para liberar. Tenemos un Dios que hace maravillas, que realiza portentos, para quien “nada es imposible” (Lc 1, 37). Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), no hay otro Camino. El es “el único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tm 2, 5).
Sólo Jesús puede llenar el vacío que hay en nuestro ser: “Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo” (Jn. 14, 27).
A lo largo de nuestra vida quizás hemos buscado todas las alternativas posibles para llenar nuestro vacío. Hemos acudido a tantas fuentes, intentando los medios más diversos para obtener a un precio muy bajo nuestro ansiado bienestar. Lo buscamos en la tranquilidad, las comodidades, el dinero, la “buena vida”, en la seguridad que significaban las amistades poderosas e influyentes. Acudimos quizás a curanderos, brujos, al ocultismo y otras fuentes opuestas a la voluntad de Dios. Cualquier cosa antes que rendir nuestra vida al Señor.
Vivimos a nuestra manera y no a la de Dios. Incluso acomodamos sus mandatos a nuestra propia conveniencia, construyéndonos una religión “a nuestra medida” que logre satisfacer nuestras aspiraciones, tranquilizar nuestra conciencia y no incomodamos para nada.
¿Y qué hemos logrado? ¿Encontramos en todo ello lo que buscamos y necesitamos? No sigas buscando. Por más que lo intentes, lo único que comprobarás es que sólo Jesús nos da la paz, porque “él es nuestra paz” (Ef. 2, 14). Nada tiene sentido sin Él. Sólo en Cristo descansa nuestra alma y encuentra el sosiego que necesita. Acudir a cualquier otra fuente de salvación es una grave falta de fe en Cristo, y no podremos llamamos cristianos si a la vez creemos en los “dioses” que nos ofrece el mundo y los seguimos. Deja tus temores
Arriesgarse a ser libre requiere valor, es un acto de fe, pues es mucho más fácil seguir siendo un esclavo de los demás y de las propias ataduras que nos dominan. Hasta nos sentimos conformes y lo consideramos “normal” para nosotros vivir sometidos.
No fue fácil por ello para los israelitas emprender su camino hacia la libertad. Ellos vivían como esclavos en Egipto, sometidos a trabajos forzados: “Los egipcios los sometieron a una dura esclavitud y les hicieron la vida imposible” (Ex 1, 13—14).
Cuando Moisés y Aarón, por orden del Señor, se presentaron ante el Faraón y le dijeron que deje ir a su pueblo escogido, éste respondió: ¿Quién es el Señor para que yo le
obedezca y deje salir a Israel? Ni conozco al Señor ni dejaré salir a Israel” (Ex 5, 2). Ante su negativa, el Señor realizó grandes prodigios y señales, y tras ellas, libró a su pueblo de la esclavitud en que habían caído. Sin embargo, una vez ya libres, en el desierto, sintieron hambre, y murmuraron contra Moisés y Aarón, diciéndoles:
“Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos hartábamos de pan”
Ex. 16, 3 “El Señor les dará carne para comer. Más aún, no la comerán un día, ni dos, ni cinco, ni diez, ni veinte, sino un mes entero, hasta que les produzca asco y la vomiten, por haber despreciado al Señor que está en medio de ustedes, y haber llorado en su presencia, diciendo: ‘i,Por qué hemos salido de Egipto?”’
Nm. 11, 18—20. Sin embargo, ese pueblo tuvo que aprender a tener fe en su Dios, de tal manera que tuvieron que vivir de esa fe. Andaban por un desierto donde no habían caminos trazados, donde no podían sembrar ni criar ganado, esperando cada día su ración de maná, la cual tampoco podían ni siquiera juntar para el día siguiente, si es que algo sobraba, porque se podría
Cf. Ex 16, 19—20. La libertad se conquista a fuerza de sacrificios, y es más difícil aún mantenerla. ¿Cuántas veces hemos querido romper las cadenas de nuestro egoísmo, orgullo, resentimientos, hábitos descontrolados, supersticiones, y no lo hemos logrado? ¡Es que hemos sido nosotros mismos los que quisimos libramos! Y eso no era posible. Para nadie lo es.
Sólo Jesús salva: “Si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres” (Jn 8, 36). ¿Crees verdaderamente que Cristo es el único que puede salvarte? ¿Estás dispuesto a permitirle hacerte libre y aventurarte a iniciar el camino de tu salvación?
Aparentemente, es más cómodo mantenerse en estado de esclavitud y hacer lo que te ordenan. No decides nada, sólo obedeces. Tememos el cambio porque estamos instalados en nuestra vida cómoda y tranquila, y no queremos complicamos más.
La nueva vida implica nuevos compromisos, responsabilidades y decisiones que no siempre estamos dispuestos a asumir. Ser libre significa ser yo mismo, tener personalidad, ser maduro, decir “sí” a la voluntad de Dios y decir “no” al pecado. Tú eres un hijo de Dios, y no puedes vivir, como el hijo pródigo, cuidando los “chanchos” de tus pecados y debilidades, cuando fuiste llamado a ser libre: “Cristo nos liberó para ser libres. Manténganse, pues, firmes y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gal. 5, 1).
Jesús es el único que puede romper tus cadenas, y eso tú lo sabes. Si no le permites liberarte de ellas, eso significará que estás renunciando a tu dignidad como hijo de Dios y prefieres seguir con esas cadenas, quizás porque son tus excusas para no servirle. Salvados por la fe en Cristo
Si crees que Jesús es el Salvador, permítele que te salve a ti también. De nada te valdrá que Jesús haya muerto en la cruz y resucitado, si es que tú no le permites salvarte. Su sacrificio y resurrección, en tu caso, habrían sido en vano.
salvo; es por ello que exclamó en la cruz: “Todo está cumplido”
Jn 19, 30 Ante ello, no puedes permanecer indiferente, como si nada ocurriese. El sacrificio y resurrección de Jesús exigen de ti una respuesta clara, pues es la mayor muestra del amor de Dios por ti.
Pero tampoco cabe sólo sentir una gran admiración y emoción: “, ¡Qué gran acto de amor el de Jesús, cuánto me quería! “.
Si tuvieses un billete de la lotería, y te enteraras de que tu número resultó ser el ganador del premio mayor, eso te causaría una gran emoción. Ya habría ocurrido lo más difícil: que tu número, entre muchísimos más, haya resultado ser el ganador. Podrás si quieres hacer una gran fiesta para celebrarlo. Pero hay algo que debes tomar en cuenta: mientras no cobres el premio, éste no será tuyo. Sólo tendrás un pedazo de papel impreso.
Por nuestro Bautismo, todos recibimos nuestro “boleto ganador”. No son sólo unos “suertudos” los beneficiados, sino todos los bautizados: “De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y siendo hijo, Dios te da la herencia” (Gal 4, 7).
El Señor ya mencionó tu nombre: “Fulano de tal, acércate a hacer tuya tu salvación...” Jesucristo, tu Salvador, ya logró tu salvación al precio de su sangre y de su propia vida. Ya hizo lo que para nosotros era imposible. Pero si no vas por ella, sólo tendrás una