—PATRUL RINPOCHE,The Words of my Perfect Teacher, traducción al
inglés del Padmakara Translation Group
La meditación sobre el amor compasivo y la compasión se parece mu- cho a las prácticas de shinay, de las cuales ya hemos hablado. La prin- cipal diferencia está en la selección del objeto sobre el cual concentra- mos nuestra atención y los métodos que utilizamos para descansar la atención. Una de las lecciones más importantes que aprendí durante mis años de entrenamiento formal fue que cada vez que le ponía obstáculos a la compasión que es una cualidad natural de mi mente, inevitablemente me sentía pequeño, vulnerable y atemorizado.
Es muy fácil sentir que nosotros somos los únicos que sufrimos, mientras que los demás son inmunes al sufrimiento, como si hubieran nacido con algún tipo de conocimiento especial sobre la felicidad que, por algún accidente cósmico, nosotros nunca recibimos. Al pensar así,
hacemos que nuestros problemas parezcan mucho más grandes de lo que en realidad son.
Soy tan culpable de haber creído esto como cualquier otra per- sona, y, como resultado de ello, me dejé aislar y atrapar en una manera dualista de pensar que me llevó a medir mi débil, vulnerable y temeroso yo contra todo aquél en el mundo que me pareciera más fuerte, más feliz y más seguro. El poder que tontamente creí que otros tenían sobre mí se convirtió en una terrible amenaza para mi bienestar. Pensaba que de un momento a otro alguien podía socavar cualquier seguridad o felicidad que hubiera logrado.
Después de trabajar con la gente durante muchos años, me he dado cuenta de que no era el único en sentir así. Alguna parte de nuestro antiguo cerebro reptil inmediatamente evalúa si estamos frente a un amigo o un enemigo. Gradualmente, esta misma percepción se extiende incluso a objetos inanimados hasta que todo, un computador, un fusible fundido o la luz parpadeante de un contestador automático, se vuelve un poco amenazante.
Sin embargo, cuando comencé a meditar sobre la compasión, me di cuenta de que mi sensación de estar aislado comenzaba a disminuir, y que simultáneamente yo mismo empezaba a sentirme más capaz. Donde antes no veía más que problemas, ahora comenzaba a ver soluciones; si bien antes veía mi propia felicidad como más importante que la de los demás, ahora comenzaba a ver el bienestar de los demás como la base de mi tranquilidad mental.
Según me enseñaron, para desarrollar el amor compasivo y la compasión hay que comenzar por aprender a apreciarse uno mismo. Esta es una lección difícil, especialmente para aquellas personas que se han criado en culturas en las cuales es común hacer hincapié en las debilidades en vez de en las fortalezas personales, problema que no es propio solamente de Occidente. Desarrollar una actitud compasiva hacia mí mismo me salvó la vida durante mi primer año de retiro. De no haber hecho las paces con mi naturaleza real, mirando dentro de mi propia mente y viendo la fuerza que allí había, en vez de la sensación de vulnerabilidad que siempre me había acompañado, no hubiera podido salir de mi habitación.
Una de las cosas que me ayudó mientras me hallaba sentado en mi habitación fue recordar que el término sánscrito para “ser humano” es purusha, que esencialmente quiere decir “algo que tiene poder”. Ser humano significa tener poder, especialmente el poder para lograr cualquier cosa que queramos, y lo que queremos tiene su origen en nuestro instinto biológico de ser felices y evitar el sufrimiento.
Por esta razón, al principio, desarrollar el amor compasivo y la compasión quiere decir utilizarse usted mismo como objeto de su meditación. El método más fácil es una variación de la “práctica de
escaneo” descrita anteriormente. Si va a practicar de manera formal, póngase en la postura de siete puntos como mejor pueda. Si no, sim- plemente enderece la columna y mantenga el resto del cuerpo relajado y en equilibrio, y deje que su mente se relaje en un estado de consciencia pura.
Después de dejar que su mente descanse por unos momentos en meditación sin objeto, haga un ejercicio rápido de “escaneo” y observe gradualmente su cuerpo físico. A medida que lo va escaneando, váyase percatando y sintiendo la maravilla de tener un cuerpo y una mente capaz de escanearlo. Reconozca la verdadera grandeza de estos hechos fundamentales de su existencia y ¡lo afortunado que es simplemente por tener el don maravilloso de un cuerpo y una mente! Deténgase en este pensamiento por un momento y después dígase suavemente: Qué bueno sería si siempre pudiera gozar
de esta sensación de bondad fundamental. Qué bueno sería sí siempre pudiera disfrutar de esta sensación de bienestar y de todo lo que lleva a sentirse feliz, bueno y en paz.
Luego, simplemente deje descansar su mente de manera abierta y relajada. No trate de sostener esta práctica durante más de tres minutos si está practicando formalmente, o durante más de unos segundos en sesiones informales de meditación. Es muy importante practicar en sesiones cortas y después dejar que la mente descanse. Las sesiones cortas de práctica, seguidas de períodos de descanso, permiten que esta nueva consciencia se estabilice o, en términos científicos occidentales, le dan a la mente la oportunidad de establecer nuevos patrones sin que el antiguo cotilleo neuronal la abrume. Expresado de manera muy sencilla, cuando usted termina la práctica y se relaja, permite que los efectos lo bañen en un torrente de sentimiento positivo.
Una vez que usted se ha familiarizado un tanto con su anhelo de felicidad, hacer ese deseo extensivo a otros seres sensibles a su alrededor —gente, animales, incluso insectos— se vuelve mucho más fácil. La práctica del amor compasivo y de la compasión hacia los demás implica, esencialmente, aceptar siempre que todos los seres vivos quieren sentirse íntegros, seguros y felices —lo mismo que usted. Cuando usted recuerda esto, se da cuenta de que no hay razón para tenerle miedo a nadie ni a nada. La única razón para sentir miedo alguna vez es haber dejado de reconocer que cualquiera que se halle ante usted es, al igual que usted, una criatura que sólo quiere ser feliz y no tener que sufrir.
Los textos budistas clásicos enseñan que debemos concentrarnos primero en nuestra madre, que ha tenido la máxima bondad de llevarnos en su vientre, traernos al mundo y criarnos durante nuestros primeros años, con frecuencia .a costa de mucho sacrificio.
Entiendo que muchas personas en el mundo occidental no siempre tienen relaciones cariñosas y tiernas con sus padres, en cuyo caso utilizar a la madre o al padre como objeto de la meditación no sería muy práctico. Es perfectamente aceptable, en estas circunstancias, centrarse en otro objeto, por ejemplo un familiar especialmente bondadoso, un amigo cercano o un niño. Hay personas que escogen concentrarse en sus mascotas. El objeto de la meditación realmente no importa; lo im- portante es descansar la atención levemente sobre alguien o algo por quien usted sienta un profundo sentimiento de afecto o ternura.
Cuando usted empieza a practicar el amor compasivo y la com- pasión de manera formal, debe comenzar por ponerse en la postura de siete puntos o, por lo menos (si se halla en un bus o un tren, por ejemplo), enderezar la columna y dejar que su cuerpo descanse naturalmente. Lo mismo que con cualquier práctica de meditación, una vez que su cuerpo se halla en la posición indicada, el paso siguiente es dejar que la mente descanse naturalmente por unos momentos y olvidarse de lo que estaba pensando. Sencillamente deje que su mente dé un enorme suspiro de alivio.
Luego de practicar la meditación sin objeto por unos momentos, lleve suavemente su atención hacia el ser por quien le es más fácil sen- tir ternura, afecto o interés. No se sorprenda si la imagen de alguien o de algo que no había escogido deliberadamente aparece con más fuer- za que el objeto con el que había escogido trabajar. Esto sucede, con frecuencia, de manera espontánea. Uno de mis estudiantes comenzó a practicar formalmente con la intención de concentrarse en su abuela, quien había sido muy bondadosa con él en su infancia; sin embargo, la imagen que seguía apareciendo era la de un conejillo que tenía de niño. Este no es más que un ejemplo de la sabiduría natural de la mente afirmándose. De hecho, el estudiante tenía muchos recuerdos cálidos asociados con el conejo, y cuando finalmente dejó que estos lo invadieran, su práctica se facilitó.
A veces su mente producirá espontáneamente recuerdos de una experiencia particularmente agradable que usted compartió con alguien, en vez de la imagen más abstracta de la persona que escogió como objeto de la meditación. Eso también está bien. Lo importante al cultivar el amor compasivo y la compasión es permitirse sentir verdaderos sentimientos de calidez, ternura y afecto.
A medida que avanza, deje que esta sensación de calidez o afecto se fije en su mente, como una semilla que se ha plantado en la tierra, y vaya alternando por unos minutos entre esta experiencia y dejar que su mente descanse en meditación sin objeto. Mientras lo hace, per- mítase desear que el objeto de su meditación pueda experimentar la misma sensación de apertura y calidez que usted siente por él o ella.
Después de practicar de esta manera por un tiempo, estará listo para avanzar un poco. Comience, como antes, por adoptar una postura apropiada y deje que su mente descanse en meditación sin objeto por unos momentos; luego traiga a la mente el objeto de su amor compasivo y compasión. Una vez haya puesto su mente en el objeto de la meditación, puede proceder de dos maneras. La primera es imaginarse el objeto escogido en una situación muy triste o dolorosa. Por supuesto que si este ya se encuentra en esta situación, usted pue- de, simplemente, imaginarse dicha situación. De cualquier manera, la imagen que usted trae a la mente naturalmente produce una sensación de amor y conexión, y un profundo deseo de ayudar. Pensar en el sufrimiento de un ser por quien usted siente cariño puede partirle el corazón; pero un corazón partido es un corazón abierto, y una opor- tunidad de que el amor y la compasión fluyan.
La segunda manera es posar ligeramente su atención en el sujeto que ha escogido y preguntarse: “¿Hasta qué punto quiero yo ser feliz?” “¿Hasta qué punto quiero yo evitar el dolor y el sufrimiento?”. Trate de que sus pensamientos sobre esto sean lo más específicos posibles. Por ejemplo, si se encuentra en un lugar supremamente caluroso, ¿preferiría irse a un lugar más fresco o abierto? Si siente algún tipo de dolor físico, ¿quisiera que se lo quitaran? Mientras piensa en sus propias respuestas, gradualmente dirija su atención hacia el objeto escogido e imagínese cómo se sentiría él o ella en la misma situación. Practicar de esta manera no sólo hace que su corazón se abra hacia otros seres; su identificación con el dolor o con la incomodidad que puede estar sintiendo en ese momento se disuelve.
Cultivar el amor compasivo y la compasión por las personas co- nocidas y por quienes sentimos cariño no es tan difícil, aun cuando deseemos ahorcarlas por su estupidez y obstinación, pues lo funda- mental es que las queremos. Sin embargo, sí es difícil hacer extensiva esta sensación de calidez y conexión a quienes no conocemos, y más difícil aún sentirla por quienes definitivamente no nos gustan.
Hace algún tiempo oí una historia de un hombre y una mujer que vivían en China hace unos cuarenta o cincuenta años. Se acababan de casar, y cuando la esposa fue a vivir a casa de su marido, inmediatamente comenzó a pelear con la suegra por asuntos triviales relacionados con el manejo de la casa. Con el tiempo, los desacuerdos llegaron al punto de que la esposa y la suegra no podían verse. La es- posa pensaba que su suegra era una bruja entremetida, y la suegra, que su nuera era una arrogante que no respetaba a los mayores.
No había razón para haber llegado a esta situación. Finalmente, la esposa se enfadó tanto que decidió hacer algo para librarse de su suegra. Fue a ver a un médico y le pidió un veneno para poner en la comida de su suegra.
Después de oír las quejas de la joven esposa, el médico convino en venderle el veneno. “Pero”, le advirtió, “si yo te diera algo fuerte que tuviera un efecto fulminante, todos te señalarían y dirían que tú mataste a tu suegra, y también se darían cuenta de que yo te suministré el veneno, lo cual no nos convendría ni a ti ni a mí. Voy, entonces, a darte un veneno suave, que tenga un efecto gradual y que no la haga morir de inmediato”.
El médico también le dijo que mientras le administrara el veneno a la suegra debía ser muy, muy amable con ella. “Sírvele cada comida con una sonrisa. Deséale buen apetito y pregúntale si quiere algo más. Sé muy humilde y dulce para que nadie vaya a sospechar nada”, le aconsejó.
La esposa estuvo de acuerdo y se fue casa. Esa misma noche comenzó a poner el veneno en la comida de la suegra y a servírsela es- meradamente. Al cabo de unos días de recibir un trato tan respetuoso, la opinión de la suegra sobre su nuera comenzó a cambiar: Tal vez no
sea tan arrogante como pensé. Tal vez me equivoqué al pensar así, se
dijo. Poco a poco comenzó a ser más afable con la joven, a felicitarla por su sazón y por la manera como estaba manejando la casa, e incluso a contarle sabrosos chismes e historias divertidas.
A medida que la suegra fue cambiando su actitud y comporta- miento, naturalmente la chica también cambió los suyos, y al cabo de unos días pensó: Tal vez mi suegra no sea tan mala como pensé; en
realidad es bastante agradable.
Así continuaron por aproximadamente un mes. Muy pronto las dos mujeres comenzaron a volverse buenas amigas y a entenderse tan bien que en determinado momento la joven dejó de envenenar la comida de su suegra. Entonces comenzó a preocuparse por que esta fuera a morir por efecto del veneno que le había suministrado.
Volvió luego donde el médico y le dijo: “Cometí un error. Mi suegra es en realidad una buena persona. No he debido darle veneno. Por favor ayúdeme y deme un antídoto del veneno que le he suministrado”.
Después de oírla, el médico se sentó en silencio por un momen- to y finalmente le dijo: “Lo siento. No hay nada que hacer. No hay antídoto”.
Al oír esto la joven se ofuscó muchísimo y comenzó a llorar y a jurar que iba a matarse.
“¿Por qué querrías matarte?”, le preguntó el galeno.
“Porque he envenenado a una excelente persona, que ahora va a morir. Por eso debo matarme, en castigo por tan deplorable acción”, contestó la muchacha.
Una vez más el médico se sentó en silenció y después soltó una risita.
“¿Cómo puede reírse de algo así?”, le reclamó la joven.
“Porque no tienes por qué preocuparte”, fue la respuesta. “No hay antídoto porque, para empezar, no te di ningún veneno. Todo lo que te di fue una hierba inocua”.
Esta historia me gusta porque es un ejemplo muy sencillo de cómo una experiencia puede transformarse natural y fácilmente. Al principio, la recién casada y su suegra se odiaban. Cada una pensaba que la otra era detestable, pero cuando comenzaron a tratarse de manera diferente, empezaron a verse con otros ojos. Cada una vio en la otra a una persona fundamentalmente buena, y con el tiempo se volvieron amigas cercanas. Como personas no habían cambiado en absoluto; lo único que había cambiado era la perspectiva desde la cual se miraban.
Lo constructivo de estas historias es que nos obligan a ver que nuestras impresiones iniciales sobre los demás pueden ser incorrectas o estar equivocadas. Mas no hay razón para sentirnos culpables por estos errores; no son más que el resultado de la ignorancia. Afortuna- damente, Buda nos dejó una práctica de meditación que no sólo nos proporciona los medios para enmendar estos errores, sino para preve- nirlos en el futuro. Esta práctica se conoce como “cambiarse por los demás”, lo cual, en términos sencillos, quiere decir imaginarnos en la posición de alguien o de algo que no es de nuestro gusto.
Aunque la práctica de cambiarse por los demás puede llevarse a cabo en cualquier momento y en cualquier parte, es útil enterarse de sus fundamentos mediante la práctica formal. La práctica formal es un poco como cambiar las baterías de un teléfono móvil. Una vez que la batería se ha cargado del todo, podemos utilizar el teléfono por largo tiempo, en muchos sitios y en muchas circunstancias. Con el tiempo, sin embargo, la batería se descarga, y hay que recargarla. La principal diferencia entre cargar una batería y desarrollar el amor compasivo y la compasión es que finalmente, mediante la práctica formal, el hábito de responderles con compasión a otros seres crea una serie de conexiones neuronales que se perpetúa constantemente y no pierde su “batería”.
El primer paso en la práctica formal es, como de costumbre, po- nerse en la posición correcta y dejar que la mente descanse por unos momentos. Después piense en alguien o algo que no le gusta. No juz- gue lo que está sintiendo; dese permiso de sentirlo. El simple hecho de no juzgar y de no justificarse le permitirá experimentar un cierto grado de apertura y claridad.
El siguiente paso es admitir que cualquier cosa que esté expe- rimentando —ira, resentimiento, celos o deseo— es en sí misma la fuente de cualquier dolor o incomodidad que sienta. La fuente de su dolor no está en el objeto de su sentimiento, sino en su respuesta, ge- nerada mentalmente, a la persona o cosa en la cual se está enfocando.
Por ejemplo, usted puede enfocar su atención en alguien que le haya dicho algo que sonó cruel, crítico o despectivo, o incluso que le haya mentido. Luego, convénzase de que todo lo que ha ocurrido es que ese alguien emitió algunos sonidos que usted oyó. Si usted ha pasado incluso un corto período de tiempo practicando la meditación sobre los sonidos, este aspecto de “cambiarse por los demás” puede resultarle familiar.
Llegado a este punto, usted tiene tres opciones. La primera, y más probable, es dejarse consumir por la ira, la culpa o el resentimiento. La segunda (poco probable) es pensar: He debido emplear más
tiempo en meditar sobre los sonidos.
La tercera opción es imaginar que usted es la persona que dijo o hizo lo que usted resintió. Pregúntese si el proceder de esa persona estaba motivado por el deseo de agredirlo a usted, o si estaba tratando de aliviar su propio dolor o miedo.
En muchos casos, ya sabe la respuesta. Es posible que haya oído hablar de la salud o la relación afectiva de esa persona, o de alguna amenaza a su situación laboral, pero aun si no conoce los