¡Abandone el deseo! ¡Erradique el apego!
—TAMGÓN KONGTRUL,The Torch of Certainty, traducción al inglés de
Judith Hanson
HACE MUCHOS AÑOS VIVÍA en la India un pastor de ganado que había pasado la mayor parte de su vida cuidando las vacas de su amo. Fi- nalmente un día, cuando tenía unos sesenta años, se dijo: “Este es un trabajo aburrido. Todos los días hago lo mismo. Llevo las vacas a pastar, las veo comer, y las traigo de nuevo a casa. ¿Qué se supone que debo aprender de todo esto?”. Después de pensarlo por un tiempo, decidió que dejaría su oficio y aprendería a meditar, para poder, por lo menos, liberarse de la monotonía del samsara.
Acto seguido, se fue a las montañas. Un día vio una cueva y dentro de ella un mahasiddha. Al verlo se puso muy feliz y se le acercó para pedirle que le enseñara a meditar. El maestro aceptó y procedió a darle al pastor instrucciones básicas de cómo meditar usando los pen- samientos como apoyo. Después de recibir las instrucciones, el pastor se ubicó en una cueva cercana y comenzó a practicar.
Como nos sucede a casi todos, los problemas no tardaron en presentarse. Durante sus años de pastor les había tomado mucho cariño a las vacas que había cuidado, y al tratar de poner en práctica las enseñanzas del mahasiddha, lo único que le venía a la mente era su imagen. Aunque se esforzaba por frenar los pensamientos, las vacas seguían presentándosele, y cuanto más trataba, con más claridad aparecían.
Por fin, exhausto, fue a ver al maestro y le dijo que le costaba mucho trabajo seguir sus instrucciones. Cuando el mahasiddha le preguntó cuál era el problema, el pastor le explicó la dificultad que tenía. “Ese no es realmente un problema. Puedo enseñarte otro méto- do. Se llama meditación vacuna”, le dijo el maestro.
“Estoy hablando en serio”, respondió el maestro. “Todo lo que necesitas hacer es seguir las imágenes de las vacas que ves. Míralas mientras las llevas a pastar, mientras comen, mientras las vuelves a llevar a la granja. Simplemente observa cualquier pensamiento sobre vacas que pase por tu mente”.
Entonces el pastor volvió a la cueva y se sentó a practicar con las nuevas instrucciones. Al no tratar de frenar los pensamientos, esta vez pudo meditar sin ninguna dificultad. Comenzó a sentirse muy tran- quilo y feliz. No echaba de menos sus vacas y su mente se volvió más calmada, más equilibrada y más flexible.
Después de un tiempo volvió adonde el maestro y le dijo: “Bueno, ya he hecho meditación vacuna. ¿Ahora qué sigue?”. “Muy bien”, le dijo el maestro. “Ahora que has aprendido a cal- mar la mente, te enseñaré el siguiente nivel de meditación vacuna. Las instrucciones son estas: medita sobre tu propio cuerpo como si fueras una vaca”.
El pastor volvió a su cueva y comenzó a practicar según las ins- trucciones, pensando: Muy bien. Ahora soy una vaca. Tengo cuernos y
cascos, mujo, como pasto...
A medida que seguía practicando iba percibiendo que su mente se volvía aún más tranquila y feliz que antes. Cuando sintió que ya dominaba la práctica, volvió adonde el maestro y le preguntó que si había un tercer nivel de instrucción.
“Sí”, contestó el mahasiddha lentamente. “En el tercer nivel de meditación vacuna, debes concentrarte en los cuernos”.
Entonces, una vez más, el pastor volvió a la cueva a seguir las instrucciones de su maestro, y a concentrarse solamente en que tenía cuernos. Se concentró en el tamaño de los cuernos, en su ubicación, su color, la sensación de su peso en cada lado de la cabeza. Después de practicar de esta manera por algunos meses, una mañana se levantó y comenzó a prepararse para ir a orinar, pero cuando trató de salir de la cueva, sintió algo que se topaba contra las paredes de esta y que le impedía salir. Alargó la mano para detectar de qué se trataba y encon- tró, para su sorpresa, que le habían salido dos largos cuernos a lado y lado de la cabeza.
Se puso de lado y finalmente logró salir de la cueva, después de lo cual, aterrado, se dirigió corriendo adonde su maestro.
“¡Mire lo que me ha pasado!”, le gritó. “Usted me aconsejó hacer esta meditación vacuna, y ¡ahora me han salido cuernos! ¡Esto es horrible! ¡Es como una pesadilla!”.
El mahasiddha se rió alegremente y exclamó:
“No, al contrario, es maravilloso. Has llegado a dominar el tercer nivel de la meditación vacuna. Ahora tienes que practicar el cuarto nivel, y pensar: „Ahora no soy una vaca y no tengo cuernos‟”.
Obedientemente, el pastor volvió a la cueva y comenzó a practi- car el cuarto nivel de meditación vacuna. Ahora no tengo cuernos, ahora
no tengo cuernos, ahora no tengo cuernos..., pensaba. Después de
unos días de esta nueva práctica, se despertó una mañana y descubrió que ya podía salir de la cueva sin ninguna dificultad. Los cuernos habían desaparecido.
Sorprendido, corrió adonde el maestro y le anunció: “Mire, ¡ya no tengo cuernos! ¿Cómo es esto? Cuando pensé que tenía cuernos, estos aparecieron. Cuando pensé que no los tenía, desaparecieron. ¿Por qué?”.
“Los cuernos aparecieron y desaparecieron por la manera como enfocaste la mente”, le contestó. “La mente es muy poderosa. Puede hacer que las experiencias parezcan muy reales y puede hacerlas pa- recer irreales”.
“¡Ah!”, musitó el pastor.
“Los cuernos no son lo único que puede aparecer y desaparecer según y cómo enfoques la mente. Todo es así. Tu cuerpo, las demás personas... el mundo entero. Su naturaleza es el vacío. Nada existe de verdad excepto en la percepción de tu mente. Aceptar esto es tener verdadera visión. Primero tienes que calmar la mente; después apren- des a ver las cosas claramente. Este es el quinto nivel de meditación vacuna, aprender a equilibrar la tranquilidad y la verdadera visión.
El pastor volvió una vez más a su cueva a meditar con tranqui- lidad y verdadera visión. Al cabo de unos años él mismo se convirtió en
mahasiddha; ya entonces su mente se había calmado y liberado de la
rueda del sufrimiento samsárico.
Ya casi no quedan pastores en el mundo, aunque este sería un sitio más tranquilo si los hubiera. Aun así, si usted se atreve, podría practicar como el viejo pastor, pero utilizando un objeto diferente —un automóvil, por ejemplo. Después de unos años, podría convertirse en un gran maestro, como él. Naturalmente, tendría que estar dispuesto a pasar algunos años a la espera de que le crecieran faros, puertas, cinturones y, tal vez, un baúl— y ¡después aprender a hacerlos desaparecer!
¡Estoy bromeando! Hay maneras mucho más fáciles de trabajar con los pensamientos que aprender a hacer que le salgan cuernos o luces traseras.