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LA HORA DE LA VERDAD

L O ÚNICO NECESARIO

1. Para la mente (Illuminatio mentis)

Vamos a entrar en una experiencia cristiana muy fuerte vi- vida por una comunidad que creyó en Jesús: la comunidad de Juan.

En ningún escrito del N.Testamento encontramos criterios tan claros para saber si estamos en comunión con Dios como en los escritos joaneos.

Juan reduce TODO al amor. Esta ha sido su mejor intuición. Ha descubierto que “Dios es Amor” y que por lo tanto lo más importante será el amor que posea cada uno.

Es el único punto de referencia seguro para saber si estamos en comunión plena con Dios.

Ha revolucionado la moral con frases como ésta:”El que ama al hermano camina en la luz y no tropieza” (1 Jn 2,10).

Jesús nos dejó un solo mandamiento. Juan es el que más ha profundizado en ese mandamiento y está cierto de lo que es fun- damental para Jesús.

En los sinópticos Jesús exige muchos preceptos para estar en comunión con él: pobreza, limosna, abnegación, oración, ayuno, abandono a la Providencia, confianza, vigilancia, etc.,etc (recor- demos, por ejemplo, el sermón de la Montaña)

En Juan, Jesús exige solamente un precepto, un mandato: el mandato del amor mutuo. Los textos son: Jn 13,14.15;15,12.17; 17,21-22; 1 Jn 2,3-11; 3,11-14; 4,7-21; 2 Jn 5.6.; 3 Jn 6.

¿FUERTES O DÉBILES?

Juan 13,34.35

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.

Nos dice: ‘Os doy’: no dice ‘os dejo’ sino ‘os doy’. Podría- mos traducir: Os hago don de...

El precepto del amor es un don y una norma: es la revelación de Jesús de un bien inmenso, dado por amor. Es un don de algo externo, que pasa a ser interno. La entolé, como la palabra, es pri- mero exterior en su proclamación, e interiorizada por el creyente que la acoge. Nos da a sus hermanos como hermanos nuestros.

Un mandato (entolé): indica ‘imperiosa obligación’, expre-

sión de la voluntad divina, expresada en una enseñanza y que sirve de regla de vida para los cristianos (Spicq). El amor viene ‘impuesto’. ‘Hay que conservar a ‘entolé’ su fuerza imperativa de ‘mandato’ (ib.).

Nuestra respuesta debe ser expresada por un actuar que es ‘obediencia’ a una norma. Para Juan el amor va unido a la obe- diencia. En ninguna parte del Nuevo Testamento se afirma una conexión tan estrecha entre el amor y la obediencia.

Nuevo: porque es nuevo el ejemplo que se propone: ‘como Yo

os he amado’. Antes el A.Testamento decía: ‘amarás al prójimo como a ti mismo’. Ahora se nos dice. ‘como Cristo ha amado’ es decir, ‘sobre ti mismo’. Antes el modelo y la medida era el amor con que la persona se ama a sí misma; ahora es el amor con que Cristo nos amó.

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Antes el amor era cerrado (Lev 19,18), ahora es abierto; pode- mos formar “hermanos” de entre todos los pueblos.

Se llama ‘nuevo’ también porque el amor recíproco de los dis- cípulos en nombre de Jesús es una “manifestación” (epifanía) al mundo. Solamente por tal revelación y no por un milagro de la venida de Cristo sobre las nubes, podrá el mundo ser atraído hacia la fe y hacia la vida de Dios ya en esta tierra.

La novedad está en que es el mismo amor del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo, diverso en calidad de cualquier otro amor humano (no es lo mismo agàpe que filantropía).

‘El Maestro tiene conciencia de introducir en este mundo un amor original, hasta entonces desconocido, antes que Él mismo lo hubiera vivido’ (Spicq).

Que os améis unos a otros (agapate allelous)

El ‘amor’ es hoy un término equívoco. Se ha llegado a decir que la realidad humana y religiosa más densa como también la más equívoca es el ‘amor’.

En la lengua griega hay cuatro verbos que se relacionan con el amor:

– El verbo ‘stergo’ significa ‘amor familiar’, engendrado por el

instinto.

– El verbo ‘erao’ significa deseo vehemente y con frecuencia

irracional, que se dirige más al cuerpo que a su alma. El sus- tantivo es el ‘‘éros’.

– El verbo ‘fílein’ significa afecto profundo entre dos amigos.

“Vosotros sois mis amigos” (filoi). Lázaro es el filos de Jesús (Jn 11,11).

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– El verbo ‘agapào’ significa amor desinteresado, gratuito,

activo, que obra el bien, don puro por parte del que ama, amor que no pasa factura. Al amor desinteresado del que da corresponde el amor de gratitud del que lo recibe.

El N.Testamento elige el verbo ‘agapào’ para expresar el amor que Dios tiene a sus criaturas y también el amor que reclama de ellas.

Resumiendo: el amor de agápe significa ‘amar’.

– A la manera de Dios. – Gratuitamente.

– Impulsado únicamente por la agápe.

– Amor gratuito que libera al que lo recibe, sobre todo, al

‘necesitado’. Según esto:

– Tenemos que comenzar amando gratuitamente, a fondo per-

dido, (al comienzo no importa si no me corresponden).

– Viendo lo bueno de los demás, lo que hay de Dios en las per-

sonas.

– Amar es darse. No es lo mismo dar que darse. – Es renunciar al yo por querer servir a un ‘tú’.

– El que ama desea al prójimo-hermano el máximo bien. – Como Cristo.

– Como dice Pablo en 1 Cor 13,4-7.

Cristo nos amó gratuitamente, porque fue Él quien comenzó y no esperó a que nosotros comenzásemos a amar... Así también

nosotros tenemos que amar primero al prójimo-hermano, sin

esperar respuesta o beneficio.

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Unos a otros

Cristo insiste en la reciprocidad. El amor del creyente en Jesús ha de engendrar amor recíproco. El ‘Mandato’ va orientado, entre los creyentes en Jesús, hacia este amor recíproco y esto pertene-

ce a la esencia del nuevo mandamiento.

No es lo mismo amar a un prójimo que no te ama que amar a un hermano en Jesús que te devuelve el amor.

Esta reciprocidad ha extrañado a muchos, tal vez por su credo o porque nunca han hecho experiencia de Dios como amor com- partido. Damos un ejemplo de esta reacción:

“El amor recíproco está restringido al condiscípulo, y está así en tajante y violento contraste con el mandamiento del Jesús sinóptico. El particularismo de la raza está cambiado por el nuevo y más peligroso particularismo del credo” (Montefiore, judío).

Como (kathôs)

Comúnmente el término ‘kathôs’ se traduce por “como”, pero salta a la vista la dificultad de que es imposible amar como Jesús, porque nunca llegaremos a su radicalidad. En nuestro caso el ‘como’ hay que traducir ‘a la manera de’ y así entenderíamos que el modo de amar de Jesús fuese para nosotros la norma del amor recíproco. El amor recíproco de los discípulos debe ser del mismo tipo que el del Maestro hacia ellos, debe ir en la misma dirección. La referencia más inmediata de este texto es el lavatorio de los

pies, pero la referencia por antonomasia es la cruz. (15,13: Nadie

tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos).

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Jesús amó “a la manera del Padre” (15,9: como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros); nosotros amaremos “a la manera de Jesús”.

Existencialmente, este “como” nos llevará a descubrir en la vida de Jesús la manera concreta de amarnos:

– Dando la vida.

– Defendiendo y liberando a los pobres (véase el episodio de la

adúltera: Jn 7,53 -8,11).

– Llevando la paz a muchas personas: ‘Venid a mi todos los

que estáis cansados y agobiados... Mt 11,28-30).

– Perdonando (Mt 6,12 y paralelos). – Viendo lo bueno de las personas.

– Sufriendo... ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere...

(Jn 12,24).

– Comprendiendo. – Y un largo etcétera.

En esto os conocerán todos...

Los militares llevan sus insignias que los identifican. Las in- signias de Cristo son las insignias del amor. Quien quiera apun- tarse a las milicias de Cristo, tiene que llevar la señal de la cari- dad.

Los Apóstoles recibieron muchos dones de Cristo como son la vida, la inteligencia, la salud; dones espirituales como el poder de hacer milagros, etc. Estas cosas no son signos específicos del dis- cipulado de Cristo, ya que pueden tenerlos tanto los buenos como los malos. El signo característico de Cristo es el signo de la cari- dad, del amor mutuo.

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El amor recíproco, la agápe fraterna, constituye, pues, la señal

distintiva de los discípulos de Cristo. Los cristianos tenemos que

ser reconocidos solamente por esta señal.

Si entre los cristianos falta esta realidad, será imposible reco- nocer la presencia de Cristo en nuestra sociedad. Si no se da este amor mutuo entre los cristianos, será imposible que los hombres de buena voluntad admitan a Cristo, como el Enviado de Dios (17,21-23).

De ahí que la práctica de la agàpe no deba ser considerada solamente desde un plano puramente individual, comprometien- do solamente a cada persona individualmente, sino que posee un

alcance comunitario:

La presencia de este amor comunitaria hace que Dios alcance su plenitud entre nosotros (1 Jn 4,12) y que Cristo convenza (Jn 17,21-23)

La ausencia desacredita a la Iglesia de Jesús.

Los discípulos de los fariseos eran reconocidos por sus filacte- rias.

Los discípulos del Bautista por su especialidad en “bautizar”. Muchos religiosos/as son reconocidos por sus hábitos.

La señal distintiva, perpetua y única de los discípulos de Cristo será el amor recíproco. Se trata de un amor visible.

La definición joánica de la Iglesia de Jesús podría ser: La Iglesia está constituida por un grupo de creyentes en Jesús que se aman continuamente según la manera que les ha sido revelada, manera original, por la que los no creyentes discernirán a los “discí- pulos de Jesús” y se sentirán atraídos hacia Él.

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Discípulos míos

No es discípulo el que sólo escucha, sino el que ha optado

por vivir como su Maestro (1 Jn 2,6); el que asimila no solamen-

te su enseñanza, sino su “manera de vivir”.

Es decir, se trata de un testimonio de vida y no de palabras (1 Jn 3,18).

El discípulo ha sido elegido por su Maestro (Jn 15,16), es ‘su’ servidor (12,26), da fruto y abundante (15,8.16), permanece en el Maestro (Jn 15,4.9).

Para un cristiano, amar no es sino manifestar lo que es. El amor mutuo no es solamente una ‘señal’ inequívoca de nuestra pertenencia a Cristo, sino que es el único rostro de Cristo entre nosotros (s. Cirilo de Alejandría).

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