Es fácil admitir que las divergencias entre los partidos políticos, en su lucha por monopolizar el Estado y sus instituciones, se convirtieron en causa medular de la violencia política que ha acompañado al país durante su historia republicana. Sobre esto se profundizó en el capítulo anterior y se hará igualmente en el rela- cionado con los conflictos sociales. Interesa ahora, aunque pueda parecer para- dójico, un aspecto fundamental para entender la permanencia del Estado en el tiempo: los partidos políticos tradicionales, al mismo tiempo que con sus pugnas fueron causa de divisiones y enfrentamientos, se erigieron también en factor de unidad en la construcción de una nación que era necesaria precisamente para
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M ic h ae l J. L aR o sa y G er m án R . M ej íadarle viabilidad a ese Estado. La explicación no está en los principios ideológicos que les dieron forma y los acompañaron por decenios, sino por el contrario en su composición social y distribución en el territorio. En este sentido, esos dos partidos fueron pluriclasistas y panregionales.
En efecto, los dos partidos nacieron al mismo tiempo como respuesta a la necesidad de alinderarse ideológicamente frente a las disputas reinantes a mediados del siglo XIX respecto al modelo de Estado más conveniente para la compleja sociedad que habitaba un territorio que no terminaba de ser cono- cido y mucho menos controlado. Los años finales del decenio de 1840 vieron así tomar forma a lo que se constituyó de manera simultánea en fórmula de solución y factor de confrontación violenta: con meses de diferencia, en 1848 y crispados los ánimos ante las elecciones que debían celebrarse en marzo de 1849, fueron publicadas las plataformas iniciales de lo que serían durante los siguientes ciento treinta años los únicos partidos políticos colombianos con capacidad de controlar el Estado y sus instituciones.
Antes de examinar brevemente la trayectoria histórica de los dos partidos, vale la pena hacer una aclaración respecto a la tesis de su fundación en el Bolivarismo y Santanderismo de la época de la primera Colombia. Para los hombres de mediados del siglo XIX era claro que no había razón alguna para encontrar el origen en aquellos tiempos, pues todo debate y diferencia ideológica partía, en realidad, de un acuerdo básico sobre el que no cabía disputa alguna: la república, cualquiera que fuera su modo de organizarse, sería popular, representativa y con equilibrio entre sus poderes públicos. Mariano Ospina Rodríguez, uno de los dos fundadores del conservatismo, así lo expresó en un artículo publicado hacia 1850:
Hoy no hay en la Nueva Granada bolivianos ni realistas, como no hay pateadores ni carracos. Hoy no puede haber discusión sobre si la Nueva Granada debe estar unida o separada de España; si el gobierno debe ser monárquico o republicano; como no puede haberla sobre si se separan o no los Estados que formaron a Colombia, si viene o no a este país el cólera asiático. Estas son cuestiones decididas, y estas decisiones son hechos consumados, en que no es posible volver atrás.1
De esta manera, y enfrentando lo que se percibía como una necesaria reforma del Estado de La Nueva Granada, propiciada por los cambios que había puesto en marcha Tomás Cipriano de Mosquera durante su primera administra- ción (1845-1849) el texto que hoy es reconocido como el primer programa del
1 Mariano Ospina Rodríguez, “Los partidos políticos en la Nueva Granada”, en Jaime Jaramillo Uribe, Antología del pensamiento político Colombiano, vol. 1, Bogotá, Banco de la República, 1970.
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H iS to R iA C o n C iS A D E C o Lo M b iA (1 8 1 0 -2 0 1 3 )Partido Liberal fue publicado por Ezequiel Rojas en el periódico El Aviso el 16 de julio de 1848, que en su aparte final afirma que el Partido Liberal quiere
[…] que se organice un gobierno en beneficio de los gobernados; quiere República, sistema verdaderamente representativo; congreso independiente, poder ejecutivo que no pueda hacer sino lo que la ley le permite, responsabilidad positiva y para ello tribunales independientes, buenas leyes, una política en el Poder Ejecutivo, eminente- mente nacional y americana, justicia imparcial con todos, que en sus actos no se tenga en cuenta otra consideración que el bien público, y quiere todo esto para que los que obedecen no sean esclavos de los que gobiernan; para que haya verdadera libertad; para podernos liberar del gobierno teocrático; para que los granadinos realmente tengan aseguradas sus personas y sus propiedades; y para que las garantías no sean enga- ñosas promesas.
De otra parte, menos de tres meses después, en el periódico La Civiliza- ción del 4 de octubre de 1848, Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro
publicaron un artículo con el título de Programa Conservador de 1849, que es hoy reconocido como el primero del partido, pues enuncia los ocho principios que lo guiarían en el futuro:
El orden constitucional contra la dictadura; la legalidad contra las vías de hecho; la moral del cristianismo y sus doctrinas civilizadoras contra la inmoralidad y las doctrinas corruptoras del materialismo y del ateísmo; la libertad racional, en todas sus diferentes aplicaciones contra la opresión y el despotismo monárquico, demagó- gico, literario, etc.; la igualdad legal contra el privilegio aristocrático, universitario o cualquier otro. La tolerancia real y efectiva contra el exclusivismo y la persecución, sea del católico contra el protestante y el deísta, o el ateísta contra el jesuita y el fraile, etc.; la propiedad contra el robo y la usurpación ejercida por los comunistas, los supremos o cualquier otro; la seguridad contra la arbitrariedad de cualquier género; La civilización, en fin, contra la barbarie.
Y termina este programa aclarando que “ser o haber sido enemigo de Santander, de Azuero o de López, no es ser Conservador”.
Estos partidos se convirtieron rápidamente en nacionales y es precisa- mente este punto el que es importante resaltar. Primero, puede explicar este hecho el que nacieran los dos partidos en la capital, Bogotá. En este sentido, si bien es cierto que la búsqueda de las autonomías regionales estaba liderada por sus propios caudillos, lo cierto es que para triunfar debían tomarse a Bogotá, esto es, controlar la capacidad del gobierno central para disminuir o aumentar esa pretendida autonomía, por lo que afiliarse a uno de los dos partidos era, al mismo tiempo,
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M ic h ae l J. L aR o sa y G er m án R . M ej íagarantía para conseguir apoyo de otras regiones e impedir que el oponente utili- zara los mecanismos de gobierno para imponer su modelo de Estado. Segundo, la continuidad que ofrecían las líneas de autoridad familiares y laborales que se habían consolidado desde épocas coloniales por la sociedad patriarcal y corpo- rativa que había echado fuertes raíces en el país. Del padre al hijo y del patrón al trabajador, las opciones políticas se heredaban y su trasgresión podía causar estragos tanto en las relaciones familiares como en las lealtades basadas en el principio de obediencia al patrón. Tercero, esas opciones heredadas, o las que se establecieron como producto de nuevas relaciones familiares o laborales, siguieron el curso de los movimientos de población que, como examinamos ante- riormente, se dieron con gran fuerza durante los últimos dos siglos, por lo que los partidos hicieron fácilmente tránsito a las nuevos territorios y fueron de la mano con el crecimiento demográfico del país. Cuarto, el sistema electoral, ya fuera por elección indirecta mediante electores, o secreta y universal, propició que se mantuvieran y crecieran los partidos en las regiones ya que los candidatos surgían inevitablemente de las filas de estos, pues, de una parte, pese a que la posibilidad de enfrentar intereses ideológicos o regionales diversos dentro del mismo partido llevó a que estos se dividieran internamente, ello no generó la creación de partidos diferentes; y, de otra parte, el control que los partidos lograron tener tanto de la mecánica electoral como de la contratación de funcionarios en los cargos no sujetos a elección, hizo que ellos se convirtieran en el único camino para acceder a los puestos tanto políticos como administrativos en cualquiera de los niveles del sector público. Quinto, relacionado con el punto anterior, la población quedó atada a los partidos para conseguir los beneficios del Estado, pues solo a través de ellos se podían beneficiar de acciones de fomento, justicia y protección, dado el monopolio que lograban imponer en la burocracia del sector público. Sexto, finalmente, tanto el Estado como el partido político, en la medida en que se ataron de tal manera que la suerte de uno era la del otro, dieron lugar a una dinámica de crecimiento y consolidación que hizo que se confundieran entre sí.
Este último aspecto, sin embargo, dio lugar a uno de los problemas que permiten entender, entre otras razones, la debilidad crónica del Estado colom- biano: gobernar estaba sujeto a la capacidad de un partido de controlar los aparatos de Estado no solo en el centro sino también en cada lugar del país, y eso nunca fue posible pues el control partidista podía variar en cada región. En otras palabras, controlar el Estado central y monopolizar sus principales institu- ciones no era aún garantía de obediencia en todo el territorio, ya que el partido en la oposición la ejercía precisamente desde aquellos lugares donde seguía siendo mayoría, y en el caso de cerrársele esa posibilidad reaccionaba mediante el recurso a la oposición armada, esto es la violencia política. De esta manera, los mismos mecanismos que hicieron nacionales a los partidos, generando así los
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H iS to R iA C o n C iS A D E C o Lo M b iA (1 8 1 0 -2 0 1 3 )colombianos liberales y los colombianos conservadores sin importar el lugar de residencia o sus culturas provinciales, fortalecieron al Estado; pero una vez en el gobierno, el partido político de turno se exponía a confrontaciones cuando se mostraba incapaz de entender la administración pública con un criterio diferente al de la filiación al partido.
La construcción de una nación colombiana está, entonces, atada al parti- dismo político. Por ello, la filiación política liberal o conservadora se convirtió en una de las razones del ser colombiano hasta los años del Frente Nacional. Es importante advertir, sin embargo, que en esas filiaciones cabían matices, aun divergencias, pero rara vez por fuera de los propios partidos. Las razones podían variar, pero casi siempre se dieron entre posiciones radicales y mode- radas en cada partido, entendiendo por las primeras aquellas que se fraguaban desde los principios doctrinales, y las segundas en las conveniencias que facili- taba el pragmatismo político para el avance del capitalismo y la vida burguesa. Así mismo, cuando la confrontación partidista llegaba al extremo de poner en riesgo al propio Estado, surgía desde los sectores moderados y como válvula de escape el acuerdo interpartidista: sucedió en 1854 con la reacción de sectores corporativos contra las reformas liberales, las cuales habían abolido todo fuero y privilegio según el principio de que la comunidad política debía fundarse en la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos que la componen; de 1880 a 1884 cuando el Partido Nacional permitió el acercamiento de los liberales moderados a los conservadores; en 1910, con el triunfo del Republicanismo en las elecciones de ese año, que vinculó esta vez a los conservadores moderados con los liberales; en 1946 y 1948, de limitados alcances, pero propiciado por los sectores mode- rados de ambos partidos ante la debacle política que se venía venir; y el Frente Nacional, entre 1958 y 1974 pero con continuidad hasta 1986, como solución a esa crisis partidista de mediados del siglo XX y desmonte del modelo político impuesto por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.
En efecto, el Frente Nacional, mediante el acuerdo para gobernar de manera alternada y paritaria, camufló el tipo de disputas que habían aquejado al Estado hasta 1958, unas disputas que para entonces ya no eran acerca de ideo- logías sino de control sobre la burocracia. Tal acuerdo coincidió con la notoria secularización, urbanización y aburguesamiento de la sociedad colombiana. Igualmente, la paridad en los cargos públicos propició que el ciudadano cambiara de partido como estrategia para mantener o conseguir un puesto que le asegu- rase el sustento, rompiendo así viejas lealtades; al mismo tiempo, los jóvenes en las ciudades ya no encontraron en la filiación política un lazo de unidad familiar y tampoco un factor de identidad provincial o generacional.
Posteriormente, la reforma del Estado en 1991 favoreció la creación de nuevos partidos políticos, organizados como estrategia electoral o claramente
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M ic h ae l J. L aR o sa y G er m án R . M ej íacomo alternativa política a los modelos tradicionales de dominio; al tiempo que, no menos importante, la corrupción de algunos de los políticos, expresada en sus alianzas con narcotraficantes o paramilitares cuando no en el uso de los recursos públicos en beneficio propio, y de funcionarios llegados a los cargos públicos en pago de favores electorales y no por sus capacidades y conoci- mientos, comenzaron a ser sistemáticamente develados, lo que propició escepti- cismo cuando no claro abstencionismo y aun despolitización en amplios sectores de la población.
Todo esto en conjunto favoreció la “personalización” de la política durante los veinte años que han transcurrido desde la Constitución de 1991: los partidos ahora son maquinarias electorales en función de una persona que, según su carisma personal, puede llegar a adquirir las dimensiones de un caudillo. Sin embargo, los excesos a que esto puede dar lugar, dispararon de nuevo la válvula del acuerdo interpartidista, no tanto en las últimas elecciones presidenciales, las de 2010, como en la organización del nuevo gobierno a que dio lugar. De esta manera, ya los partidos tradicionales no son necesarios para darle uno de sus fundamentos al ser colombiano; pero sin ellos, que siguen siendo indispensables para mantener al Estado funcionando adecuadamente –con todo lo positivo y negativo a que han dado lugar–, no hubiera sido posible construir la Colombia de hoy.