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La problemática creada por los sectores dominantes en nuestra sociedad

La inflación es el crecimiento generalizado de los precios y se refleja en el deterioro del po- der adquisitivo del dinero. El dinero es el me- dio de pago creado por el Estado a través del Banco Central, por ende, la inflación perjudica a los que tienen ingresos fijos, generando una

puja entre los que pueden fijar precios1 y los que

no, afectando así a la población. Paralelamente, afecta a la capacidad de ese Estado de contar con un medio de cambio idóneo y que, a la vez, sea instrumento de ahorro, combinación esencial para generar lo que en economía se llama “seño- reaje”, que no es otra cosa que el financiamiento del gasto público con emisión monetaria. Por ende, la inflación, en diversos grados, genera a quienes se perjudican con ella (los que tienen in- gresos fijos y finalmente el Estado que pierde el manejo de los instrumentos de política econó- mica), y a los que se benefician con ella, que son los formadores de precios. Mayor es el beneficio cuanto más poder tienen de fijar dichos precios.

En una economía como la de la Argentina, fuertemente concentrada en pocas empresas, y pocos y grandes productores y comercializado- res, sobre todo tras la dictadura militar (1976- 1983), el límite que tienen para fijar precios es la convalidación de la demanda (que alguien se lo pague). La inflación es el mecanismo que tienen los formadores de precios para apropiarse de una mayor productividad del trabajo. De otro modo, debería aumentar el salario real, cosa que puede llegar a suceder, pero siempre en menor proporción que el aumento de la tasa de ganan- cia, y que es de lo que “nunca se habla”, como nos enseña Enrique Silberstein en el epígrafe que da inicio a este capítulo.

Una vez enmarcado el concepto y las causas, es fácil entender por qué el proceso inflacionario en la Argentina se desata con el primer peronis-

mo2, que incrementó fuertemente el gasto esta-

1 Por supuesto, cuando mayor poder económico se tiene, es mayor la capacidad de formar precios, con lo que afecta no sólo la distribución del ingreso entre el capital y el trabajo, sino también la distribución del ingreso desde las empresas pequeñas a las grandes.

2 La política del primer peronismo consistió en “tirar” la demanda, buscando el efecto acelerador de la inversión, que pasó y, en

tal (y su financiamiento vía emisión monetaria) y, al industrializar al país, dejó que se fijaran li- bremente y en paritarias los salarios. Toda esa expansión de la demanda agregada, que implicó el fuerte crecimiento del Producto Interno Bru- to (PIB), se llevó a cabo con una mayor inclu- sión social y una mejora en la distribución del ingreso. La defensa “natural” de los intereses de los formadores de precios fue, y es, la inflación. De otra forma, hubieran perdido parte de sus ganancias por el incremento de los salarios.

El modelo que encarnaba el peronismo (y el viejo radicalismo de Arturo Illia y de Bernardo Grinspun) es el de una alianza de hecho entre los trabajadores y los productores que venden al mercado interno, de manera tal que se crecía en base al fortalecimiento del mercado local por mayor remuneración al trabajo. Pero esto tuvo (y tiene) dos límites. Uno, proviene de que el país no puede producir todo lo que necesita, y debe importar insumos y técnicas indispensa- bles para su desenvolvimiento, con lo que la tasa de incremento de las importaciones es mayor a

la del producto3, y con ello se produce el “es-

trangulamiento del sector externo” (las expor-

gran medida, pero como los empresarios no aumentaron la inversión en similar magnitud, también aumentaron los precios. Es de destacar la actitud el gobierno de esa época, que el mundo salía de la Segunda Guerra Mundial y los alimentos y las materias primas tenían un precio muy alto, a través de las Juntas de Granos y de Carnes, y del IAPI, se regularon los precios para no encarecer (aún más) la vida de la población. Con ello, paralelamente, al tener alimentos “baratos”, el costo salarial era menor, con lo que se produce una transferencia de ingresos de los productores del campo a la industria, siempre en un marco crecientemente inflacionario.

3 Para la Argentina del periodo 1980-2015, el promedio fue: por cada punto que crecía el PIB, las importaciones lo hacían en tres puntos.

taciones son insuficientes para pagar las impor- taciones). El otro límite consiste en que, en ese marco, nuestra burguesía, por su predisposición a subordinarse al capital internacional, es inca- paz de liderar un proceso de desarrollo.

Esto no fue siempre tan así, pese a lo ante- dicho. Nuestro país supo ser el más integrado de toda América Latina, basado en el trabajo, con una estructura económica afín, que fue des- truido por un modelo con los mismos objetivos que ahora plantea el macrismo, pero impuesto a sangre y fuego por la dictadura cívico-militar. La construcción de la estructura productiva in- dustrializada y diversificada desde 1945 a 1974 fue el sostén de una economía en crecimiento con mejoras en la distribución del ingreso, a la vez, determinante del modo de relaciones co- merciales internacionales al final de ese período liderada por los acuerdos con la ex URSS donde se cambiaba carne y trigo por represas. En ese período, los grupos sociales, apuntalados por el gobierno, buscaron producir la mayor cantidad de bienes y servicios para un mercado interno que no paraba de crecer. La política económi- ca de esos años amalgamaba la protección del mercado internos (y con ello del consumo) y apuntalaba la inversión, lo que garantizaba el crecimiento económico. El Estado cumplía un rol orientador y de defensa de las empresas nacionales, especialmente de las PyMEs y del trabajo. Recordemos, por ejemplo, que fue la llamada “Revolución Libertadora” –denomi- nada así por derogar la Constitución Nacional de 1949–, la que convocó a una reforma de la misma en 1957, y el Constituyente de la UCR, Crisólogo Larralde, impuso el Artículo 14 “bis” de la Constitución argentina.

En 1973, ya siendo Juan Domingo Perón presidente de los argentinos por tercera vez, se aprobaba la Ley N° 20.557 que buscaba limi- tar a la inversión extranjera y que se realizara en tanto no perjudicara la capacidad decisoria del país, no significara una carga gravosa de futuros pagos y demostrara tener efectos positi vos para el desarrollo nacional. Atento a tales principios,

esta blecía que en ningún caso podría otorgarse a inversores extranjeros tratamiento más favorable que a los nacionales y que debían solicitar pre- viamente autorización para radicarse en el país. Este trato severo hacia el capital extranjero se complementaba con el estí mulo a las empresas de capital nacional. Entre el fantasma del comu- nismo y la organización económica y social que el país había conseguido en ese entonces, se tor- nó necesario, para los sectores dominantes y su- bordinados a los Estados Unidos, que este mo- delo dejara de existir, para dar lugar, genocidio mediante, a la apertura financiera y comercial externa, y con ello, la desindustrialización y el desempleo como regulador del conflicto social, lo cual concluyó en el año 2002 en crisis interna por pobreza y crisis externa por deuda.

Cuenta el sociólogo norteamericano, James Petra, que la primera vez que vino a la Argentina en 1969, se encontró con un país fuertemente industrializado, que producía locomotoras, au- tomóviles, toda la línea blanca, artefactos para el hogar y que tenía bases sólidas e importan- tes en el área electrónica y de computación. Se entrevista con él por ese entonces el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Elbio Cohelo, y le pregunta por qué contando con una clase trabajadora disciplinada y capacitada y con perspectivas de mayor capacitación, no se decidían a ser un país industrial. La respuesta fue: por eso, porque la clase obrera era numero- sa, capacitada y consciente, y le podía disputar el poder. Pese a los varios gobiernos militares en ese lapso de tiempo, el modelo económico so- brevivió hasta el 24 de marzo de 1976 en que cambió integralmente la lógica que articulaba la producción y la sociedad, para reemplazarlo por una estructura productiva y distributiva con un bloque de poder hegemónico y una dinámica de funcionamiento diferente en la reproducción del circuito económico, fundado en el temor que confesara el presidente de la UIA. El nuevo modelo, orientado y dependiente del exterior, tuvo como instrumento clave el endeudamiento y la valorización financiera del capital, la apertu-

ra externa irrestricta al comercio y los capitales, y la acumulación rentística y financiera. Tradu- cida en retraso de salarios, liberación de precios, revaluación cambiaria, fomento a la competen- cia externa, así como altas y confiscatorias tasas de interés. El previsible resultado fue una caída sin precedentes del nivel de vida de la población (con una inflación promedio del 193% anual de 1976 a 1981), que arrastró la caída del mercado interno, y con ello del PIB.

Terminada en catástrofe, la dictadura dejó como legado la destrucción de eslabones de la cadena productiva, una fuerte concentración y extranjerización económica y una impagable deuda externa. El país engendrado por la dicta- dura militar de Videla y Martínez de Hoz buscó destruir la alianza de hecho entre trabajadores y productores ligados al mercado interno argenti- no, subordinando nuestra producción y nuestra riqueza al capital externo, proceso liderado por grandes empresas locales que conforman grupos económicos y empresas trasnacionales funda- mentalmente de origen estadounidenses y/o que cuentan con el apoyo de los Estados Uni- dos, máxime que ese país sigue siendo la primera potencia mundial, y continua en su rol hegemó- nico en la región. Los Estados Unidos inclusive reconvierten fuertemente su sector energético de manera tal que, más de la mitad de sus insu- mos energéticos, son producidos en los Estados Unidos. Y en este siglo XXI, Texas produce más petróleo que Irán, a la par que realiza impor- tantes inversiones que aumentan considerable- mente su productividad. Si a la de tener parte del problema energético resuelto, le sumamos su gran capacidad técnica, podemos inferir el crecimiento sostenido de Norteamérica, y el peso creciente de esas empresas de ese origen en nuestro país y en la región. Esas empresas tienen capacidad de producción y de distribución muy superior, comparada con una economía relativa- mente pequeña como la nuestra. Esto le permite concentrar y centralizar en pocos establecimien- tos que producen en segmentos muy determina- dos y/o en actividades extractivas dependientes

como engranaje de la corporación trasnacional. En buena medida el poder de los Estados Uni- dos está en función de esas grandes empresas que han captado el consumo masivo y el uso de las marcas y patentes de nuestros países. Paradó- jicamente, en la gran mayoría de los casos, las filiales de esas trasnacionales son marginales en ese aglomerado económico y traen directamente la tecnología e insumos clave del exterior con lo que acrecientan la dependencia y no generan valor agregado en la región.

Osvaldo Sunkel, en un trabajo muy reputa- do, dice textualmente:

La corporación internacional actúa y planea en términos que el proceso de modernización in- corpora a las nuevas estructuras productivas a los individuos y grupos especialmente aptos para el sistema impuesto de racionalidad y eficiencia, por otra parte, repele a los individuos y grupos socia- les que no tienen cabida en la nueva estructura productiva o no tienen condiciones para adaptar- se a ellas (1972).

Es importante destacar que, este proceso, no solamente tiende a limitar la formación de un empresariado nacional, sino también clases me- dias nacionales (incluyendo grupos intelectua- les, científicos y técnicos nacionales) e incluso una clase obrera nacional. El avance del proceso de modernización actúa, en efecto, introducien- do una cuña a lo largo de la franja en que se encuentran los segmentos integrados y no inte- grados tendiendo a incorporar a parte de los em- presarios nacionales como gerentes de las nuevas empresas y marginando a los no aprovechables, incorporando a algunos de los profesionales, técnicos y empleados adaptables y marginando al resto y a los que no lo sean; e incorporando parte de la mano de obra calificada o con condi-

ciones para calificarse4 y repeliendo al resto y a

aquella otra parte que se supone no pueden tener niveles de calificación técnica e incluso cultural para adaptarse a las nuevas condiciones. Recor-

demos que, en dicho trabajo, Osvaldo Sunkel va a ponderar la doble dependencia del sector externo, por un lado, de la producción prima- ria (para nuestro país hoy fundamentalmente la soja), y la necesidad de importar insumos, má- quinas, equipos, y tecnología de las grandes cor- poraciones, los que condicionan y subordinan a la economía nacional a las trasnacionales, amén de depender de la administración que ellas ha- gan de las divisas.

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