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El proceso de formación para el amor

visto como una forma elevada de encuentro

1. El proceso de formación para el amor

El recorrido que hemos hecho hasta descubrir el puesto que ocupa la afectividad en nuestro desarrollo personal –des- cubrimiento 12º– nos permite ahora clarificar a fondo cómo hemos de vivir el proceso de formación para el amor. Es un proceso de transfiguración que culmina la serie de transfigu- raciones vividas a lo largo de los doce descubrimientos.

Sigamos de cerca a dos jóvenes que sienten en sí el aleteo del amor mutuo y quieren recorrer el camino del noviazgo hacia la alta cota del matrimonio. Supongamos que se lla- man Juan y María. Para mayor brevedad, voy a dirigirme só- lo a Juan, pero cuanto le diga afecta también a María, natural mente.

Veo a Juan y le pregunto si ama a María. El me responde que le apetece sobremanera estar con ella, verla, tratarla. Yo le advierto: “¡Cuidado, Juan, que apetecer no es todavía

amar!”. Pero “¿es malo sentir atracción hacia alguien?”, me

pregunta. No lo es, le explico yo. Pero tampoco puede con- siderarse ya como amor. Es sólo el comienzo del proceso amoroso. Apetecer es propio del nivel 1. Y no olvidemos que la actitud propia de este nivel es la de dominar, poseer, ma - nejar y disfrutar. Si estoy hambriento y soy goloso, tomo un pastel y me lo como ansiosamente. El pastel desaparece, pero no me quedo diciendo: “¡Qué lástima, que no volveré a verlo, con lo que yo le quería...!”. No, no le quería (nivel 2); lo

apetecía, que es bien distinto.

Esta distinción me recuerda la siguiente anécdota. Dos jó- venes se casaron y parecían entenderse bien, pero un mal día

el esposo le dijo a la esposa: “Me voy, porque en realidad a quien amo es a una compañera de trabajo”. ¿De verdad la

amaba? ¿O, más bien, la apetecía, porque era más vistosa y le

resulta más “rentable” en las relaciones íntimas? Recordemos que el adjetivo “rentable” es propio del nivel 1 y su uso care- ce de sentido en el nivel 2. Debemos aquilatar bien los concep- tos pues, de no hacerlo, tergiversamos la realidad y queda al descubierto que no sabemos pensar con la debida precisión.

Juan, entonces, me pregunta: “¿Qué debo hacer para con- vertir la apetencia –es decir, la atracción primera– en autén- tico amor?” Cuando trates a una chica –le respondo–, pre- gún

tale a tu voz interior seriamente: “¿Qué pretendo con es- ta relación? ¿Pasar el rato, divertirme (nivel 1), o crear un verdadero encuentro con ella, una relación que pueda llevar- nos a un alto grado de creatividad, como es fundar un hogar y dar vida a nuevos seres (nivel 2)? Esto último –fundar un hogar– es grandioso; implica un alto grado de creatividad. Lo anterior –reducir la otra persona a medio para los propios fines– es mezquino, pues significa rebajarla al nivel 1. Querer de veras a una persona es una actitud propia del nivel 2. To- marla como mera fuente de diversión y gratificaciones supo- ne una manipulación altanera, una desmesura que envilece a quien la comete. Envilece porque no es creativa, no crea na- da, se reduce a una llamarada sentimental. En cambio, el au- téntico querer es muy fecundo, pues su fruto es el en cuentro, visto en toda su riqueza.

La formación para el amor es formación para el encuentro, bien entendido. Juan me pregunta, entonces, qué debe hacer para crear una relación de encuentro con María. Mi respues-

ta es clara: “Ésta es la gran tarea del noviazgo. Para llevarla a cabo, decídete a ser generoso con María. La generosidad es la clave de toda relación humana auténtica. No te quedes nunca en el primer valor que encuentres; no te apegues a las ganancias inmediatas. Pasa más allá. Sube al nivel 2, el de la generosidad. Moviliza la imaginación para descubrir qué es lo que hace feliz de verdad a María y proponte, como una meta, conseguirlo. Compórtate de modo abierto, veraz, fiel, paciente, cordial, participativo, comunicativo..., y verás có- mo dejas de querer sólo el halago que te producen las buenas cualidades de María; querrás a María como persona. Este es el gran cambio, el que nos eleva del nivel de la apetencia –ni-

vel 1– al nivel del amor –nivel 2–”.

Se trata de una verdadera transfiguración, una transforma- ción inmensamente superior a la que hemos realizado –en el primer capítulo– con una tabla y con un papel. Merced a ella, ya no ves en María sólo un cuerpo adorable; ves a la persona, a todo aquello que sugiere su nombre: María. Esta elevación de espíritu te permite tomar la gran decisión y de- cirle estas palabras decisivas: “Tengo muchos motivos para

quererte, pero ahora te quiero a ti, María, por ser quien eres, no sólo por lo que eres. De ahí mi deseo de crear contigo un hogar en las alegrías y en las penas, en la salud y en la en - fermedad”. Y, sin pretenderlo, pronunció la fórmula del ma-

tri monio.

Juan se encuentra ya en el nivel del verdadero amor –el del encuentro–, pero tal vez tema que este amor puede fallar y me pregunta si hay alguna garantía de que el amor perdure. Mi respuesta es decidida: “En la vida humana no hay garan-

tías absolutas. Hoy me hallo en plena forma y mañana puedo levantarme agotado. Pero hay una garantía muy firme de que nuestra actitud amorosa perdure cuando nuestro amor es au-

téntico. Y lo es si cumplimos las condiciones del encuen tro (ni- vel 2) y optamos incondicionalmente por el ideal de la unidad,

eminente valor que implica también la bondad, la verdad, la belleza, la justicia (nivel 3). Si optas por estos va lores con la firmeza de las decisiones fuertes, estarás dis pues to, en toda cir- cunstancia, a cumplir las condiciones del encuentro: la fideli- dad, la cordialidad, la comunicación amo rosa, la par ticipación cordial... Al elevarnos al nivel 3 –bien fundamentado para los creyentes en el nivel 4–, nuestra vida ética logra un grado muy alto de madurez. Esta madurez interior es la gran garantía de que el amor sea auténtico y perdure”.