037 Descubrir la grandeza de la vida una vía de ascenso a la madure

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Descubrir la grandeza

de la vida

Una vía de ascenso

a la madurez personal

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Descubrir la grandeza

de la vida

Una vía de ascenso

a la madurez personal

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©EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2009 C/ Henao, 6 – 48009 BILBAO

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Impreso en España – Printed in Spain

ISBN: 978-84-330-2287-5 Depósito Legal: BI-3510-08 Impresión: RGM, S.A. – Urduliz

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Prólogo . . . 13

Introducción. . . 17

I. Conocimiento de la vida humana por vía de experiencia . . . 25

1. Experiencia del crecimiento personal a través de doce descubrimientos . . . 27

1. La formación de guías culturales y espirituales. . . 28

2. Descubrimiento de las doce fases del desarrollo humano. . . 36

Las realidades abiertas o “ámbitos” . . . 36

Las experiencias reversibles . . . 39

El encuentro . . . 42

Los valores y las virtudes. . . 54

El ideal de la vida . . . 55

La transformación de la libertad de maniobra en libertad creativa . . . 63

Cómo colmar de sentido incluso las vidas aparentemente anodinas . . . 64

La capacidad de ser eminentemente creativos, aún no siendo genios . . . 66

La importancia de las interrelaciones y del pensamiento relacional . . . 67

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El lenguaje y el silencio, vehículos del encuentro . . . 69

Fecundidad del proceso de éxtasis y carácter destructor del proceso de vértigo . . . 72

La función decisiva de la afectividad en nuestra vida personal . . . 77

Síntesis: doce descubrimientos, doce transfiguraciones . . . 80

Temas para la reflexión . . . 81

2. Los niveles de realidad y de conducta . . . 93

1. Niveles positivos . . . 95

Integración de los niveles positivos . . . 110

Un ejemplo de integración de los niveles positivos . . . 116

2. Niveles negativos . . . 120

Un ejemplo de caída en los cuatro niveles negativos . . . 123

3. La condición relacional de los seres y la interrelación de los niveles . . . 125

Temas para la reflexión . . . 128

II. Fecundidad de los doce descubrimientos para el logro de una vida creativa. . . 133

3. La grandeza del amor conyugal, visto como una forma elevada de encuentro . . . 135

1. El proceso de formación para el amor . . . 139

2. El matrimonio, escuela de unidad . . . 142

3. Una clave de interpretación. . . 152

Temas para la reflexión . . . 154

4. La literatura y el cine de calidad, fuente de poder de discernimiento . . . 157

1. Interpretar una obra es hacer juego con ella . . . 158

2. Exigencias de este método de análisis . . . 161 Distinguir los diferentes niveles de realidad y de conducta 161

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Conocer el secreto de la transfiguración poética . . . 173

Rehacer las experiencias básicas de las obras y descubrir la lógica de los procesos que las articulan. . . 177

Captar la expresividad de las imágenes . . . 180

Percibir el poder expresivo del lenguaje . . . 185

Temas para la reflexión . . . 187

5. La conversión de los profesores en formadores . . . 193

La colaboración de cinco asignaturas con la clase de ética . . . 195

Temas para la reflexión . . . 205

6. El desarrollo de la persona y la eficacia profesional . . . 209

Fecundidad de la excelencia ética para la actividad empresarial. . 211

Conclusión: Valoración del nexo entre ética y empresa a la luz de la Escuela de Pensamiento y creatividad. . . 220

Temas para la reflexión . . . 225

7. La manipulación y el colapso de la vida personal. . . 229

1. La manipulación al trasluz . . . 230

Manipular significa manejar . . . 230

Es manipulador el que quiere vencer a otras personas sin convencerlas, sin ofrecerles razones . . . 231

La meta del manipulador no es hacer felices a los manipulados, sino dominarlos . . . 234

La manipulación de las gentes se realiza mediante el lenguaje y la imagen . . . 234

2. Confrontación de la actitud manipuladora y la actitud inspirada en el ideal de la unidad . . . 241

3. El antídoto contra la manipulación y la salvaguardia de la libertad creativa . . . 244

Temas para la reflexión . . . 246

Conclusión . . . 249

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Estabreve obra quiere invitar al lector a una experiencia gratificante: descubrir por propia cuenta las doce fases de nuestro desarrollo personal. Este descubrimiento irá suscitan-do en él una serie de transfiguraciones, que lo llevarán a una alta cota de madurez ética. La formación ética no implica só-lo la adquisición de una trama de conocimientos bien articu-lados; supone la puesta en forma de nuestras mejores posibi-lidades creativas. A través de una larga experiencia he llegado a ver con toda lucidez que la vía óptima para formarnos y for-mar a otros no consiste tanto en trasmitir contenidos cuanto en ayudar a descubrirlos. El que descubre algo valioso por su cuenta –aunque sea con ayuda externa– queda interiormente persuadido de su valor y bien dispuesto para asumirlo en su vida y comunicarlo a otros de forma convincente. Esta clave de orientación pedagógica se muestra sobremanera fecunda cuando queremos vislumbrar la grandeza que podemos ad-quirir si somos fieles a nuestra vocación más íntima.

Para verlo de modo experiencial vamos a recorrer, una a una, las doce fases de nuestro desarrollo personal. Con ello

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logramos dos metas vinculadas entre sí: aprender a pensar

con rigor y vivir creativamente. Al hacerlo, descubrimos los

distintos niveles en que podemos vivir: los positivos y los ne-gativos. Nos impresionará entonces ver, como en una especie de mapa, nuestra situación en la vida: nuestra forma de co-nocer y tratar las realidades del entorno –que nos ofrecen toda suerte de posibilidades–, nuestra sensibilidad para los grandes valores y la hondura de nuestra mirada, que puede quedarse prendida en lo superficial o bien penetrar hasta las honduras donde se decide el sentido de nuestra existencia.

Esta primera incursión en nuestro proceso de crecimiento se clarifica y amplía al captar el mensaje humanístico de las obras literarias y cinematográficas de calidad. Tal experiencia nos permite prever a dónde nos llevan las distintas formas de conducta y prevenir las consecuencias destructivas de algunas muy seductoras. Este poder de discernimiento es decisivo para configurar las diversas formas de vida comunitaria: la familia, la empresa, el centro formativo... Lo constataremos en los capítulos dedicados al incremento de nuestra vida pro-fesional –en concreto, la empresarial–, al cultivo de la vida amorosa, a la conversión de los profesores en auténticos

for-madores...

El lector podrá advertir bien pronto que, con un estilo claro y directo, este libro se propone conseguir logros muy importantes para nuestra vida y nuestro entorno. Y lo con-sigue con creces, pues nuestros espacios interiores se am-plían de forma sorprendente cuando entramos en juego con realidades que nos otorgan múltiples posibilidades creativas. Este horizonte de creatividad que se nos abre eleva nuestra

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autoestima y acrecienta nuestras previsiones de una vida al-tamente cualificada.

No dedicaremos tiempo a lamentar las precariedad de la formación actual, los riesgos que entraña el clima cultural en el que crecen nuestros niños y jóvenes, las deficiencias de to-do orden que muestra nuestra sociedad. Nos entregaremos, sin vacilación alguna, a la tarea ilusionante de descubrir las posibilidades que tenemos de crear formas elevadas de en-cuentro y hacer surgir, con ello, ámbitos de auténtica cultura, que constituyen nuestro “elemento vital”, el lugar por exce-lencia de nuestro crecimiento como personas.

Hoy se habla, con razón, de la necesidad de conseguir una “mirada profunda”, un modo de ver no miope sino de largo alcance, no unilateral sino comprehensivo, no superficial sino penetrante y profundo. El proyecto que propongo persigue decididamente ese objetivo, poniendo en juego desde el prin-cipio esa forma de mirar, de sentir y proyectar. En cuanto ha-blamos de realidades “abiertas”, que abren paso a las expe-riencias “reversibles”, en cuya cima se realizan los distintos modos de encuentro y se descubre lo más importante de la vi-da –el ideal de la univi-dad–, sentimos que estamos en el buen camino. Cuando luego nos damos cuenta de que, al optar por ese ideal, descubrimos de forma rápida y lúcida los siete as-pectos de la vida que nos elevan a un nivel de excelencia –la libertad creativa, el sentido, la creatividad, el lenguaje autén-tico, la afectividad plena...–, nos vemos literalmente elevados a lo mejor de nosotros mismos. A ese gozoso proceso de ele-vación le llamaron los antiguos griegos “éxtasis”, término que tiene el significado básico de “salir de”, pero pronto adquirió el sentido de “salir de sí para elevarse a lo más alto”.

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No intenta este libro transmitir una multitud de conoci-mientos a sus amables lectores, sino invitarlos a una experien-cia entusiasmante. Lo que ésta dará de sí lo irán descubriendo ellos mismos; más todavía: lo irán suscitando con su colabo-ración. Porque lo impresionante de este tipo de experiencias es que las realizamos nosotros pero es gracias a la energía que nos transmiten las realidades buscadas. Por eso no podemos dar, de antemano, una idea precisa de lo que vamos a encon-trar. Lo procedente es animarnos a participar, a acercarnos todos al área de irradiación de los grandes valores, con los que sin duda vamos a intimar si respondemos positivamente a la invitación que nos hacen a asumirlos de modo activo.

Esta obra está diseñada de forma que se establezca una re-lación interactiva entre el autor y el lector. Con ese fin se han añadido a cada capítulo varios temas para la reflexión, suma-mente útiles para asimilar las claves de orientación expuestas en el mismo. Esta coordinación de teoría y práctica dispone al lector para realizar con sumo provecho los tres cursos on line que ofrece la Escuela de Pensamiento y Crea tividad y que otorgan el título de “Experto universitario en

creativi-dad y valores”, según puede verse en la web

www.escuela depensamientoycreatividad.org.

Alfonso López Quintás

Catedrático emérito de Filosofía (Universidad Complutense, Madrid), miembro de la Real Academia Española de

Ciencias Morales y Políticas, de L´Académie Internationale de l´Art y de la International Society for Philosophie

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Hoy se reclama, en todo el mundo, una forma de educa-ción que ofrezca a las personas –sobre todo, niños y jóvenes– recursos suficientes para orientarse debidamente en una época tan desconcertada como la actual.

Esta alta eficacia del método educativo ha de lograrse sin necesidad de dedicarle un tiempo del que no solemos dis-poner. Las actividades que se programen y los materiales que se faciliten –conferencias, cursos, talleres, libros, folletos, medios audiovisuales...– han de ser breves, pero lo suficien-temente sugestivos para que prendan la atención y susciten entusiasmo.

Estas condiciones sólo puede presentarlas –a mi entender– un método que proceda por vía de descubrimiento y suscite

admiración ante las realidades y los acontecimientos descu-biertos. Ese sentimiento de asombro nos instará a proseguir

la búsqueda de lo intuido en principio.

Deseoso de configurar y difundir ese método, no voy a transmitir contenidos con el fin de que los lectores los apren-dan y aumenten su caudal de conocimientos rápidamente.

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Los conocimientos son necesarios, pero más lo es

descubrir-los por propia cuenta. De esta forma, descubrir-los asimilamos

profun-damente, ejercitamos la creatividad, afinamos la sensibilidad para lo valioso. Mi propósito será, pues, sugerir al lector la forma de aprender lo que es la creatividad al tiempo que la ejercita; conocer los valores a la vez que los asume activa-mente en su vida.

Este método dinámico y creativo será sin duda muy ade-cuado para la formación de los niños y los jóvenes actuales. Hoy suelen tropezar los educadores con grandes dificultades en la formación familiar y escolar. A menudo, estiman que los jóvenes han perdido en buena medida la sensibilidad para los grandes valores, a la vista del poco entusiasmo que mues-tran algunos en las clases de ética y religión. Ello les provoca un grado de desánimo y desmotivación preocupantes. Mi ex-periencia, ya un tanto larga, me inclina a pensar que el pro-blema de fondo no reside tanto en los jóvenes cuanto en los métodos de enseñanza. Urge, por tanto, encontrar un méto-do de formación adecuaméto-do a las condiciones peculiares de los educandos.

Este método ha de ser interactivo, pues los jóvenes actua-les rehuyen más que nunca ser sujetos pasivos de la tarea educativa. De ahí la necesidad de que los alumnos se sientan apelados desde el principio, es decir, invitados a colaborar con interés. Tal interés sólo se despierta si se hacen cargo de lo que se les comunica y sienten que les va la vida en ello, por tratarse de cuestiones que les atañen vivamente. Actualmente, los niños y los jóvenes no se mueven a gusto entre abstrac-ciones. Quieren –digamos así– tocar con la mano aquello de

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que se les habla y advertir enseguida que “les interesa para la vida”, como suelen decir. Están acostumbrados a manejar instrumentos y desean tener todo bajo control. Por eso se de-be empezar el discurso por algo que conozcan bien y les per-mita engranar con el discurso del profesor y adherirse activa-mente a él.

Una vez que los alumnos asumen activamente lo que se les transmite, han de poder seguir el discurso con máximo interés. Para ello, la exposición ha de estar muy bien

articu-lada y pasar de un tema a otro de forma conexa, de modo

que resulte patente que todo se halla vinculado por una lógi-ca interna, y es coherente, no arbitrario, sino fiel a la realidad analizada. Esa coherencia hace leve el discurso y mantiene e, incluso, incrementa la atención. La desconexión, en cambio, genera tedio y despego.

La coherencia a que aludo no debe reducirse a la lógica del discurso. Sabemos que éste debe partir de algo familiar al alumno para animarle a participar en la búsqueda que se vaya a realizar. Además de ello, ha de seleccionarse el punto de par-tida de tal modo que prepare el ánimo del alumno para cuan-to se vaya a exponer después. Si el tema básico de la forma-ción humana es el encuentro, debemos empezar disponiendo al alumno –a su entendimiento, su sensibilidad, su capacidad creativa...– para una recta y profunda comprensión de lo que significa en rigor encontrarse. Como luego veremos, este acontecimiento se da en el nivel 2 de realidad y de conducta. Si esto es así, no basta que se lo digamos, en su momento, al alumno; debemos, desde el principio, ayudarle a que ascienda

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de dominio, posesión, manejo y disfrute –propia de un nivel inferior, el nivel 1– y adopte la actitud de respeto, estima y co-laboración que exigen las realidades del nivel 2. De no hacer-lo, no podrá comprender por vía de descubrimiento lo que constituye el fundamento de toda la vida ética y, por tanto, la base ineludible de la formación humana.

El proceso de formación ética no se reduce a incrementar nuestro conocimiento de lo que debe el hombre llegar a ser; implica, a la par, una serie de transfiguraciones, que nos libe-ran del apego a la forma de libertad propia del nivel 1 –la

li-bertad de maniobra– y nos conceden la forma auténtica de

libertad, que es la libertad creativa. Con ello, nos disponen para crear modos de unidad muy elevados con las realidades del entorno propias del nivel 2, las realidades que denomina-remos “abiertas” porque nos ofrecen toda clase de posibili-dades creativas.

Una vez instalado el alumno en este nivel, podrá realizar los 11 descubrimientos restantes y descubrir por sí mismo –con la guía del formador– todo lo que implica el desarrollo de la persona. Así se capacita para dar razón de cuanto acontece en su vida; y puede, por ejemplo, determinar de modo preciso a) la función que ejerce en su crecimiento per-sonal la mentira –entendida, de raíz, como aversión a la ver-dad–; b) la vinculación que se da entre el egoísmo y la tris-teza, la generosidad y la alegría, la caída en los distintos modos de fascinación y la soledad destructora. Queda, con ello, patente que la formación ética auténtica se inicia a buen paso y sólidamente una vez que la búsqueda parte del lugar adecuado.

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Este método formativo –condensado en el gráfico de la pág. 35– cumple el anhelo de la Pedagogía de la admiración, procedimiento educativo que no se limita a enseñar conteni-dos; sugiere la perspectiva adecuada para que cada uno los

descubra y admire. El eminente pedagogo Romano Guardini

consagró la vida a buscar un método semejante para la for-mación ética:

“Nuestra época –escribe– va comprendiendo

claramen-te que 'formar' es algo distinto que 'enseñar', algo tinto de adquirir ciencia y ordenar saberes. Algo dis-tinto de configurar una idea teorética o estética del mundo. La formación es una labor realizada con un ser vivo; con las energías y las aspiraciones vivas del hombre; con la figura interna y externa que va adqui-riendo; con su mundo interior y su entorno”1.

La presente obra intenta exponer de forma concisa las lí-neas maestras de un método de acceso al secreto de la forma-ción ética. Al final del libro veremos con lucidez que los pre-ceptos de la ética no son mandatos impuestos desde fuera; son cauces para lograr nuestro pleno desarrollo. Entonces sa-bremos prever que, si nos dejamos fascinar por cualquier tipo de adicción patológica, no logramos la felicidad; la destrui-mos en su misma raíz. Este poder previsor nos permite asu-mir como algo propio lo que nos advierten los más lúcidos estudiosos de la vida humana. Romano Guardini nos advierte

1. Cf. La fe en nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1965, p. 122. Versión ori-ginal: Das Gute, das Gewissen und die Sammlung, M. Grünewald, Maguncia 1929, 1953, p. XII.

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que “la mentira nos enferma y la verdad nos sana”2. Miguel

de Unamuno nos confiesa: “Soy un terrible egoísta. Ya no

vol veré a gozar de alegría. Lo preveo. Me queda la tristeza por lote mientras viva”3.

La razón profunda de estas previsiones la descubrimos si damos los pasos sugeridos en este libro, que se halla amplia-do en otro titulaamplia-do El secreto de una vida lograda4. Es un

ca-mino entusiasmante hacia la sabiduría. Por él desean llevar-nos di versos pensadores a través de mensajes ardientes.

“... Me he puesto a escribir casi a tientas en la

madru-gada, con urgencia, como quien saliera a la calle a pe-dir ayuda ante la amenaza de un incendio (...). Les pi-do que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valo-rar la vida de otra manera. Les pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que –únicamente– los valo-res del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana”5.

Cómo se conocen esos “valores del espíritu” y de dónde nos viene la energía para optar incondicionalmente por ellos y realizarlos en la propia vida será el objeto de nuestra

2. Cf. Mundo y persona, Encuentro, Madrid 2000, p. 106. Versión original:

Welt und Person, Werkbund, Würzburg, 31950, p. 98.

3. Cf. Diario íntimo, Alianza Editorial, Madrid 1970, p. 123. 4. Editorial Palabra, Madrid 22004.

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búsqueda en este libro. Lo he escrito con la inteligencia y el corazón a partes iguales, y pertenece a esa serie de obras que, desde mi Inteligencia creativa6, se dirigen a elaborar una

“Lógica del corazón”, afín –en alguna medida– a lo que aho-ra se denomina “Inteligencia emocional”.

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Conocimiento de la vida

humana por vía de experencia

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Vamos a descubrir, al principio, el triple arte de mirar: 1) atender a lo inmediato y, a la vez, superarlo, para no ser miopes; 2) contemplar atentamente cada realidad y no perder de vista las que la rodean, para no ser uni-laterales; 3) captar el significado más a mano de cada realidad y acontecimiento pero también su sentido pro-fundo, para no caer en la superficialidad. Entonces dremos dar pasos seguros y gozar, a la vez, de amplias perspectivas.

En enero de 2003, cierto telediario de gran audiencia destacó que nos hallamos en el 33º aniversario de la muerte, por sobredosis, de la cantante Janis Joplin. Se la elogió como la “reina blanca del blues”, y, tras recordar que su vida estuvo entregada a toda clase de drogas, se concluyó que había sido “una mujer totalmente libre”. ¿Están pre parados los jóvenes actuales para descubrir la forma de manipulación que late en este mensaje televisivo? En caso negativo, no están debida-mente formados para vivir en un momento de la historia tan fecundo y tan arriesgado, a la par, como el presente.

1

Experiencia del crecimiento personal

a través de doce descubrimientos

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1. La formación de guías culturales y espirituales

En la película de Ingmar Bergman El silencio, una joven no puede hablar con su amante por no tener una lengua co-mún, y, en un momento de intimidad, le dice con tono satis-fecho: “¡Qué bonito es el que no podamos entendernos!”. Un joven que oye esto ¿se da cuenta de la actitud ante la vi-da que ha adoptado esta joven y de los riesgos que implica para ella? ¿Podría sentirse complacida si supiera lo que sig-nifica alegrarse por no poder hablar con quien se tiene inti-midad corpórea? Si no sabe contestar a estas preguntas, va por la vida con los ojos vendados y no puede guiar sus pasos con una mínima seguridad.

Esta especie de ceguera espiritual constituye una forma de “analfabetismo de segundo grado”, que todos podemos pa-decer en alguna medida1. No saber unir las letras y adivinar

lo que dice un escrito es un modo primario de analfabetismo, y debe ser erradicado pues nos deja desvalidos ante la vida. Si sabemos leer y nos hacemos cargo de lo que se nos co-munica, podemos informarnos debidamente y saber a qué atenemos en la vida diaria. Pero, supongamos que no somos capaces de penetrar en el sentido de lo que leemos u oímos. Recibimos datos del exterior, pero no logramos descubrir lo que significan para nuestra vida. Captamos su significado su-perficial, pero no su sentido profundo. Nos enteramos, por ejemplo, de que una joven está contenta por no poder hablar

1. En qué consiste esta forma de analfabetismo y cuál es la vía óptima para combatirlo lo expongo en la obra Inteligencia creativa. El descubrimiento

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con su amante, pero no vislumbramos siquiera el peligro que implica, en el fondo, tal sentimiento. Bien haremos en tomar medidas para superar esa forma de analfabetismo, que nos deja desconcertados en nuestra vida personal y nos impide regir nuestra conducta con cierta seguridad de éxito.

En los últimos tiempos, las clases dirigentes han mostrado interés en orientar la actividad escolar de tal forma que los alumnos aprendan a pensar bien, razonar con coherencia, de-cidir de modo equilibrado y realista. Este loable propósito no ha tenido siempre el éxito deseado a causa de un puñado de malentendidos. Se pensó, a menudo, que la formación ética consiste en “aprender” valores, y se exhortó a los edu cadores a consagrar tiempo y esfuerzo a tal forma de en señanza. Pero la experiencia nos advierte a diario que los valores no se “aprenden”; se “descubren”. Por tanto, no de bemos los ma-yores “enseñarlos”, sino “ayudar a des cubrirlos”. Cuando se trata de acceder a las realidades su periores en rango a los ob-jetos, podemos decir con toda decisión que conocemos de

verdad lo que descubrimos.

Los valores no sólo existen; se hacen valer, proyectan a su alrededor un aura de prestigio. La tarea del educador consis-te en acercar a niños y jóvenes a esa área de irradiación de los valores, sugerirles que hagan las experiencias necesarias para descubrir por sí mismos su belleza y su inmensa fecun-didad. Hacerse cargo de esa fecundidad y esa belleza es el co-metido de una Pedagogía de la admiración.

Para llevarla a cabo, se necesitan guías adecuados, per-sonas que conozcan a fondo el proceso humano de desarrollo. En una entrevista televisiva, un joven de 18 años manifestó lo

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siguiente: “Hasta hace poco yo era totalmente feliz. Adoraba

a mi madre, admiraba a mi novia, sentía ilusión por mi carre-ra. Pero, un mal día, me entregué al juego de azar y me con-vertí en un enfermo del juego, un ludópata. Ahora, ni mi ma-dre ni mi novia ni mi carrera me interesan nada. Sólo me in-teresa una cosa: seguir jugando. Estoy atado al juego. Y lo que más me duele es que empecé a jugar libremente, y ahora me veo hecho un esclavo”. ¿Le explicó alguien, a tiempo, a

este desventurado lo que es el proceso de vértigo o

fascina-ción y el de éxtasis o creatividad? Probablemente, no. Ni

si-quiera el psicólogo que dirigió la entrevista aprovechó la cir-cunstancia para darle una mínima clave de orientación. Pudo haberle indicado, simplemente, que su desgracia comenzó al confundir la libertad de maniobra con la libertad creativa. ¿Algún formador le ayudó a descubrir que existen ambas for-mas de libertad y que confundirlas bloquea nuestro desarro-llo personal y nos lleva al infortunio? Ese maestro hubiera si-do un líder auténtico, un guía que ayuda a conocer las leyes del crecimiento personal y dispone el ánimo para admirarse de la grandeza que adquirimos al movernos en la vida con li-bertad creativa, lili-bertad para realizar algo valioso aun a cos-ta de renunciar a valores inferiores. El joven mostró, al ha-blar, una tristeza infinita. Me hubiera gustado decirle que le-vantara el ánimo, pues le quedaba mucha vida por delante para disfrutar del descubrimiento de la verdadera libertad.

Es muy posible que nadie haya ayudado tampoco a la joven de la película El silencio a admirar la riqueza del len-guaje auténtico, el que se inspira en la voluntad de crear vínculos personales. No se benefició de una Pedagogía de la

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admiración. De haber tenido esa suerte, no sentiría ahora

satisfacción sino profunda tristeza al recluirse en un silencio

de mudez para evitar crear vínculos con su compañero

oca-sional.

La falta de guías auténticos

En el clima actual de desconcierto resulta muy penosa la falta de verdaderos guías culturales y espirituales. La socie-dad no suele favorecer la formación de tales líderes pues tien-de a cultivar el reduccionismo –la reducción injusta tien-del valor de la vida humana–, la manipulación –el trato de las perso-nas como si fueran meros objetos–, el intrusismo –la osadía de hablar en público de temas trascendentes sin la debida pre paración– y el hedonismo, el afán desmedido de acumular sensaciones placenteras.

Frente a este empobrecimiento de la vida humana, ne -cesitamos poner en juego una pedagogía de la admiración, no de la coacción; del descubrimiento, no del mero aprendizaje; de la persuasión, no de la transmisión fría; del convencimien-to interior, no de la aceptación sumisa. El que aprende lo que es la vida descubriéndola paso a paso, de forma bien articu-lada, no sólo acaba sabiendo qué ha de hacer para desarro-llarse plenamente como persona sino que está bien preparado para transmitir ese conocimiento a otras personas de forma per suasiva y convincente. A veces se dice que no se educa a los jóvenes para ejercer la función de padres. Tal como se la esboza en este libro, la Pedagogía de la admiración sería un buen camino para ello.

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Este método de formación tiene, como sabemos, un noble abolengo. En su famosa Carta séptima, Platón cuenta que no facilitó a Dionisio, tirano de Siracusa, un resumen de su filosofía porque, a su entender, el conocimiento filosófico no se obtiene acumulando saberes recibidos de fuera, por sig-nificativos que sean, sino adentrándose en el análisis profun-do de la vida. Te sumerges durante un tiempo en una cues-tión, y, tras bracear largamente con las ideas, surge, como por un relámpago, una luz que ilumina tu mente. Esa luz es la filosofía2.

En esta línea, el gran filósofo alemán J. A. Fichte indica al lector de una de sus obras que procure descubrir por sí mismo lo que él le dé a conocer. De lo contrario, se quedará fuera del mensaje recibido: “Todo lo que se puede hacer

ahora por ti –escribe– es guiarte para que encuentres la ver-dad, y a esa dirección se reduce lo que una enseñanza filo-sófica puede aportar. Pero siempre se presupone que eso hacia lo que el otro te conduce lo poseas de veras inte rior-mente tú mismo, y lo mires y contemples. De no hacerlo, oirías narrar una experiencia ajena, de ningún modo la tuya (...)”3.

Si no vibramos personalmente con las realidades que va-mos descubriendo –por iniciativa propia o por sugerencia ajena–, no nos haremos cargo de la grandeza que albergan, no sentiremos la íntima emoción que produce lo valioso y no

2. Cf. Cartas, VII, 341 a,b,c,d.

3. Cf. Sonnenklarer Bericht an das grössere Publikum über das eigentliche

We-sen der neuesten Philosophie, en Fichtes Werke, Walter de Gruyter, Berlín

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convertiremos el saber en un principio de excelencia perso-nal. En verdad, como bien advirtió Aristóteles, la admiración

es el principio de la sabiduría. Cómo formar auténticos guías

En un memorable debate de TVE, un grupo de jóvenes defendió el llamado “amor libre”, es decir, el ejercicio arbi-trario de la sexualidad, sin más canon de conducta que la apetencia. Otro grupo se mostró partidario de considerar el ejercicio de la sexualidad como el primero de los cuatro ele-mentos que integran el conjunto del amor conyugal:

sexua-lidad, amistad, proyección comunitaria del amor –la

funda-ción de un hogar–, fecundidad del amor en dos aspectos complementarios: el incremento de la unidad entre los espo-sos y la creación de nuevas vidas humanas. Los telespecta-dores se asombraron al ver la madurez con que los inte-grantes del segundo grupo explicaban su posición de mane-ra clamane-ra, bien articulada y profunda; sabían distinguir en qué nivel de realidad se da la pasión y en cuál se mueve el amor personal, comprometido y creador; no confundían el significado que puede tener una acción –por ejemplo, una aventura amorosa– y el sentido de la misma. Puede una acción significar mucho para nosotros, por impactarnos en el aspecto psicológico, y tener un sentido muy negativo en nuestra vida, vista con la debida amplitud y hondura. Muchos televidentes se preguntaron, al día siguiente, de dónde procedían unos jóvenes que mostraban tal grado de discernimiento. La explicación era bien sencilla: habían

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rea-lizado un curso sobre el desarrollo del ser humano, y en él hicieron doce descubrimientos, el último de los cuales dejó patente la función de la afectividad en la vida humana. El contenido de ese curso constituye la Primera Parte de esta obra.

Una formación ética bien fundamentada no se reduce a adquirir ciertos conocimientos; supone seguir un proceso de crecimiento personal, de configuración de nuestra segunda

naturaleza, nuestro modo de ser o êthos, término griego del

que procede el vocablo Ética. Este proceso de desarrollo im-plica una serie de transformaciones positivas, que podemos denominar, por ello, transfiguraciones.

El incremento de los conocimientos y el perfeccionamien-to de las actitudes no podemos realizarlos con sólo oír a un profesor y retener sus enseñanzas. Debemos aprender a ser creativos en relación al entorno, es decir, a crear modos ca-da vez más entrañables de unión con las demás realica-dades –sobre todo, las personas y las instituciones, las obras cul-turales, los valores de todo orden...–. Tal aprendizaje no implica sólo asumir ciertos contenidos; exige una trans-figuración gradual de la conducta. Ese ascenso en calidad se realiza a lo largo de un proceso, bien articulado, de desa-rrollo personal.

Para iniciarlo, hagamos la experiencia de descubrir, una a una, las doce fases de nuestro crecimiento como personas, si-guiendo la vía marcada en el gráfico siguiente, que debe leer-se de abajo arriba, como indican las flechas.

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6º Libertad interior o libertad creativa

12º La función decisiva de la afectividad en nuestra

vida personal 7º Cómo colmar de sentido

nuestra vida

11º La fecundidad del proceso de “éxtasis” o creatividad y el carácter destructor del proceso

de vértigo o fascinación 8º Nuestra capacidad de ser

eminentemente creativos

10º El lenguaje y el silencio, vehículos del encuentro 9º La importancia de las

interrelaciones y del pensamiento relacional

1º Los “objetos” y los ámbitos 2º las experiencias reversibles

3º El encuentro 4º Los valores y las virtudes

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2. Descubrimiento de las doce fases del desarrollo humano

El principal descubrimiento que hemos de realizar en la vi-da es el del encuentro pues, según la Biología actual más cua-lificada, los seres humanos somos “seres de encuentro”, vivi-mos como personas, nos desarrollavivi-mos y perfeccionavivi-mos co-mo tales viviendo toda serie de encuentros4. En consecuencia,

nada hay más importante para nosotros que saber lo que es el encuentro, qué exigencias plantea y qué frutos reporta5. Pero,

si queremos descubrir por nosotros mismos lo que significa de verdad encontrarnos, hemos de realizar dos descubrimientos previos: el de las “realidades abiertas” –o “ámbitos”– y el de las “experiencias reversibles”.

Primer descubrimiento: las realidades abiertas o “ámbitos”

Nuestra primera tarea es aprender a mirar, y descubrir que en nuestro entorno hay realidades abiertas y realidades cerradas. Realidad cerrada es la que está ahí sin tener relación alguna conmigo; por ejemplo, una tabla cuadrada que veo en el taller de un carpintero. En este momento no me ofrece po-sibilidad alguna para realizar la actividad que tengo entre manos. La veo, por tanto, como un mero “objeto”, una realidad cerrada. Pero figurémonos que pinto en ella unos

4. Cf. Juan Rof Carballo: EI hombre como encuentro, Alfaguara, Madrid 1973;

Violencia y ternura, Prensa Española, Madrid 31977; Manuel Cabada

Cas-tro: La vigencia del amor, San Pablo, Madrid 1994.

5. Sobre este decisivo tema pueden verse mis obras Estética de la creatividad

Juego. Arte. Literatura, Rialp, Madrid 31998, págs. 186 ss, 215-218;

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cuadraditos en blanco y negro. Esta sencilla operación con-vierte la tabla en tablero. He aquí la primera transfiguración. La tabla se ha convertido en realidad abierta porque ahora, como tablero, es capaz de ofrecernos posibilidades para ju-gar en ella al ajedrez o a las damas. Es una realidad que se abre a nosotros para permitirnos hacer juego, crear jugadas, tender a una meta, ejercitar la imaginación... Por ser una rea-lidad abierta y abarcar cierto campo, vamos a llamarle

ám-bito de realidad, o sencillamente ámám-bito6. Como tal, tiene un

rango superior a la tabla vista como objeto.

He transfigurado la realidad. Ahora debo transfigurar mi actitud frente a ella. Con la tabla puedo hacer lo que quiera: venderla, canjearla, manejarla a mi antojo, porque es sen ci-llamente para mí una realidad delimitable, pesable, agarra-ble, situable en un lugar o en otro. Dispongo, respecto a ella, de libertad de maniobra, de maniobrar a mi gusto. Con el ta-blero en cuanto tal, es decir, en cuanto estoy jugando en él un determinado juego, no debo actuar arbitrariamente: he de respetar las normas que dicta el reglamento. Mi actitud no ha de ser de dominio, manejo y disfrute –como sucede con la ta-bla–, sino de respeto, estima y colaboración. Adquiero, así, una forma superior de libertad, la libertad creativa. Si con-venimos en que la tabla como objeto y mi actitud respecto a ella pertenecen al nivel 1, el tablero –como campo de juego–, mi actitud de colaboración respetuosa y mi libertad creativa presentan una categoría superior; pertenecen al nivel 2.

6. El concepto de ámbito es desarrollado en varias de mis obras, sobre todo en

Estética de la creatividad, Rialp, Madrid 31998, e Inteligencia creativa, BAC,

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Acabamos de descubrir dos tipos de realidades –las rea-lidades cerradas y las abiertas, los objetos y los ámbitos– y dos actitudes distintas respecto a ellas: la de simple manejo y la de colaboración respetuosa. Hemos vivido una

transfi-guración y un ascenso de nivel. Al ascender del nivel 1 al ni-vel 2, nos liberamos del apego a las realidades dominables

–que siempre se hallan fuera de nosotros– y ganamos un mo-do superior de libertad, la libertad creativa. Con ello adqui-rimos la posibilidad de unirnos de forma más estrecha con las realidades del entorno. La relación que puedo tener con un tablero de juego es más intensa que con la tabla, ya que jugar es crear relaciones entrañables de colaboración.

De modo semejante a la tabla, un fajo de papel pautado que se halla en una papelería es un objeto. Si escribo en él una composición musical, transformo el fajo de papel en una

par-titura, y lo elevo del nivel 1 al nivel 2. El fajo de papel es mío,

lo poseo, puedo utilizarlo para cualquier fin: escribir en él, abanicarme, encender una estufa... Pertenece al nivel 1. Pero, si ese fajo de papel se convierte en partitura, y tomo ésta co-mo guía para interpretar la obra que se expresa en ella, debo respetarla al máximo, colaborar con ella, serle fiel, ajustar mi acción a las normas que ella me da. Estamos en el nivel 2. Otra vez hemos transformado una realidad y cam biado nues-tra actitud. Con ello, hemos vivido una liberación interior; he-mos convertido la libertad de maniobra en libertad creativa, y hemos ganado un modo más valioso de relación con una rea-lidad del entorno.

Del ejercicio de este cuádruple poder transfigurador arran-ca toda la Étiarran-ca, vista como un proceso de crecimiento per-sonal y comunitario.

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Segundo descubrimiento: las experiencias reversibles

Demos un paso adelante en nuestro camino de trans-figuraciones. Alguien me habla de un poema que figura en un libro. Es para mí algo que está ahí. Sé que es una obra lite-raria, pero no me preocupo de asumir las posibilidades que me ofrece y darle vida; la tomo como una realidad más de mi entorno, y queda situada en mi mente al lado de las me-sas, las plumas, el ordenador, los libros... El poema lo con-sidero, en este momento, casi como un objeto, una realidad que se halla en mi entorno pero no se relaciona conmigo activamente, ni yo con él. Está a mi lado, pero alejado, al modo de las realidades cerradas u objetos. Pero un día abro el libro y aprendo el poema de memoria, es decir, “de corazón” –como dicen expresivamente los franceses e in-gleses–, porque asumo las posibilidades estéticas que alber-ga, y lo declamo creativamente, dándole el tipo de vida que el autor quiso otorgarle. En ese momento, el poema actúa sobre mí, me nutre espiritualmente, y yo configuro el poe-ma, le doy el ritmo debido, le otorgo vibración humana, lo doto de un cuerpo sonoro. Esa experiencia de declamación no es meramente “lineal”; no actúo yo solo en ella. Es una

experiencia reversible, bidireccional, porque ambos nos

in-fluimos mutuamente: El poema influye sobre mí y yo sobre el poema.

Fijémonos en los cambios realizados. Cambió el poema (pasó de ser algo ajeno a mí a constituirse en principio inter-no de mi actuación); cambió mi actitud respecto a él (pasó de ser pasiva a ser colaboradora); cambió el tipo de

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experien-cia realizada (pasó de lineal a reversible), y surgió una forma nueva, maravillosa, de unión con el poema: la unión de

inti-midad. Antes de entrar en relación con el poema, éste era

dis-tinto de mí, distante, externo, extraño, ajeno. Al asumir sus posibilidades estéticas y declamarlo, se me vuelve íntimo, sin dejar de ser distinto, pues nada nos es más íntimo que aque-llo que nos impulsa a actuar y da sentido a nuestra actividad. De esta forma, el poema deja de estar fuera de mí, en un lu-gar exterior a mí. Él y yo formamos un mismo campo de

jue-go. En eso consiste ser íntimos. La unión de intimidad sólo

es posible en el nivel 2, el de la creatividad. Esta transfigura-ción de lo externo, extraño y ajeno en íntimo da lugar a una

forma eminente de unión. Ningún tipo de unión con un

ob-jeto alcanza el carácter entrañable que adquirimos al formar un campo de juego con una realidad abierta, que nos ofrece posibilidades creativas.

Al asumir fielmente las posibilidades que me ofrece un poema, me atengo a él, le soy fiel, lo tomo como una norma que me guía, y justamente entonces me siento inmensamente libre, libre para crearlo de nuevo, darle vida, llevarlo a su máximo grado de expresividad. Fijémonos en el modo de transfiguración y liberación que se opera aquí: los términos

libertad y norma son entendidos de modo tan profundo que

dejan de oponerse entre sí y pasan a complementarse. En el

nivel 2, la libertad que cuenta es la libertad creativa. La

norma que nos interesa es la que procede de alguien que tiene autoridad, es decir, capacidad de promocionar nuestra

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vida en algún aspecto7. Un declamador literario, un in

-térprete musical, un actor de teatro... se sienten tanto más li-bres cuanto más fieles son a los textos literarios y a las par-tituras musicales. Cuando actuamos creativamente, es decir, cuando asumimos de forma activa las posibilidades que nos da una obra –literaria, musical, coreográfica, tea tral...– con-vertimos el dilema “libertad-norma” en un con traste enri-quecedor. La relación sumisa de la libertad con la norma se transforma, en el nivel 2, en una relación de libe ración y

en-riquecimiento: la norma, asumida como una fuente fecunda

de posibilidades, me libera del apego a mi capricho, a mi afán de hacer lo que me apetezca. Amengua, con ello, mi

li-bertad de maniobra, pero incrementa mi liber tad interior o libertad creativa, libertad para crecer como persona

asu-miendo normas enriquecedoras. No olvidemos este dato:

to-da transfiguración va vinculato-da con una libe ración y una forma superior de unidad.

Esto se dio ya en la conversión de la tabla en tablero, pe-ro se da con más intensidad en el caso de la partitura y el poema.

Este segundo descubrimiento –el de las experiencias re -versibles– es prometedor porque nos abre inmensas po sibi-lidades de relación con las reasibi-lidades más valiosas de nuestro entorno y hace posible el acontecimiento más importante de nuestra vida: el encuentro. Ahora sí podemos descubrir por dentro lo que significa encontrarse.

7. Como sabemos, el vocablo “autoridad” procede del verbo latino “augere”, que significa promocionar, enriquecer. De él proceden los términos “auctor” (autor) y “auctoritas” (autoridad).

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Tercer descubrimiento: el encuentro

El cuidado en distinguir los diversos modos de reali-dad que existen y las diferentes actitudes que debemos adoptar respecto a ellos está empezando a darnos luz para comprender acontecimientos muy significativos de nuestra vida. Las experiencias reversibles –de doble dirección– sólo se dan entre seres que tienen cierto po-der de iniciativa. Por eso, si queremos vivir tales expe-riencias y beneficiarnos de su inmensa riqueza, de-bemos respetar las realidades circundantes en lo que son y en lo que están llamadas a ser. El que no respeta una realidad podrá tal vez dominarla (nivel 1), pero se condena a no poder fundar con ella una relación crea-tiva (nivel 2). Es creacrea-tiva una persona cuando recibe

activamente posibilidades que le permiten dar origen a

algo nuevo, dotado de gran significación para su vida. Cuando esas posibilidades se las otorga otra persona, tiene lugar el encuentro, en sentido riguroso.

El encuentro se da entre una persona y una institución, un poema, una canción, el lenguaje, una obra literaria.., porque estas realidades nos ofrecen diversas posibilidades que pode-mos asumir. Tales formas de encuentro encierran un gran va-lor, como resalta en la declamación de un poema, la interpre-tación de una obra musical, la creación de vínculos a través del lenguaje, la participación en los ámbitos de vida que plas-ma una obra literaria... Pero el valor supremo lo ostenta el en-cuentro cuando es realizado por dos seres personales, pues las

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experiencias reversibles adquieren un grado especial de

exce-lencia cuando se realizan entre realidades que gozan de un

po-der de iniciativa privilegiado en el universo.

En las experiencias reversibles creamos modos de unidad entrañables con las realidades del entorno porque las vemos como ámbitos y las tratamos como tales, no como meros ob-jetos. En cuanto las realidades son más valiosas, nos plan tean mayores exigencias: el tablero nos marca unos cauces y nos pide fidelidad al reglamento; la partitura nos exige máxima fidelidad a la letra y al espíritu de la obra, y lo mismo el poe-ma. Pero, al exigirnos más, nos enriquecen en medida supe-rior. Y esto sucede porque podemos encontrarnos con ellas, es decir, entrelazar nuestros ámbitos de vida para en riquecernos mutuamente.

El encuentro –visto en sentido es tricto– no se reduce a me-ra cercanía física; es el modo pri vilegiado de unión que esta-blecemos con las realidades per sonales, que son ámbitos –o realidades abiertas– dotados de un singular poder de ini -ciativa. Un objeto lo puedo tocar, agarrar, manejar, comprar o vender, unirme a él de modo tangencial. Lo que no puedo es encontrarme con él. Y del encuentro depende la riqueza de mi vida, según nos enseñan la Biología y la Antropología ac-tuales más cualificadas. El encuentro puede darse entre una persona y un poema, una canción, el lenguaje, una obra lite-raria... porque estas rea lidades nos ofrecen diversas posibilidades que podemos asumir. Tales formas de encuentro en -cierran un gran valor, como resalta en la declamación de un poema, la interpretación de una obra musical, la creación de vínculos a través del lenguaje, la participación en los ámbitos

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de vida que plasma una obra literaria... Pero el valor supre-mo lo ostenta el encuentro cuando es realizado por dos seres personales, pues las experiencias reversibles adquieren un grado especial de excelencia cuando se realizan entre realida-des que gozan de un poder de iniciativa privilegiado en el uni-verso. Ya tenemos clara esta idea: Cuanto más elevada en

rango es la realidad con la que entramos en relación, más liosa puede ser nuestra unión con ella. Tal unión la logra mos

si respetamos esa realidad y le concedemos todo su valor. Una persona, por ser corpórea, puede ser agarrada, mo -vida de un lugar a otro, incluso zarandeada. Pero el cuerpo, aunque lo parezca a primera vista, no es un objeto; supera in-mensamente la condición de objeto –nivel 1– porque es el me-dio expresivo de toda la persona. Merece el mismo respeto que ésta, pues se halla en el nivel 2. Esta forma de ver nuestra realidad humana opera una verdadera transfiguración en nuestra mente y nuestra actitud. Nos liberamos de la sumi-sión al espacio y descubrimos que una realidad distinta de no-sotros se convierte a menudo en íntima, sin dejar de ser dis-tinta. De esta forma, realidades que están fuera de nosotros en el nivel 1 se nos tornan íntimas en el nivel 2. Eso queremos decir al indicar que, en este nivel, los términos “dentro” y “fuera” dejan de oponerse para complementarse. Dos perso-nas que se encuentran, en sentido riguroso, no están la una

fuera de la otra. Ambas se hallan insertas en un mismo cam-po de juego, en el cual el aquí y el allí, el dentro y el fuera no

indican separación entre una realidad y otra sino lugares dis-tintos desde los cuales están participando en un mismo juego crea dor, es decir, colaborando al logro de una misma meta.

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Por el contrario, si, al tratar a una persona, sólo tomo en consideración su cuerpo y la reduzco a medio para mis fines, la rebajo de rango, la envilezco, le hago injusticia, soy vio-lento con ella. Cada tipo de realidad nos pide una actitud adecuada. La actitud que debemos adoptar respecto a las personas no es la dominadora y posesiva, sino la respetuosa, generosa, colaboradora, servicial..., que es, justamente, la actitud reclamada por las realidades abiertas para dar de sí todas sus posibilidades.

Al adoptar esta actitud, aumentamos nuestra capacidad de asumir activamente las posibilidades que se nos ofrezcan y de otorgar las propias. Tengo una preocupación y te pido ayuda. Tú respondes a mi invitación ofreciéndome tu capacidad de pensar, de expresarte, de razonar, de comprender situaciones y resolver problemas. Yo respondo a tu oferta de modo acti-vo, poniendo en juego mis capacidades y ofreciéndotelas. Este intercambio generoso de posibilidades crea un campo

operativo común, en el cual nos enriquecemos mutuamente y

fundamos una relación de intimidad. Tú influyes sobre mí y yo sobre ti sin afán de dominio sino de perfeccionamiento, y entre ambos ordenamos nuestras ideas, las clarificamos y entrevemos una salida a la cuestión propuesta.

Esta colaboración fecunda supone el entreveramiento de nuestros ámbitos de vida, la creación de un campo de juego común. Ese ámbito de participación lúdica que creamos mer-ced a una entrega generosa de lo mejor de nosotros mismos es el encuentro. Encontrarnos no se reduce a estar cerca

–ni-vel 1–; supone entrar en juego creativamente para enri

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experimentamos es saber y sentir que, al vivir en estado de encuentro, superamos la escisión entre el dentro y el fuera, el

aquí y el allí, lo mío y lo tuyo. Estamos, pues, ante un

fenó-meno creativo, propio del nivel 2, el de los ámbitos y la crea-tividad.

Al comprender así, por dentro, lo que es el encuentro, cla-rificamos mil aspectos de la vida humana. Un día le indiqué a un joven menor de edad que, si salía por las noches y no decía en casa a dónde iba y cuándo pensaba regresar, se com-portaba mal con sus padres, pues éstos, en tal caso, se ven angustiados por la preocupación y no pueden descansar.

“Pero ¿por qué han de tener miedo?”, me dijo el jo-v

ven.

“No, no tienen

v miedo –agregué yo–; sienten angustia,

que es peor. El miedo es temor ante algo concreto, frente a lo cual puedes tomar medidas. La angustia surge cuando el peligro te envuelve, no da la cara, y no sabes qué hacer”.

“Bueno –contestó el joven–, si se angustian..., ése es su v

problema”.

“Si de veras piensas –repliqué yo– que tal angustia es v

un problema que sólo atañe a tus padres, debo decirte algo muy grave: no tienes hogar”.

“¿Cómo que no tengo hogar?”, protestó el joven. v

Vivienda sí –aclaré yo–, pero no

v hogar, pues éste

surge cuando hay encuentro entre quienes viven en co-mún”.

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¡Pero yo me encuentro a diario con mis padres...! v

–agregó el joven, confuso–.

Sí, les tocas al hombro al cruzarte por los pasillos –in-v

diqué yo–, pero eso no es un encuentro. Si te encon-traras de verdad, los gozos de tus padres serían tus go-zos; sus problemas, tus problemas; y su angustia, tu angustia”.

Esta breve pero radical explicación mía le causó al joven mayor impacto que si le hubiera reprochado duramente su conducta.

No encontrarse es el mayor infortunio que podemos sufrir, pues el encuentro es la raíz de nuestra vida, como bien sabemos. Según la Biología actual más cualificada, lo que más necesita un recién nacido, en cuanto a su desarrollo per-sonal, es verse acogido por quienes lo rodean. El acogimien-to se muestra, sobre acogimien-todo, en la ternura. De ahí que los bió-logos, los pediatras y los pedagogos anden a porfía en reco-mendar a las madres que, a no ser en caso de enfermedad, amamanten por sí mismas a sus hijos y los cuiden. Amamantar no es sólo dar alimento; es, además, acoger. Al sentir un día y otro la ternura en las yemas de los dedos de quien lo asea y lo viste, el bebé gana confianza en el entorno –formado por la madre, el padre, los hermanos...– y se prepara para abrirse a las demás personas y tener fe en ellas, condición indispen-sable para hacer confidencias y crear relaciones de encuen-tro. Sin esa confianza básica, el niño tendrá grave riesgo de sufrir disfunciones psíquicas en la juventud: brotes de

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violen-cia, fracasos escolares, dificultad para realizar la entrega que exige la fe, tanto la humana como la religiosa...8

Para que el ámbito de participación que es el encuentro presente la debida solidez, firmeza y fecundidad, debemos cumplir con el mayor cuidado las condiciones de respeto, es-tima y colaboración que son propias del nivel 2. Tengamos muy en cuenta que el encuentro es la forma más noble –y, por tanto, exigente– de experiencia reversible.

Condiciones del encuentro

Como todo lo grande debemos adquirirlo a un alto pre-cio, el encuentro no podemos crearlo con sólo acercarnos fí-sicamente unos a otros (nivel 1); hemos de cumplir las exi-gencias que nos plantean las actividades realizadas en el nivel

2, nivel en el que se dan las relaciones entre las personas y los

ámbitos, modo de realidad en cuya cima se hallan los seres personales. Entre tales exigencias figuran la generosidad, la disponibilidad, la veracidad, la sencillez, la comunicación, la fidelidad, la paciencia, la cordialidad, la participación en ta-reas relevantes... Son los modos diversos de tratar a un ser personal con respeto, estima y espíritu de colaboración.

1. La generosidad nos lleva a abrirnos a otras personas con afán, no de dominarlas y ponerlas a nuestro ser-vicio, sino de enriquecerlas, ofreciéndoles posibilidades de desarrollarse y recibiendo activamente las que ellas

8. Véase la sugestiva obra de Juan Rof Carballo: Violencia y ternura, Prensa Española, Madrid 31977.

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nos otorgan. Generosidad procede de generare, en gen-drar, generar. Es generoso el que genera vida en otras per sonas, estableciendo con ellas relaciones de en cuen -tro, que no aumentan nuestras posesiones (nivel 1) pero incrementan la calidad de nuestra vida personal (nivel

2). El penetrante filósofo del diálogo, Martín Buber,

ins-pirado en su tradición hebrea, condensó esta idea en una frase muy expresiva: “El que dice tú a otro –es de-cir, el que lo trata como una persona– no posee nada,

no tiene nada, pero está en relación”9. La gene rosidad

inspira las demás condiciones del encuentro.

2. La disponibilidad de espíritu nos inclina a abrirnos a otra persona, dejar el ámbito confiado del propio yo y correr el riesgo de entregarse a alguien distinto cuyas reacciones posibles desconocemos en principio. La titud de disponibilidad nos lleva a escuchar las pro-pues tas del prójimo –no sólo a oírlas– y vibrar con ellas. Esa capacidad de vibración personal se llama

simpatía, término derivado del griego sympatheia

decer con–, y hace posible la verdadera comunicación entre las personas.

Tal comunicación simpática funda una auténtica em

-patía y solidaridad, la disposición a sintonizar con

los demás, acoplarnos en lo posible a sus gustos y su modo de ser, acompasarnos a su ritmo, compartir en alguna medida sus gozos y sus aflicciones.

9. Cf. Ich und Du, en Die Schriften über das dialogische Prinzip, Schneider, Heidelberg 1954, p. 8. Versión española: Yo y tú, Caparrós, Madrid 21995,

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3. La veracidad nos lleva a mostrarnos como somos, sin deformaciones tácticas. Al revelarnos con franqueza y transparencia, manifestamos una voluntad sincera de unir nuestro ámbito de vida al de los demás. Con ello manifestamos tener confianza y fe en ellos. Al ofrecer-nos de modo confiado y, por tanto, fácilmente vulne-rable, hacemos patente que no nos movemos en el pla-no egoísta de la seguridad, el cálculo y el dominio

–ni-vel 1– sino en el de la gratuidad desinteresada (ni–ni-vel 2). Por eso les inspiramos confianza. Al presentarnos

como fiables, cobran fe en nosotros, nos hacen

confi-dencias y creamos una relación de encuentro10. 4. La sencillez inspira un trato de igualdad. Sabemos que

el encuentro supone un entreveramiento de dos ámbi-tos o realidades abiertas que tienden a enriquecerse mutuamente. Para ello no hemos de considerarnos autosuficientes, sino aceptar las propias limitaciones y la necesidad de complementación. Tal aceptación re -quiere sencillez. El altanero estima que puede autoabas-tecerse y no requiere ayuda de ningún género. El sen-cillo está pronto a recibir y a dar, bien seguro de que lo que nos enriquece verdaderamente es la actitud de intercambio. “Yo no amo a los sedentarios de corazón –escribe Antoine de Saint-Exupéry–. Los que no

inter-cambian nada no llegan a ser nada. Y la vida no habrá servido para madurarlos”11.

10. Nótese que los términos fe, confianza, fiabilidad, fiarse, confidencia proceden de una misma raíz latina: fid.

11. Cf. Citadelle, Gallimard, París 1948, p. 38; Ciudadela, Círculo de Lectores, Bar-celona 1992, p. 38. (La traducción hube de cambiarla, por fidelidad al original).

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5. La comunicación mutua, el intercambio de ideas, sen-timientos, anhelos y proyectos crea intimidad y anima a compartir la vida del otro de forma activa, creadora de vínculos entrañables. Esta forma de comunicación sencilla y sincera es inspirada por el sentimiento de confianza mutua y la voluntad de compartir plena-mente la vida. Comunicarse cordialplena-mente es darse. Tal actitud oblativa inspira el deseo de comprender al otro, ponerse empáticamente en su lugar para ver la vida desde su perspectiva y entender su conducta: sus deseos, proyectos, gustos, reacciones... Esta tarea la llevamos a cabo de modo plenamente satisfactorio cuando procuramos adivinar en qué estriba la felici-dad del otro y le ayudamos a lograrla.

Si somos de verdad comprensivos con los demás, te -nemos facilidad para otorgar perdón a quien, con su conducta, provocó algún tipo de ruptura. Per-donar12

significa, etimológicamente, dar algo valioso. Como sabemos, en latín y en español, el prefijo “per” refuer-za la acción del verbo. Lo que se da, al perdonar, es la posibilidad de comenzar de nuevo, considerar un mo-mento dado como un origen, con toda la fuerza crea-tiva que éste implica. Comenzar una y otra vez signi-fica insistir, y ésta es la forma que tenemos los seres finitos, menesterosos, de conseguir algo difícil. No de-bemos desanimarnos –es decir, perder el áni mo– por haber de levantarnos una y otra vez y co menzar de

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nuevo, porque cada comienzo es una fuente de ener-gía renovada.

6. La fidelidad no se reduce a mero aguante, actitud pro-pia de muros y columnas (nivel 1). Implica la disposi-ción a crear en cada momento de la vida lo que, en un momento, se prometió crear; por ejemplo, un hogar estable (nivel 2). Prometer supone una gran soberanía de espíritu, ya que exige sobrevolar el presente y el fu-turo y decidir crear, en cada instante, la propia vida conforme al proyecto establecido en el acto de la pro-mesa. La fidelidad, en consecuencia, es una actitud

creativa; no se reduce a soportar algo gravoso de for

-ma pasiva.

Por ser creativa, la fidelidad implica flexibilidad de es

-píritu, no terquedad ni rigidez. La persona terca

man-tiene rígidamente sus posiciones. La persona flexible está siempre pronta a modificar sus puntos de vista si descubre razones suficientes para ello.

7. La paciencia tampoco se limita a aguantar situaciones incómodas; significa ajustarse a los ritmos naturales. UÊ -ˆÊÌiÊÀœ“«iÃÊ՘ÊLÀ>âœÊÞÊiÊ“j`ˆVœÊÌiÊ«ÀiÃVÀˆLiÊ՘ʓiÃÊ

de reposo, no te pide que te aguantes sino que adaptes tu actividad al ritmo lento de regeneración de tus te -jidos.

UÊ >ʈ˜Ìˆ“ˆ`>`ÊVœÀ«Ài>Ê̈i˜iÊ՘ÊÀˆÌ“œÊ>ViiÀ>LiÊ>Êۜ-luntad; en dos minutos puede uno liberarse de la ropa y sostener una relación de intimidad corpórea con otra persona. Pero la intimidad personal sigue un ritmo

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lento de maduración, como todos los procesos de crecimiento. Si, para obtener una rápida gratificación sensible y psicológica, pongo en juego la intimidad corpórea sin haber logrado todavía una verdadera in-timidad personal –que implica la disposición firme a crear una forma de unión permanente y comprometi-da–, desajusto los ritmos naturales de mi realidad per-sonal. Soy impaciente, y no logro armonizar dos for-mas de intimidad que se pertenecen mutuamente. Mi corporeidad me hará sentir, en forma de inquietud in-terior, que he abusado de ella; la he reducido a medio para mis fines, olvidando que está llamada, por natu-raleza, a ser expresión fiel de la vida personal.

8. La cordialidad lubrifica las relaciones humanas. La hosquedad las entorpece al máximo. Encontrarse sig-nifica entreverar dos ámbitos de vida distintos, dos per-sonalidades diferentes, y esta forma estrecha de unión debe ser facilitada por la dulzura de trato, la amabili-dad, la flexibilidad de espíritu, el buen humor, la faci-lidad de comunicación.

Estas cualidades no se oponen, de por sí, a la seguri-dad en sí mismo, la solidez de las convicciones, la co-he rencia en las actitudes. Si soy profesor y me veo en la obligación de suspender a un alumno, he de hacerlo con la debida cordialidad, dándole las orientaciones necesarias para que salga airoso en el próximo exa men. El alumno va a casa suspendido, pero hemos creado unidad y hemos convertido la actividad evalua tiva en una fuente de formación humana.

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9. Compartir actividades elevadas crea entre nosotros

modos de unión entrañables. Cuando varias personas

participan de una realidad valiosa, se unen a ella

íntimamente y crean un vínculo fuerte entre sí. Lo adver -timos al contemplar a un buen coro interpretar una obra de calidad. Los músicos fijan la mirada en el di -rector, que expresa con sus gestos el sentido de la obra. No se miran entre sí, pero se unen de forma admirable: atemperan el volumen de su voz y ajustan el tempo y el ritmo a los de los demás a fin de lograr una armonía perfecta, que es fuente de la más honda belleza13.

Cuarto descubrimiento: los valores y las virtudes

Estas exigencias del encuentro –generosidad, veracidad, cordialidad, paciencia...– encierran para nosotros un alto

valor por cuanto nos permiten realizar diversos modos de

encuentro y desarrollar, así, nuestra personalidad. Tiene valor para nosotros aquello que nos ayuda a “ser más”, a crecer como personas. Acabamos de descubrir, por dentro o en su génesis, lo que son los valores. A partir de ahora ten-dremos una idea profunda de ellos porque les hemos visto surgir espontáneamente en el proceso de nuestro desarrollo personal.

Cuando asumimos los valores como formas de conducta, los convertimos en virtudes. En latín, “virtus” significa

13. El tema del encuentro y sus exigencias lo trato ampliamente en las obras siguientes: El poder del diálogo y del encuentro, BAC, Madrid 21997;

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za, capacidad. Las virtudes son capacidades para encontrar-se. Todavía hoy consideramos como “virtuoso” de un instru-mento musical a quien muestra una extremada pericia para convertirlo en medio de expresión artística. Todos los seres humanos debemos adoptar una actitud virtuosa que nos ca-pacite para crear modos elevados de unidad. De esa forma, configuramos virtuosamente nuestro modo de ser, esa especie de segunda naturaleza que vamos adquiriendo al realizar de-terminados actos y adquirir ciertos hábitos. Recordemos que esa segunda naturaleza se decía en griego “êthos” –con e lar-ga o eta–, de donde se deriva la palabra Ética14. Hombre

éti-camente valioso es el que configura un modo de ser que lo dispone favorablemente para crear relaciones de encuentro15.

En la parte opuesta, se consideran viciosas las formas de conducta que modelan de tal modo nuestra condición que nos resulta difícil o imposible fundar relaciones de encuentro y llevar nuestra personalidad a madurez.

Quinto descubrimiento: el ideal de la vida

Al vivir el encuentro plenamente, con la actitud virtuosa requerida, experimentamos en nosotros mismos los esplén-didos frutos que reporta.

14. En griego antiguo, éthos –con e corta o epsilon– significaba costumbre. En latín, se tradujo con el término mos, del que procede el vocablo español “moral”. 15. El tema de los valores es ampliamente tratado en mis obras: El conocimiento

de los valores, Verbo Divino, Estella (Navarra) 32000; El libro de los valores,

Planeta, Barcelona 102003; y en el tercero de los tres cursos on line ofrecidos

por la “Escuela de Pensamiento y Creatividad”, bajo el título de

“Exper-to universitario en creatividad y valores” ( www.escueladepensamiento-ycreatividad.org).

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A) Los frutos del encuentro

El encuentro, bien realizado, nos otorga energía espi-1.

ritual, buen ánimo para afrontar la vida diaria,

tena-cidad para perseverar en el esfuerzo. Cuenta en sus

Memorias el genial pianista Arturo Rubinstein que

algunas tardes, debido al cansancio, temía no poder dar el concierto. Con esfuerzo acudía a la sala, y, no bien introducía los dedos en el teclado del piano, re-cobraba las fuerzas en tal medida que tocaba durante dos horas largas con su acostumbrada vehemencia. Esta energía brotaba sin duda del encuentro del pia-nista con el instrumento y con las obras interpreta-das.

Nos motiva para ser creativos por encima de los ava-2.

tares de la existencia. Encontrarse es entrar en juego

con una realidad que –por ser abierta, es decir, un

ám-bito– nos ofrece posibilidades para dar lugar a algo

nuevo dotado de valor. Justamente, esta capacidad de asumir posibilidades y hacer que surja algo nuevo va-lioso es la definición de la creatividad. Yo puedo mo-ver los dedos y pulsar unas teclas de piano. Esta po-tencia mía no es creativa si no cuento con las posibili-dades de sonar que me ofrece un instrumento. Y esta forma de creatividad apenas tendrá un contenido va-lioso si no dispongo de las posibilidades de crear for-mas musicales que me otorga una partitura. Cuando estas posibilidades se entretejen con las que me da el

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