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QUÉ HACE UNA CHICA COMO TÚ EN UN SITIO

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ANEXO III

¿QUÉ HACE UNA CHICA

COMO TÚ EN UN SITIO

COMO ÉSTE?

L a primera vez que tuve el placer de ver a Pitita Ridruejo fue por televisión en un programa sobre apariciones marianas, y me extrañó el hecho de que una señora tan culta, tan vinculada al Opus Dei, tan de derechas y tan guapa, estuviese sentada junto al «Iluminado de Alcira» defendiendo la posibilidad de que María estuviese, realmente, detrás de todas las barbaridades que han ido ustedes leyendo.

Poco después, en el año 89, tuve la oportunidad de escucharla en una conferencia que dio en Benidrom, en el Hotel Don Pancho, invita­ da por la Real Cofradía Andaluza «Nuestra Señora de la Esperanza y de la Paz». Allí la señora Ridruejo se explayó sobre los mensajes tan aterradores que la Virgen venía manifestando desde finales del siglo XIX:

La Virgen fue la primera en hablar del problema nuclear; vino a decir que en estos tiempos los hombres ya tendrían unas armas capaces de destruir la tierra y de acabar con la humanidad... cuyo crecimiento tecnológico no está equipara­ do al crecimiento espiritual.

Lo malo de todo ello es que también Pitita se dedicó, entre col y col, a dar lechugas en forma de manifestaciones en contra del aborto o la eutanasia: «representan un manifiesto desprecio a la vida. Nos esta­ mos acostumbrando a despreciar la vida.» Lo cual nos lleva de nuevo a pensar que existen otros intereses creados en torno a la difusión del fenómeno mariano no reconocido.

En dicha conferencia habló también de su comprensión hacia los pobres agnósticos que no creen en milagros, I ’m sorry, y tuvo palabras

para los católicos indiferentes, pero comentó que no entendía a los creyentes que reaccionaban violentamente* «cuando les hablas de apa­

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riciones y milagros. No quieren saber nada de esto y te llaman hasta loca... Nuestra religión está basada en milagros y en hechos sobrena­ turales, y los más elevados son las apariciones de la Virgen». Espero que Pitita lea el «Capítulo Uno» de este libro, y vea que no hay que arremeter contra nadie por el hecho de no creer —por ejemplo— en lo que, al parecer, a ella le hizo abrazar el «marianismo radical».

En 1984 contempló, según cuentan las crónicas, en Prado Nuevo cómo se abrieron las nubes, y vio danzar al sol. También la «polka solar» obró milagros en esta mujer, un hecho físicamente imposible de suceder salvo en estados místicos y dentro del fenómeno religioso. A partir de ese momento. Pitita Ridruejo de Stilianopoulos, esposa del embajador filipino por aquel entonces en Madrid, y uno de los miem­ bros de la jet marbellí, se dedicó al estudio de todos estos temas, lle­

gando a colaborar durante más de tres años en un rotativo madrileño:

ABC.

Poco a poco esta mujer fue el mejor aliado que tuvieron las apari­ ciones m arianas para in ten tar co n so lid a rse , y es fácilm ente comprobable que en Prado Nuevo de El Escorial su nombre empezó a ser utilizado como reclamo de indiscutible efecto, «ya que si esa seño­ ra tan culta y tan católica acude, es porque será verdad».

Pitita divulgó los misterios de este fantástico negocio en las mejo­ res salas de conferencias del país, e incluso llegó a interesar en estos temas a personajes ilustres de la época. De hecho — y como muestra vale un botón— , en una de las crónicas de sociedad del diario ABC,

fechada el 10-6-87, se hace referencia a la charla de Pitita en la sala de arte del Club 24, y se mencionan a algunos asistentes: «...Antonio Garrigues y Díaz Cañabate. Entre los asistentes se encontraban, ade­ más de otras personalidades, el embajador de Filipinas y su esposa; el presidente de El Corte Inglés, Ramón Areces; la señora de Urquijo; la señora de don Alfonso Fierro; la señora de don Antonio Garrigues; la señora de don José Antonio Ruiz de Alda; Cary Lapique; María Albaicín, y la señora de Sánchez Bella».

Hablar de la conferencia sería tanto como adentrarnos en el mundo de lo irreal y tratar de dar crédito a cuanto allí se comentó. Sin embar­ go sí hay un párrafo que me gustaría dejar reflejado en este «Anexo» y que Pitita pronunció, imagino que sin saber que estaba enfrentándose,

L a primera vez que tuve el placer de ver a Pitita Ridruejo fue por televisión en un programa sobre apariciones marianas, y me extrañó el hecho de que una señora tan culta, tan vinculada al Opus Dei, tan de derechas y tan guapa, estuviese sentada junto al «Iluminado de Alcira» defendiendo la posibilidad de que María estuviese, realmente, detrás de todas las barbaridades que han ido ustedes leyendo.

Poco después, en el año 89, tuve la oportunidad de escucharla en una conferencia que dio en Benidrom, en el Hotel Don Pancho, invita­ da por la Real Cofradía Andaluza «Nuestra Señora de la Esperanza y de la Paz». Allí la señora Ridruejo se explayó sobre los mensajes tan aterradores que la Virgen venía manifestando desde finales del siglo XIX:

La Virgen fue la primera en hablar del problema nuclear; vino a decir que en estos tiempos los hombres ya tendrían unas armas capaces de destruir la tierra y de acabar con la humanidad... cuyo crecimiento tecnológico no está equipara­ do al crecimiento espiritual.

Lo malo de todo ello es que también Pitita se dedicó, entre col y col, a dar lechugas en forma de manifestaciones en contra del aborto o la eutanasia: «representan un manifiesto desprecio a la vida. Nos esta­ mos acostumbrando a despreciar la vida.» Lo cual nos lleva de nuevo a pensar que existen otros intereses creados en torno a la difusión del fenómeno mariano no reconocido.

En dicha conferencia habló también de su comprensión hacia los pobres agnósticos que no creen en milagros, I ’m sorry, y tuvo palabras

para los católicos indiferentes, pero comentó que no entendía a los creyentes que reaccionaban violentamente* «cuando les hablas de apa­

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riciones y milagros. No quieren saber nada de esto y te llaman hasta loca... Nuestra religión está basada en milagros y en hechos sobrena­ turales, y los más elevados son las apariciones de la Virgen». Espero que Pitita lea el «Capítulo Uno» de este libro, y vea que no hay que arremeter contra nadie por el hecho de no creer —por ejemplo— en lo que, al parecer, a ella le hizo abrazar el «marianismo radical».

En 1984 contempló, según cuentan las crónicas, en Prado Nuevo cómo se abrieron las nubes, y vio danzar al sol. También la «polka solar» obró milagros en esta mujer, un hecho físicamente imposible de suceder salvo en estados místicos y dentro del fenómeno religioso. A partir de ese momento. Pitita Ridruejo de Stilianopoulos, esposa del embajador filipino por aquel entonces en Madrid, y uno de los miem­ bros de la jet marbellí, se dedicó al estudio de todos estos temas, lle­

gando a colaborar durante más de tres años en un rotativo madrileño:

ABC.

Poco a poco esta mujer fue el mejor aliado que tuvieron las apari­ ciones m arianas para in ten tar co n so lid a rse , y es fácilm ente comprobable que en Prado Nuevo de El Escorial su nombre empezó a ser utilizado como reclamo de indiscutible efecto, «ya que si esa seño­ ra tan culta y tan católica acude, es porque será verdad».

Pitita divulgó los misterios de este fantástico negocio en las mejo­ res salas de conferencias del país, e incluso llegó a interesar en estos temas a personajes ilustres de la época. De hecho — y como muestra vale un botón— , en una de las crónicas de sociedad del diario ABC,

fechada el 10-6-87, se hace referencia a la charla de Pitita en la sala de arte del Club 24, y se mencionan a algunos asistentes: «...Antonio Garrigues y Díaz Cañabate. Entre los asistentes se encontraban, ade­ más de otras personalidades, el embajador de Filipinas y su esposa; el presidente de El Corte Inglés, Ramón Areces; la señora de Urquijo; la señora de don Alfonso Fierro; la señora de don Antonio Garrigues; la señora de don José Antonio Ruiz de Alda; Cary Lapique; María Albaicín, y la señora de Sánchez Bella».

Hablar de la conferencia sería tanto como adentrarnos en el mundo de lo irreal y tratar de dar crédito a cuanto allí se comentó. Sin embar­ go sí hay un párrafo que me gustaría dejar reflejado en este «Anexo» y que Pitita pronunció, imagino que sin saber que estaba enfrentándose,

con sus palabras, a cuanto la Iglesia ha venido manifestando a lo largo de los siglos: «Es bien cierto — afirmó— que la revelación pública y oficial de la Iglesia es la única que constituye dogma de fe. Esta revelación acabó con la muerte del apóstol Juan, pero a Dios no pode­ mos ponerle limitaciones, y sigue manifestándose a través de las reve­ laciones privadas que da a sus videntes.»

Palabras que se repiten continuamente dentro el círculo mariano y que nos adentran en los movimientos reaccionarios que, dentro de la Iglesia, tratan de volver a tiempos inquisitoriales ya caducos y periclitados.

Pitita Ridruejo continúa en la actualidad disertando sobre temas marianos, siendo devota de la Virgen María Madre de Dios, de la Macarena y de ia de Fátima. Pitita, ¿pero no son la m ism a...?

La Iglesia es clara sobre toda esa serie de fenómenos extraños que han tenido lugar a lo largo de la geografía española, y rotunda en cuanto a su opinión sobre las apariciones marianas. A pesar de que Juan Pablo sea un Pontífice bastante conservador no ha querido, hasta ahora, transigir en lo tocante a este asunto. Apariciones, ¡NO!, gracias.

Sin embargo, hay movimientos ultraconservadores que pretenden potenciar y recuperar ciertas tradiciones, sin darse cuenta de que las hogueras, los cilicios y aquellos juicios medievales ya han pasado a la historia, aunque a los seguidores del Papa Clemente en el Palmar de Troya, o a los de Monseñor Léfévre en Francia, junto con algunos videntes, no les importaría volver a encender las antorchas.

Visto todo lo cual y por ello, respetuosamente, Pitita... ¿qué hace una señora como usted en un sitio como ése?

NOTA: A. C., no te lo perdono.

ios

con sus palabras, a cuanto la Iglesia ha venido manifestando a lo largo de los siglos: «Es bien cierto — afirmó— que la revelación pública y oficial de la Iglesia es la única que constituye dogma de fe. Esta revelación acabó con la muerte del apóstol Juan, pero a Dios no pode­ mos ponerle limitaciones, y sigue manifestándose a través de las reve­ laciones privadas que da a sus videntes.»

Palabras que se repiten continuamente dentro el círculo mariano y que nos adentran en los movimientos reaccionarios que, dentro de la Iglesia, tratan de volver a tiempos inquisitoriales ya caducos y periclitados.

Pitita Ridruejo continúa en la actualidad disertando sobre temas marianos, siendo devota de la Virgen María Madre de Dios, de la Macarena y de ia de Fátima. Pitita, ¿pero no son la m ism a...?

La Iglesia es clara sobre toda esa serie de fenómenos extraños que han tenido lugar a lo largo de la geografía española, y rotunda en cuanto a su opinión sobre las apariciones marianas. A pesar de que Juan Pablo sea un Pontífice bastante conservador no ha querido, hasta ahora, transigir en lo tocante a este asunto. Apariciones, ¡NO!, gracias.

Sin embargo, hay movimientos ultraconservadores que pretenden potenciar y recuperar ciertas tradiciones, sin darse cuenta de que las hogueras, los cilicios y aquellos juicios medievales ya han pasado a la historia, aunque a los seguidores del Papa Clemente en el Palmar de Troya, o a los de Monseñor Léfévre en Francia, junto con algunos videntes, no les importaría volver a encender las antorchas.

Visto todo lo cual y por ello, respetuosamente, Pitita... ¿qué hace una señora como usted en un sitio como ése?

NOTA: A. C., no te lo perdono.

ios

Desde que con el sacerdote Manuel Barbera iniciase el presente trabajo, hasta la supuesta aparición de la Virgen en Medjugorje, han transcurrido para ustedes muchas páginas y mucha historia. Hechos con frecuencia traumáticos para todos aquellos que acudían con devo­ ción a los lugares de culto supuestamente sagrados. Muchos aducirán que hay curaciones; que conocen el caso de una niña o una señora que, en una ocasión, escuchó la milagrosa curación de un niño desahucia­ do. Pero, ¿es una curación, realmente, prueba válida de que existe un hecho sobmatural? ¿No será mejor argüir que una, de cada treinta o cuarenta mil personas, acude con un poco de fe y consigue, por medio de la sugestión, curarse? He conocido a enfermos de cáncer o sida que han acudido llenos de devoción a Lourdes y Fátima, y ahora están muertos y enterrados. He sido testigo de la esperanza de niños paralíti­ cos besando cortezas de árbol por media España, y siguen paralíticos. He visto velas encendidas en los hogares de una gran parte de la vieja Europa, esperando el milagro mariano para el enfermo del dormitorio de enfrente. He tenido en mis manos la posibilidad de llegar a «cons­ truir» una aparición mariana totalmente fraudulenta... y desistí, por­ que con los sueños de la gente sencilla no se puede jugar.

Ya hace más de dos años que por esta España nuestra me he dedi­ cado a charlar sobre todo lo que les he ido narrando. La respuesta de la gente siempre fue excelente. Algunos, con reservas; otros, acogieron mis palabras con gran interés. Sin embargo, allá donde fui siempre hubo una voz llamándome «anticristiano», masón o comunista. Confe­ saré que en algunas ocasiones he sentido miedo pero, poco a poco, me he ido dando cuenta de que formamos parte de una historia que, den­ tro de doscientos años como mucho, nps estará juzgando; y no quisie­ ra que esa historia se encontrase con un mundo lleno de catedrales.

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ermitas y basílicas rodeadas de pequeñas aldeas dondt un grupo de personas, durante todo el día, se dedican a estar de rodillas y rezando, esperando el castigo y la catástrofe mundiales. Porque el Medievo terminó y la época del miedo también debe concluir.

La Inquisición quemó sus últimas brujas hace ya siglos; y no debe volver nunca. Porque nosotros somos patrimonio de la historia y, que­ ramos o no, pronto, muy pronto, cada uno de nosotros descubriremos lo que se esconde «más allá de la vida». Por qué, entonces, pelearnos por los dioses. Ellos nacieron sólo al amparo de nuestras necesidades más primarias, y nosotros conocimos a unos cuantos de nuestra peque­ ña parcela de cielo. Porque si usted hubiera nacido judío, musulmán, budista o en el seno de una familia protestante, la Virgen, paia usted, no habría significado nada; es más, probablemente durante su vida habría oído hablar de ella en contadas ocasiones.

Los dioses son sueños de nuestra mente; creaciones de nuestras necesidades. Y viven constantemente alimentados por nuestras ambi­ ciones. Son el fruto de años de temor y miseria, y nunca han estado al servicio del hombre. Nosotros los invocamos, nos responde nuestra propia necesidad. Y si eso nos ayuda, y si creer en los dioses nos estimula, nos hace ser mejores, adelante. Pero si sólo sirven para dividirnos, para matarnos unos a otros, para destruirnos, entonces per­ mítanme que abomine de los dioses que mis antepasado cavernarios crearon para hacer realidad sus sueños.

La Virgen María fue, según las crónicas, la Madre de Jesús. Lo demás es una gran macedonia de creencias que pueden ser seguidas por la fe, pero la realidad es otra.

Para terminar, quiero hacer notar que éste es, simplemente, un libro de consulta para todos aquellos que deseen tener otra visión de las apariciones marianas. Los Ovnis, los extraterrestres y las entidades galácticas no han tenido cabida en él, pero lo han pasado rozando.

Y aunque, para muchos, El Lado Oscuro de María será declarado

libro herético, espero y deseo tener, al menos, la opoitunidad de podei dialogar — como seres racionales que somos— con ellos.

Pero todo lo anterior lo dijo mucho mejor que yo Juan Ramón Jiménez, hace ya muchos versos:

Desde que con el sacerdote Manuel Barbera iniciase el presente trabajo, hasta la supuesta aparición de la Virgen en Medjugorje, han transcurrido para ustedes muchas páginas y mucha historia. Hechos con frecuencia traumáticos para todos aquellos que acudían con devo­ ción a los lugares de culto supuestamente sagrados. Muchos aducirán que hay curaciones; que conocen el caso de una niña o una señora que, en una ocasión, escuchó la milagrosa curación de un niño desahucia­ do. Pero, ¿es una curación, realmente, prueba válida de que existe un hecho sobmatural? ¿No será mejor argüir que una, de cada treinta o cuarenta mil personas, acude con un poco de fe y consigue, por medio de la sugestión, curarse? He conocido a enfermos de cáncer o sida que han acudido llenos de devoción a Lourdes y Fátima, y ahora están muertos y enterrados. He sido testigo de la esperanza de niños paralíti­ cos besando cortezas de árbol por media España, y siguen paralíticos. He visto velas encendidas en los hogares de una gran parte de la vieja Europa, esperando el milagro mariano para el enfermo del dormitorio de enfrente. He tenido en mis manos la posibilidad de llegar a «cons­ truir» una aparición mariana totalmente fraudulenta... y desistí, por­ que con los sueños de la gente sencilla no se puede jugar.

Ya hace más de dos años que por esta España nuestra me he dedi­ cado a charlar sobre todo lo que les he ido narrando. La respuesta de la gente siempre fue excelente. Algunos, con reservas; otros, acogieron mis palabras con gran interés. Sin embargo, allá donde fui siempre hubo una voz llamándome «anticristiano», masón o comunista. Confe­ saré que en algunas ocasiones he sentido miedo pero, poco a poco, me he ido dando cuenta de que formamos parte de una historia que, den­ tro de doscientos años como mucho, nps estará juzgando; y no quisie­ ra que esa historia se encontrase con un mundo lleno de catedrales.

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ermitas y basílicas rodeadas de pequeñas aldeas dondt un grupo de personas, durante todo el día, se dedican a estar de rodillas y rezando, esperando el castigo y la catástrofe mundiales. Porque el Medievo terminó y la época del miedo también debe concluir.

La Inquisición quemó sus últimas brujas hace ya siglos; y no debe volver nunca. Porque nosotros somos patrimonio de la historia y, que­ ramos o no, pronto, muy pronto, cada uno de nosotros descubriremos lo que se esconde «más allá de la vida». Por qué, entonces, pelearnos por los dioses. Ellos nacieron sólo al amparo de nuestras necesidades más primarias, y nosotros conocimos a unos cuantos de nuestra peque­ ña parcela de cielo. Porque si usted hubiera nacido judío, musulmán, budista o en el seno de una familia protestante, la Virgen, paia usted, no habría significado nada; es más, probablemente durante su vida habría oído hablar de ella en contadas ocasiones.

Los dioses son sueños de nuestra mente; creaciones de nuestras necesidades. Y viven constantemente alimentados por nuestras ambi­ ciones. Son el fruto de años de temor y miseria, y nunca han estado al

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