Universidad de Valencia
ESPERANZANAVARRO Universidad de Alicante En el estudio de la actividad psíquica, la sexualidad representa
un verdadero observatorio de análisis de comportamientos di- ferenciados entre mujeres y varones, así como un espacio en el que las asimetrías de género se manifiestan con nitidez. Las di- vergencias más extremas entre los sexos se presentan en aque- llas relaciones en las que la práctica sexual se desvincula del afecto, de la ternura y de la comunicación íntima, como, por ejemplo, la prostitución, la violación o el acoso sexual, compor- tamientos todos ellos marcados por la jerarquía de poder. Si se parte, además, de la convicción de que el desarrollo de la sexua- lidad es fundamental en la elaboración de la subjetividad, habrá que concluir, sin ningún atisbo de duda, que para la perspecti- va de género resulta imprescindible aproximarse a su conoci- miento.
En general, la psicología ha reconocido la importancia de la sexualidad en el estudio del comportamiento humano, pero se ha interesado más por describir conductas y actividades sexua- les que por conocer el carácter multicomponencial de sus mo- tivaciones. La reproducción de la especie, la búsqueda del pla- cer o una forma singular de satisfacer el vínculo social y la necesidad de afecto han sido algunas de las propuestas sobre los objetivos que parecen guiar la sexualidad humana. El desarro- llo sexual depende de la interacción de múltiples factores, entre los que cabe tomar en consideración componentes fisiológicos, afectivos, ambientales, de aprendizaje social y culturales. Es la confluencia de todos o de algunos de estos componentes la que posibilita afirmar que la conducta sexual, a veces, se realiza con
la finalidad de procrear; otras veces se busca para obtener pla- cer o por satisfacer un deseo, y en ocasiones se presenta como un medio para lograr riqueza o poder. Pero, en cualquiera de estos casos, la vivencia de la sexualidad va a repercutir de forma directa sobre la construcción de la identidad psíquica, afectan- do tanto al desarrollo del auto-concepto como a la auto-estima. Y, como es bien sabido, sigue siendo dominante la tendencia a que las mujeres y los varones elaboren identidades diferencia- das, femeninas o masculinas, a pesar de que la variabilidad in- terindividual es enorme y del reconocimiento de que cada per- sona es única y sólo idéntica a sí misma.
La participación de las mujeres en la vida pública, y espe- cialmente en el mercado laboral, constituye un fenómeno gene- ralizado, si bien queda restringido a los países desarrollados, y sus múltiples repercusiones se dejan sentir en cualquier ámbi- to: personal, familiar o social. En España resultan evidentes las transformaciones acontecidas durante las últimas décadas en la estructura familiar o en los roles estereotipados de género, por no citar más que dos ejemplos muy claros. También las con- ductas sexuales de chicas y chicos se han ido aproximando en bastantes aspectos. Existe una mayor permisividad con respec- to a las chicas en el calendario de iniciación sexual, una mayor convergencia en la exhibición de comportamientos sexuales o en el lenguaje que unos y otras utilizan. El miedo al VIH / SIDA, por otro lado, ha contribuido también al acercamiento en los modelos comportamentales, al favorecer que muchos chicos extremen las precauciones antes de iniciar una relación sexual y
que, a veces, se decanten por el «sexo seguro» (Navarro, Barbe- rá y Reig, 2003). El fenómeno que en la década de 1970 se eti- quetó como la revolución sexual, cuyo desarrollo no fue ajeno a la popularidad de los métodos anticonceptivos, ha ido derivan- do hacia una cierta democratización de las relaciones afectivo- sexuales concibiéndose éstas como el espacio en el que cada cual, sea mujer o varón, debe inventarse a sí mismo y construir sus deseos eróticos definiendo un nuevo código de normas de gestión de las relaciones sexuales (Weeks, 1998).
Sin embargo, esta mayor convergencia en los comporta- mientos sexuales de mujeres y varones no supone, en modo al- guno, una desaparición de las diferencias de género, que siguen siendo muchas, ni tampoco una simetría en los significados que unas y otros atribuyen a una misma conducta sexual. Es frecuente escuchar entre adolescentes una escena en la que un chico y una chica que pasean al atardecer por un parque cogi- dos de la mano se paran en un momento determinado y se dan un beso apasionado en la boca. Pero mientras la chica tiende a interpretarlo, con una visión romántica, como el inicio de un posible vínculo amoroso, el chico piensa en cuál debe ser su avance en la aproximación física para incrementar las posibili- dades de tener un ligue. Estos distintos significados, estrecha- mente vinculados con la sanción social marcada por el género y con el doble estándar de la normativa moral, favorecen des- arrollos sexuales asimétricos y contribuyen a la configuración de subjetividades desintegradas, ya sean masculinas o femeni- nas. Ejemplos como éste ponen de relieve que la democratiza- ción de las relaciones intersexuales no se genera sin ciertas re- sistencias, tensiones y desfases que mantienen bien arraigada la creencia estereotipada de que «a los hombres les motiva el sexo y a las mujeres el amor».
Un estudio realizado a finales de la década de 1990 con ado- lescentes españoles de 13 y 14 años, a los que se les interrogaba acerca de cuáles eran los temas que más les interesaban sobre la sexualidad (Barberá y Navarro, 2000), presentó unos resultados claramente significativos en el sentido opuesto a la convergen- cia esperada. Los intereses, las preocupaciones y los temores de chicas y chicos ante la sexualidad hablaban claramente de dos significados bien distintos para unas y otros. La masturbación, el coito y el tamaño de los genitales masculinos resultaron ser los tres temas centrales de los chicos. La atención de las chicas, por el contrario, se centraba en el temor a quedarse embaraza- das, a cómo usar los tampones o a la «primera vez» que se tiene una relación afectivo-sexual. Junto a estas diferencias relativas a los intereses masculinos y femeninos sobre la sexualidad, se ob- servaron también otras diferencias significativas. Mientras los chicos tomaban como referente central de la sexualidad el pla- cer inherente a la actividad física, las chicas se preocupaban fundamentalmente por el displacer, el dolor o el peligro que puede implicar la interacción sexual.
Resultados como éste evidencian cómo la sexualidad, a co- mienzos del siglo XXI y a pesar de los avances previamente
enunciados, se elabora de forma distinta y adquiere significa- ciones específicas para cada sexo. Esta diferencia no se reduce a una cuestión anatómica ni fisiológica, sino que remite invaria- blemente a los comportamientos, las expectativas sociales y las normas asimétricas de género que siguen vigentes en las socie-
dades patriarcales. Mientras a las chicas, por lo general, se las educa en la «incapacidad» y se les repite machaconamente aquello que no van a poder conseguir, los varones interiorizan más fácilmente el «sentido del deber» y, por tanto, lo que no se debe hacer.
La asimetría de significados deriva, entre otros factores, del diferente papel que se asigna a la sexualidad en el desarrollo de la masculinidad o de la feminidad. La masculinidad, vinculada a la creencia en la hipersexualidad de los hombres, incide en el potencial erótico de la sexualidad, favoreciendo las manifesta- ciones auto-eróticas (masturbación) y hetero-eróticas (prime- ras experiencias). Así, las motivaciones sexuales masculinas se orientan hacia la búsqueda del placer a través de múltiples ex- periencias sexuales. La sexualidad femenina, por el contrario, alertada ante los posibles temores y peligros que la práctica se- xual entraña, es proclive a des-erotizar el propio cuerpo y a convertirlo en un objeto de placer para los demás, pero no en fuente de satisfacción propia. Al des-erotizar el cuerpo, la se- xualidad femenina tiende a vincular el placer con la existencia del otro a través del establecimiento de una relación amorosa (Barberá y Navarro, 2002).
Esta significación de la sexualidad femenina potencia el desarrollo de una estructura psíquica de carácter relacional que prioriza los aspectos grupales del comportamiento humano como, por ejemplo, la atención y el cuidado de los demás, el in- terés por establecer relaciones de afecto y amistad o el fomento de las habilidades comunicativas. La significación de la sexuali- dad masculina potencia, por el contrario, el desarrollo de una estructura psíquica individual en la que se priorizan componen- tes como el logro personal, el afán por destacar, por marcar la diferencia con los otros y el control del medio.
El desarrollo integral humano precisa tanto de los aspectos individuales como de los grupales de la personalidad. Los signi- ficados asimétricos que promueven la sexualidad masculina y la femenina contribuyen a parcelar el psiquismo, dificultando con ello el libre albedrío para incorporar la diversidad de rasgos y potencialidades inherentes a los dos aspectos que mejor hu- manizan a nuestra especie. Por un lado, la construcción de la identidad individual como sujetos únicos e irrepetibles, pero, por otro lado, la posibilidad de ejercitar lo que como humanos mejor nos constituye: la sociabilidad. Urge, pues, renovar la educación sexual favoreciendo relaciones simétricas entre igua- les y no basadas en jerarquías de poder. Solo sobre la libertad de elección se moldea el desarrollo integrador del psiquismo hu- mano.
BIBLIOGRAFÍA
BARBERÁ, E., y NAVARRO, E. (2000): «La construcción de la se-
xualidad en la adolescencia». Revista de Psicologia Social, 15 (1). Pp. 63-75.
BARBERÁ, E., y NAVARRO, E. (2002): «Motivación sexual, fe- minidad y masculinidad». En Libro de Actas del II Simpo- sio de Motivación y Emoción. Salamanca. Universidad de Salamanca.
NAVARRO, E.; BARBERÁ, E., y REIG, A. (2003): «Diferencias de gé- nero en motivación sexual». Psicothema, 15 (3). Pp. 395-400. WEEKS, J. (1998): Sexualidad. Méjico. Paidós.