Shenute («Hijo de Dios» en saídico) fue acompañante de Cirilo en el Concilio de Éfeso, donde «jugó un papel extraordinario» (Léxico de la Teología y de la Iglesia). Cuando era más joven, sin embargo, pastoreaba ganado en el Alto Egipto: inicio frecuente de una brillante carrera cristiana. Pronto ingresó en el Monasterio Blanco de su tío Pgól, donde fue sometido a menudo a duros castigos, adelgazando de tal modo a fuerza de ayunos que, según su discípulo Visa, «llevaba la piel pegada a los huesos». No obstante lo cual, a partir del año 383, él mismo regentó el
Monasterio Blanco junto a Atripe, en la Tebaida, un doble monasterio en el que, en ciertas épocas, dirigía hasta 2.200 monjes y 1.800 monjas. Hasta J. Leipoldt, el biógrafo moderno de Shenute, a quien tanto gusta justificar a su héroe y que subraya que «fue algo más que un duro tirano», lo ve, pese a todo, como alguien que atribulaba incansablemente a «paganos y pecadores» con «descomunal violencia», como hombre «cuyo puño era tan ágil como su lengua [...], un vigoroso héroe». Pues el «gran abad», el «profeta», el «apóstol», no se detenía ni ante el embuste palpable, ni ante el asesinato cometido por su propia mano. Era, más bien, capaz de vapulear bárbaramente y durante decenios a sus monjes, y, a veces, hasta de matar a alguien a golpes, y ello por «transgresiones» mínimas. Bastaba una risa, una sonrisa. La Vida de Shenute, escrita por Visa, usa habitualmente al respecto la siguiente e impresionante perífrasis: «[...] la Tierra se abrió y el inicuo se precipitó vivo en el infierno».97
Los maltratos gozan de especial estima entre los grupos teocráticos, pues las palizas no se propinan únicamente en aras de la «enmienda» o para reforzar la «autoridad propia», sino como catarsis mágica, como eliminación de nocivos miasmas. La punición física existía ya en el derecho sacral judío, pero, al menos, no podía sobrepasar la ya elevada cifra de 40 azotes, reducida más tarde a 39. (Por lo que respecta al derecho egipcio se tenía constancia de 100 golpes; el griego exigía 50 o 100). La época cristiana mantuvo la vigencia de la flagelación y la usó profusamente. ¡Pero lo significativo del asunto es que ahora se tiene en cuenta el rango social de las personas a la hora de tasar el castigo! También la penitencia eclesiástica acudía al látigo. De ahí que el XVI Concilio de Toledo (693), dispusiera castigar con cien azotes el pecado de idolatría o de impureza cometido por personas plebeyas. Pero no solamente se azotaba a los legos, sino incluso a los propios religiosos, como fecha más tardía, a partir del siglo V y ello ¡hasta el siglo XIX! Pero la flagelación era especialmente asidua y ferviente en los monasterios. Jean Paúl escribía todavía en su época que «el novicio católico se convertía en monje a fuerza de azotes».98
Shenute, agitado entre la exaltación y la depresión profunda había estipulado por escrito toda clase de minucias, tratando cada una de ellas como si fuera un acto de Estado. Pero de lo que para él se trataba no era de que «se observasen los mandamientos importantes para la vida del convento, sino de que prevaleciese su voluntad despótica».99
Cierto que, ocasionalmente, reconocía la brutalidad de su régimen, que Dios no le aconseja «librar esa dura guerra en ti mismo», promete un régimen más suave, dejar que sea el cielo quien castigue a los pecadores. Pero estos sentimientos son efímeros. Gusta de sentar la mano con dureza, con una aspereza, presume Leipoldt, mayor de la prescrita por la regla monacal. Todo delito debía darse a conocer con lo que, consecuentemente se fomentaba, es más, se exigía perentoriamente, la delación. Y él mismo golpeaba en persona a los hermanos, que frecuentemente se retorcían de dolor en el suelo. Cuando uno de ellos sucumbió a la tortura, se autoexculpó con excusas sofísticas o, mejor dicho, cristianas: tenía «un carácter plenamente consecuente con su posición» (el benedictino Engberding) y se convirtió en santo de la Iglesia copta (celebración el 7 de abril = 1 de julio).100
La rudeza de Shenute se echa de ver en su conducta contra aquellos que se cortaban de un tajo los genitales «para hacerse puros». Cierto que el rigor de la clausura hacía en general imposible las relaciones sexuales, incluso cualquier delito «práctico» de esta índole. Los monjes tenían prohibido hablar entre sí en la oscuridad y a las monjas se les vetaba ver a sus hermanos de sangre, ni aunque fuese en su lecho de muerte. Un asceta curandero no podía ni sanar a una mujer, ni tampoco un miembro viril. Tanto mayor era la exuberancia con la que prosperaban las fantasías más lascivas. Y el registro de pecados del Monte Blanco recoge una y otra vez este tipo de «delitos». Así pues, cuando algún escrupuloso se cortaba el pene para «hacerse puro», mutilación que la Iglesia prohibía pese a su obsesión demencial por la castidad, el santo lo expulsaba de inmediato, sin contemplaciones. «Ponió bañado en su propia sangre en una cama y
sácalo después al camino [...]. Sea ejemplo o señal (de escarmiento) para todos los transeúntes» Pese a todo no era totalmente inmisericorde. Al menos permite -permite, meramente, no es que ordene en absolutono abandonar a los automutilados, en aras de la salud de su alma, para que la diñen enseguida en el monasterio. Pues «si quieren seguir los caminos del Señor, entrégalo a sus parientes para que no mueran en nuestras proximidades [...J».101
Sólo las monjas se liberaban de ser vapuleadas personalmente por el abad. Seguramente para evitar tentaciones. Una especie de legado perpetuo, un «anciano», le representaba para ello. Y la «madre» del monasterio, la superiora, tenía que notificarle a él, el «padre», todas las infracciones, siendo él quien determinaba el número de golpes. Sólo las niñas podían ser vapuleadas en todo momento sin su consentimiento. En ambos monasterios, al igual que en otros, había niños aunque no sepamos otra cosa de su existencia, sino que las palizas jugaban un «papel primordial». «Los niños del Monasterio Blanco tenían el privilegio de ser golpeados a
menudo.» Su miserable vida en los monasterios cristianos merecería un estudio riguroso.
¡También lo merece su destino en los actuales hospicios (cristianos)!102
Sobre las tumbas que el abad Shenute asignaba a las monjas nos informa una carta singular en la literatura del monacato copto:
«A Teonoe, hija del apa Hermef, que según nos informasteis en los comienzos cometió malignamente delitos y robó: treinta bastonazos.
»A la hermana del apa Psiros, que, según nos informasteis al principio, sustrajo una cosa: veinte bastonazos.
»A Sofía, la hermana del viejecito, que, según nos informasteis, contradijo y replicó con obstinación a quienes la aleccionaban y también a (otros) muchos sin justificación y que dio una bofetada en la cara o en la cabeza a la vieja: veinte bastonazos.
»A Genliktor, la hermana del pequeño Juan, que según vuestro informe, deja que desear en su prudencia y conocimientos: quinze bastonazos. »A Tese, hermana del pequeño Pschaips, que según informáis, acudió presurosa a Sansno, impulsada por la amistad y la concupiscencia: quinze bastonazos.
»A Tacus, llamada Rebeca, cuya boca aprendió a hablar mentirosa y vanidosamente: veinticinco bastonazos.
»A Sofía, hermana de Zacarías: diez bastonazos. Yo sé por qué se le han de propinar. »Y también su hermana Apola hubiese merecido igualmente recibir unos bastonazos, pero por amor a Dios y por el miramiento con que se le trata, la perdonamos esta vez, tanto en lo que respecta a aquel comercio (prohibido) como al vestido que se puso por vano placer [...]. Pues sé que no los podría soportar (los bastonazos) al estar tan grasicnta y obesa [...].
»A Sofía, hermana de José: quince azotes. Yo sé la razón para propinárselos.
»Sansno, hermana del apa Helio, la que dice: "Yo enseño a los demás": cuarenta bastonazos. Pues a veces acudía, llena de amistad, a su vecina. Otras mentía por cosas vanas y perecederas, dañando así a su alma, respecto a la cual nada vale el mundo entero y menos aún una pintura, una copa o una tacita que la induzcan a mentir.
»Todos estos (bastonazos) se los propinará el anciano con su propia mano (es decir, personalmente) en los pies, estando sentadas en tierra y mientras la vieja Tahóm y otras mujeres mayores las sujetan. Y también aquellos ancianos [...] deben sujetar con bastones sus pies hasta que aquél deje de castigarla, tal y como nosotros mismos hicimos con algunas al principio. Cuando venga a nuestro monasterio, debe indicarnos los nombres de aquellas que se le opongan en lo que sea. Ya os indicaremos lo que deba hacerse con ellas. Si él quiere, con todo, propinarles más golpes, sea así. Es legítimo que lo haga. Si les quiere dar menos, él será quien lo determine. Si quiere excusar a alguien, sea, pero si su corazón está contento con algunas de vosotras, de modo que también esta vez os quiere perdonar [...] sea.»103
También el castigo de la expulsión, aplicado a menudo, venía precedido a veces del calabozo y la flagelación. No obstante lo cual, el teólogo Leipoldt justifica estas y otras barbaridades de formas más o menos sumarias:
«El éxito salta a la vista: Shenute fue capaz de salvar a su monasterio de la mejor manera posible a través de todos los peligros inherentes a un crecimiento excesivamente rápido. La época subsiguiente estaba ya habituada a la regla y a sus
rigores (...]».104 W
1.13 EL SANTO SHENUTE COMO ADALID ANTIPAGANO: ROBOS,