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Significación de los libros y las bibliotecas en la obra de Moreno

In document Ideario de Francisco P. Moreno (página 72-74)

Las lecturas de Moreno se remontan a su infancia, cuando, entre 1863 y 1866 concurrió al Colegio San José, en cuyo refectorio, al decir de Sarthou (1958): “Las lecturas se referían casi siempre a viajes y aventuras (Los viajes del Capitán Grant, Cinco semanas en globo, El secreto de la Confesión, etc.), sin olvidar los relatos de misioneros en Asia y África, que revelaban las costumbres, la flora y fauna locales. Así conocieron los alumnos las expediciones de Livingston y Stanley a las regiones tropicales, llenas de misteriosa atracción…”.

En el recuerdo de Moreno (1879: 1) “la lectura de las aventuras de Marco Polo, de Simbad el Marino y de las relaciones de los misioneros en la China y el Japón publicadas en los Anales de Propaganda Fide, hecha en alta voz en el refectorio del colegio” despertaron en él un vivo deseo de recorrer tierras. Pero por encima de todo influyeron “los cortos extractos que los diarios de entonces publicaban de los viajes y exploraciones de Livingstone, ese verdadero apóstol que tan bien supo conciliar las ideas de Cristo con las de la ciencia”, así

como “las noticias de las expediciones enviadas en busca de Franklin, perdido entre los hielos del norte”. To- das estas noticias, decia, ejercieron en su cerebro predispuesto un efecto singular e inexplicable, suscitaron en su alma “un sentimiento de profunda admiración por esos mártires de la ciencia y un vivo anhelo de seguir, en esfera más modesta, el ejemplo de tan atrevidas empresas”.

Según Moreno (1879: 1-2) “dos años más tarde (de las lecturas anteriores) nuevas lecturas despertaron mi afición por la Historia Natural”.

Para 1870, según su relato (1893):

… empezó a publicar La Tribuna, las cartas del Coronel Lucio V. Mansilla sobre su excursión a los Indios Ranqueles. Ya había agregado biblioteca al museo, y no pocas obras raras americanas había adquirido en la Librería del Plata y en la de Casavalle, que las tenían buenas y baratísimas, si se compara su precio con el que hoy tienen. Algunas me habían despertado vivo interés en cuanto se referían a la historia del descubri- miento de lejanas tierras, y a las costumbres de los indígenas de este continente, pero todo eso correspondía a siglos pasados. El relato del Coronel Mansilla era fresco; esos indios estaban vivos, invadían, y los periódicos no escaseaban de noticias sobre sus depredaciones. A pesar de las mil digresiones del Coronel, que a cada momento en sus cartas se olvidaba de los Ranqueles, las penosas marchas a través de un país nuevo, pero nuestro, la heterogénea sociedad de las tolderías de Mariano Rosas, la tranquilidad del audaz viajero en medio de aquellas escenas salvajes, me impresionaron vivamente. ¡Qué gran valor moral el de ese jefe que marchaba casi sin armas a través del desierto, a encontrarse con hombres hostiles y feroces! ¿Qué lo llevaba? La civilización que empujaba a Livingston al centro del África. ¡Y esta hermosa hazaña se llevaba a cabo en nuestra tierra! No fue solo una la noche que pasé en vela, haciendo desfilar en el diorama de mi mente las escenas contadas tan bien en esas cartas que devoraba por la mañana. ¿Por qué no había de viajar yo algún día en tanta tierra desconocida como había en la patria? Formar colecciones para mi museo, donde nadie las había reunido aún, revelar lo ignorado; he ahí cómo empezaba a poner las primeras líneas en el plan de mi vida que desarrollaba lentamente, acaso sin darme cabal cuenta de ello.

La influencia de estas lecturas fue fundamental para incentivar sus viajes exploración. En el caso de su primer gran viaje al Nahuel Huapi de 1875, en carta a su padre, el 5 de abril, desde Azul, escribia “Hoy me han prestado una Libertad (…) en ella he leído las ‘Aventuras de Musters’. ¿Cuándo Moreno, podrá decir otro tanto de él? Francamente, me da envidia…”. Y al referirse a Bartolome Mitre: “Mucha parte tiene él en este viaje. No creas que eché en saco roto las palabras que pronunció en mi museo y que tú estampas en tu carta. Ellas me dieron qué pensar y la lectura de una biografía de Audubon, naturalista norteamericano que tuvo la bondad de prestarme, no poco han contribuido a la realización de esta expedición (…). Por qué yo no he de pasar unos pocos meses entre los indios cuando Audubon paso once años en los bosques de Norte América estudiando los pájaros” (Moreno E. V., 1942: 55, 78).

Para ese entonces la biblioteca de su museo personal ya se destacaba por su importancia y el mismo Mitre en carta a Barros Arana decía sobre Moreno: “posee una vasta biblioteca americana”, la que, como se verá más abajo, había sido conformada fundamentalmente entre 1872 y 1875.

Su interés por los libros y publicaciones se manifestó también al crear el Museo de La Plata, en cuyo edi- ficio, con una superficie de 3000 metros cuadrados destinó 300 a la biblioteca. Para esta donó, en octubre de ese año, 2000 volúmenes de su biblioteca particular, en gran parte de obras americanas antiguas y de ciencias fisico-naturales, para que sirviera de base a la que se formase para el servicio del establecimiento. De igual manera, durante su gestión como director del museo, se ocupó personalmente de la incorporación de libros y publicaciones a la biblioteca de la institución.

Este interés por los libros y las bibliotecas lo llevó posteriormente, en 1911 como Diputado Nacional, a presentar un proyecto de ley para adquirir a los herederos de Florentino Ameghino sus colecciones, biblioteca y manuscritos con destino al museo Nacional, y finalmente, en 1914, como miembro del Consejo Nacional de Educación, a proponer la creación de bibliotecas populares.

Al margen de estas iniciativas, Moreno continúo reuniendo libros en su biblioteca personal, de manera tal que, como se verá, a su muerte esta era aún mayor que la que había donado al MLP en 1884. Evidentemente, a lo largo de su vida no reparó en gastos, incluso en sus últimos años de dificultades económicas, y adquirió cuanto libro consideró útil a sus intereses de toda la vida.

In document Ideario de Francisco P. Moreno (página 72-74)