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Fase III. A partir de los 3 años los enunciados son notoriamente multifuncionales,

I. Vila (1999: 15) resume la teoría innatista de principios y parámetros:

4. Procesamiento de los datos: frecuencias, comparación, porcentajes, etc 5 Interpretación de los resultados.

2.6.5. Discurso, contexto y significado

2.6.5.5. Significado y acción comunicativa

Concluiremos el estudio del significado estudiando las propuestas de Habermas (1987) sobre la acción comunicativa, pues tienen mucho en común con las teorías ya comentadas y realiza nuevas aportaciones. Habermas se centra en una teoría de la

acción comunicativa, que supone que una sociedad necesita coordinar su acción y para

ello tiene una necesidad determinada de comunicación que le permitirá organizar las acciones precisas para alcanzar sus objetivos. Habermas plantea la importancia de superar el modo de análisis veritativo (verdad o falsedad de las proposiciones), típico de la filosofía analítica, que se centraba en la función expositiva del lenguaje (enunciación de proposiciones), reconociendo que existen otras funciones del lenguaje plenamente justificadas que exigirían igualmente una identificación de su validez y referencia al mundo que implican. Así, no se trata de presuponer que el acto ilocucionario supone la dimensión irracional, frente al componente proposicional en el que se funda la validez, sino que es preciso considerar la fuerza ilocucionaria como "el componente que especifica qué pretensión de validez plantea el hablante con su emisión, cómo la plantea y en defensa de qué lo hace" (1987: vol. 1, 357).

Se propone la consideración de que existen dos mundos: el subjetivo (o interno) y el externo, que puede ser objetivo o social. En el proceso de comunicación se establecen vínculos racionalmente motivados entre los hablantes porque existe un sistema

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compartido de mundos entre los hablantes. Habermas considera que la acción comunicativa depende de contextos situacionales. Dentro de las acciones de tipo social, Habermas distingue entre acciones orientadas al éxito y acciones orientadas al

entendimiento. Las primeras son consideradas como acciones estratégicas y en ellas los

sujetos adoptan actitudes que se proyectan hacia el éxito, es decir, utilizan unas reglas de elección racional (se calculan medios, fines, valores y consecuencias) e influyen de diversas formas sobre otros sujetos; todo ello desde un cálculo individual. En las acciones orientadas al entendimiento o comunicativas los planes de acción se elaboran no de modo egocéntrico sino a partir del entendimiento, "los participantes no se orientan primariamente al propio éxito; antes persiguen sus fines individuales bajo la condición de que sus respectivos planes de acción puedan armonizarse entre sí sobre la base de una definición compartida de la situación" (Habermas, 1987: vol. 1, 367).

Para Habermas (1987: vol. 1, 368): "Entenderse es un proceso de obtención de un acuerdo entre sujetos lingüística e interactivamente competentes". Ello supone que los acuerdos, alcanzados comunicativamente, deben tener una base racional y no pueden ser influidos desde fuera, ya sea violentamente o de modo oculto. Los sujetos deben aceptar o rechazar libremente en función de razones las propuestas de los otros. Habermas señala que la acción comunicativa lingüísticamente mediada es el "modo original" de comportamiento lingüístico humano, frente al uso estratégico que supone engaño y manipulación del receptor, que considera como "modo parásito".

Para Habermas, siempre que el hablante realiza un acto locucionario (decir algo) e ilocucionario (hacer diciendo algo) se da un tipo de acción comunicativa autosuficiente. Sin embargo, cuando los actos ilocucionarios se incrustan en una acción teleológica, surgen los actos perlocucionarios o efectos previstos por Austin. Esta situación se da cuando el hablante se orienta hacia el éxito, instrumentalizando la locución para el logro de sus intenciones ocultas. Desde esta perspectiva, el acto perlocucionario no obedece a convenciones y permanece como algo externo a lo dicho. Los fines ilocucionarios deben expresarse; por el contrario, los perlocucionarios no, si se desea el éxito: son indeclarables, inconfesables (aterrorizar, inquietar, sumir en la duda, despistar, ofender, humillar, etc.). Las perlocuciones, pues, han de entenderse como una clase especial de interacciones estratégicas lingüísticamente mediadas, bastando para ello con que uno de los interlocutores busque efectos perlocucionarios. La acción comunicativa, por el

contrario, se refiere a la clase de interacciones en que todos los participantes armonizan entre sí sus planes individuales de acción y persiguen, por ende, sin reserva alguna, sus fines ilocucionarios. Habermas se detiene a analizar el caso del imperativo como caso excepcional de acción estratégica en las que el hablante busca efectos exclusivamente ilocucionarios. Acaba, tras un detenido análisis, diciendo que el imperativo, pese a manifestar abiertamente las intenciones del hablante, no es aceptable como acción comunicativa al no ser dicho acto de habla susceptible de crítica y no poder el oyente tomar una postura basada en razones.

La intención comunicativa del hablante comprende tres supuestos:

a) el realizar un acto de habla que sea correcto en relación con el contexto normativo dado, para poder con ello establecer una relación interpersonal con el oyente, que pueda considerarse legítima; b) el hacer un enunciado verdadero (o presuposiciones de existencia ajustadas a la realidad) para que el oyente pueda asumir y compartir el saber del hablante; y c) el expresar verazmente opiniones, intenciones, sentimientos, deseos, etc. para que el oyente pueda fiarse de lo que oye" (1987: vol. 1, 394).

Lo que podríamos resumir en rectitud (legitimidad), o respeto a las normas y a la situación contextual; verismo, o ajustarse a la realidad, y veracidad (sinceridad), o decir lo que uno cree verdadero. Desde esta perspectiva, los actos de habla sirven para:

a) al establecimiento y renovación de relaciones interpersonales, en las que el hablante hace referencia a algo perteneciente al mundo de las ordenaciones legítimas; b) a la exposición o a la presuposición de estados y sucesos, en los que el hablante hace referencia al mundo de estados de cosas existentes y c) a la expresión de vivencias, esto es, a la presentación que el sujeto hace de sí mismo, en que el hablante hace referencia a algo referente a su mundo subjetivo al que él tiene un acceso privilegiado" (1987: vol. 1: 394)

La validez de la acción comunicativa se medirá con arreglo a estos tres factores, ya que los actores exigirán validez en los tres ámbitos. Según los diversos contextos, se preferirá un tipo de validez a otro; al afirmar o explicar algo importa la verdad; al expresar una vivencia u opinión importa la sinceridad; al mandar o prometer algo importa respetar las normativas (rectitud).

Tras revisar la clasificación de los actos de habla propuesta por Austin y Searle, Habermas propone los siguientes tipos:

-Imperativos: en ellos el hablante (H) se refiere a un estado que desea ver realizado en el mundo objetivo, en el sentido de mover al oyente a producir ese estado. La

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única crítica está en función de las condiciones de éxito (se puede hacer o no). Si se produce rechazo por el O (oyente) lo que se rechaza es una pretensión de poder, lo que no supone una crítica sino la expresión de una voluntad.

-Constatativos: el hablante pretende reflejar un estado de cosas. La negación de tal emisión por O supone cuestionar la pretensión de verdad.

-Regulativos: se refiere a algo en un mundo social común, en el sentido de establecer una relación interpersonal que sea reconocida como legítima. La negación por parte de O supone que pone en duda la rectitud normativa que el hablante pretende tiene su acción.

-Expresivos: se refiere H a algo perteneciente a su mundo subjetivo. La negación de tales emisiones por O supone que éste pone en duda la pretensión de veracidad. -Comunicativos (que pueden ser considerados una subclase de los regulativos): son

aquellos que sirven para la regulación del habla, como preguntas, respuestas, réplicas, asentimientos, etc.

-Operativos: los que designan la aplicación de reglas de construcción (lógica, gramática, matemáticas etc., como: inferir, calcular, clasificar etc.) Se diferencian de los constatativos en que lo importante no es la pretensión de verdad proposicional sino la de corrección constructiva o inteligibilidad.

Los actos compromisorios, declaraciones, así como los institucionalmente ligados y los satisfactivos, que aparecían en clasificaciones anteriores, deben subsumirse dentro de los regulativos. Para Habermas existen tres casos puros o límites de acción comunicativa: la conversación (cuyo fin es la propia comunicación y no cualquier otro papel teleológico e instrumental), la acción dirigida por normas (específica de los actos regulativos), y la acción dramatúrgica (propia de la expresión subjetiva). Por otra parte, encontramos la acción estratégica, con la relación que tiene con los actos perlocucionarios y los imperativos. Al hablar de la utilidad de la pragmática, es interesante ver un comentario psicopedagógico que realiza el autor (1987: vol. 1, 425):

El deslinde lingüístico entre los planos de realidad que representan el «juego» y el «ir en serio», la construcción lingüística de una realidad ficticia, el chiste y la ironía, el uso traslaticio y paradójico del lenguaje, las alusiones, las revocaciones contradictorias de pretensiones de validez en el plano metalingüístico -todo ello se basa en una confusión intencionada de modalidades del ser. La pragmática formal puede aportar a la aclaración de los mecanismos que el hablante necesita para

dominar todo ello, mucho más de lo que puede aportar una simple descripción empírica, por exacta que sea de los fenómenos a explicar. El niño, al irse ejercitando en los modos fundamentales del uso del lenguaje, adquiere la capacidad de trazar los límites entre la subjetividad de sus propias vivencias, la objetividad de la realidad objetualizada, la normatividad de la sociedad y la intersubjetividad de la comunicación lingüística.

También señala la utilidad de la pragmática para detectar fenómenos de distorsión sistemática de la comunicación como: situaciones patológicas determinadas, manipulación por agentes externos, o sobre todo como instrumento de clasificación y análisis de los distintos tipos de discurso utilizados en las diversas disciplinas y saberes.

Desde un punto de vista crítico, creemos que Habermas atribuye excesivos juicios de valor y demasiadas connotaciones éticas a los términos que utiliza. Por ello, la lectura de sus planteamientos debe ser cuidadosa. Su concepción sobre lo que es comunicación, por ejemplo, nos parece restringida y sesgada por cuanto no admite que se dé comunicación en los actos perlocucionarios o en situaciones de comunicación unilateral (como la lectura o visión de una película). También se observa una fuerte ambigüedad y confusión en los conceptos de "acción dirigida al éxito" o "acción dirigida al entendimiento", y también en los de "acción comunicativa" y "acción estratégica”, ya que ambas acciones, en principio, al menos entendidas de forma literal, pueden ser compatibles. Los conceptos son muy teóricos y polarizados, cuando en la realidad comunicativa se dan como variables continuas y con una gran amalgama de cualidades. Están excesivamente sobrecargadas de connotaciones positivas o negativas que deberían ser aplicadas mediante el uso de adjetivaciones pertinentes y variables. Sin embargo, su aportación es muy positiva y tiene notables implicaciones educativas. Su visión de la comunicación como un proceso ético y cooperativo dirigido al consenso, en el que la misión del niño es adquirir capacidades comunicativas que le permitan comunicarse y relacionarse socialmente de forma legítima, veraz y sincera cumpliendo con los derechos y deberes de la interacción humana, nos parece esencial y muy bien planteada desde una perspectiva sociocrítica, especialmente en un mundo como el actual en el que el ciudadano puede ser fácilmente sometido a la manipulación de tantos agentes sociales y poderes fácticos. Así, la competencia comunicativa requiere el respeto a las normas de comunicación, la veracidad o acuerdo de las palabras con la realidad y la sinceridad o expresión auténtica de la propia postura o creencia.

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2.6.6. Discurso e interacción en el contexto: la cortesía

Con la captación del sentido en el contexto hemos tratado una parte esencial de la pragmática. Sin embargo, es preciso profundizar en otro aspecto esencial que surge a partir del tipo de relación que se establece en el uso social y comunicativo del lenguaje:

la cortesía. Tradicionalmente, la cortesía se ha visto como "un conjunto de muestras de

respeto o deferencia cuyo uso determina y exige la organización social de acuerdo con el estatuto relativo de los participantes en la interacción". Ello se centraba en algo considerado como superfluo y clasista por muchos como los buenos modales (normas de urbanidad). Pero la cortesía va mucho más allá de esa concepción restringida. Así, señala Escandell (1993) que: "En el nuevo enfoque, la cortesía iba a entenderse como fruto de la necesidad humana de mantener el equilibrio en las relaciones interpersonales y su manifestación externa sería el conjunto de «maniobras lingüísticas» de las que puede valerse un hablante para evitar o reducir al mínimo el conflicto con su interlocutor cuando los intereses de ambos no son coincidentes" (véase para una perspectiva didáctica Gutiérrez, 1995, 1997; Cerezo, 1999).

Una preocupación de la pragmática es la diferencia que existe entre el significado literal de una expresión y el significado que el emisor quiere realmente transmitir. Este tipos de actos que difieren entre forma lingüística y fuerza ilocutiva fueron denominados por Searle “actos de habla indirectos”. Pero "Curiosamente, muchas de las formulaciones indirectas resultaban ser variantes corteses de las formulaciones directas". La interpretación adecuada de los actos indirectos, como hemos comentado antes, se obtiene por inferencia y raciocionio del oyente (Searle, 1975: 60). Por su parte, Grice (1967: 75 y 78) propuso el principio de cooperación y el destacado concepto de relevancia. Veremos algunas aportaciones esenciales al ámbito de la cortesía.

2.6.6.1. El significado contextual. La competencia pragmática

Robin Lakoff (1972; véase Haverkate, 1994) subraya la importancia del significado en el contexto:

Confío en que quede perfectamente claro que: hay áreas de competencia lingüística que no pueden ser descritas por una teoría que no permite la integración de información del contexto, oponiendo mundo real a situación lingüísticamente relevante, y considerando sólo relevante; la sintaxis superficial, la elección de léxico y la semántica aparte del significado contextualmente relevante.

Además de las dificultades sintácticas o léxicas que conlleva hablar en una segunda lengua, hay usos determinados que pueden ocasionar que una persona ofenda a los demás o que le hagan parecer un bobo. Esto incluye fenómenos como determinadas

partículas que no sabemos cuándo usar y que parecen utilizarse al azar, que no aportan

información de contenido pero sí sobre las intenciones o sensaciones del hablante (si no

le importa, tendría la amabilidad de, si me lo permite, etc.); los honoríficos cuyo mal

uso en algunas lenguas puede empujarnos al rechazo (don, señor, usted, tú, etc.) o

terminaciones verbales con formas especiales para indicar sinceridad o duda (pasa- pase). Robin Lakoff (1973) propone describir la competencia pragmática con dos

reglas:

1. Sea claro, que equivale al principio de cooperación.

2. Sea cortés que expresa las exigencias de la relación interpersonal.

La cortesía se manifiesta a su vez por medio de tres formas o estrategias diferentes:

1. No imponga su voluntad al interlocutor.

Se refiere sobre todo a la distancia social o a la falta de familiaridad. Debemos evitar o mitigar nuestro enunciado evitando o mitigando expresiones coactivas, mediante permisos, expresiones indirectas, etc.

¿Puedes decirme, si no te molesta, cuánto te ha costado el abrigo?

2. Ofrezca opciones.

Se trata de ofrecer salidas y opciones dignas al interlocutor. Se trata de mostrar discrepancia, pero evitando que resulte incómodo para el hablante y el oyente.

"Tráemelo hoy o mañana, cuando te vaya mejor".

3. Refuerce los lazos de camaradería. Haz que tu interlocutor se sienta bien; sé amable.

Se adapta bien a interlocutores cercanos mostrando agrado e interés por el otro. ¿Cómo te va el curso?

¿Te vienes al cine? Lo pasaremos muy bien.

Las estrategias I y II se refieren principalmente a actos exhortativos y III se asocia a cualquier acto. En I y II tratamos de evitar que el oyente se sienta amenazado. Tratamos

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de expresar un ruego y no un mandato (Ven con nosotros, ¿o prefieres quedarte en

casa?). La III pretende que el oyente se dé cuenta de que le consideran como una

persona respetable y apreciable. I y II se consideran como cortesía negativa y III como

cortesía positiva.