Desde hace algunos años ha revivido la discusión sobre el grado de ade- cuación de los sistemas cambiarios a las estructuras o a las prácticas en la conducción de la política económica en los países. Al desaparecer el patrón oro-dólar basado en tipos de cambio fijos, los países más desa- rrollados evolucionaron hacia sistemas de tipos de cambio flotantes, ya fuera independientemente, como ocurre actualmente en Inglaterra, Ja- pón y los Estados Unidos, o en bloques de países con una moneda co- mún como el euro, que flota respecto a las demás. Esa evolución en al- gunos casos pasó por experimentar con sistemas intermedios según la ilustración de Corden. En los países en desarrollo han funcionado des- de entonces diversas variedades de esquemas, y aún hoy se mantienen vigentes ejemplos prácticamente de todas las modalidades menciona- das por dicho autor. Sin embargo, los sistemas se van dirigiendo con más inclinación hacia algunas de ellas, en la medida en que la literatu- ra económica intensifica la discusión sobre las ventajas y desventajas de las distintas opciones.
Fischer (2001) destaca la tendencia de la mayoría de los países en el mundo hacia regímenes cambiarios extremos: esquemas más rígidos
como tipos de cambio fijos, de un lado, y flotación cambiaria de otro la- do. El recrudecimiento de la inflación y de las perturbaciones de origen externo en la década de los años ochenta y la mayor movilidad interna- cional de capitales en los noventa, parecen explicar parte importante de esta tendencia. Con las cuentas de capital abiertas en forma cada vez más generalizada (destacan las explicaciones de lo observado empírica- mente) las economías emergentes son más vulnerables a los movimien- tos de capitales y a los efectos de shocksexternos, como los provocados
por la crisis mexicana entre los años 1994 y 1995 (el llamado efecto te- quila) y la crisis asiática del período 1997-1998.
Esa vulnerabilidad aumenta en la medida en que el régimen cambiario no conduzca a condiciones internas adecuadas para enfrentar los
shocks. En un extremo, los países que se comprometen con un sistema
cambiario rígido como la caja de conversión, convierten a la política monetaria en endógena, al responder a una regla mecánica de inter- vención. Con menor rigidez, los sistemas de tipo de cambio fijo como los de la época del patrón oro-dólar de Bretton Woods asumen, en la realidad, un compromiso con la conducción prudente de las principa- les políticas de demanda domésticas (en particular las políticas fiscal y monetaria). En el otro extremo, con un sistema de tipos de cambio fle- xibles, las políticas internas inadecuadas se reflejan muy pronto en el tipo de cambio y, de esa manera, obligan también muy pronto a su co- rrección. En los sistemas intermedios, el margen para convivir con ma- las políticas internas es mayor. Por ello, es también mayor la vulnera- bilidad frente a shocksexternos.
Los dos argumentos fundamentales mencionados por Fischer (2001, pp. 7-8) para explicar el abandono gradual de los esquemas intermedios y la creciente recomendación de la literatura económica para avanzar ha- cia alguno de los extremos, son:
i. La creencia por parte de los agentes económicos de que el tipo de cambio no se va a modificar (o su equivalente en un sistema de pa- ridades ajustables: que el ritmo de ajuste puesto en práctica por las autoridades se mantendrá), reduce la percepción del riesgo cambia- rio por endeudarse en moneda extranjera y evita, desde luego, la ne- cesidad de contar con mecanismos de protección frente a ese riesgo.
ii. La “trinidad imposible” (incongruencia entre tipo de cambio fijo, completa movilidad de capitales y política monetaria orientada a la meta interna de controlar la inflación), es sobre todo el motivo más fuerte señalado por Fischer para evitar los sistemas intermedios de tipos de cambio. El creciente énfasis de la política monetaria en mantener la inflación en niveles moderados y la preferencia cada vez mayor por mantener abierta la cuenta de capital de la balanza de pagos (en el entendimiento de que el avance tecnológico y las in- novaciones financieras lo hacen prácticamente inevitable) condu- cen a descartar los sistemas con fuerte administración del tipo de cambio.
El problema principal que se plantea con los regímenes intermedios es la mayor vulnerabilidad frente a shocksexternos e internos, que modifi-
can el tipo de cambio de equilibrio. Los primeros son actualmente más frecuentes y con efectos más generalizados, debido a la creciente inte- gración comercial y, sobre todo, financiera.2 Esta se manifiesta, para los
efectos de la presente discusión, en la sustancial movilidad de capitales en el mundo. Los segundos han sido frecuentes en muchos países en desarrollo, por distintos motivos entre los cuales son frecuentes los erro- res de política económica o los retrasos en su adopción. En principio, sería posible mantener la estabilidad en la economía en un sistema cam- biario intermedio, si el desequilibrio provocado por el shockes modera-
do o si las autoridades tienen capacidad de controlar los efectos de es- tosshocksen forma oportuna. Esto último implica desarrollar suficiente
credibilidad entre los agentes económicos en la capacidad y en la volun- tad de las autoridades para defender el tipo de cambio fijo (o la pauta de ajuste escogida y conocida).
Pero –agrega Fischer– cuando el desequilibrio es grande, la acción de la política económica a través de su impacto en las tasas de interés puede
2. Es posible que, además, la integración financiera sea tanto inevitable como crecien- te a través del tiempo, pues está muy relacionada con el avance tecnológico en las comunicaciones y en la informática, que cada vez ofrece mayor flexibilidad para realizar transacciones financieras desde posiciones remotas. Esto se observa en los retos mayores que actualmente tienen los supervisores del sistema financiero fren- te a los conglomerados financieros, en cuanto a la supervisión transfronteriza y a la supervisión consolidada.
no resultar viable, tanto porque políticamente los costos en el corto pla- zo se perciban superiores a los beneficios, como por el daño que pueda provocarse al sistema bancario. La percepción de que las autoridades tienen limitaciones para actuar en tiempo o en la magnitud requerida, de acuerdo con los enfoques sobre ataques especulativos contra la mo- neda doméstica, puede terminar en una crisis de salida de capitales, con impacto en todo el sistema económico interno.3 Este tipo de desenlace
puede también provenir de otras causas, como el contagio observado durante el desarrollo de la crisis asiática de los años 1997-1998.
Lizano (2004, pp. 110-113) hace un buen resumen de las diferentes posi- ciones de autores que han liderado la discusión de este tema. El enfo- que bipolar, con mucha influencia en la década anterior, ha ganado adeptos pero ha perdido radicalismo. Esto es particularmente válido en relación con el consejo original de sus proponentes, en el sentido de evi- tar los sistemas de tipo de cambio intermedios entre los vínculos fuer- tes en un extremo (caja de conversión, dolarización) y la flotación en el otro. Ciertamente más países en el mundo se han trasladado en la di- rección hacia alguno de los dos extremos, lo cual implica que sus auto- ridades políticas y económicas han encontrado méritos en las proposi- ciones del enfoque bipolar. Pero hoy es menos fuerte que hace diez años la creencia de que, en la selección del régimen cambiario, la esco- gencia está entre blanco y negro, sin tonos grises. El propio Fischer (2001, p. 2) reconoce que los proponentes del enfoque bipolar, incluido él mismo, posiblemente han exagerado sus argumentos para dar mayor dramatismo a su punto de vista.
En su resumen, Lizano destaca cómo las recomendaciones que se hacían diez años atrás en cuanto al régimen cambiario eran de aceptación prác- ticamente general, con muy pocos disidentes –entre ellos John William- son, quien se ha mantenido partidario de mecanismos administrados para la determinación del tipo de cambio–. Jeffrey Frankel también ha- cía referencia desde el año 1999 a la inexistencia de algún régimen cam- biario en particular que sea el único correcto para todos los países y en todo tiempo. Más tarde, Corden (2002) ha puesto énfasis en la impor-
3. No es éste el lugar para abundar en el tema, ampliamente tratado en la literatura económica, en buena medida bajo la inspiración de los escritos de Guillermo Cal- vo y otros. En Delgado (2004) hay amplia referencia a la bibliografía al respecto.
tancia de contar con políticas económicas adecuadas para mantener los equilibrios macroeconómicos básicos, por lo que dar excesiva importan- cia a la escogencia del régimen cambiario adquiere características de sensacionalismo. Guillermo Calvo mantiene su tesis de que los países en desarrollo deberían evolucionar hacia vinculaciones fuertes (hard pegs), en parte debido a su temor a la flotación. No obstante, en un re-
ciente estudio conjunto con Frederic Mishkin, ambos autores conside- ran el tema de la selección del régimen cambiario como uno de segun- do orden, en tanto tiene importancia primaria la puesta en práctica buenas instituciones fiscales, monetarias y financieras para alcanzar los equilibrios macroeconómicos básicos (Calvo y Mishkin, 2003, p. 28). La discusión sobre este tema posiblemente continúe sin lograr una con- fluencia de opiniones en alguna dirección determinada.4 Pero al menos
sugiere que las soluciones estrictas de esquina de un enfoque bipolar ra- dical quizá no fueron fieles, como posiciones extremas, con el verdade- ro pensamiento de los principales exponentes de esta orientación en po- lítica cambiaria. En tal caso, el tema se convertiría más bien en uno de naturaleza empírica, en donde habrían de afinarse los argumentos en cuanto a qué tan cerca de los extremos o qué tan lejos del centro empie- zan a ser opciones viables para los sistemas cambiarios. Y, sobre todo, cuáles son las condiciones en cuanto a los determinantes fundamenta- les de los equilibrios macroeconómicos que son congruentes con el es- quema prevaleciente en cada país.
Así las cosas, parece necesario volver a la discusión de los temas ante- riores en vez de dar por sentada la validez del enfoque bipolar, lo cual implica también analizar si las mismas políticas e instituciones requeri- das para el buen funcionamiento de la economía en alguno de los siste- mas cambiarios extremos o en sus cercanías, serían capaces de asegurar también buenos resultados en regímenes alternativos cada vez menos cerca de los polos. Hay insistencia en la literatura sobre la posición opuesta, esto es, que con políticas inadecuadas los regímenes extremos
4. El lector interesado en profundizar en estos aspectos sobre la selección del esque- ma para la determinación del tipo de cambio tiene en la literatura citada aquí, su- ficientes referencias bibliográficas para hacerlo. Este breve resumen cumple con el propósito del autor, de poner una base teórica mínima para analizar la evolución del sistema de minidevaluaciones en Costa Rica.
no darían buenos resultados. Falta dilucidar si hay simetría en el argu- mento en la dirección contraria. La discusión podría resultar menos económica y más de naturaleza política, relacionada con el grado de confianza en los ministros de hacienda y en los presidentes de los ban- cos centrales, no sólo en cuanto a su voluntad para promover buenas políticas sino –de tener tal voluntad– en su capacidad o influencia para convencer a los políticos de las bondades de ese curso de acción.